»Entre don Juan y yo nos encargamos de ciento veinticinco chicos, repartidos en tres secciones. De momento, don Juan lleva la segunda y la tercera, y yo la primera, la más numerosa, la de los pequeños. Son éstos los únicos que han de pagar: una peseta al mes, hasta que cumplan seis años. Permanecen en la escuela siete u ocho años más, hasta los catorce, siempre que sus padres no los manden a la mina, que es lo que suele ocurrir. Se inician en la mina de aprendices, a partir de los once años, con un jornal de una cincuenta.
»La plaza está frente a la iglesia de la Magdalena y las dos escuelas. El piso es de tierra y tiene un kiosco con techo para los músicos.
»-Nos gustaría tenerle con nosotros mucho tiempo, don Manuel dice doña Enriqueta.
«Creo que ese hombre que está al otro lado del kiosco me está esperando.
»-El nuevo maestro, ¿no? Me alegro de conocerle. Hay mucho trabajo que hacer aquí -dice.
»Y se me queda mirando demasiado fijamente. Tiene más de sesenta años y es pequeño y de cara ancha con manchones rojos y abrigo hasta los pies.
»-Sí, con los pequeños hay que trabajar mucho en todas partes digo.
»-Yo pensaba en los mayores -dice, sin dejar de mirarme bajo sus cejas peludas-. Pero el camino hacia la justicia social está lleno de trampas… Es que yo soy socialista, ¿sabe usted? -y no aparta un solo instante la mirada de mí-. Lucha, lucha y unión es nuestro credo. Pero se avanza muy despacio.
»-La vida es…
»- ¿Qué iba a decir?
»-… es más sencilla.
»- ¿Cree usted realmente eso?
» ¿Por qué no deja de mirarme tan fijamente?
»-No para todos, señor maestro -dice.
»De modo que estoy ante uno de ellos.
»-Si usted quiere saber si el nuevo maestro es socialista, le tengo que decir que no -digo.
»-Estaba ya claro, y es una lástima, porque el ejemplo que ofrece un maestro hace mella. En fin. Me llamo Eduardo Varela y pertenezco a la agrupación socialista de La Arboleda. Nuestra Casa del Pueblo está abierta a todos y también a usted. Repito: es una lástima… ¿Le he molestado?
»-No, no…
»- ¿Le preocupa algo? Le noto como ausente. Si puedo ayudarle…
»Calla, me mira y sonríe moviendo la cabeza.
»-Creo que estoy hablando demasiado. Espero que nuestras diferencias ideológicas no enturbien…
»-Yo no tengo ninguna ideología.
»Sonríe.
»-En Getxo no entendemos lo que pasa aquí -digo.
»-Sé lo que piensan en Getxo sobre las minas. Ignoro si usted eligió este destino, pero me alegro de tenerle aquí. ¿Sabe por qué? Porque nos conocerá… Sí, estoy hablando demasiado.
»De modo que es uno de ellos.
»-Me alojo en la pensión de Beatriz. ¿Quiere que nos sentemos a tomar un vaso de vino?
»- ¿Está hablando en serio? Desde el primer momento supe que era usted un hombre justo -dice.
»Don Claudio y otro cura me miran desde el pórtico de la iglesia.
«Teresa. Teresa.
«-A mi marido le aplastó una peña y sólo pudimos enterrar sus brazos, sus piernas y una pasta de ropa, tripas y cabellos negros. Él era muy moreno, ¿sabe usted? Es una suerte no haber tenido hijos, así no habrá más mineros en la familia -dice doña Beatriz, la dueña de la pensión.
«Algunas niñas de La Arboleda reciben clases de las monjas del convento de la Purísima Concepción. Sólo pueden ir aquellos cuyos padres trabajan en la Orconera, pues esta empresa minera subvenciona a las monjas.
«Estoy en la colina. La puerta de la casucha de Teresa está cerrada. Llama un hombre, pero la puerta no se abre.
«- ¡Malos tiempos para los mineros, don Manuel! -dice Eduardo Varela-. ¡Tenía usted que haber visto el clima de lucha que había por aquí hace años! ¿Quiere saber cuántos parados tenemos hoy sólo en La Arboleda? ¡Siete mil!
»-Pero el hambre hará más peligrosos a los mineros. Quiero decir, más combativos… -digo.
