Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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»-Sí.

»- ¿Comprende que no tengamos más remedio que luchar?

»-Sí, la patria siempre nos está pidiendo luchar por ella. Y la patria de ustedes es su clase. Pero esto ocurre porque no están en su tierra.

»Calla un rato porque no deja de mirarme.

»- ¿Por qué me dice eso si sus ojos dicen otra cosa? -dice.

«Teresa. Teresa. Teresa.

«Encuentro al tendero a la puerta de su tienda.

»-Buenas tardes. ¿Tiene aceite para el quinqué? -digo.

»Da a la plaza la tienda de Bernabé. No le caen bien los socialistas, sobre todo desde que abrieron una cooperativa donde venden género más barato.

»- ¿Es que la patrona le vacía de aceite el quinqué para que no se lo gaste? -dice.

»Ríe, enseñando unos dientes amarillos y rotos por el azúcar. Me ha contado doña Beatriz que se aficionó al azúcar a raíz de un cargamento echado a perder por una inundación y que, para no tirarlo, se lo comió. Durante dos años apenas probó otra cosa. Luego, ya por afición, siguió comiendo azúcar años y años, hasta su última subida de precio, pero ya tenía perdidos los dientes.

»-No es justo que yo pretenda incluir en el precio de la pensión el gasto extra que yo haga de aceite -digo.

»-Suelo ver luz en su ventana después de las doce de la noche. ¿Qué hace, si no es impertinencia?

»-Trabajo.

»-Ah.

«Hay demasiados mendigos en La Arboleda. Son viejos mineros a los que ya no admiten en ningún puesto. Después de entregar a la mina medio siglo de su existencia, un día el capataz les dice: "Fulano, no hace falta que vuelvas mañana". Si un hijo los recoge, tendrán un techo y una cama. Si no, se alojarán en chabolas de tablas o en cuevas del monte.

Y pedirán limosna por los pueblos. Lo mismo ocurre con los accidentados: reciben unos cientos de pesetas por un par de piernas o unos brazos perdidos y no tardan en tener que pedir. Eduardo Varela me habla de todo esto.

«Cada vez llaman menos hombres a la puerta de Teresa, y ella sigue sin abrirla.

«A la salida de misa se me acerca don Claudio.

»-Ya sé que no es usted quien busca a ese socialista, Varela, sino que él le busca a usted, pero no está bien que le vean tanto en su compañía. Podrían pensar cualquier cosa -dice.

»-No tienen por qué pensar nada -digo.

»-Ustedes, en Getxo, no tienen este problema, no tienen que cuidarse de ellos. Son nuestros enemigos y usted lo sabe, don Manuel. Algún día quemarán las iglesias y matarán a los curas… ¿En qué piensa usted? Parece encontrarse en otra parte.

«Allá abajo veo la puerta de Teresa. He venido a la colina esperando, como es domingo, encontrarla abierta, no sé por qué. Me llega la música de la banda en la plaza de La Arboleda. Pero, cuando bajo, ya ha callado y suena el organillo del ciego. Cobra cinco céntimos por pieza a cada pareja. Los nueve músicos de la banda han dejado sus instrumentos en el kiosco y están en la taberna.

»-Buena noche, ¿eh, don Manuel?

»Es Eduardo Varela.

»- ¿Por qué no me acompaña a nuestra Casa del Pueblo? A no ser que quiera bailar…

»Le acompaño. La planta baja de la Casa del Pueblo es un salón de actos, con un pequeño escenario, sillas y bancos corridos.

»-Tenemos ciento quince sillas -dice-. Me costó lo mío conseguirlas. Ciento quince.

»Ha habido una representación teatral, los bancos y las sillas están desordenados y el aire aún está cargado. Un grupito de gente habla en un rincón.

»-Cultura -dice Eduardo Varela-. Aunque me esté mal decirlo, a mí se me debe este humilde foco de cultura. Un minero culto será más hondamente revolucionario. ¿Sabe usted, don Manuel?, en mis buenos tiempos me ganaba la vida vendiendo libros. Usted lee mucho, ¿verdad? Su ventana está encendida por las noches.

