Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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»Los trae como a un pobre rebaño desolado. Me coloco a la puerta.

»-Los míos podéis marcharos. Tú, tú, tú… -digo.

»- ¿Qué hace usted? -dice don Juan.

»-Mi clase hace huelga.

»Don Juan resopla.

»-Usted no es quién para decidir lo que hoy se hace en esta escuela dice.

»-Sólo hablo de mi clase -digo.

»-Cada vez le comprendo menos. ¡No me diga que siente esta huelga, que está con los mineros! ¿O es que les tiene miedo? Míreme a mí… Ellos saben cómo pienso. Por muchas huelgas que hagan, la escuela de La Arboleda nunca cierra. Y usted haga lo mismo. Preocúpese sólo de sus problemas y olvídese de los de los otros.

»Hay en la plaza hombres y mujeres parados que miran en qué para lo de los maestros.

»-Don Claudio le dirá lo mismo -dice don Juan.

»Acaba de bajar de su casa doña Virtudes.

»- ¡Dios, Dios, siempre con revoluciones! ¿No se quejan de que si los despiden, de que si no hay trabajo, de que si no ganan ni para comer…? Y ahora ellos, ¡zas!, cierran el tajo y huelga. Mira cómo nos mira esa gente, Juan. Vamos a meternos en casa -dice.

»-Hoy abre la escuela -dice don Juan.

»Sus alumnos son los únicos que han entrado.

»-Al menos cierra la puerta -dice doña Virtudes.

»-Que don Manuel no quiere dar su clase -dice don Juan.

»-En pocas semanas ha aprendido de las minas más que tú en muchos años… No me gusta nada cómo nos mira esa gente. Será mejor que cerréis los dos la escuela y subáis a tomar una taza de café -dice doña Virtudes.

»Sube a su casa.

»-Vamos, don Manuel, hagamos de hoy un día como otro cualquiera -dice don Juan.

»Hago una seña con la mano a los niños de fuera y ellos miran a don Juan y dudan, pero al fin se van, esta vez sin hacer mucho ruido.

»-Nunca lo habría creído de usted, pero ya oigo por ahí que se está luciendo muy socialista -dice don Juan.

»Se ha reunido mucha gente en la plaza. Cuando cierro la puerta y me alejo de la escuela, aplauden.

«Don Claudio y los otros dos curas han cerrado la puerta de la iglesia de la Magdalena después de la primera misa. Estamos en el atardecer y sigue cerrada. Han parado todas las minas y se sabe que también ha cerrado toda la industria de la ría. Los mineros llenan las tabernas de La Arboleda, comentando el éxito de la huelga. En la Casa del Pueblo parece que ha llegado la revolución.

»- ¿Qué me dice, maestro? -dice Eduardo Varela.

»Nos rodean los socialistas.

»-En nombre de la clase obrera, gracias por cerrar su escuela, don Manuel -dice Eduardo Varela.

»-En nombre de la clase trabajadora… -digo.

»Hay tanta gente que nos sentamos en el salón de actos y traen vino. No hay vasos para todos, los demás beben a morro.

»-Las últimas noticias de Bilbao confirman lo que se sabía: el paro ha sido total en el comercio, no ha abierto ni una sola tienda, y también han cerrado teatros y cines, no han circulado tranvías ni trenes de cercanías, ni siquiera ha habido periódicos. ¡La huelga ha sido un tremendo éxito! Esto hará que se tambalee la Monarquía -dice Eduardo Varela.

»Todo el mundo habla a un tiempo en el salón de actos. Algunas voces se elevan sobre las demás:

»- ¡Ha llegado la hora de poner otro gobierno!

»- ¡Adelante, compañeros, adelante!

»- ¡El país está pidiendo un cambio!

»- ¡Los trabajadores, al poder!

»- ¡El futuro ya es nuestro!

»- ¿Qué me dice, maestro? -dice Eduardo Varela.

«Se abre la puerta de la escuela y es don Juan. Me mira, mira a los siete mineros a los que enseño a leer y escribir y otra vez me mira.

»- ¿Qué hace usted aquí a estas horas? Ya es de noche -dice.

»-Ya ve, doy clase a estos hombres -digo.

»- ¿Por qué? Ésta es una escuela de niños.

»-Lo necesitan. Cuando fueron niños nadie les enseñó.

