Joanne Harris - Chocolat
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– Pero tendríamos que preguntarle a ella si le parece bien -le sugerí.
A las cuatro ha llegado Anouk cansada, más contenta que unas Pascuas y sucia de barro hasta el cuello y, mientras Joséphine le hacía un té, yo le he preparado un baño caliente. Después de quitarle toda la ropa sucia que llevaba encima, la he metido en remojo en agua caliente perfumada con miel y seguidamente nos hemos sentado las tres para tomar unos pains au chocolat, brioche con mermelada de frambuesa y unos rotundos albaricoques confitados que proceden del invernadero de Narcisse. Joséphine parecía preocupada y ha estado dando vueltas a un albaricoque en la palma de la mano.
– No puedo quitarme a ese hombre de la cabeza -ha dicho por fin-. Ya sabes a quién me refiero, al hombre que ha estado aquí esta mañana.
– ¿Roux?
Asiente.
– Eso de que se incendiase su barca… -dice como sondeándome-. Tú no crees que fue accidental, ¿verdad?
– Eso cree él. Dice que olía a petróleo.
– ¿Qué crees que haría si descubriese… -hace un esfuerzo para seguir-… si descubriese quién lo hizo?
Me he encogido de hombros.
– ¿Cómo voy a saberlo? ¿Por qué lo dices, Joséphine? ¿Tienes idea de quién pudo ser?
Y continúa rápidamente:
– No, pero si alguien lo supiera… y no lo dijera… -deja colgada la frase y se quedó balbuceando y un tanto desazonada-. ¿Te parece que él… quiero decir… qué te parece que haría…?
La he mirado. Rehúye mis ojos mientras sigue dando vueltas y más vueltas con aire ausente al albaricoque que tiene en la mano. Veo que de sus pensamientos se levantaba una repentina vaharada de humo.
– Tú sabes quién lo hizo, ¿verdad? -le pregunto.
– No.
– Mira lo que te digo, Joséphine, si sabes algo…
– Yo no sé nada -ha declarado con voz inexpresiva-. ¡Ojalá supiera algo!
– Está bien, está bien. Nadie te echa nada en cara.
He procurado infundir un tono convincente a mi voz con intención de sonsacarla.
– ¡Yo no sé nada! -repite con voz histérica-. De veras que no sé nada. Además, ese hombre se va… o eso dijo. No es de aquí, no había estado nunca aquí y… -se interrumpe con un chasquido audible de los dientes, ha cortado la frase como si le hubiera pegado un mordisco.
– Esta tarde lo he visto -dice Anouk de pronto mientras mastica el brioche-. He visto su casa.
Me vuelvo hacia ella llena de curiosidad.
– ¿Ha hablado contigo?
Ha movido afirmativamente la cabeza, como dándose importancia.
– Sí, claro. Me ha dicho que va a hacerme una barca, una barca de madera, bien hecha, para que no se hunda. Bueno, si no le pegan fuego.
Anouk imita muy bien el acento de Roux. En su boca cobran vida los fantasmas de las palabras de Roux y hasta me parece verlos haciendo corvetas. Me vuelvo para disimular una sonrisa.
– Tiene una casa muy guapa -continúa Anouk-, con un fuego en medio de la alfombra. Me ha dicho que puedo ir a verlo siempre que quiera. ¡Oh! -dice de pronto llevándose la mano a la boca con aire culpable-. Me había dicho que no te dijera nada
– lanza un suspiro teatral-. Y ahora te lo he dicho, maman. ¿Verdad que ahora ya lo sabes?
La abrazo con una carcajada.
– Sí, ahora ya lo sé.
Veo que Joséphine está alarmada.
– A mí me parece que no deberías ir a esa casa -ha dicho llena de ansiedad-. No conoces a ese hombre, Anouk. Puede ser una persona violenta.
– Yo creo que es un buen hombre -digo haciendo un guiño a Anouk-, pero eso sí, quiero que me lo digas siempre que vayas a verlo.
Anouk me ha devuelto el guiño.