»-Parece que mi ventana encendida preocupa a mucha gente. Sí, releo el Quijote por enésima vez, porque espero traducirlo al euskera algún día y quiero descubrir por qué Don Quijote, siendo castellano, exaltaba menos a Castilla que a valores universales, como el espíritu de sacrificio y de justicia de la caballería andante, por ejemplo.

»-Creo que le entiendo. Usted se pregunta si hay que estar loco para hacer una cosa así. Es una duda muy nacionalista, supongo.

»-Quiero descubrir cuándo fue Don Quijote más digno y noble, más él mismo, si cuando se olvidó de Castilla y viajó por regiones e ideas distintas, tratando de deshacer entuertos, o cuando le volvió la cordura y se refugió en sus raíces.

»-Muy interesante.

»-No investigo el pensamiento de Cervantes, sino lo que del propio libro se desprende, porque un libro así tiene vida por sí mismo… Pero sólo son cosas mías.

»-Quizá sólo suyas, por desgracia. Inquietudes semejantes convendría las tuviera todo nacionalista. Porque de lo que se trata es de…

»-Todo nacionalista y todo internacionalista, que podrían acabar siendo lo mismo…

»-Claro, claro… Porque de lo que se trata es de elegir ideas que sirvan al hombre y no hombres al servicio de una idea supuestamente eterna.

»- ¿Y si esa idea eterna es buena?

»-Ninguna idea eterna es buena.

»- ¿Ni el socialismo?

»-Ni el socialismo.

»Subimos al piso.

»-En este cuarto se reúnen las juventudes socialistas. Y, en este otro, nosotros -dice Eduardo Varela.

»El primero está vacío y en el segundo hay dos hombres, uno sentado a una mesa y el otro paseando con las manos en los bolsillos del pantalón.

»-Vicente y Marcelo. Éste es el nuevo maestro, don Manuel -dice Eduardo Varela.

»Me miran. Tienen unos cuarenta y cinco años. "¿Saben ustedes algo de Teresa?", es la pregunta que me gustaría hacerles.

»-Es el primer maestro que pisa esta casa. Don Juan ni siquiera la mira cuando pasa por delante -dice Vicente.

»-Las fuerzas vivas no suelen estar con nosotros -dice Marcelo.

»-Cuidado con don Manuel, que es nacionalista -dice Eduardo Varela sonriendo.

»La mirada de piedra que me lanza Marcelo me hace sentir incómodo. Pero enseguida vuelve a sus paseos por el cuarto. Sé quién es el de esa foto grande con marco colgada en la pared: Carlos Marx. Y el de la de al lado: Prieto. Hay también un calendario y una litografía amarilla con este pie: Los m á rtires de la Plaza del Heno de Chicago. 1886, representando a una multitud huyendo ante los disparos de un ejército de policías y, en el suelo, a decenas de obreros muertos o heridos.

»-Nosotros también tuvimos aquí lo nuestro en la gran huelga de mayo del noventa -dice Eduardo Varela-. Fue la primera y más grande expresión de protesta y de unión de la clase obrera en Vizcaya. Había coraje, pero faltaba conciencia revolucionaria.

»-Son nueve los militantes que todavía no han pagado la cuota de este mes -dice Vicente señalando sus papeles.

»-Serán los mismos de siempre -dice Eduardo Varela. Se vuelve a mí-. Carecíamos de un sindicato, los socialistas apenas teníamos organización, a los mineros sólo les interesaba trabajar durante unos años para regresar con ahorros a su tierra…, ¡pero logramos mover a diez mil hombres!

»-Conozco algo de eso, he leído viejos periódicos -digo.

»-Usted no está de acuerdo con lo que hacemos -dice Marcelo.

»-La violencia sólo se da cuando no se han sabido establecer unas normas -digo.

»Me corta Marcelo.

»-Con la violencia del noventa conseguimos la supresión de los barracones y cantinas obligatorios y la jornada de diez horas. En Chicago -me señala la litografía- ya tenían entonces la de ocho horas, pero hubieron de morir más obreros que aquí: más de cincuenta. La experiencia nos demuestra que la reducción de horas se consigue con muertos: a más muertos, menos horas. ¿Cree usted que los patronos nos darán por las buenas las ocho horas? Habrá que seguir luchando y muriendo.

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