Mario Escobar Velásquez - Muy caribe está

Здесь есть возможность читать онлайн «Mario Escobar Velásquez - Muy caribe está» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Muy caribe está: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Muy caribe está»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Muy caribe está es la crónica del descubrimiento del caribe. El narrador, ya nonagenario, reconstruye su experiencia como conquistador y español renegado.Conoce a fondo la cultura caribe, y la testimonia tanto en las costumbres y la fuerza bélica de su raza, como en la lengua. La escritura –contrapunto entre españoles y caribeños– se interna en los hechos cotidianos: la sobrevivencia en lo desconocido, el hambre, los apetitos, el amor, la crónica, la soberbia, la crueldad…, y logra otras metáforas, otras interpretaciones, otras formas para nuestra historia, para nuestra lengua.

Muy caribe está — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Muy caribe está», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Salí. Ella, sentada, se escurría el pelo. Lo toqué, y era grueso como crin. Empezó a peinarlo con el palo de las espinas, que cumplía harto bien. Cuando, luego, el pelo estuvo seco, fue en otra vez al mar para quitarse la arena de las nalgas rotundas. Recogió a las caracolas, varadas como naves en la arena parda, y me dio algunas para que las llevara. Púdico, me puse las ropas. Pero antes de ocho días las guardé en el baúl, y fui y vine, desnudo como todo por allá. Cuando tuve picaduras de insectos en el falo, que dolían inflamadas, entendí el porqué de las caracolas de oro que usaban los indios del continente. Acá, pobres según los usos españoles porque no tenían el metal, usaban una de las que los moluscos fabrican de la cal. Así es que me improvisé un guarda vergüenzas con un trozo de lienzo. Cuando ella lo vio supo reírse demasiado. Para esa tarde había conseguido una caracola y la había repulido en los bordes con arena para que no cortara, y perforado para pasarle unas cuerdecitas. Sonriendo me la puso. La sentía incómoda, al principio. Después ni la sentía. Empecé a llamar a príapo “mi cangrejo ermitaño”. Me hizo señas de que la siguiera. Recogí el baúl y los perendengues, puse los caracoles entre la hamaca, y la seguí. Mis ojos, con una verdura codiciosa, lamiéndole cada trozo de piel. Calificándole la gracia de los hombros, la línea dolorosamente bella de las caderas, los muslos, las piernas. Digo que dolorosamente, porque a mí lo que es hermoso me ha dolido siempre como una estocada, pero bellamente. Me había olvidado enteramente del piloto, de Núñez, de las naves, y mi mente y mi cuerpo la querían mía como nunca antes deseé a nada. La deseaba con un ansia que era también un dolor inmenso como el cielo, o como la mar innúmera. Mi mano, mis dedos, querían asirla. Mi piel que la estrechara contra ella.

Pero mi prudencia, montada en mi hombro como una cacatúa, me platicaba “cálmate, no sabes de quién sea. Porque una maravilla como esta no va a estar horra. Dueño tendrá, y si no eres prudente vas a dejar por acá los huesos enamorados”.

Más allá de los matorrales que ceñían a la costa como un cinturón, que atravesamos entre un confuso chirriar de grillos que me punzaban los oídos, había no más de seis bohíos, dispersos. Ella se dirigía a uno, que lindaba con el monte. En él barría con una escoba que era una hoja de palmera el remero proel que estuvo en el barco, con el Viejo. No tenía para ese oficio mucha habilidad. Lo que hacía era redistribuir la arena, pues no vi basuras. Ella rio, burlona. Algo le dijo al joven, que yo creí entender como “déjame a mí, torpe”. Y se puso a lo mismo con mucha habilidad. Cuando hubo emparejado, alzó la rama y con ella recogió del techo y las paredes unas grandes telarañas grises. Puso la rama afuera, y me tomó la hamaca. Diestramente la amarró de cuerdas preexistentes en los postes. Los marineros habíamos aprendido el uso de la hamaca en Cuba, de los nativos. Era magnífica para colgar en la cala. Y dijo, con las señas, que ese bohío de una sola habitación sería para mí. Se acercó para mirarme una vez más a los ojos. Se acercó tanto como para verme los adentros, y uno de sus pechos me punzó. Era tibio y firme, y lo sentí como a una quemadura deliciosa. Pero cuando se apartó me dolió.

Sin más, la india y el proel se fueron.

Me senté sobre el baúl a aprender la estupefacción. Estaba solo, en un territorio extraño, sin nada a mi alrededor que me fuera familiar. Desconocía el lenguaje, los modos, las costumbres, y todo eso se me clavó como una lanza, en otra vez como antes en la playa. Yo no sabía estar solo. De la india me había aferrado, como una garrapata de una piel, y la piel se había ido dejándome como despatarrado. Me puse a mirar a los bohíos del más allá, y vi que algunas caras, unas de chicos, me miraban. Les sonreí desde mi aflicción.

A poco vino el Viejo. Traía unas ananas, la fruta esa deliciosa que la mayoría de los españoles llegó a considerar como la mejor de todas las del Mundo Nuevo. Me enseñó a pelarlas y volverlas rodajas. “Anana” fue la primera palabra que aprendí del idioma caribe, y todavía me sabe a dulcecito en la garganta de la memoria, y la añoro tanto como añoro a mi juventud acabada. Creo que a esa fruta se la hizo Dios para su gusto, y para su paraíso caribe. Es comida y bebida a la vez. No hay otra en el Mundo Nuevo que se le iguale. Es la reina.

