Mario Escobar Velásquez - Muy caribe está

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Muy caribe está es la crónica del descubrimiento del caribe. El narrador, ya nonagenario, reconstruye su experiencia como conquistador y español renegado.Conoce a fondo la cultura caribe, y la testimonia tanto en las costumbres y la fuerza bélica de su raza, como en la lengua. La escritura –contrapunto entre españoles y caribeños– se interna en los hechos cotidianos: la sobrevivencia en lo desconocido, el hambre, los apetitos, el amor, la crónica, la soberbia, la crueldad…, y logra otras metáforas, otras interpretaciones, otras formas para nuestra historia, para nuestra lengua.

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Una estrella apareció, como a las diez de la noche, en la parte baja de la ventana, y fue subiendo lenta, lenta. Al fin se subió al techo, creo. En eso se tardó media noche. Y no dormía, sobre todo, porque esperaba por ella. Me parecía saber desde siempre, desde antes de mi niñez, desde antes del vientre de mi madre, que vendría. A ese saber de ahora no necesitaba escudriñarlo para saberlo antiguo. Ya he aprendido que hay muchas cosas de la vida que uno sabe con anticipo. Pero en esa noche no vino. Ni en las muchas siguientes. Seguía viéndola. Venía de otros bohíos de más arriba. Y aun cuando en las tardes lucía una especie de faldellín blanco, de un algodón sin aprestos, que más era incitante que recatador, cuando iba al mar pasaba desnuda, vestida apenas de su gracia. A veces demoraba en mi bohío, y yo dibujaba objetos y les aprendía de sus labios el nombre. El Viejo, o el proel, me decían con palabras que yo captaba ya que cuando ella fuera al mar la siguiera. Así lo hice en varias veces. En todas fue como en la primera. Sus manos me tocaban enteras. Indagaban no sé cuáles cosas en mi piel. Sopesaban mis atributos de varón, y su boca se pegaba de mis tetillas, mordisqueando suavemente sus dientes en una delicia torturante. O succionaban. Yo aprendía en su piel las caricias. No hay aprendizaje más grato, sobre todo en la dureza turbadora de unos pechos jóvenes. Pero cuando intentaba el abrazo de penetración se reía. Su risa picaba como pimienta. Y se escurría de entre mis abrazos como un agua esquiva, entre roja y morena.

Dejé de ir al mar con ella, porque me dañaba. De cada uno de los juegos que imponía, de incitación y de rechazo, salía yo malherido, con odio por la vida, por la isla, por el mar, por ella. La creí imposible, y por eso, cuando al pasar me invitaba con los ojos, y a veces con toda la frase linda de “ven a que nos dé caricias el agua”, me retraía dentro de mí como el caracol.

En las noches dejé de esperarla, o al menos esa mentira me mentía. Y cuando, como a los dos meses de haber dejado los juegos que me dolían, a muy poco de anochecer la vi en la puerta como una sombra, creí en otra vez que era apenas la proyección de mi ensoñar que la ponía allí, como lo mejor. Pensé que se desvanecería en nadas, como en las otras veces en que también la vi. Pero entró, guiada por sus oídos que recogían el chirriar de las cuerdas de la hamaca en los postes. Y creo que hasta por los chapaleos de pez caído en la arena que daba mi corazón.

Se allegó y frenó el movimiento de la hamaca con sus rodillas. Pero yo me estuve quieto, rencoroso, reteniendo las manos que querían irse hasta ella. Entonces se arrodilló y descargó su cabellera y su cara sobre mi vientre, y estiró sus manos y empezó a tactarme la cara. Yo me puse fiebroso, pero ella estaba fresca como un pétalo. Se puso en pies de nuevo, y tiró de mí para arrastrar el cuerpo. Me dijo:

—Iremos hasta la playa, amado.

Empecé a sentir un chillido a mi alrededor y tardé en saberlo como al de mi sangre por los oídos.

Afuera la noche inmensa, sin brisas. Tibia. Y llegando en hordas el sonido de las múltiples lenguas del agua lamiendo la playa como cien mil lebreles.

Súbitos, iguales, echamos a correr como si la noche nos fuera a ser corta. Sentí el cambio de la arena en las pisadas húmedas, y entramos en las aguas. Al revolverlas con nuestros juegos brillaban como oros líquidos, porque en ellas pululaban miríadas de animalillos que fosforecían.

Se dedicó a excitarme haciendo uso de una sabiduría erótica muy refinada. Yo percibí de inmediato mi torpeza, que era una ausencia de saberes. Ella la sabida, la más lujuriosa, la seductora. Yo el maravillado de la infinita riqueza de los sentidos.

