La explotación de mineral había empezado a disminuir dos años antes; algunos yacimientos daban señales de agotamiento y una paulatina pobreza en la calidad del mineral repercutía en la demanda. Descendieron las exportaciones y, por tanto, la producción…, aunque algunas compañías la redujeron astutamente en espera de que la guerra provocara una fuerte subida de precios. Hubo despidos en masa, la semana laboral se redujo a tres o cuatro días y los pueblos mineros se despoblaron. Don Manuel empezó a atender una escuela diezmada. «Eran niños oscuros, Asier, oscuros y pequeños. Y sus padres estaban tan ocupados soportando la miseria…» «Y la explotación», le apuntaba yo. «Oh, claro, la miseria y la explotación…, que nunca se acercaban a hablar con el maestro de los novillos de sus hijos, y era como si tampoco se preocuparan de su color oscuro ni de su pequeño tamaño. Pero eran oscuros y pequeños, Asier.» Me sonó a queja contra aquellos padres que, al parecer, no habían sabido engendrar hijos con mejor aspecto. Fue el comienzo de mil meditaciones angustiosas causadas por la urgencia que reclaman las situaciones descubiertas con retraso, porque desde el principio estuvo representando una comedia para sí mismo. Había aceptado el reto de su mala conciencia y, para desempeñar dignamente su papel, su honestidad hubo de hacer sitio a una falsa ignorancia que se sorprendía a cada paso. La misma razón ética que le movió le obligó a un comportamiento nada ético. En todo caso, drama personal no muy sangrante, en virtud del cambio de piel operado en él, a su curiosa acomodación al nuevo medio, que afectó incluso al lenguaje, al estilo narrativo con que luego me contaría todo ello… «Vive en una casucha apartada del pueblo. No se ve desde la mía. La vigilo a diario desde una loma. Sólo al anochecer llaman a su puerta, y todos los que llaman son hombres. Entran con un paquete o una bolsa con algo, y cuando salen ya no llevan nada…» Era un lenguaje distinto al empleado por él hasta entonces, como si saliera de otra persona. Un lenguaje nuevo. Pero era el propio don Manuel quien hablaba. Al menos, el don Manuel que ya estaba de regreso en Getxo después de la estancia de casi doce meses en su Molokai. Y si había decidido volver, es que era el mismo de antes. Pero no su lenguaje, que pareció ser lo único de lo que no pudo desprenderse. Aún persistía en el tiempo de la Guerra, que es cuando empezó a hablarme de Teresa, veinte años después de su paso por las minas. Y todavía hoy, cuando vuelve al tema, recupera el estilo accidental, y lo abandona y regresa al suyo en cuanto decide dar por concluida la sesión… «Tardo veintitrés días en llamar a su puerta, y ahora no sé si he llamado. Voy a marcharme, y es cuando abre y sé que sí he llamado. Hay poca luz.
»- ¿Quién eres? -me dice.
»- ¿Eh? -digo.
»-Que quién eres. Nunca has venido. Hueles distinto.
»-Soy el maestro -digo.
»-No, tú no eres el maestro. Ya sé cómo es el maestro -dice.
