Marcelo Tramannoni - El Prode

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En el entramado que nos presenta lo más inmediato por venir, cual telaraña sutil pero implacable, está latente la elección de un destino, porque el hombre de alguna manera es una marioneta del mismo. MARCELO TRAMANONI nos transmite en esta novela
El Prode, toda la encrucijada a la cual un hombre casi anónimo debe enfrentar. Día tras día Raúl, el personaje central de esta historia; se aferra a esa realidad y detrás de una máquina de escribir, no deja de pensar lo que podría llegar a cambiar su vida, si la caprichosa fortuna lo eligiese a él. La realidad concreta cohabita con otra realidad, hecha de enigmas indescifrables como cotidianos. Los avatares, las desventuras, los duelos y todo aquello que deliberadamente empujan al personaje de esta historia, no hacen más que adentrarnos en otra historia que bien podría ser la nuestra llegado el caso. MARCELO TRAMANONI con su fina y prolija escritura, ubica toda esta historia en los primeros años de la década del ´70 en donde la expectativa general y los sueños de aquellos que eran ávidos lectores de los pronósticos deportivos, inundaban con sus predicciones y cálculos cualquier charla de café. La otra historia, ofrece la otra cara. La realidad de verse inmerso en algo nuevo, en el cual todo tiene similitud con lo soñado, pero que al fin no es más que la misma ruta del destino. MARCELO TRAMANONI, lo revela con gran talento y valiente audacia expresiva. No lo desmiente y lo afirma con vigor, porque el hombre en definitiva no es más que una marioneta del destino. Marcelo Manuel Oviedo.

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Rogelio aproxima el coche a la acera y detiene la marcha. Laura prende la luz interior y se mira atentamente en el espejo retrovisor, al que ha girado hacia ella, dándose los últimos toques a su peinado y maquillaje.

–Por las dudas– dice con un guiño picaresco, mientras vuelve el espejo a su lugar y cierra la cartera. –¡Y por favor, cuídate mucho. Andá derechito para tu casa y metete en la cama enseguida!

–Quédese tranquila mi amor. Voy de cabeza a la cama– contesta él, mientras piensa para sí: –Siempre y cuando Graciela quiera.

Laura apaga la luz interior, se inclina y lo besa suavemente, al tiempo que abre la puerta y se baja del auto. Ya sobre la acera, se vuelve y a través de la ventanilla efectúa nuevas indicaciones al joven que, impaciente, no ve la hora en que ella se aleje, para poder ir al encuentro de su reciente conquista. Por fin, luego de lo que le parecieron minutos interminables, Laura se despide y con rápido taconeo se aleja hacia el poste indicador de la parada de taxis.

Rogelio, con un suspiro de alivio, engancha la primera y se aleja a marcha moderada hasta llegar a la Avenida Callao. Allí dobla hacia el bajo y ya seguro, lejos de la vista de Laura, imprime mayor velocidad acicateado por el deseo de encontrarse con Graciela, la que ya debe estar saliendo de la Facultad, si la conferencia ha terminado a la hora prevista.

Mientras va esquivando vehículos por la avenida, piensa cómo se libró de Laura. Sonríe divertido. Pero no deja de reconocer que ella, si bien se muestra generosa en muchos aspectos, sólo lo es en apariencia. Nunca le da más de lo que él necesita o aparenta necesitar y cuando inventó problemas mayores, para obtener algún beneficio extra, ella eludió muy hábilmente el compromiso y no le pudo sacar nada adicional. No es ninguna tonta. Sabe que en la medida que él necesite de ella, lo va a tener siempre dispuesto a acompañarla en sus salidas. ¡Todo por la sucia guita! ¡El dinero mueve al mundo! Claro que él es un cretino que se mueve únicamente por dinero. ¡Qué solución sería acertar el Prode!

Todos en la inmobiliaria apuestan en ese juego, incluso Raúl. Si la varita de la suerte le fuera propicia, mandaría al demonio a Laura, al marido, a la empresa y se dedicaría a vivir la gran vida. Con plata, él elegiría y no sería elegido. Él mandaría y no sería mandado. ¡Qué vida puerca sin guita, carajo!

Mientras así divaga, como reaccionando ante las limitaciones que su situación económica le impone, acelera bruscamente, se adelanta por la derecha del vehículo que lo precede haciendo sonar insistentemente la bocina y entra por la Avenida Del Libertador hacia Figueroa Alcorta casi en dos ruedas, ignorando al semáforo que en rojo le prohíbe el paso.

El silbato de la policía femenina, a la que alcanza a ver de reojo, parada sobre el cantero central de la avenida, lo hace sonreír nuevamente y mientras la maldice, mentalmente se regocija en su fuero íntimo, pensando que además de abonarle el sueldo, mantener a su amante y prestarle el auto, esto último indirectamente, el marido de Laura también deberá pagar las infracciones de tránsito que él cometa.

