Raúl vuelve del dormitorio con su portafolio y tras besar ligeramente la mejilla que le ofrece ella, sale del departamento.
Mientras espera que se caliente el motor del coche, esboza una sonrisa al recordar el aplomo con que contestó al sutil intento de interrogatorio ideado por Laura. Seguro que quedó totalmente convencida de su inocencia.
Responde con un gesto maquinal al saludo del encargado de las cocheras, cuando cruza frente a él por la rampa de salida. El motor tironea en la subida y un par de explosiones lo frenan amenazándolo con dejarlo a medio camino. Pisa el pedal de embrague a medio recorrido y acelera logrando compensar la falla y de un brusco tirón llega a la calle. –Debe estar frío todavía– se explica no muy convencido.
Cuando se suma al tránsito, nota que el vehículo sigue funcionando a los tirones. –Seguro que es una bujía que empezó a jorobar– piensa– Tendré que llevarlo a que lo revisen. ¡A ver si me deja en la calle como le pasó a Laura con el suyo!
En tanto aguarda el cambio de luces del semáforo, se le ocurre que podría aprovechar que es temprano y que no tiene ningún compromiso inmediato en la inmobiliaria, para llegarse hasta el taller, hacerlo revisar y de paso, ver que le ocurrió al auto de Laura. –¡Es tan distraída! Seguro que se quedó sin nafta o alguna otra bobada por el estilo– Decidido, toma por Libertador hasta General Paz y apresura la marcha para poder llegar con tiempo suficiente a lo de Valentín y ver qué pasa con ambos vehículos.
Luego de cruzar la avenida Cabildo y cuando está saliendo de la General Paz para entrar en la provincia, debe frenar su macha para dar paso a un pequeño auto deportivo de color rojo que, adelantándose por la derecha, trata de ganar la misma salida antes que los demás.
Lo está por putear al conductor, cuando algo del vehículo le llama la atención. Lo mira detenidamente y el asombro lo deja atónito: –¡Es el auto de Laura! ¿Qué hace ahí a esa hora? ¿Y quién lo maneja? ¿Por qué no está en el taller, como le dijo ella?
Se repone inmediatamente de su sorpresa y decide seguirlo a distancia prudencial. Si comprueba que alguno de los mecánicos de Valentín lo está utilizando, le hará dar una buena reprimenda por irresponsable. Lo maneja como si fuera un Fórmula 1. Debe hacer verdaderos esfuerzos para no perderlo de vista, sobre todo en las esquinas donde hay semáforos. El camino que ha seguido hasta ahora, parece conducir al taller. Seguro que es uno de esos mocosos aprendices que se sienten con ganas de emular a los corredores de Fórmula 1.
No le quedan dudas de ello, cuando el otro vehículo aminora la marcha y con evidente intención de ingresar en la cortada que conduce al taller. –¡Ya te tengo!– exclama y acelera con la intención de ponérsele a la par. Pero su asombro no tiene límites, cuando reconoce a través de la luneta trasera, la rizada cabeza de Rogelio, su secretario. Instintivamente y sin comprender todavía el por qué, sigue avanzando unos metros más sin doblar y se detiene junto al cordón, pasando la bocacalle por la que acaba de entrar el otro automóvil.
Está bañado en sudor frío. No entiende nada. ¿Qué hace Rogelio en el coche de Laura? ¿Por qué le dijo ella que estaba en el taller? ¿Para qué le pidió que Rogelio fuera a buscarlo? Evidentemente todo es una gran mentira. Una monstruosa mentira. Siente que el furor lo domina al imaginarse las razones de la misma. Hace un sobrehumano esfuerzo para contenerse. Quiere salir del auto y aferrar el cuello del muchacho hasta hacerle confesar por qué tiene en su poder el coche de su mujer. ¿Qué relación existe entre ambos, para que ella le haya prestado el vehículo e inventara la mentira que acaba de descubrir?
El acceso de furia ha dado paso a una fría calma, en la que va ganando cuerpo el convencimiento de actuar de forma mesurada, para no dejar hilos sueltos y que Laura pueda encontrar argumentos que justifiquen su conducta o la mentira que le ha dicho.
