Marcelo Tramannoni - El Prode

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En el entramado que nos presenta lo más inmediato por venir, cual telaraña sutil pero implacable, está latente la elección de un destino, porque el hombre de alguna manera es una marioneta del mismo. MARCELO TRAMANONI nos transmite en esta novela
El Prode, toda la encrucijada a la cual un hombre casi anónimo debe enfrentar. Día tras día Raúl, el personaje central de esta historia; se aferra a esa realidad y detrás de una máquina de escribir, no deja de pensar lo que podría llegar a cambiar su vida, si la caprichosa fortuna lo eligiese a él. La realidad concreta cohabita con otra realidad, hecha de enigmas indescifrables como cotidianos. Los avatares, las desventuras, los duelos y todo aquello que deliberadamente empujan al personaje de esta historia, no hacen más que adentrarnos en otra historia que bien podría ser la nuestra llegado el caso. MARCELO TRAMANONI con su fina y prolija escritura, ubica toda esta historia en los primeros años de la década del ´70 en donde la expectativa general y los sueños de aquellos que eran ávidos lectores de los pronósticos deportivos, inundaban con sus predicciones y cálculos cualquier charla de café. La otra historia, ofrece la otra cara. La realidad de verse inmerso en algo nuevo, en el cual todo tiene similitud con lo soñado, pero que al fin no es más que la misma ruta del destino. MARCELO TRAMANONI, lo revela con gran talento y valiente audacia expresiva. No lo desmiente y lo afirma con vigor, porque el hombre en definitiva no es más que una marioneta del destino. Marcelo Manuel Oviedo.

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Ella llega puntual, acompañada de una amiga, más curiosa que servicial. Otra vez el batín esterilizado y la horrible camilla. El frío del metal en sus piernas desnudas la hace estremecer. Nuevamente el olor dulzón, el vértigo y la nada. Los rostros de Franco y de otra persona se superponen alternativamente. Sus voces lejanas le sugieren tener tranquilidad. El dolor lacerante, insoportable, que brota del centro de su cuerpo parece irradiarse hasta los rincones más profundos de su mente. Después, la paz absoluta de la inconsciencia. El despertar totalmente confundida en cuanto a tiempo y lugar. Cuando su visión se aclara un poco, lo primero que ve son los ojos brillantes de lágrimas de su amiga, que la ayuda a incorporarse y la sostiene mientras se viste con evidente torpeza.

La desconcierta y no entiende la razón de un vendaje que le cubre parte del muslo y la rodilla, dificultando aún más sus movimientos. Franco le explica que se trata de una treta para justificar, ante su familia, los días de reposo obligado que tendrá que observar hasta la nueva consulta. Le extiende un recetario con medicamentos e instrucciones, acuerda la fecha de la próxima visita y las acompaña hasta la puerta, donde las despide con un beso.

Sus padres aceptan sin sospechar nada, lo de un accidente en la rodilla. Todo parece encaminarse bien. Los días de descanso y la tranquilidad de su hogar, ayudan a sentir que ha superado la situación. Pero cuando concurre a la cita con Franco, comprueba que no es así. Él le reclama el pago de la intervención, le exhibe una serie de documentos firmados por ella y la amenaza con presentarlos a sus padres o a la justicia, si fuera necesario, a fin de obtener su cancelación. Claro que, también existe otra forma de abonarlos.

Logró recuperarlos, sí, pero pagando en especie. Uno por cada salida. Qué estúpida fue. Hoy, con sus conocimientos de leyes, sabe que aquellos documentos no tenían ningún valor. Estaban firmados por una menor sin recursos, y Franco nunca hubiera tenido oportunidad de reclamarlos judicialmente, sin verse comprometido en un acto penado por la ley, como lo es una intervención abortiva. Sólo hubiera podido avergonzarla ante sus padres, pero nada más.

Su odio hacia los hombres, nació aquella tarde, en el consultorio en penumbras, sometida entre sueños por quien luego la extorsionaría, abusando de su debilidad de carácter y de sus miedos juveniles.

Por otra parte, la falta de comunicación con sus padres, siempre ausentes, sumergidos en los problemas de la subsistencia diaria, solo preocupados por el mejorar económicamente, fue otro factor que la llevó a sufrir en silencio lo ocurrido. Con el tiempo llegó la cicatrización de sus heridas. Sus llagas se hicieron callos. Y la dureza de su alma la ocultó, para que fuera más eficaz, tras el disfraz permanente de su humildad, sencillez, dulzura e inocencia.

Esas serían sus armas en la solitaria lucha por vengarse del sexo opuesto. Humillarlo en toda oportunidad posible, al mismo tiempo que obtener con ello, si fuera factible, además de la satisfacción personal el mayor beneficio económico. Nunca será como su madre. Siempre sumisa y postergada. Trabajando en la casa a deshoras, para tener tiempo libre y correr a ayudar a su marido en el negocio de comestibles que ambos regentean desde que se casaron. Y su padre, un ser anodino y sin proyectos.