Hoy ha habido un entierro. Se ha muerto una anciana que vivía en Les Mimosas, una residencia situada río abajo y, ya fuera por miedo o por respeto, la ceremonia ha procedido con gran lentitud. La difunta era una mujer de noventa y cuatro años, según me ha informado Clotilde, la de la floristería, y era una parienta de la difunta mujer de Narcisse. He visto a Narcisse, quien como única concesión a la solemnidad de la ceremonia llevaba una corbata negra y se había puesto la americana de tweed, mientras que Reynaud, de pie en la puerta y con vestiduras de color blanco y negro, sostenía una cruz de plata en una mano y extendía benévolamente la otra para acoger a los que formaban el cortejo fúnebre. Los asistentes eran pocos. Había una docena de viejas, a ninguna de las cuales conocía, una en una silla de ruedas empujada por una enfermera rubia, otras redonditas y vivarachas como Armande, algunas con esa delgadez casi translúcida propia de la gente muy vieja, todas de negro riguroso, con medias, sombreros o pañuelos atados a la cabeza, algunas con guantes y otras con las manos lívidas y retorcidas enlazadas sobre el pecho plano, igual que vírgenes de Grünewald. Lo más visible eran sus cabezas y, mientras iban camino de Saint-Jérôme en apretado grupo, parecían gallinas cluecas. Entre las cabezas gachas he sorprendido alguna mirada furtiva ocasional lanzada por unos ojos hundidos en un rostro grisáceo, unos ojos negros que fulguran desconfiados un momento para mirarme desde la seguridad del enclave donde están atrincheradas las viejas mientras la enfermera, con maneras competentes, resuelta y jovial, las va empujando desde detrás. No parecen tristes. Al entrar en la iglesia, la mujer a la que llevan en silla de ruedas sostiene un misal negro en una mano y canta con voz meliflua. Las demás están sumidas mayoritariamente en silencio y hacen una inclinación de cabeza cuando pasan por delante de Reynaud y se sumergen en la oscuridad de la iglesia y algunas le entregan una nota orlada de negro para que la lea en voz alta durante la ceremonia. El único coche fúnebre del pueblo llega tarde. Dentro, un ataúd con negros paños y un solo adorno floral. Una campana dobla tristemente. Mientras yo espero apostada en mi establecimiento vacío, he oído que del órgano salían unas notas desmayadas y fugitivas, como piedras que cayeran en las profundidades de un pozo.
Joséphine, que estaba en la cocina sacando una hornada de merengues de crema de chocolate, ha entrado en la tienda sin hacer ruido y se ha estremecido.
– Esto es horripilante -ha comentado.
Me acuerdo del horno crematorio, de la música de órgano -la Toccata de Bach-, del ataúd reluciente y barato, del olor a barniz y a flores. El sacerdote pronunció mal el nombre de mi madre: Jean Roacher. A los diez minutos todo había terminado.
Ella me había dicho: «Habría que celebrar la muerte. Como si fuera un cumpleaños. Cuando me llegue la hora, quiero elevarme como un cohete y caer después en una lluvia de estrellas y oír cómo todo el mundo dice: ¡aaaaah!».
Esparcí sus cenizas en el puerto la noche del cuatro de julio. Había fuegos artificiales, algodón de azúcar y petardos atronando en el muelle y en el aire flotaba el olor acre a pólvora y el de perritos calientes y cebollas fritas y un leve tufillo a basura que venía del agua. Era la América que ella había soñado, un gigantesco parque de atracciones, destellos de neones, música, multitudes cantando y empujándose, todo aquel relumbrón untuoso y sentimental que ella amaba. Aguardé a que llegara el momento culminante de la exhibición, momento en que el cielo se convirtió en erupción temblorosa de luces y colores y en que dejé que el torbellino engullera suavemente las cenizas, que al desparramarse se volvieron azules, blancas y rojas. Habría querido decir unas palabras, pero ya no quedaba nada que decir.
– Horripilante -ha repetido Joséphine-. Detesto los entierros. No voy nunca a ninguno.
No digo nada, me limito a observar la plaza silenciosa y a escuchar el órgano. Menos mal que no es la Toccata. Los ayudantes de los sepultureros han cargado el féretro y lo han entrado en la iglesia. Parecía muy ligero y los pasos de los hombres eran vivos y resonaban, poco reverentes, en el empedrado.
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