Decide esperar hasta ver qué pasa. Ruega que Rogelio no vaya a pasar cerca de él o que reconozca el coche. Por las dudas avanza unos metros más y se estaciona detrás de una furgoneta. Ahí se siente más oculto. Acomoda el espejo lateral de manera de tener enfocada la esquina por la que obligadamente deberá pasar el muchacho, ya que la calle donde está el taller es una cortada y no tiene otra salida.
Unos minutos después lo ve aparecer y encaminarse a paso ligero hacia la avenida cercana. Deja que se aleje un poco más, pone su coche en marcha y vira en redondo para seguirlo. Antes de alejarse alcanza a ver el auto de Laura frente al taller que aún permanece cerrado.
Conduce lentamente para mantenerse a distancia prudencial de su perseguido, agradeciendo que la falla de su vehículo no se ha vuelto a producir. Debe acelerar al perderlo de vista cuando el muchacho dobla en la esquina al llegar a la Avenida Maipú. Frena justo en la altura de la ochava, para verlo subir a un taxímetro y no duda en continuar siguiéndolo para ver a dónde lo conduce. Ya en la ciudad y luego de un par de minutos, comprende que va en camino a la inmobiliaria y decide adelantarse para llegar antes que él.
Termina de acomodar su escritorio, cuando siente que se abre la puerta de la oficina.
–¿Quién es? –pregunta sin salir de su despacho.
–Soy yo don Raúl, buenos días –contesta Rogelio asomando la cabeza por la puerta. Una amplia sonrisa, que a Raúl le resulta cínica, acompaña el saludo del joven.
–Buenos día Rogelio– contesta, haciendo un esfuerzo para no saltar por sobre el escritorio y acogotarlo –¿Cómo estás?
–Bien don Raúl, muy bien. ¿Hay alguna novedad para esta mañana?–pregunta el muchacho, mientras se quita el saco y lo cuelga en el perchero detrás de la caja de hierro.
–No ninguna …–responde Raúl– El boleto para la operación de hoy ya lo terminé anoche y prácticamente lo que queda es pura rutina– luego de una pausa y como si recién se acordara, exclama: –¡Caramba, casi me olvido! Mi mujer me encargó que te mandara a buscar su coche al taller. Parece que ayer se le descompuso y lo dejó en la puerta de Valentín. ¿Sabés dónde queda, no?– al mismo tiempo que hace la pregunta, clava la mirada en los ojos del joven.
Rogelio, que ya estaba preparado, simula hacer memoria –¿Don Valentín…don Valentín…? ¡Ah sí. Ya sé dónde queda! Es el que está cerca de la Avenida General Paz. ¿Es ése no? –ante el gesto de asentimiento del otro, continua: –Sí, ya me acuerdo. Fui otra vez a buscarlo. ¿Quiere que salga ahora o voy más tarde?
–No…ahora todavía no. Es muy temprano –responde Raúl admirado de la sangre fría del muchacho, para luego agregar: –Vamos a necesitar una empleada. Ya lo hablé con mi cuñado. Prepará un aviso común y después, cuando vayas a buscar el coche de mi señora, lo dejás en la agencia para que lo publiquen mañana mismo y de paso me jugás una boleta del Prode para el domingo. Tomá, aquí están los datos ganadores –y uniendo la acción a la palabra, arroja sobre el escritorio una tira de papel con los posibles resultados de los partidos de fútbol de ese fin de semana.
Mientras el muchacho comienza a teclear en la máquina de escribir, Raúl que ya no aguanta más la tensión, se levanta y pasa al cuarto de baño. Baja la tapa del inodoro y se deja caer agobiado, hundiendo la cara entre las manos. Un sollozo amargo pugna por brotar de su pecho. Siente la necesidad de gritar, de romper a puñetazos las paredes, el techo, el piso, cualquier cosa, con tal de descargar esa desesperación que siente.
Un hecho fortuito lo ha enfrentado con la más amarga realidad. Entre Laura y Rogelio lo han estado coronando … y no de laureles. Estúpido de él, que se creía a salvo de tal situación. ¡Él…, el tipo rana! El que justificaba ser infiel debido a la indiferencia y frigidez de su mujer. Yoga…gimnasia…canasta…amigas…peluquería…cada salida una excusa distinta para la misma mentira. ¡Maldita hija de puta!
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