»-Soy el nuevo maestro -digo.» No lejano sino, por el contrario, próximo, casi agresivamente inmediato; glacial y mecánico, aparentemente, pero en realidad cálido y respetuoso con lo que toca. Y si pienso que no eligió el lenguaje sino que el lenguaje le eligió a él es porque la elección de cruzar la ría tampoco fue totalmente suya, pues ocurrió como si del otro lado tiraran tan fuertemente de él que finalmente se dejara arrastrar. De modo que fue el choque contra aquel nuevo mundo el que provocó el nuevo estilo para pensarlo, y luego para contarlo. Pero principalmente para pensarlo. De pronto don Manuel se encontraría perdido, ciego y mudo, y primero sería el miedo, incluso el pavor, y enseguida el respeto, incluso la veneración. Necesitó de un pensamiento distinto para aproximarse temerosamente a lo desconocido, y después de un contar nunca utilizado para transmitir con escrupulosa pureza su peripecia -no su interpretación- de lo visto y oído. Y ésta sería la gran razón de ser de ese lenguaje: la profunda consideración que le mereció cuanto allí encontró, el temor a profanarlo utilizando el lenguaje convencional, que siempre caería en la funesta manía de la interpretación, cuando lo que don Manuel necesitaba eran auxilios que le permitieran expresar su humilde admiración sin quedar contaminado. Era como agarrar con guantes de amianto una superficie al rojo vivo. Se trataba de no mancillar, de no interferir. El lenguaje había de ser invisible. Respeto, tersura, homenaje, cristalinidad, rito, lejanía próxima, pasión contenida, incluso devoción y humildad, humildad. E inmediatez: un tiempo de verbo para fijar la acción y abandonarla al punto para siempre, impidiendo la reproducción de las emociones. Y objetivismo. ¿Objetivismo? Don Manuel era maestro, pero aquí repudió la literatura…, la habría repudiado si le hubieran dado opción. Por suerte para la literatura, el tema lo arrasó todo. Sí, objetivismo en su máxima pureza por parte de un lenguaje estremecido. Por una vez, objetivismo, no hay duda. Pero no como liberalidad de la literatura sino por milagro de la honestidad de un pobre maestro que no halló otra fórmula para salvarse. La literatura no volverá a sufrir semejante menosprecio mientras alguien no la someta a otra prueba para la que da la talla. O quizá se tratara del lenguaje defensivamente objetivo propio de las pesadillas. Resultaba penoso asistir a la transformación de don Manuel (dejaba el discurso prolijo, cachazudo y enfermizamente interpretador para minimizarse y dejar el puesto a una voz impersonal que no relataba sino proyectaba imágenes plásticas con una instantaneidad que sobrecogía) cada vez que, cíclicamente, le acogotaba la tortura. Era la más estruendosa expresión de su mala conciencia.
«-¿Qué quieres, maestro? -dice.
»- ¿Querer? -digo.
»-Traes demasiado bulto para el pago.
»- ¿El pago?
»- ¿Qué te pasa, maestro? ¿Entras o no? Me estoy quedando fría en la puerta.
»Dentro hay una mesa, dos banquetas, una cocina de carbón, un fregadero, un balde con cacharros y una cama de hierro. Teresa vierte agua de un balde en un puchero vacío y lo pone al fuego.
»- ¿Cómo te llamas? -dice.
»-Manuel.
»-Eres alto, no eres mal tipo. Es una suerte que no tengas que ir a la mina. Nadie quiere venir a estos puebluchos. ¿Por qué has venido tú?
»La miro.
»- ¿No quieres hablar?
»La miro.
»-Allá tú. La verdad es que me importa un higo.
»Se sienta en la cama, cruza una pierna sobre la otra y empieza a quitarse una bota y luego una media de lana marrón con agujeros. La cara de Teresa es redonda y sin huesos.
»- ¿Por qué te vuelves de espaldas? -dice-. Me gusta ver la cara de los que van a estar conmigo.
»Acaba de desnudarse la otra pierna.
»-Bueno, ¿es que no vas a soltar el paquete de tus manos? -dice.
»Dejo el paquete sobre la mesa.
»-Es para usted -digo.
»- ¿Te ocurre algo?
»-Es para que no tenga que aceptar paquetes de otros hombres -digo.
»Se levanta y viene hasta la mesa. Descalza. Rompe a tirones la cuerda del paquete y luego rasga el papel de estraza y aparece el pan, los huevos, el tocino, el azúcar y el aceite.
»- ¿Para cuántas veces? -dice.
»-Es para que cierre la puerta a todos los hombres -digo.
»Me mira.
»-Tú sólo, ¿eh? -dice.
»Lo último que le oigo al marcharme es:
»- ¿Adónde vas? ¿A qué coño has venido, entonces?
«En La Arboleda hay dos maestros, y el que está cuando yo llego ocupa con su mujer la vivienda del maestro, sobre la escuela.
»-Alójese en la pensión de Beatriz -me dijo don Juan, que así se llama el maestro-. Es limpia y económica.
»El maestro y su mujer tienen unos cuarenta años. Ella es menuda y ágil y el recibimiento que me hizo fue frío. Se llama doña Virtudes. El parece un hombre cansado incluso de la escuela.
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