Le puse al Viejo la mano en el hombro para agradecerle, y sentándome en la hamaca tomé el libraco en blanco y anoté el fonema “anana”, y al lado hice un dibujo de su forma. El Viejo me miraba sin comprender qué hacía. Pero cuando miró por encima de mi hombro y vio a la anana dibujada no pudo ocultar su maravillado asombro. Abría los ojos y miraba más. Finalmente, sin contenerse, desde la puerta dio voces, y todos los del caserío vinieron. Con lengua apresurada el Viejo les dijo de la hoja y el dibujo, y todos miraron. No todos lo interpretaron. Algunos no hallaron, como el Viejo, la relación entre la fruta y el dibujo.

Así hallé, de pura casualidad, la manera de aprender el idioma. Cuando alguno estaba conmigo dibujaba cosas, y el alguno decía el nombre, que yo anotaba. Era para todo el mundo, inclusive para mí, una diversión. Y me amistaba con el alguno.

Cuando todos se fueron, retuve al anciano tomándolo del brazo. Dibujé la cara de la muchacha-ondina. Sus crenchas de medianoche cayéndole sobre los hombros. La nariz un poco chata. Los ojos negros y brillantes, y el labio sonreído finamente irónico. Él se deshizo en palabras que no entendí. A una de ellas, que no sé transcribir, la tomé como el nombre de la muchacha. Traduce algo así como “de varios”. Con esa palabra estuve llamándola por unos meses hasta que pude interpretarla cabalmente. Entonces supe por qué, cuando así la llamé por primera vez, tuvo un gesto contrariado. No es que fuera peyorativa, pero así llamaban los caribes a la mujer que había sido de más de un hombre. No una prostituta como las que vagan por los puertos y que se dan por unas monedas, baratas. No. La “de más de uno”, como también se traduciría el vocablo, no se vendía. Tampoco es que hubiera por qué venderse, porque no existía la moneda, y a cualquiera cosa que alguno precisara podría procurársela por sí mismo, o casi. Era una mujer que en el tiempo de unión con uno no adquiría compromiso de permanecer con él, y rompía la unión cuando dejaba de placerle. Se iba a otro poblado cuando la ruptura, que se daba sin violencia por las partes, ocurría. No solían tener hijos. Los evitaban tomando cocidos de unas plantas que, desprecavido, no me cuidé de conocer. O, si la preñez se daba, se libraban tomando pociones de otra planta que era un abortivo muy eficaz, sin contratiempo. Tampoco de esta planta averigüé cuando pude hacerlo. Cualquiera de esas me hubiera dado una fortuna mayor que la que me dio el palo santo, que curaba a la sífilis.

Pero ahora que escribo, mi mente india, esa que adquirí vivien do con los indios, se ríe de lo escrito, que está al modo de pensar español: si tengo todo lo que quiero o requiero, y me sobra fortuna, y estoy tanto tan viejo que no alcanzaré a gastarme lo tenido, todo más sobra absolutamente. Todo más es inútil, y lo que haría sería oxidarme el corazón: porque la ambición es un ácido.

Nunca he tenido, después, una noche más larga que esa primera tenida en mi bohío. Pensando que tal vez en su palabrerío el anciano me dio noticias de la muchacha, que no supe yo oír. Eso me amargó los ojos, que no durmieron, y la saliva que me ponía amarga la noche, y la hamaca, y puso arrugas verticales y contrariadas en mi entrecejo. Porque cada parte mía la anhelaba. Quizás estaba también la quietud de la hamaca. Por cerca de ocho meses estuve durmiendo en el barco y en sus movimientos cabeceadores. Y más luego estaba también el silencio: venía de todas partes caminando con pies callados y se acumulaba a mi alrededor, y aturdía más que muchos ruidos. En el barco siempre habitaban los ruidos: de ratas múltiples, en la cala, que rondaban por entre barriles hincando el diente duro en la porfiada madera del roble. O de ronquidos, en las hamacas que colgaban próximas. O de los que, pudorosos, escogían la noche para ir de letrina y descargarse, y entonces iban y venían. La letrina era apenas un travesaño para sujetarse contra los corcovos de la espalda del mar que pudiera volcarlo en él. Estaba clavado en la borda, afuera, sin mamparos, sobre una pequeña plataforma sobre la cual uno se acuclillaba, a la vista de quien quisiera ver. Y estaba siempre la maretilla lamiendo el casco con la sonoridad de sus lenguas sucesivas. Y, todavía en el bohío, el aire suave, delgadito, puro. La nariz mía estaba acostumbrada a la espesura de olores del barco: a quesos que se ranciaban, llenos de cabelleras grises suministradas por los hongos. Al del aceite, que se filtraba por juntas invisibles. Al de la harina seca, un poco como de arenal. A la carne cecinada, que llegaba para que la sintiera como al cuerpo sudoroso que no ha recibido un baño. Y a los sudores, las respiraciones, y las ventosidades ampulosas de muchos durmientes.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Muy caribe está»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Muy caribe está» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Mario Escobar Velásquez - Toda esa gente
Mario Escobar Velásquez
Liliana Isabel Velásquez H. - Rumor de árboles
Liliana Isabel Velásquez H.
Carlos Alberto Velásquez Córdoba - Matar al lobo
Carlos Alberto Velásquez Córdoba
Carlos Julio Restrepo Velásquez - Lenguaje, conocimiento y educación superior
Carlos Julio Restrepo Velásquez
Sebastián Velásquez - El paquete
Sebastián Velásquez
Mario Escobar Velásquez - Tierra nueva
Mario Escobar Velásquez
Mario Escobar Velásquez - Diario de un escritor
Mario Escobar Velásquez
Отзывы о книге «Muy caribe está»

Обсуждение, отзывы о книге «Muy caribe está» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x