»-Ah, no, por desgracia. Mire usted: estos pueblos se han despoblado. Los hombres que años atrás llegaron de otras tierras atraídos por los jornales, regresan a sus lugares de origen. Los que aún conservan sus puestos de trabajo viven bajo el terror de perderlos. Yo se lo explicaré, clon Manuel: las minas están dejando de producir, se exporta menos mineral, su calidad ha bajado… ¡Y la guerra! ¿Quién, pudiendo, no negocia con la guerra? Los patronos capitalistas están esperando la subida del precio del mineral… Desde hace tres años, la Orconera ha implantado la semana de tres días, y Franco-Belga y Luchana Mining han cerrado por completo. Y así el resto de las compañías. Hoy, al cabo de dos años de guerra, empiezan a advertirse signos de recuperación. Nuestra Federación Minera ha perdido fuerza, claudica ante las miserables ofertas de los patronos. En el catorce, por ejemplo, suspendieron las negociaciones para fijar un salario mínimo… y la Federación Minera aceptó. En el pasado año un congreso minero rechazó la propuesta de Perezagua de ir a una huelga contra la crisis de trabajo. En febrero de este mismo año hemos aceptado un aumento del diez por ciento en vez del veinticinco por ciento pedido… Le estoy aburriendo, don Manuel. Es que es mi tema.
»-No, no…
»-Le veo ausente.
»-Me interesa conocer cosas de aquí. No se puede imaginar usted lo que me interesa. Me dijo que se llamaba…
»-Eduardo Varela.
»-Eduardo Varela -digo.
»- ¿Le preocupa algo? Le veo lejos…
»-Le ruego que continúe… Sé que Perezagua es el líder sindical socialista.
»-La fuerza que tuvieron los mineros la tienen ahora los metalúrgicos. Hay una epidemia de creación de nuevas industrias, navieras, astilleros. ¡La guerra le ha sentado muy bien al capitalismo industrial vasco! Las empresas de la ría dan trabajo a una masa de obreros. Desde hace dos años existe el Sindicato Metalúrgico, que ya ha pedido aumento salarial. El mismo Prieto ha venido a hablar en los mítines de la campaña. Los patronos ofrecieron el diez por ciento, el sindicato exigió el treinta. Y no se contentó con ello: en julio declaró la huelga en Altos Hornos, primer paso para la huelga general acordada por UGT y CNT en sus congresos de mayo. El diez de julio la Guardia Civil nos mató a un compañero llamado Cipriano García y el sindicato decretó una huelga de veinticuatro horas en toda la zona fabril, secundada masivamente. Fueron momentos graves, la gente lloraba de pena y de rabia. Hace dos meses celebramos en Sestao un homenaje a ese compañero y Prieto dijo a los miles allí reunidos que Cipriano García había sido una nueva víctima de la lucha que sostenemos los trabajadores por la justicia social… ¿Iba usted a decir algo?
»-Bueno, sí, aunque la verdad no sé qué decir…, excepto que todo ello es muy doloroso -digo.
»-Ellos lo hacen doloroso.
»- ¿Ellos? Sí, claro…, ellos.
»-Usted no lo siente, ¿verdad?
»- ¿Es preciso llegar a esa violencia, a esos enfrentamientos?
»Me mira.
»-Cuando no hay otros caminos… Usted ha de entenderlo.
»-Sí -digo-. Pero aquí concurren circunstancias especiales… Tanta inmigración, tanta gente de fuera trabajando en una tierra que no es la suya… Es gente que no ama la tierra que pisa.
»- ¿Qué importa el escenario? El problema es el mismo en cualquier parte.
»Eduardo Varela y yo nos observamos detenidamente.
»-Siempre y en todas partes hay una clase oprimiendo a otra -dice-. Incluso en Getxo, don Manuel.
»-Nosotros resolvemos estas cosas de otro modo -digo-. En realidad, no tenemos que resolverlas, nos vienen resueltas desde siempre.
»-Si es así, ustedes son muy afortunados -dice-. Pero aquí no tenemos esa suerte.
»-Ahora es usted el que no siente lo nuestro -digo.
»-No se trata de sentir sino de entender. Pero tampoco lo entiendo. ¿Entiende usted lo nuestro? No digo sentir sino entender… ¿Lo entiende?
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