Pablo Amado - Letras imperfectas
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Mamá revisaba en los quioscos la Radiolandia, y yo El Gráfico o la vieja revista El Ciclón, aquella impresa en papeles sepia.
Todavía estaban las vías del tranvía 83 -antes de los Leylands que iban desde Villa del Parque hasta Constitución-, el que nos llevaba hasta el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata.
Cuando llegábamos al Piñero la veía, siempre harapienta y abrigada hasta en verano, mientras doña Tita me tironeaba la mano así la evitaba, algo que yo no quería…
Todos los gatos estaban a su alrededor, cada uno esperaba su turno para su plato de leche, y mi inocencia no entendía cuánta riqueza había en esa vieja, cuánto contraste con la indiferencia de la gente que pasaba por la esquina de Varela y Crisóstomo Álvarez.
Mi manito tironeaba la de mamá para quedarme, pero más podía su fuerza.
A media mañana, cuando salíamos, la viejecita ya no estaba y mi desazón crecía, los gatitos me miraban, a ver si se las traía de nuevo.
Nunca faltaba, hasta que un día no vino más y fueron despareciendo los felinos de a uno, adoptados por quién sabe.
Hubo otras viejas y otros gatos, pero treinta años después la recordaba a ella, en el pueblo, aquella mañana de domingo que fui a buscar a Julián, el único gatito del SAMCO de Sancti Spíritu, único pueblo cuyo hospital albergaba a un solo felino, y deseos ocultos de la infancia y de la adolescencia me invadieron, ya que papá no quería mascotas en casa, le bastaba con cuatro hijos cachorros, por eso mucho no duraban. Como César, un perrito fue a parar a casa de doña Rocha, la vecina y mamá del gordo Andrés, mi gran amigo de la infancia. O los dos patitos, sí, señores, patos, a los que habíamos bautizado junto a Daniel, mi hermano, como Ubaldo y Omar -por Fillol y Pastoriza-, al patio y jardín de otra señora. Y otro gatito que se fue nadie sabe dónde, la misma noche del 27 de octubre del 78, cuando me llevaron a Bahía Blanca por el conflicto del Beagle.
La vida es lo que recordamos de ella, decía Gabriel García Márquez, y puede ser una reminiscencia tan hermosa como patética. Los años cambiaron esa esquina, y he vuelto tantas veces al Hospital Piñero como tan pocas recuerdo a los gatitos, cachorros de una vida que no piden ni eligen, en un siglo tan cruento con tantos hombres y mujeres dispersos y abandonados en el mundo.
... y en esa mezcla de amor y de estío, quiso tu beso ir a la par del mío...
Donde estés tú (Canción 1975) ♪ ♫
Quizás en cada lágrima
o en mi imaginación,
donde estés tú.
O en algún recuerdo
o en las cosas tuyas o mías,
ahí estás tú.
O dentro de cada caja de fósforos
o en cada vuelta del disco,
en mi vida, ahí estás tú.
Como metida en mis ojos
o en cada página del diario,
o en aquel camino,
en cada grano de barro
que tantas veces pisamos,
ahí estábamos tú y yo.
O en cada pucho que se terminaba,
o en el dulce tic-tac del reloj de tu casa,
o en cada miguita de pan.
Sí, en las cosas mías,
siempre en mí, siempre aquí.
O te siento dentro de cada caramelo
que me toca comprar
o en cada llanto del teléfono.
Tú estás en cada gota de lluvia que caiga,
en la tarde gris donde me muero en remordimientos
y no resucito hasta que salga el sol.
Siempre estarás aquí, en mí,
en todas partes donde yo te recuerde.
En cada cuerda de mi guitarra
o en tu piano gris que día a día nos reclama.
Y mi esperanza de verte parada ahí,
o en cada taza de café.
Ahí estás tú, aquí, allá.
en todas partes donde yo te recuerde
y yo, yo estoy aquí.
Grageas de vida (Canción 1975) ♪ ♫
Todo el mundo se pelea
En la feria o en Vietnam
como gato y perro
o Lito y Adás.
Todo el mundo me condena
por celoso y charlatán
pero nunca nadie
me transformará.
Todo el mundo se lastima
con absurda libertad,
una curita de amor
hay que comprar.
