Marcelo Tramannoni - El Prode

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En el entramado que nos presenta lo más inmediato por venir, cual telaraña sutil pero implacable, está latente la elección de un destino, porque el hombre de alguna manera es una marioneta del mismo. MARCELO TRAMANONI nos transmite en esta novela
El Prode, toda la encrucijada a la cual un hombre casi anónimo debe enfrentar. Día tras día Raúl, el personaje central de esta historia; se aferra a esa realidad y detrás de una máquina de escribir, no deja de pensar lo que podría llegar a cambiar su vida, si la caprichosa fortuna lo eligiese a él. La realidad concreta cohabita con otra realidad, hecha de enigmas indescifrables como cotidianos. Los avatares, las desventuras, los duelos y todo aquello que deliberadamente empujan al personaje de esta historia, no hacen más que adentrarnos en otra historia que bien podría ser la nuestra llegado el caso. MARCELO TRAMANONI con su fina y prolija escritura, ubica toda esta historia en los primeros años de la década del ´70 en donde la expectativa general y los sueños de aquellos que eran ávidos lectores de los pronósticos deportivos, inundaban con sus predicciones y cálculos cualquier charla de café. La otra historia, ofrece la otra cara. La realidad de verse inmerso en algo nuevo, en el cual todo tiene similitud con lo soñado, pero que al fin no es más que la misma ruta del destino. MARCELO TRAMANONI, lo revela con gran talento y valiente audacia expresiva. No lo desmiente y lo afirma con vigor, porque el hombre en definitiva no es más que una marioneta del destino. Marcelo Manuel Oviedo.

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–Graciela … quiero decirte algo– comienza él, mientras pasa un brazo por sobre el respaldo del asiento de ella. –No es mentira que pienso constantemente en vos. Me has impactado como nunca lo ha hecho otra mujer.– hace una pausa para que ver la reacción de la joven, y prosigue: –Te juro que es la primera vez que no encuentro palabras para dirigirme a vos, y eso que soy un charlatán inveterado.¿Podés explicarme qué me pasa?

–No sé…–responde ella en voz baja, mientras lo mira a los ojos– No te lo puedo explicar, sólo decirte que a mí me sucede algo parecido y no le encuentro razón

Alentado por las palabras de ella, Rogelio apoya su mano sobre el hombro de la muchacha y la atrae suavemente hacia él.

Graciela sabe que no debe demostrar mayor interés, pero al mismo tiempo se siente confusa, quizás algo mareada por haber bebido con el estómago vacío. Deja que él la acerque más e inclina su cabeza hacia atrás, como invitándolo a besarla. Rogelio aprovecha la circunstancia y posa sus labios sobre los de la joven, para notar sorprendido, cómo se abren húmedos en un beso ardiente y nada superficial. Entusiasmado por la derivación que está teniendo la entrevista, deja de lado cualquier mesura y responde a la caricia con toda su experiencia, al mismo tiempo que su mano busca los botones de la blusa de la muchacha.

El aire fresco de la noche se hace sentir sobre el cuello de Graciela. Es como un silencioso llamado de atención y la joven vuelve a tomar conciencia de todo cuanto la rodea. Siente los dedos del muchacho luchar con los botones y se estremece al sentirlos sobre su piel. Pero hace un esfuerzo, apoya una mano en el pecho de él y con firmeza, lo separa de ella, al mismo tiempo que se toma el borde de la blusa cerrándolo sobre su cuello.

Rogelio la mira sorprendido sin comprender. –¿Qué habrá hecho de malo para que ella reaccione de esa manera? ¿Habrá interpretado mal el beso y se apresuró un poco con sus caricias? ¿Pero si fue ella la que lo alentó, al besarlo de esa manera, por qué ahora lo rechaza?– intrigado le pregunta: –¿Mi amor…qué pasa? ¿Por qué me rechazas?

–No me hagas caso…perdóname– se apresura a decir Graciela, con un suspiro, temerosa de que su acción aleje demasiado al joven, quién además de gustarle como hace tiempo no le gustaba ningún otro hombre, puede llegar a convertirse en el candidato ideal para sus planes futuros. No quiere otorgarle mucho más de lo que le ha permitido hasta ahora, sin estar antes segura de la fortuna que posee, como tampoco debe exagerar la nota y hacerlo huir, por parecer mojigata o peor, una frígida.

–Es que no estoy acostumbrada a estos lugares. Tampoco a que me besen como lo has hecho. Te ruego me perdones. Dame tiempo para ir aprendiendo a ser como a vos te gusta. ¿Querés?– y con esta última pregunta, se recuesta contra el pecho del muchacho. Éste, totalmente convencido de la sinceridad de ella, sólo atina a acariciarle los cabellos, mientras una sonrisa se dibuja en sus labios, al llegar a la conclusión de que ya la tiene conquistada. De ahora en más, todo será cuestión de tiempo y tacto para lograr la entrega total.

Capítulo v

Deja el receptor en la horquilla con un ademán brusco mientras muerde una maldición y se deja caer agotado, sobre el borde de la cama.

