»-Me esfuerzo por desasnar a los hijos de los mineros y no sé para qué, pues acaban también en la mina -me dijo.
»-La maestra se llama doña Enriqueta -me dijo doña Virtudes.
»La escuela de los chicos está contra un costado de la iglesia de la Magdalena, y la de las chicas contra el otro.
»-Entre, siéntese, y mientras toma un vaso de vino le explicaré cómo funciona esto.
«Teresa sigue recibiendo a hombres. Lo veo desde una de estas colinas rojas, casi ya anochecido.
«Beatriz, la dueña de la pensión, es una mujer silenciosa y de antebrazos robustos, siempre arremangados. Tiene sesenta años y es viuda de minero, reventado en un descuido de la dinamita. Entonces puso la pensión, para no morirse ella.
»-A los maestros les cobro una cincuenta al día: cama y las tres comidas -me dijo.
»Mi habitación es pequeña, con una cama de hierro, un armario, una silla y un cuadro dorado del Sagrado Corazón. Tendré que hacerme con una mesita para escribir y corregir los deberes de los alumnos.
«El párroco me abordó al día siguiente de mi llegada.
»-Ya me han dicho que usted es de Getxo. Está muy bien, nos entenderemos perfectamente. Esta tierra es nuestra y no permitiremos que nos la cambien. Hace años, estos pueblos no eran así, eran como su Getxo. Demasiada gente venida de fuera que no agradece el hambre que les quitamos. Los misioneros en tierras de salvajes no la tienen peor que mis dos coadjutores y yo. Usted, desde su escuela, y yo, desde mi iglesia, haremos que los niños de estos herejes se acerquen a Dios… Don Manuel Goenaga, ¿verdad? Pues, bien, don Manuel, ya veo que usted y yo estamos en lo mismo. ¡Los niños, los niños! Hay que hacer de estos niños verdaderos vascos…
»-Ya nunca será lo mismo -dije.
»-No, ya nunca será lo mismo -dijo-. La tradición milenaria o se lleva en la sangre o no se lleva. Lo mejor sería que regresaran todos a sus tierras y nos dejaran solos, como estábamos antes. Pero, entonces, ¿quién trabajaría las minas?
»- ¿Son necesarias? -dije.
»- ¿Que si son necesarias? Bueno, aquí están, puestas por Dios. Y no olvidemos que el hierro es un bien connatural con el vasco.
»-Las grandes promesas bíblicas siempre han sido la tierra y la madera. La tierra.
»- ¿Y qué es el hierro sino tierra, mi querido don Manuel? Me llamo don Claudio -dijo.
«Llamo y Teresa abre la puerta. Es de noche. La luz del quinqué le recorta el perfil del rostro.
»-Buenas noches -digo.
»-Ah, eres tú, el maestro -dice-. Y con otro paquete.
»-No ha cumplido su palabra.
»-A mí nadie me manda. Y no te di ninguna palabra.
»-Usted aceptó mi paquete y sabía para qué lo traje.
»- ¡Y tú te marchaste! ¿Quién te entiende?
»- ¿Puedo entrar?
»-Si yo supiera para qué quieres entrar…
»Se hace a un lado y entro. Cierra la puerta. Dejo el segundo paquete sobre la mesa, cerca del quinqué. Puesta en jarras, Teresa me mira y sonríe. A pesar de sus trazas, es muy bonita. Me pregunto si Isidora sería así.
»-Usted ha recibido a hombres en esta última semana y ya desde el primer día. ¿Es que mi paquete era pequeño?
»Teresa se ríe.
»-No, no era pequeño, pero no me gusta lo que no entiendo. Y a ti no te entiendo.
»-Sólo le pido que valore en días cada paquete. ¿Cuántos paquetes he de traer a la semana?
»Teresa da una vuelta a mi alrededor. Describe despacio un círculo completo, conmigo de centro, sin dejar de mirarme.
»- ¿Incluido tú? -dice.
»Y, segundos después:
»- ¿Por qué no hablas?
»Coge el quinqué y me lo acerca a la cara.
»-Creo que te has puesto colorado. ¡Coño!, ¿de qué pasta estás hecho? ¿Quién eres y qué buscas de mí? Ya, sé que eres de Getxo… ¡y no quiero ningún trato con la gente de Getxo!
»La hija de Roque Altube. La hija de Roque Altube es la que ha hablado.
»- ¿Por qué? -digo.