Sigue siempre tu camino,
nunca mires para atrás,
porque siempre tú te puedes
tropezar.
Tochi (2015)
Son las once y media de la mañana y acaban de enviarme a Dirección por enésima vez en el año, tengo miedo porque esta vez el gordo Andrés no vendrá al rescate por pelear con los de 3er grado, y será papá quien acuda con su ceño fruncido y su bigote, que junto con el bigote del Director Sanz me recuerdan más al de Onganía que al de Brizuela Méndez, y mi miedo se multiplicará por lo menos por la única tabla que aprendí, la del dos. Imagino al viejo en la cocina, con el cinto marrón preparado para el azote y mi culito que quedará rojo como la número ocho de Pastoriza… Ya pasé por tantas: la tía Kitty que me amenazaba con llevarme a un reformatorio, mamá a los primeros psicólogos modelo sesenta -discípulos de Escardó- y llevando una niñez acostumbrada al quilombo, mal comportamiento y rebeldía constantes, “es un chico de buen corazón que se porta mal”, le dice “la” Rocha (doña Rosa sin Neustadt), mamá de Andrés a “la” Tita, mi vieja, con ese “la” bien criollo como si los nombres precisasen de artículo. Lo peor fue en segundo grado, eso de falsificarle la firma al viejo para que no viera el boletín y el castigo ya no había sido físico sino no llevarme al Gasómetro a ver al Lobo Fischer, con el Negrito Orlando y Antonio, los mismos con quienes jugábamos a la pelota con Andrés, que también iban al Reconquista de Varela al 700, pero se portaban mejor que este aprendiz de escritor.
Después de la reprimenda, papá me acariciaba la cabeza mientras secaba mis lágrimas pensando porqué era tan travieso. Y cualquier trabajo que él tuviese en el taller, nada era comparable a lidiar con este crío. Hombre de pocas palabras Tochi, agachar el lomo y laburar, renegar para pagar las cuentas y que alcance para una familia numerosa, donde todo se multiplicaba por cuatro, los zapatos, guardapolvos, útiles escolares y los Reyes, cuando yo sabía que papá ponía la mano en su frente porque Melchor, Gaspar y Baltasar tenían poco presupuesto, aquella única bicicleta fue canje por dos pares de pantalones al bicicletero de la calle Castañón y Avenida del Trabajo, con el respeto a Evita, el verdadero nombre de la Avenida del “rrioba”.
Mi mente chiquita no entendía de ese amor y sacrificio, menos por esta oveja negra, el más indisciplinado y rebelde, ese trabajo adicional de padre, celador, carcelero y verdugo que yo mismo le imponía…
Esa tarde en Parque Chacabuco, la botella de Coca chiquita y la pelota de plástico, viendo que sacaba de su bolsillo el único billete de $10000 ley 18188, o aquella en una casa de deportes de Avenida San Martín, comprando de saldo esos buzos de frisa azul marino para así poder anotarnos en el Club Scholem Aleijem de la calle Maturín, para que hiciéramos deporte como él, con ese entrecejo que me indicaba que el bolsillo una vez más había quedado flaco.
Y aquel día del padre que, con Daniel, el mayor de mis hermanos, juntamos el dinero justo en Juan B. Justo y Bolivia, antes de subir al 34 y le compramos el vinilo de Julio Sosa, yo ya con 16 años: este proyecto de escritor comprendía de qué se trataba la cosa. Era el día del padre el domingo, y le íbamos a regalar El Último Café con la orquesta de Leopoldo Federico, para el Winco nuevo de papá, con dos bafles estéreo y pagado en cuotas. Mi hermano estaba más que contento, yo, todavía rebelde e indisciplinado pero modelo 70, orgulloso.
………………………………………………………………………..............
Once menos cuarto de la mañana, y el paisano que cuida el escritorio y teléfono del consignatario Anchorena y Magaldi me está asintiendo con la cabeza que no hay moros en la costa. En mi pecho cuelga esa medalla de mierda que nos dieron apenas llegados al Batallón de Intendencia 181 de la calle Saavedra, punteados los agujeros en el medio porque si llegas a ser boleta, si te cagan matando contra Chile, la mitad va fuera de la bolsa de plástico y la mitad en la lengua del “fiambre”. Sólo dice el número de DNI y A+ y la puta que me la juego entero.
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