Pablo Amado - Letras imperfectas
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Marcan mis dedos la horquilla del viejo teléfono negro y me atiende mamá:
-¿Nati??? ¿Hijo???
-Dame con papá que no tengo tiempo, me prestaron este teléfono, dale, mami, por favor. -Escena que me sopapea cada vez que miro Iluminados por el fuego pero cuarenta años antes de Gastón Pauls
-Viejo: sólo nos dan permiso para pasar fin de año acá en Bahía con un familiar, veni urgente, no me importa un carajo después, llegó un radiograma del comando en jefe y ya nos alistamos para ir al sur, por favor, papá…
Se me seca la garganta, es la primera vez que dejo caer una lágrima por Tochi sin que me sacuda un sopapo. Pero estamos jugados porque se viene la guerra y, aunque Lelo Rush, el gallego Sellera y yo estamos seguros de que no va a pasar una mierda, que todo es un circo como después harían en el 82 y les salió mal.
Un mes antes mamá había venido con Nora y todavía sentía el ardor en la piel y la sangre porque no nos dieron permiso para salir de la Rural, allí en el cruce de la 3, la 33 y la 35, lo que todavía se llama Campo Bordeu, y estaban los vagones prestos con los bolsones porta equipos y fusiles: detrás de la YPF “El Cholo” que aún hoy existe paraban los camioneros y nosotros nos escapábamos a buscar los cigarrillos, no éramos milicos, sabían todos que íbamos a la guerra y el quiosquero nos los daba al costo, y nos guardaban sándwiches de milanesa porque la comida de rancho era peor que en Comodoro un año antes.
El veintinueve, una vez más, como lo hiciera dieciocho años después en la vera de la misma ruta 33 pero a 50 kilómetros de Venado Tuerto, miré la puesta de sol pidiéndole a Dios ayuda. Fue calurosa la tarde, y yo, fumando un Parisienne sobre una tranquera, miraba pasar camiones en perspectiva, con vacas mugiendo muy cerca, ese olor a bosta ya impregnado hasta en la piel y creyendo que el horizonte estaba más cerca que nunca.
A las nueve en punto del 30 de diciembre me mandan buscar a la cuadra, nos lavábamos la cara con agua salada, la misma de la napa, ésa que debo haber bebido por error dos meses antes y me dejó con enterocolitis y 43º de fiebre en el Hospital Militar…
Un subteniente de reserva me avisa que hay dos señores (el otro era el taxista que lo había traído desde la estación de tren) que me buscan, mi corazón late a doscientos por hora como la Ferrari del Lole, y veo a Tochi en el alambrado con los ojos brillosos, se me nubla la vista y la garganta se me anuda como esas corbatas con el nudo corazón que aprendí de papá sin que lo supiera. Lo aprieto en un abrazo, el que había postergado toda mi vida, porque lo veía en silencio sin decir nada en Constitución cada vez que el tren partía, y porque nunca mostraba sus sentimientos, cuando me miraba con orgullo al finalizar 7º grado en el coro de la escuela, en el conjunto folklórico, o cuando le llevaba libros de la biblioteca escolar y le decía: -Papi, ¿cuál me recomiendas leer? Era el mismo que cosiera en su taller el saco azul y el pantalón gris del Bar-Mitzvá, el que me llevaba al Parque Avellaneda al trencito. Mi viejo, el del corazón que siempre parecía cerrado con candado…
-¡A Tochi lo viene a buscar su papá!-, gritan todos los milicos. -¡Ya fírmenle la licencia hasta el 1º de enero a las 830 de la mañana!
0 de la mañana! No eran boludos, no nos dejaban ir a Buenos Aires, el permiso era para pasar fin de año con un familiar solamente en Bahía Blanca, el garrón de Navidad del cagón del Mayor de Compañía no se lo iba a bancar, tener a los soldaditos en Buenos Aires brindando y él adentro con el orto fruncido… La historia después escribió que Videla quería una cosa y Massera otra, ese juego interno de a ver quién la tiene más grande que tanto les gustaba, y el Cardenal Samoré de un lado al otro como Alexander Haig cuatro años después por Malvinas.