»- ¿Y qué le importa eso a usted? ¿Hacía en Getxo lo mismo con los aldeanos que no sabían leer ni escribir?

»-Todavía no he sido maestro en Getxo ni en ninguna parte.

»Don Juan se acerca a los siete hombres sentados y da una vuelta a su alrededor.

»- ¡Nunca he visto nada semejante! -dice.

»-Vendrán más -digo.

»- ¡Hombrones hechos y derechos ocupando los pupitres de los niños! ¿No les da a ustedes vergüenza?

»-Le ruego que se retire, don Juan. Ésta es mi clase.

»-No por mucho tiempo… Pero, don Manuel, ¿por qué?, ¿por qué? Usted no es un socialista de esos que dicen que quieren arreglar el inundo…

»-Si los socialistas quieren arreglar el mundo ya es hora de que alguien lo haga, y habrá que meterse a socialista. Y a usted también se lo digo, don Juan.

»Se me acerca. Pone su cara a dos palmos de la mía. Le tiemblan los labios.

»-Usted no cree en nada de lo que dice ni de lo que hace. Usted no es de aquí, usted es de Getxo, usted no entiende ni quiere entender ni quiere saber nada de los socialistas ni de los mineros…

»Suena el ruido de mi lapicero contra el suelo. Don Juan se agacha a recogerlo y me lo entrega.

»-Se le ha caído -dice.

»Va hacia la puerta. Se vuelve.

»-Y otra cosa: a ver cómo se arregla para limpiar lo que se manche en estas clases nocturnas, porque mi esposa no es una esclava de las locuras ajenas. ¿Y quién pagará la luz? La escuela no tiene dinero -dice.

«Como no llueve, Teresa extiende ropa a secar sobre unos arbustos. Oye mis pasos mucho antes de que yo llegue y se vuelve. Al acercarme más, veo agua en sus ojos.

»- ¿Le ocurre algo? -digo.

»Caminamos sin hablar hacia su vivienda. Le tiendo el paquete, pero no lo coge.

»-Lo siento, lo siento… -dice Teresa.

»- ¿Qué es lo que siente?

»-No debo darte pie.

»-Doña Beatriz, la de la pensión, le ha puesto en el paquete un tarro de mermelada hecha por ella.

»- ¡No tuerzas la charla como siempre! ¿No te interesa saber por qué no debo darte pie? -dice.

»Se ha detenido en el umbral.

»-No entres en mi casa.

»Pongo el paquete en sus manos muertas.

»-Adiós -digo.

»-Te odio, por cobarde. Sabes por qué no debo darte pie… y huyes -dice.

»-Encargaré a otra persona que te traiga los paquetes -digo.

»- ¿Tanto miedo te doy? -dice.

»Me agarra de la manga de la chaqueta.

»- ¡Mudo! -dice.

»Me vuelvo a medias.

»- ¿Es costumbre de los de Getxo vivir sin palabras y huir de los problemas? -dice.

»Y luego:

»-Si me dejaras ayudarte…, si yo pudiera darte pie…

»Se le cae el paquete de las manos al suelo y no se entera. Me agacho a recogerlo y entro con él en la casucha para dejarlo sobre la mesa.

»- ¿No te dije que no entraras? -dice.

»-Hace frío. También te mandaré carbón -digo.

»-Son otras las palabras que me gustaría oírte. Siempre huyendo, huyendo -dice.

»Paso ante ella. Me alejo. Queda a mi espalda.

»-Te perdono porque eres el hombre más asustado que he visto en mi vida. O, si no, ¿de qué pasta estás hecho? -dice.

»Regreso a su lado.

»-Tengo que decirle algo… Puede verse libre de los paquetes del maestro, o de parte de ellos. Tengo un trabajo para usted -digo.

»Cierra los ojos y mueve la cabeza.

»- ¿Qué te esperabas, Teresa? -dice.

»-Para limpiar la escuela -digo.

»-Nadie quiere tratos conmigo.

»-En esto, decido yo. Debe ir acostumbrándoles a su presencia. Ya me he cansado de ganar el cielo haciendo una obra de caridad. Le ruego que acepte ese trabajo. Debe empezar a convertirse en una persona nueva. Si no se atreve a ir, yo le acompañaré el primer día. Mañana vendré por aquí a…

»-Te explicas muy bien cuando quieres, maestro.

»-… las nueve de la noche, ¿de acuerdo?

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