Marcelo Tramannoni - El Prode

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En el entramado que nos presenta lo más inmediato por venir, cual telaraña sutil pero implacable, está latente la elección de un destino, porque el hombre de alguna manera es una marioneta del mismo. MARCELO TRAMANONI nos transmite en esta novela
El Prode, toda la encrucijada a la cual un hombre casi anónimo debe enfrentar. Día tras día Raúl, el personaje central de esta historia; se aferra a esa realidad y detrás de una máquina de escribir, no deja de pensar lo que podría llegar a cambiar su vida, si la caprichosa fortuna lo eligiese a él. La realidad concreta cohabita con otra realidad, hecha de enigmas indescifrables como cotidianos. Los avatares, las desventuras, los duelos y todo aquello que deliberadamente empujan al personaje de esta historia, no hacen más que adentrarnos en otra historia que bien podría ser la nuestra llegado el caso. MARCELO TRAMANONI con su fina y prolija escritura, ubica toda esta historia en los primeros años de la década del ´70 en donde la expectativa general y los sueños de aquellos que eran ávidos lectores de los pronósticos deportivos, inundaban con sus predicciones y cálculos cualquier charla de café. La otra historia, ofrece la otra cara. La realidad de verse inmerso en algo nuevo, en el cual todo tiene similitud con lo soñado, pero que al fin no es más que la misma ruta del destino. MARCELO TRAMANONI, lo revela con gran talento y valiente audacia expresiva. No lo desmiente y lo afirma con vigor, porque el hombre en definitiva no es más que una marioneta del destino. Marcelo Manuel Oviedo.

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Lo reconoce, ya no es joven. Su abdomen abultado y su calva incipiente, no sirven para conquistar y mantener enamorada a ninguna mujer. Debe compensar su falta de atractivo mediante el aporte generoso de regalos costosos, que en nada mejoran su economía. El pensar en Silvia lo ha excitado. Decide llamarla. Total, Laura volverá tarde y a él siempre le queda la excusa de argumentar que lo llamaron para un asesoramiento inmobiliario y se entretuvo más de la cuenta. Con una sonrisa levanta el auricular.

La señal de llamada se repite varias veces antes de que la voz de Silvia se escuche en el teléfono:

–Hable…

–Hola mi amor. ¿Cómo te va?

–¿Quién es? –la voz de Silvia suena cautelosa.

–¡Cómo quién es! ¿Desde cuándo te llama otro que no sea yo, eh? ¡Confesá! ¿A quién esperabas! –bromea Raúl.

–Raúl…! Mi amor…!– exclama Silvia – ¡Qué alegría! Nunca me llamas a esta hora. Por eso me sonaba extraña tu voz. ¿Cómo está mi papi lindo? ¿Qué quiere de su nena?

–Nada que no me puedas dar– responde Raúl y agrega de inmediato –Quiero verte ahora. ¿Podés?

–Pero mi amor …¿A esta hora? –protesta Silvia.

–Sí,.. a esta hora. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de raro? ¿Acaso hay algún horario para hacer el amor? –interroga Raúl simulando estar enojado.

–¡Toda hora es buena, papito!– contesta mimosa Silvia y agrega –Vení que te espero. Me voy a dar un baño de inmersión para que me encuentres toda perfumada y tibia. ¡Toda…toda para vos!

–Salgo para allá en seguida, chau…–dice Raúl y cuando va a colgar, la voz de Silvia, gritando, le hace levantar nuevamente el teléfono.

–¡Raúl…Raúl…hola…hola…Raúl!

–¿Qué pasa…qué pasa…que querés?

–Traete algo para picar, mi amor. Todavía no cené y ahora ya no voy a salir a comprar nada. ¿Querés? –vuelve a sonar mimosa la voz de la joven.

–Bueno. Está bien. Algo voy a llevar. Quedate tranquila. Chau.–responde él.

–Chau bichito– le contesta ella.

Raúl piensa que ha sido muy tonto comer ese emparedado. Ahora ya no tiene apetito, pero sin embargo tendrá que comprar por ahí cualquier porquería y volver a cenar con Silvia. No importa. Los beneficios bien justifican el sacrificio.

Vuelve a ponerse el traje y la corbata. Escribe unas líneas en una servilleta de papel, explicándole a Laura los motivos de su salida y la deja junto con los restos de su cena, sobre la mesada de la cocina.

Poco rato después, mientras procura que no se le caigan los paquetes adquiridos en la rotisería, apretándolos con el mentón contra el pecho, pulsa el timbre del l0º H, pensando que si acertara el Prode, toda la situación cambiaría. Podría mandar todo al diablo, su mujer, su cuñado, la inmobiliaria, cambiar totalmente la vida que lleva y, quizás, hasta convencer a Silvia de irse con él al extranjero.

Capítulo II

El teléfono comienza a sonar mientras coloca la llave en la cerradura. Intenta hacerla girar, pero sólo da media vuelta. Maldice entre dientes. Nunca recuerda con cuál cerradura, de las dos que tiene la puerta, cierra al salir por la mañana. Mientras cambia la llave y busca otra en el llavero, el teléfono deja de sonar.