Un acceso de tos lo obliga a doblarse convulsivamente sobre su vientre. Cuando pasa el ataque, tiene los ojos llenos de lágrimas y la nariz húmeda. –¡Maldita gripe, carajo!– Hace una semana que lo tiene en casa, sin fuerzas para nada. Para colmo tiene unas operaciones pendientes en la oficina y no ha podido comunicarse con su cuñado en todo el día. –¡Ese maldito inútil, bueno para nada!– exclama entre dientes y el esfuerzo le provoca otro acceso de tos. En qué estaría pensando cuando se dejó convencer por su hermana y le dio trabajo en la inmobiliaria. Tenía que haber dejado que se pudriera en aquella miserable oficina del Ministerio.

Seguro que cuando empezaran a pasar hambre, su hermana no hubiera aguantado al lado de un tipo así. Indolente, perezoso y sin aspiraciones. Hubiera sido una solución, ya que ahora no tendría que soportarlo como socio y estar atento a los problemas que genera en la empresa. Raúl no sirve para la profesión. Está lleno de escrúpulos y ha malogrado operaciones por ponerse del lado equivocado, pensando antes en los demás que en sí mismo o en la sociedad. –¡Cómo si los demás se preocuparan por él y lo tuvieran en cuenta antes de joderlo!– La situación económica que hoy detecta su cuñado, ha sido el resultado de largas discusiones en procura de hacerlo cambiar. Pero reconoce que él, como maestro, ha fracasado junto con su alumno.

Vuelve a levantar el teléfono y marca por enésima vez al número de su oficina. Siente cómo repiquetea la llamada al otro extremo de la línea, pero nadie responde. Mira el reloj, son poco más de las once de la noche. ¿Por qué no está Raúl en la oficina? Sabe que para mañana hay un asunto importante, en el que está en juego una buena comisión y seguro que no ha preparado nada. ¡También con la otra joyita que tiene en la empresa: Rogelio! Mucha ropa de moda, cigarrillos importados y agenda llena de teléfonos de mujeres. Pero de trabajo, dedicación y capacidad, nada.

Otra recomendación de Laura. –¿Dónde los consigue?– Bueno…Raúl es el marido…pero éste otro –¿De dónde salió? ¡Ah… si, ya recuerda! Es el hijo de una antigua compañera de estudios que le pidió el favor de encaminarlo en algún trabajo, para alejarlo de las malas compañías. Y él se preguntó muchas veces si Rogelio puede considerarse una buena. Es un individuo que sólo piensa en ganar dinero con el menor esfuerzo y gastarlo luego en ropas y amiguitas. No es un personaje muy recomendable que digamos.

Cansado de escuchar el llamado del teléfono sin recibir respuesta, lo arroja sobre la horquilla y se dirige a su estudio.

Le tiemblan las manos cuando intenta abrir la gaveta del escritorio. Debe hacer un gran esfuerzo para aquietarlas y poder colocar la llave en la cerradura. Finalmente abre el cajón, retira una agenda y regresa al dormitorio. Se sienta nuevamente en la cama, casi sin aliento y cubierto de transpiración. ¡Qué mal lo ha dejado la fiebre! Apenas puede tenerse en pie. Para colmo, ese dolor en el pecho, después de cada acceso de tos, lo tiene bastante preocupado.

–Hola … conteste por favor!– la voz suena en sus oídos. No se ha dado cuenta, abstraído en sus pensamientos, que ha discado mecánicamente y la comunicación se ha establecido.

–Hola … con el señor Raimundez, por favor…– se apresura a contestar.

–Habla Raimundez. ¿Quién es?

–Soy yo … Manuel…Manuel Morandi. ¿Cómo estás viejo?

–¡Manuel, qué sorpresa! ¿Qué es de tu vida? Hace años que no te veo. ¿Cómo andan tus cosas, querido amigo?

–No muy bien ...– responde –te llamé pues necesito un favor tuyo– y luego de una breve pausa agrega: –Es algo un poco delicado

–¡Por favor, lo que quieras Manuel!– exclama su amigo –¿De qué se trata?

–Te cuento– dice Manuel y pasa a explicarle el problema de salud que lo aqueja, las dudas sobre la responsabilidad de quienes, en su ausencia, han quedado al frente de la inmobiliaria y la consecuente necesidad de controlar, de alguna forma, que su cuñado Raúl, el inepto de Rogelio o cualquier otro empleado, respeten los intereses de la empresa y no aprovechen la circunstancia para desatender sus obligaciones o para obtener beneficios espurios o llevar a cabo acciones que puedan afectar el nombre de la sociedad.

Pone tal énfasis en su explicación, que al concluirla, tiene a su amigo totalmente dispuesto a ayudarlo. Quedan de acuerdo en que Raimundez se presentará en la inmobiliaria, dirá que es un inversor interesado en hacer una operación importante, para obligar que sea Raúl quién lo atienda y le pedirá asesoramiento y distintas alternativas para invertir un monto importante, con lo cual, además de comprobar cómo se desenvuelve él en particular, tendrá motivos para regresar a la empresa, lo que hará en distintos horarios para un control más generalizado del resto del personal.

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