Capítulo IV

Mira el reloj con impaciencia. Desde hace más de media hora ha perdido el hilo de la disertación. Su atención salta del reloj a la puerta de entrada del salón, donde espera ver aparecer la figura de Rogelio. Le cuesta reconocer que el joven la ha impresionado con su personalidad. Su facilidad de palabra, su elegancia, su sonrisa de niño grande han logrado conmoverla, y también, por qué no, ese impactante automóvil con el que casi la atropella días atrás. Creía estar inmunizada contra ese tipo de sentimientos desde que le ocurriera aquello.

—¡Cuánto tiempo ha transcurrido!

Los recuerdos surgen del pasado con dolorosa actualidad. La alegría del primer amor a los 15 años. La pasión de los besos juveniles. Los encuentros furtivos luego de las horas de clase. La primera salida nocturna. Las caricias cada vez más atrevidas, que encendían sus venas hasta la locura. Luego, la entrega con su carga de misterio, temor, dolor y placer. La angustia después del examen médico. El embarazo imprevisto, jamás considerado, ni siquiera imaginado posible.

El alejamiento de José María, aterrado ante la realidad de la que era responsable. Deambuló en soledad, buscando consejo o ayuda de parte de sus amigos. ¿Amigos? ¡Cobardes, no amigos! Consejos recibió de muchos, pero ninguno sincero y ayuda de nadie. Su vergüenza le impidió refugiarse en sus padres, ante el temor de un escándalo y consciente del dolor y la amargura que su error les ocasionaría.

Angustiada recurrió a distintos médicos, en procura de abortar. Ninguno quiso hacerse cargo, dada su edad y el hecho de concurrir sola. Hasta que llegó a conocer a Franco. Dijo ser médico, cuando la socorrió en la calle, luego de su desmayo y a quién, sin saber por qué, le confesó la verdadera razón del mismo. Él la acompañó hasta la puerta de su casa y al despedirse, le dijo que la ayudaría y le dio una tarjeta con la dirección de una clínica particular para que lo fuera a ver al día siguiente, previo llamarlo por teléfono.

Ella fue. Quizás un poco dubitativa por lo avanzado de la hora convenida. Él mismo la recibió al llegar, la tranquilizó respecto del horario, argumentando que era para disponer de más tiempo y privacidad. La hizo pasar de inmediato al consultorio, iluminado sólo por una lámpara de escritorio, detrás del cual se sentó y la invitó a hacer lo propio en una silla ubicada frente al mismo.

Casi no recuerda todo lo que le preguntó. Ella hizo una amplia confesión de lo ocurrido y expuso sus temores. El asintió en silencio, mientras parecía tomar nota. Luego la invitó a quitarse la ropa y tenderse en la camilla. Lo demás fue confuso. Una mascarilla sobre su rostro. Un vago olor dulzón. La extraña somnolencia. El rostro de Franco junto al suyo. Palabras entrecortadas. Los labios de el sobre los suyos. Sus piernas, como desprendidas de su cuerpo, flotando por sobre los hombros de él. La misma sensación, pero ahora desagradable, de sus encuentros con José María. Luego, como después de una eternidad, todo se detiene y el consultorio vuelve a adquirir sus proporciones normales. Franco la mira por sobre el hombro, sonriente, mientras termina de acomodarse el batían blanco y levanta el cierre de sus pantalones.

Toma conciencia de su desnudez sobre la fría camilla y el ardor que siente en su interior. No quiere entender lo que ha pasado. La realidad que intuye supera su imaginación. No es posible que eso le haya ocurrido a ella. Sin levantar la vista, baja de la camilla y se viste en silencio, ocultando su vergüenza detrás de un pequeño biombo. Demora el momento de salir, tratando de ordenar sus pensamientos y luchar contra la náusea que parece brotar de lo más hondo de sus entrañas y que amenaza ahogarla.

La voz de Franco la lleva nuevamente hasta el escritorio. Como entre sueños le escucha decir que la examinó atentamente, que ha comprobado su gravidez y que está dispuesto a intervenirla para interrumpir el proceso. Menciona una cifra. El importe la golpea como un mazazo. Sin saber cómo, se encuentra caminando rumbo a su casa, pensando cómo obtener el dinero requerido. Tratando además, de no recordar lo que ha pasado, de apartar de su mente la mirada socarrona de Franco, cuando la acompañó hasta la puerta de la clínica e ignorar la humedad de su entrepierna, que se ha extendido por su ropa interior.

Vuelve a recurrir al grupo de amigos. No alcanza a reunir ni la cuarta parte de lo que necesita. Totalmente abatida regresa a ver a Franco. Él la tranquiliza. Le asegura que se encargará de solucionar todo y para demostrarlo, pone sobre el escritorio una serie de formularios para que ella los firme. Dice que son parte del protocolo médico para prevenir cualquier eventualidad. Luego acuerda una cita para el próximo sábado a última hora de la tarde.

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