Entra al departamento con bastante mal humor. Tuvo que levantarse temprano para concurrir a la modista. Luego a la peluquería. Al medio día tenía que almorzar con Germán y llegó con tanto atraso, que no lo encontró. –¡También ése…!– Es insoportable de puntilloso y caprichoso con los horarios. Lo aguanta sólo por lo generoso que es con los obsequios que le hace, a cambio de los momentos de sexo que pasan juntos.

Además de ser un pedante, físicamente es totalmente insulso. Es el amante más burgués que ha tenido. Con su bigote a lo Hitler y el cabello corto, parece una caricatura de aquellos oficiales alemanes que ha visto en tantas películas de guerra. Solo falta que hagan el amor al son de alguna marcha militar.

Para colmo, se considera un gran amante, y ella para no ofenderlo y perderlo como cliente, debe simular que luego de cada encuentro queda totalmente agotada y satisfecha, cuando en realidad se siente asqueada y molesta.

Mientras así divaga, ha llegado al dormitorio y comienza a desvestirse. Totalmente desnuda se tira sobre el lecho, enciende un cigarrillo y mientras aspira con deleite el humo dulzón, se masajea distraídamente los miembros doloridos y la nuca tensa.

El sonido estridente de la campanilla del teléfono la sobresalta y se sienta para atenderlo. Piensa que es Germán que la llama para indagar por qué no fue a la cita.

–Hable …

–Hola mi amor. ¿Cómo te va?– la saluda una voz suave del otro lado de la línea. Le resulta conocida pero no está muy segura. Germán no es.

–¿Quién es?– pregunta cautelosa, tratando de ganar tiempo y no equivocarse.

–¡Cómo quién es! ¿Desde cuándo te llama otro que no sea yo, eh? ¡Confesá! ¿A quién esperabas?– le recriminan entre risas y entonces reconoce a su interlocutor.

–Raúl…! Mi amor…!– exclama, mientras piensa para sí: –¡Otro pesado más!– Es que estoy de turno? ¡Debe ser viernes 13, por lo “enyetado”!

Superando el malestar que le provoca la llamada de Raúl, simula atenderlo con dulzura para sacárselo de encima sin ofenderlo, pero no encuentra argumentos suficientemente válidos y finalmente termina accediendo a que él venga.

Cuando va a colgar el auricular, se acuerda que no ha cenado, que en la heladera no debe haber mucho y como tampoco tiene ganas de preparar comida, ni salir a comprarla, vuelve a levantar el tubo y grita:

–¡Raúl…Raúl…hola…hola…Raúl!– con la esperanza que el otro no haya colgado todavía. Por suerte es escuchada y entonces, con su voz más mimosa le pide que traiga algo para cenar, a lo que Raúl asiente. Satisfecha de cómo ha manejado la situación, cuelga el teléfono y desconecta la ficha para llevarse el aparato al baño y poder atender desde allí cualquier otro llamado.

El agua caliente relaja sus músculos tensos. Recuesta la cabeza contra el borde de la bañera y se abandona a la deliciosa sensación de la espuma perfumada que la envuelve en una nube crujiente y vaporosa.

Sin proponérselo, se encuentra comparando a Germán con Raúl. Éste es mucho más humano, más cordial y en cierta forma lo aprecia. Aunque no por ello deja de considerarlo un pesado. Casado con una mujer autoritaria e histérica, le ha confesado muchas veces, que no la ha dejado para irse a vivir solo, por cobardía, por temor a quedarse sin nada, ya que todos sus recursos dependen de la relación con su cuñado, dueño de la inmobiliaria, quién con toda seguridad, en una situación de separación, apoyaría a su hermana.

No puede evitar una sonrisa al recordar cuando un domingo, luego de hacer el amor, él le propusiera ver en la televisión el resultado de los partidos de fútbol para poder controlar los aciertos en su tarjeta del Prode. Le ha confesado que es un fanático del concurso y que si llegara a acertarlo, toda su vida cambiaría. No sólo se separaría de Laura, sino que la llevaría a ella de vacaciones a Europa y hasta le propondría irse a vivir juntos.

–¡Las pretensiones del viejito! ¡Querer vivir con ella!– Bueno, tan viejo no es. Debe tener alrededor de 45 años, pero su aspecto lo muestra mayor. Debe ser por su incipiente abdomen y su calva precoz.

Pero como amante es mucho mejor que Germán. Diría que realmente está enamorado. Tiene delicadeza en el trato y sus palabras de pasión suenan casi sinceras. Es respetuoso con sus tiempos y considerado en todo. La visita generalmente en horas de la tarde o al medio día, previo llamado por teléfono y muchas veces, sin haberse acostado con ella, le deja dinero “para los gastos de la casa”, como él dice. En ocasiones se aparece con obsequios para uso personal o para engalanar el departamento.

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