Luminosos, chorreando resplandores, salimos del agua. Apenas en la rompiente, en donde el líquido salado endurece a la arena, apelmazándola, me hizo tender. Había traído una vasija pequeña con un aceite. El olor que tenía era el mismo de la boca del piloto: a coco. Se lubricó el sexo, hasta en sus honduras, con una despaciosa minucia. Y me trepó, sin empalarse. Abrió las puertas-piernas guardianas, y destapó el paraíso, Eva volviendo.

Luego, lenta, sabedora de lo que hacía, aplicada, fueme poseyendo. Lenta, lenta, lenta. Se apoyaba con sus manos sobre mis hombros, y cuando el orgasmo la copó gimoteó por un rato, clavándome las uñas. Y luego, sin romper la unión, fue volteándose hasta que quedó debajo, yo el jinete ya. Algo en mi sangre quería urgencias y las aupaba, pero esa milagrosa lentitud suya se me había aferrado. Solo cuando ella empezó a agitarse conmigo me aceleré.

Creí que había explotado, y que en todo el ámbito no había todo el aire que estaban necesitando mis pulmones. Jadeé un rato como un perro afiebrado, desplomado sobre su cuerpo. Entonces me sacudió de sí con suavidad, y, como si no fuera yo capaz de valerme, fue llevándome hasta que estuve de cara al cielo estrellado cuyas constelaciones no conocía aún. Ella se puso boca abajo, paralela, y me acariciaba las orejas.

No sé por qué me puse a llorar, callado. Solamente unos sollozos que me agitaban. Solamente los ojos expulsando gotas. Sentía a la felicidad en mí, venida, llegada, aposentada, inconocida antes, grande como el mar, inmensa como el cielo.

Cuando sus dedos percibieron las lágrimas, alzó hasta mis ojos la boca y empezó a chuparlas. Sabrían a mar, supongo. Su lengua lamiendo las comisuras, prolija.

Sé cómo y cuándo y dónde me llegó la inmensidad del amor que le tuve, que aún está en mí, en mis viejos huesos de vidrio, en mi sangre floja, en mi entraña cansada. Fue en la playa de esa isla caribe, y en ese momento de esa noche. Atroz, el amor me llegó como un dolor. Como si me atravesara el pecho una azagaya descomunal. Algo doloroso, pero dulce, violento y tierno. Y recuerdo que entonces hubiera querido yo que ella llorara igual para también sorber yo de sus lágrimas. Pero ella no sabía llorar. Entonces me puse a lamerle las orejas en donde aún había gotas del mar innúmero. Y después gajos de su pelo.

Desde esa noche empezó a inquietarme el regreso de las naves de Juan de la Cossa. A temerlo, más bien.

Arriba en la hondura de los cielos giraron las constelaciones con las horas. Cuando empezamos a sentir frío, entrada la madrugada, volvimos despaciosos recogiendo pasos. En la puerta de mi bohío me frotó la cara con las manos, y se fue.

Encontré la hamaca como encontrando el destierro. Salí brincando a retenerla, pero ya no estaba.

Vi en el suelo a una sombra espesa desplazándose hacia mí, pequeña. Era uno de esos perrillos indios de raza extraña, que no ladraban. Sentí su hocico frío en un tobillo. Me agaché a acariciarlo, se entró conmigo, echándose bajo mi hamaca. Me hizo desde entonces su dueño. Lo llamé “Amigo”.

No sé cuándo me dormí. Yo no quería en esa noche entrar en el país oscuro del dormir. Quería que me duraran todas las sensaciones habidas. Analizarlas. Me tocaba el cuerpo: todas sus partes, que ella acarició, y agradecí al cielo por ese cuerpo. Lo agradecí devoto y pío.

El cura de mi pueblo, que desde el púlpito escupía sus sermones, amonestaba que el cuerpo era pecaminoso. Que era perverso, y que el camino del infierno pasaba por él. Ahora yo sabía que él no sabía nada del cuerpo, o que adulteraba su saber, si era que lo tenía. Que él corrompía a la naturaleza para sus sermoneados. Porque esa belleza del sentir no podía ser mala. Era evidente que los cuerpos estaban diseñados para complementarse, y que cuando se unían como se unieron los nuestros en esa noche, eran un solo cuerpo. Serlo, dos uno solo, era la completa felicidad.

Hace poco vine de un lento paseo por las alamedas dilatadas del convento. Ahora están llenas de las hojas de que los árboles se despojan para afrontar el invierno, que se anuncia ya tocando todo con sus manos de frío. Esas hojas que cecean con el menor vientecillo, y que amarillean, leprosas, carcomidas de su descomposición. Un paseo lento en el cual el bastón debe ayudar a las piernas a sostenerme. Cauto, cada paso es una muestra de la debilidad temblona que me usa. Las hojas alcatifan la senda.

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