Les miento que mis dos compañeros vienen al mismo Hotel Muñoz donde habían estado mamá con Nora en noviembre (cada familiar podía llevar a dos soldados más) y Lelo y Hugo arman el bolsito de apuro, cuando comienzan a llegar más familias en auto desde Buenos Aires. Don Arón, Tochi pa’lo que guste mandar, se bancó el culo casi sin raya en el mismo tren que un año antes me llevaba a San Antonio Oeste y después a Comodoro bien estoico. Pero nosotros habíamos cobrado sueldo y aguinaldo doble, ya que bajo bandera de guerra todo era por dos, y nos alcanzaba la moneda para salir a las 15 horas en un vuelo de Austral, ya repleto en vísperas de fin de año, el que ya no tenía pasajes.
Papá me miraba distinto en la plaza del centro, el ómnibus de La Estrella partía recién a la noche y lo mejor fue disfrutar sin ansiedad -ésa que siempre me invade y él nunca tiene-, sentarnos por una cerveza fría y por primera vez sentir el gran amor por mi padre, aprender de sus silencios más que de sus gritos.
El 1º de enero a las 17:30, el vuelo de Austral partía desde Aeroparque, Nora me abrazaba llorando, mamá también, y papá -Tochi “pa’loquegustemandar”- me miraba de lejos, sólo le di un apretón de manos, pero desde ese fin del 78 jamás volví a sentirme lejos del viejo, recordando un día después “Que me quiten lo bailao” en la voz del varón del tango, mientras ese subteniente de bigote modelo Videla me gritaba ”¡carrera march, cuerpo a tierra!”
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A las 20:30 llegan papá Tochi y mamá Tita al pequeño dos ambientes de Paraná y Cangallo, traen una bolsa de supermercado con alimentos no perecederos. Miro a papá en silencio, marcando los últimos avisos de Clarín, estamos a mediados del 81 y, aparte de que mi San Lorenzo se está yendo al descenso, estoy sin trabajo y Emmanuel en la pancita de su madre. Sé que es una bendición un hijo, y mi esposa trabaja afuera, cocina, lava y plancha, y yo muerdo mis labios en silencio, pero Tochi, al igual que la tía Mary, no falla… Una vez más se anuda mi garganta, pero ahora ya no tengo dudas que mi viejo es el mejor hombre que conocí. Dos años después, con sus manos, en el taller, les hará a sus primeros nietos los tapaditos de invierno y yo tomaré una foto que aún guardo por duplicado, la de papel Kodak -en un álbum- y en la de mi corazón de hijo.
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Ya estamos todos en la mesa del Club Isondú de San Pedrito y Eva Perón (ya no se llama Del Trabajo). Lalo, que tantas manos le daba en Rosario un año antes para que éste escritor no pasara hambre, está junto a los santiagueños y toda la barra que juega al básquet está por festejar los 70 de Tochi, mamá camina mal por la operación, Gabi, mi hermano menor, vino a jugar también, después llegará Rubén, mi otro hermano y toda su linda familia. El salón está repleto, hay chacareras, canto y guitarras, pero yo recuerdo a quien nunca dejé de amar y ensayo “Mujer, Niña y Amiga”… Vine a su cumple en silencio, hace varios meses que los fines de semana, cuando llego a Liniers desde Rufino, duermo en la piecita de mi adolescencia de nuevo, avatares de la vida, me tocó agachar la cabeza y contarle al viejo de mis errores, yo 37 y él 70, lo que no hice a los 17 y a los 50 suyos, y recordar ese cartel que cuenta en retrospectiva de vida lo que uno repite cuando el otro ya no está: “Que genio era mi viejo”. Ahora le hago caso, sigo siendo rebelde, sensiblero y mequetrefe, como escribió la gran Eladia, pero aprendí de los silencios de mi padre, aunque nunca dejaré de ser el charlatán de feria que decía mi abuela.
Lo mejor fue a sus 80, cuando sus hijos y nietos nos calzamos camisetas de básquet con esa inscripción, Tochi80, yo mismo caminé todo el Once para encargarlas y ante la sorpresa de todos, pedí una guitarra prestada y canté Mi viejo, de Piero, junto a mis hermanos: nada podrá borrar esa imagen, nadie tampoco.
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