»-Por qué… ¿qué?
»-Por qué no quiere usted hablar con la gente de Getxo.
»Su cabello es muy negro y se lo sacude con un violento giro de cabeza. Deja el quinqué sobre la mesa.
»-De Getxo y, por si fuera poco, seminarista -dice.
»- ¿Por qué cree que he sido seminarista?
»-La mitad de los de Getxo lo sois. Tú has sido seminarista. Os huelo a distancia. Confiésalo.
»-No lo confieso. Lo digo.
»- ¿Sí?
»-Sí.
»- ¡Un maldito misionero de vía estrecha! ¡Toma tu paquete y lárdate! Ya hay por aquí un cura que intenta limpiarme.
»Incluso a la escasa luz del quinqué veo sus ojos echando chispas.
»- ¿Qué terrible pecado has cometido que buscas que te lo perdonen gracias a una puta? ¡No quiero que nadie me use y menos uno de Getxo!
»- ¿Qué tienes contra los de Getxo?
»Coge el paquete, abre la puerta y lo tira fuera y espera a que yo vaya detrás. Me siento en una banqueta.
»-No se trata de eso -digo.
»- ¡Vete!
»-No es lo que usted piensa. Le ruego que cierre la puerta.
»-Desconfío de los hombres que lo piensan dos veces antes de acostarse con una mujer, aunque esa mujer sea yo.
»Cierra la puerta. Se acerca.
»-A pesar de todo, me caes bien. ¿Cuántos años tienes?
»-Veintitrés.
»-Soy mayor que tú: tengo veintiséis. Si hubieras venido como vienen todos, ahora ya podríamos ser amigos. ¡Pero no soporto a los enviados de Dios! Sólo nos dais limosnas: consejos, sermones, escapularios, vidas de santos… Nadie me había traído tocino y patatas para salvarme… Pero todo vale, ¿verdad? ¡Todo con tal de no entregar nada de vosotros mismos! No me atrevo a decirle al cura que se meta en la cama conmigo, así de cobarde soy, pero sí te lo digo a ti.
»Se me planta delante y no se mueve. Yo podría tocar los pliegues de su vestido. Es oscuro, con flores de un rojo oscuro. Arrugado, sin planchar. Teresa no se mueve, sólo espera. Transcurren horas, o sólo segundos. No veo su cara, pero ella me está mirando desde arriba. Levanto la cabeza. Me está mirando.
»-No, ¿verdad? -dice-. Sólo limosnas, y no para mí sino para tu conciencia.
»-Nunca antes había hecho esto.
»- ¿Y por qué conmigo? ¡El seminarista de Getxo quería estrenarse!
»Me levanto.
»- ¿0 es que te gusto y mientras lo piensas quieres tenerme en una urna? -dice-. ¡Vaya sangre la tuya! ¿Cuándo me habías visto? ¿Pediste por mí esta plaza de maestro y para conquistarme me traes comida, o es para que engorde porque no te gustan las flacas como yo? ¡Fuera, fuera, maldito!
»Me golpea y empuja hacia la puerta, hacia donde ya iba yo. Pero, de pronto, es ella la que sale de la casa abriendo de golpe la puerta. Se agacha para recoger de la tierra la comida desperdigada y regresa con ella.
»-Era para mí, ¿verdad? Pues lo acepto… si me entregas algo realmente tuyo.
»Cruzo el umbral.
»-Usted necesita esta comida, no la vuelva a tirar -digo.
»Y salgo y me alejo.
»- ¡Mira lo que hago con tu comida! -dice.
»Y la arroja contra mi espalda.
»- ¡Maldito tú y los tuyos! ¡Con muy poco queréis ganar vuestro cielo! ¡Vete a que te salve otra puta, maestro! ¡De Getxo tenías que ser!
«La maestra de las niñas se llama doña Enriqueta. No es joven, pero conserva en sus ojos la alegría de vivir. Coincidimos al terminar nuestras clases y cuando la chiquillería alborota en la plaza del pueblo.
»-No sé si a usted le gustan estos chicos, pero a ellos sí les gusta usted -dice.
»- ¿Cómo lo sabe? -digo.
»-Veo que no suele dejar a ninguno castigado, y es buena señal, es señal de que están a gusto con usted y se están quietos. Y los de don Juan se han contagiado y no dan lugar a castigos. ¿Sabe por qué le respetan? Porque usted les respeta a ellos.
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