Cuánto sacrificio en vano. Toda una vida de renunciamientos para llegar a la edad madura sin tener nada. Obligados a negarse como seres humanos para dar prioridad a su condición de engranajes de una obsoleta sociedad burguesa, en la que sólo cuenta lo que de metálico se tiene. Nunca tuvieron otra inquietud que la de respetar el viejo axioma que dice: “dime cuánto tienes y te diré cuánto vales”. ¡Qué equivocados estaban! Paradójicamente, mientras por un lado luchaban para superarse económicamente, por otro se veían postergados permanentemente, al asumir nuevas obligaciones que los ataban cada vez más al carro de los sumergidos.

Ella no será así. Sólo aceptará unir su vida a un hombre, aún sin sentir amor por él, cuando esté segura de que posee fortuna y que ella podrá disponer de la misma. Será una forma de vengarse por lo que ha pasado, además de obtener todo lo que ambiciona y que hoy desea. Las mismas cosas que alguna vez le escuchó añorar a su madre y que nunca llegó ni llegará a lograr.

Los aplausos la llevan de vuelta al salón de conferencias. –¿Dios santo!– Si al profesor se le ocurre mañana pedir un resumen u opinión sobre el contenido de la disertación, no tiene idea de lo que dirá.

Las conversaciones aumentan de tono a medida que sus compañeros van saliendo. Permanece sentada hasta que casi no quedan más alumnos y recién se levanta. En el pasillo busca a Rogelio y se maldice a sí misma al sorprenderse pensando nuevamente en él. Se encamina hacia la salida de la Facultad, con paso lento y la vista baja, volviendo a adoptar la imagen de la Graciela, humilde y vergonzosa.

Trata de mantenerse un poco alejada de sus compañeros de curso. No tiene ganas de hablar con ninguno de ellos. Son todos tan insulsos e infantiles. No piensan más que en bailar, ir al cine y acostarse con quien sea, cuantas veces puedan. No ha encontrado a ninguno que tenga algo por debajo de la piel. Son totalmente huecos. En fin, parece que Rogelio no vendrá.

Deja pasar el primer colectivo que llega y queda sola junto al poste indicador de la parada. El coche que frena junto a ella y el sonido de la bocina la sobresaltan. Se da media vuelta alejándose algunos pasos de ese estúpido que pretende abordarla de esa manera. Una voz conocida, pronunciando su nombre la hace volver. La expresión de Rogelio, con medio cuerpo asomado por la ventanilla mientras agita una mano en amistoso gesto, la hacen sonreír. Tratando de no demostrar mayor emoción, se dirige hacia el vehículo.

–¡Perdoname Graciela!– dice el joven, mientras le abre la puerta para que suba– ¡El tránsito está insoportable esta noche! ¡Casi no llego! Tuve que pasar algunos semáforos en rojo para poder estar a tiempo.– y luego de una pausa agrega –¡Gracias a Dios que te encontré!

–No es nada– murmura Graciela a media voz – Lo importante es que hayas venido. Pensé que te burlabas de mí cuando me dijiste que ibas a pasar a buscarme

–¡Cómo me iba a burlar de ti! –exclama él– No hago más que pensar en vos desde que te hablé por primera vez y nunca me hubiera perdonado mentirte – luego de un breve silencio y con una sonrisa en los labios concluye –¡Como tampoco me perdono el golpe que te di el día que nos conocimos!

–La culpa fue mía –interrumpe Graciela– Crucé la calle sin fijarme. ¡Te juro que no sé cómo no me atropellaron antes! Creo que fue la providencia la que hizo que tú doblaras en ese lugar y yo casi me metiera de cabeza debajo de tu coche.

–Es cierto– confirma él– si no hubiera sido por eso, hoy no estaríamos aquí. ¡Lo que es el destino!

Graciela asiente con una sonrisa, mientras mira su reloj con aparente preocupación.

–¿Hasta qué hora tenés permiso? –pregunta Rogelio.

–No puedo llegar más tarde de la media noche– responde ella.

–Bueno, algo de tiempo tenemos –dice él– ¿Qué te parece si aprovechamos que estamos cerca y nos tomamos una copa, en una de las confiterías que están en los bosques de Palermo, bajo las vías del tren?

–Bueno…como quieras– responde Graciela, luego de un ligero titubeo.

Poco después, luego de haber estacionado bajo la arcada del tren elevado, que oficia de discreta playa de estacionamiento y mientras saborean las bebidas, Rogelio enciende un cigarrillo para él y otro para la muchacha.

El joven, acostumbrado a las conquistas fáciles, se encuentra un poco confundido respecto de cómo comportarse con Graciela. Hay algo en ella que lo desorienta, pero no sabe qué es. Decide iniciar un avance lento, como para captar la reacción de la muchacha.

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