Mario Escobar Velásquez - Muy caribe está

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Muy caribe está es la crónica del descubrimiento del caribe. El narrador, ya nonagenario, reconstruye su experiencia como conquistador y español renegado.Conoce a fondo la cultura caribe, y la testimonia tanto en las costumbres y la fuerza bélica de su raza, como en la lengua. La escritura –contrapunto entre españoles y caribeños– se interna en los hechos cotidianos: la sobrevivencia en lo desconocido, el hambre, los apetitos, el amor, la crónica, la soberbia, la crueldad…, y logra otras metáforas, otras interpretaciones, otras formas para nuestra historia, para nuestra lengua.

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—Téjeme –le dije– una cuerdecita tan delgada como se pueda tejerla, y tan larga como cinco brazos.

—¿Para qué la quieres?

—Ya te diré.

Cuando la tuve hice de la liana un aro y de este amarré la pernera. Até abajo, cerrando, y después, del aro, até una vara delgada y rígida. Así tuve una red un tanto burda, pero que me serviría. Y en la noche estuve excitado. De niño, allá en el lejano puerto en donde nací, solía pescar así, al ojeo, con una red mejor. Pero en la mañana iría contra un ser capaz de matar.

Vi, por la ventana, cómo la mañana iba subiendo, roja como una naranja. Daban ganas de chuparla. Y a la hora adecuada, la misma del día anterior, me fui solo a la escollera, al hombro la red como un arma, y en la boca un silbo complacido. Un miedo pequeñito acurrucado en el pecho, tanto tan pequeño que casi no era miedo.

Entré a la mar entre los lametazos del agua, hasta el mismo sitio en donde estuve antes, y hundí en el agua la manga del pantalón. Apenas si se distinguía del fondo blanco y de las pétreas paredes de los laberintos.

Todo en calma. Los pececitos nadaban en desorden, y a veces, detenidos, parecían irrealmente bellos. Tibia, el agua susurra ba sus cancioncitas líquidas. Vi que en el extremo más alejado de la escollera había encallado uno de los árboles que habían sido isla flotante. Las aguas lo mecían empezando su lento trabajo de pulimento y desgaste. En unos meses perdería parte de su enormidad y estaría tan suave al tacto como los pechos turbadores de una muchachuela. La arena gustaba de lisuras.

Empecé a sentir, de pronto, llegando de abajo, la inquietud. Todavía las escamadas criaturitas se movían en desorden, pero algo les llegaba, y yo estaba sintiendo igual a ese algo. El Viejo tenía razón, como siempre. Uno podía aprender el lenguaje de todo, porque todo tenía voz.

Mucho antes de que apareciera, toda anillos la coral desusada, los pececillos empezaron a desfilar. De pronto no hubo ninguno, y yo entendí la parla de la escollera: a los pececillos que la serpiente perseguía era a los menos listos, a los que no oían a la voz de alerta que hasta yo escuchaba. No era un sonido. Sí una sensación muy clara, que no sé explicar: no hay palabras para esa explicación.

Al rato vi aparecer a la cuerda de los peces perseguidos, y apronté mi red. Vi que la culebra no nadaba con gracia. Carecía de aletas, y ondulaba para impulsarse. Cuando le puse súbita la red ante la chata cabeza en la cual fulgían negrísimos los ojillos, no pudo frenar ni retroceder. Entró entera. Imaginé a la cabeza chocando con la tela fruncida al final, y alzando la red la tuve fuera del agua, un nudo de anillos agitándose iracundo en el fondo.

Con la cuerdecita que tenía lista anudé la boca de la red y la cegué, y me estuve todavía un rato mirándole a las aguas su transparencia azul. Abajo la calma se recomponía. Los pececillos volvían a pulular, calmos como antes. Cada uno supo en un instante que la gran serpiente ya no cazaba.

Salí del agua somera, lento. Al extremo de la vara que volvía a llevar al hombro sentía, amortiguados, filtrados por el trapo, los movimientos de la coral. Pensé en las palabras. La serpiente no era más larga que dos brazos, y el Viejo la nombraba “grande”. Era grande entre corales, raza no talluda. Pero era como un palillo comparada con una boa. De estas, algunas vi gruesas más que mi muslo. Pero el lenguaje era mágico. Adaptaba la magia de las palabras según lo nombrado, y había lo grande para la coral y lo grande para la boa, y no eran iguales.

El Viejo seguía con sus cuerdas. Le crecían de entre los dedos y seguían hacia adelante como culebras. O eso me pensé: por días todo iría a parecérseme a animales así.

Él sabía muchos lenguajes, y por eso no necesitaba preguntar casi nunca. Cuando le llegué, miró a la red pendiente de mi hombro, pero a esas palabras no las sabía. La serpiente, cansada de rebullir sus anillos, estaba quieta, apelmazada. El Viejo no habló. Le dije:

—Te traigo un gran presente, en prueba del mucho respeto que tengo por ti.

Miró al atadijo con mayor atención. Quería oírle lo que tuviera para decirle, pero el atadijo era mudo para él. A su pesar tuvo que preguntar al ratito:

—¿Qué es?

Abrí mi sonrisa hasta que lindó con las orejas, y le susurré, cantándome interiormente mi alegría:

—Te traje a tu muchachuela, Viejo. Ahí la tienes enrollada. No era nada lerdo ese indio. Entendió de una, y una gran complacencia le tuvo. Dijo:

—¡Demonios, qué astuto eres!

Se vino a mí y me puso una mano en cada hombro. Lo sentí al Viejo como fluyéndome hacia adentros míos. Como siendo yo y él, yo-él.

No dijo nada con la boca, pero sus ojos decían y decían. Y sus manos también. Por un ratito.

Cuando me soltó, dijo:

—La ahogaremos. No quiero dañarle la piel.

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