Azrabul tenía en sus ojos, por lo general, una expresión cruel, diabólica casi, pese a lo cual se enternecía al dirigirse a Amsil. Su paciencia para con el chico parecía infinita. Era, de los dos gigantes, el que más cuidaba de no hacerle daño cuando lo abrazaba y el que, pese a ello, más se excedía en su efusividad. A Amsil no le importaba mucho cuánto le doliera el cuerpo luego, con tal de que lo abrazaran; pero de todos modos esa delicadeza de Azrabul, tan en disonancia con su aire feroz y sanguinario, le resultaba extraña. Azrabul era también el más fuerte, el más inclinado a la acción inmediata, el más impulsivo, el más obstinado, el que siempre iba a la vanguardia y habitualmente también el primero en advertir cuándo Amsil había alcanzado el límite de sus fuerzas, como también el primero en moverse para auxiliarlo; pero en esto lo común era que Gurlok le ganara de mano por hallarse más cerca. Difícil saber si era casualidad.
A diferencia de su compañero, Gurlok podía ser un tirano implacable, al menos durante la marcha. Su carácter se suavizaba durante las pausas y también cuando Amsil, agobiado, era incapaz de seguir por su cuenta.
Hacia el amanecer del cuarto día, el muchacho anunció, vencido:
—No puedo seguir adelante. No soy como ustedes. Me duelen los pies, me duelen las piernas; no doy más. Hagan lo que quieran–y bajó la cabeza, humillado.
El esperaba varios truenos por parte de Gurlok, los cuales habrían sido inútiles, pues ese día no podía dar un solo paso más, y eso era algo que ningún rugido, maldición, amenaza ni incluso paliza podía cambiar. Gurlok, sin embargo, se le acercó, le alborotó un poco el pelo juguetonamente y le dijo en tono suave:
—Todo tiene solución, no te preocupes. Ya sabes qué único servicio requerimos de ti hasta que lleguemos a Tipûmbue,
Porque no le exigían que los ayudara a cazar ni que montara guardia por las noches; pero durante los descansos se desfogaban sexualmente entre ellos, y entonces pretendían de él que estuviese alerta en prevención de cualquier posible peligro. También demandaban que su puesto de vigilancia estuviera muy cerca de donde ellos se entregaban a sus fogosos placeres, para poderlo auxiliar con prontitud si algo o alguien lo atacaba. A Amsil para empezar le asombraba que después de tanta marcha, que cuando el terreno lo permitía era, encima, al trote (y a menudo cargando uno de ellos con el peso adicional de Amsil, aunque siendo un muchacho tan escuálido no era problema para hombres tan fuertes), todavía les quedaran bríos para fornicar, para colmo de forma tan salvaje; porque más que un acto erótico, lo suyo parecía una lucha de osos. Esto al principio Amsil sólo lo imaginó en base a los ruidos que hacían, porque procuraba siempre darles la espalda, ya que tanto insistían en que se mantuviera cerca: un par de fieras hubieran sido mucho más silenciosas. Pero tanto gruñido y rugido a medias finalmente venció sus barreras morales, y varias veces espió por el rabillo de un ojo. Se espantaba menos por lo que veía que por lo que sentía al verlo.
—Deja que yo lo lleve esta vez–pidió Azrabul ese día que Amsil no estuvo en condiciones de marchar.
Parecían incansables ambos, y capaces de desafiar al clima más adverso. Su vitalidad era admirable y desconcertante, y parecía que a su ritmo podrían llegar incluso antes del cuarto día; pero en cambio demoraron más, porque el plazo estimado por Xallax y Auria era para quien llevara provisiones, y en cambio Azrabul y Gurlok debieron procurarse las suyas y las de Amsil. Y se complicaba, porque habían recibido instrucciones de las dos Sacerdotisas para no tomar presas cuya caza estuviera prohibida o que implicaran un enorme desperdicio de carne, en vista de que ellos no tenían mochilas o alforjas para llevarse lo que sobrara. A veces abatían apenas un animal pequeño para que comiera Amsil y ellos se contentaban con pelar huesos, tanta era la prisa por llegar a Tipûmbue y alcanzar a hablar con el Bibliotecario en Jefe antes de que se esfumaran de sus mentes los últimos recuerdos auténticos.
Se sintieron aliviados cuando al alba del sexto día divisaron a cierta distancia lo que sin duda eran los muros de una urbe importante, que creyeron, acertadamente, que sería Tipûmbue; pero cuando casi a mediodía alcanzaron las puertas, había una fila interminable de carros y gente de a pie esperando entrar. Unos soldados examinaban la caja de cada carro, pedían documentos, interrogaban exhaustivamente a todo el mundo.
—Me parece que más o menos en un mes lograremos entrar–observó Gurlok, quien cargaba con Amsil.
—Ni hablar. Adelantémonos un poco–propuso Azrabul; y añadió, dirigiéndose a Amsil–. Me temo que tendrás que bajar de ahí hasta que logremos entrar. Esto podría complicarse un poco.
Pero no hubo complicación. Se abrieron paso entre la muchedumbre pidiendo cortésmente permiso o en su defecto a los empellones. Algunos hombres se volvieron hostilmente hacia ellos buscando camorra, pero al ver la talla de aquel par de energúmenos y la mirada siniestra de Azrabul se ponían a tartamudear disculpas.
Así estuvieron por fin ante un grupo de ceñudos soldados revestidos de cuero, malla metálica y el reglamentario poncho rojo y negro que, en tono inseguro, les pidieron documentos. Antes de que Azrabul pudiera responder, lo hizo Gurlok, diciendo que tenían prisa por ver a Ude, el Bibliotecario en Jefe. Creía que quizás, si el tal Ude era un personaje tan importante, ese dato podría facilitarles mucho las cosas. Puede que efectivamente los haya ayudado, pero en realidad una estatura imponente, una colección de abultados músculos, un semblante temible y una espada al cinto constituyen excelente documentación para cualquier trámite, y en este caso todo eso venía multiplicada por dos.
Los soldados intercambiaron miradas de desconfianza.
—Muy bien: adelante–dijo al fin uno de ellos.
Pero cuando el trío cruzó la puerta, el que había hablado dijo a uno de sus camaradas:
—Son ellos. Ve a dar parte a Orûf–y añadió para sí: –. Así que el mensajero no mentía. Increíble.
Azrabul y Gurlok, demasiado lejos para oírlo, estaban exultantes; y entre carcajadas triunfales, alzaron y abrazaron a Amsil, quien sonrió tímido, pero feliz. Creían que la parte más difícil ya estaba hecha y que sería pan comido hallar la Biblioteca y entrevistarse con el Bibliotecario en Jefe. Quizás no habrían sido tan optimistas si hubieran sabido que llegaban a Tipûmbue en pésimo momento, bajo el reinado de un monarca inepto y en el transcurso de una polémica celebración religiosa.
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