—Azrabul y yo venimos de otro mundo–continuó Gurlok–, de uno donde, si existe la muerte, nosotros jamás supimos de ella. Allá nunca cuestionamos nuestros orígenes, pero una vez aquí, supimos que a este lugar pertenecemos, pues a ambos nos vino un mismo recuerdo a la vez, el de un mar de jinetes cabalgando bajo un signo siniestro cuyo significado todavía ignoramos. Llevaban espadas, así que deben haber sido guerreros; éramos demasiado niños aún, y no entendíamos bien lo que estaba sucediendo. Teníamos miedo y llorábamos abrazados. De golpe, sin saber cómo, estuvimos a salvo. ¿Has oído hablar de un cierto Yuk?
—El ermitaño loco de las montañas.
—Es un sabio, y el hombre al que debemos nuestro regreso, aunque no estoy seguro de que nos haya hecho un favor. El creía que algo o alguien nos arrebató de este mundo hacia otro; tal vez, visitantes desconocidos infiltrados a través de una grieta entre dos universos. Yuk pensaba que esos visitantes tal vez no tenían intenciones de dejarnos en su mundo. Tal vez sólo querían salvarnos de morir bajo hordas invasoras, o quizás sólo lo hicieron por accidente, porque algunos nos encontraron y quisieron mostrarnos como curiosidad a otros, como encuentra un niño un raro escarabajo o una hermosa piedra que lo asombra y la lleva a los adultos para que éstos también la admiren. O tal vez querían que fuéramos de los suyos, como terminó sucediendo. Sea como sea, si su intención era devolvernos a este mundo, algo lo impidió, y quedamos atrapados en el de ellos. Yuk pensaba que tal vez esa misteriosa grieta por la que ellos llegaron a este mundo se cerró de golpe, o que no la encontraron de nuevo. De cualquier forma, allí quedamos; y a partir de aquí, Amsil, debes poner especial atención a lo que voy a decirte, De veras que es importante.
Amsil asintió.
—Nosotros llamamos Gorzuks a esos desconocidos seres con quienes nos criamos–explicó–; y si su mundo fuera como este, te diría que no había mujeres entre ellos, pero no lo es. Y si su mundo fuera como este, te diría que éramos todos machos que jugábamos brutalmente y cogíamos entre nosotros, pero no lo es. De hecho, palabras como mujeres , machos , jugar y coger carecerían de sentido allí, porque ni cuerpo teníamos; éramos energía pura, pero energía con alma. Amábamos esa condición. Nos sentíamos poderosos e invencibles, y quizás ése fue el problema.
‘Un día, Azrabul y yo encontramos un camino de regreso a este mundo. No porque lo hubiéramos buscado, sino porque lo encontramos, sencillamente. Lo había abierto Yuk a fuerza de encantamientos, oraciones e invocaciones; y en respuesta a una de esas invocaciones fue que llegamos de regreso. Yuk era un buen hombre, pero demasiado curioso y e irresponsable. Lo apasionaba investigar qué había más allá del mundo conocido y palpable. Lo entiendo en parte, porque yo mismo soy curioso; pero él iba demasiado lejos. Quería saber cómo eran todos esos mundos vedados al conocimiento humano, y creía que la única manera de averiguarlo sería convirtiéndose él mismo, por breves instantes aunque más no fuera, en habitante de esos mundos. O sea, quería que espíritus de esos mundos tomaran el control de su cuerpo. Eso no era prudente. El mismo admitía que estaba jugando con fuerzas desconocidas que podían escapar a su control y estaba seguro de que, de hecho, hallaría su fin de esa manera. No le importaba: su sed de conocimiento era inmensa. Tomaba sus precauciones, por supuesto; pero por ejemplo, con Azrabul y conmigo no hubieran funcionado, y retomó el control de su cuerpo sólo porque nosotros lo permitimos. No deseábamos hacerle daño.
— ¿Ustedes poseyeron el cuerpo de Yuk? –preguntó Amsil, con asombrado horror.
—En parte, en parte. Lo hicimos por turnos, no ambos a la vez, y más que poseerlo, lo compartíamos. Temíamos entrar y luego no poder salir. Creíamos conveniente que él siguiera un poco al mando, puesto que era el único capaz de enviarnos de vuelta al mundo de los Gorzuks .
—Pero no pudo hacerlo.
—Podría haberlo hecho, pero cometimos el error de pedirle que no lo hiciera. Yo fui el primero en poseer a Yuk, y vi en su mente recuerdos que, estaba seguro, no eran suyos, sino míos. Ya te hablé de ellos: multitud de jinetes armados llegando al galope, y yo en la piel de un niño que abrazaba a otro que, no tenía dudas, era Azrabul; y éste confirmó luego que así era, al llegar su turno de poseer a Yuk y recordar lo mismo, pero desde su punto de vista. Eso me intrigó y, por primera vez, me plantee el enigma de nuestros orígenes. Creía que Azrabul y yo habíamos nacido y vivido aquí antes, y quería quedarme un tiempo aquí para confirmarlo; pero estaba indeciso, por temor a que luego no pudiéramos volver. Por desgracia Azrabul halló otro recuerdo en la mente de Yuk, algo acerca de lo que éste había leído u oído en algún lugar y que tenía que ver con una corona de luz.
—¡Una corona de luz!
—Así es. Era un dato que el propio Yuk había olvidado; y se asombró de que Azrabul lo encontrara por él. Estaba borroso, porque Yuk desde el principio nunca le había concedido la menor importancia. Se trataba, teóricamente, de una recompensa reservada sólo a esforzados campeones tras ardua búsqueda, pero que en la práctica nadie podía obtener, porque jamás habría alguien lo bastante digno para hallarlo; o sea que tan ardua búsqueda estaba destinada al fracaso desde el mismo inicio. Parece ser que, cuando recién se conoció su existencia, muchos intentaron ir tras la Corona de Luz, creyendo que después de todo, alguien tendría que hallarla algún día. Pero en vano: estaba fuera del alcance de los mortales. Por lo tanto, con el paso del tiempo su existencia misma fue cayendo en el olvido.
Amsil no terminaba de entender.
—Pero, ¿qué tenía de especial esta… Corona de Luz? ¿Concedía algún poder sobrenatural o algo así?–preguntó.
—No sabemos, pero lo que interesó a Azrabul, y a mí me ocurrió lo mismo cuando me contó, fue el reto que representaría su búsqueda. Era un desafío a nuestra altura. Aceptábamos que probablemente nunca la encontraríamos, pero aun así sería interesante descubrir cuán lejos podríamos llegar tratando de encontrarla; ya veríamos, caso de obtenerla, de qué nos servía, o qué haríamos con ella. Así que pedimos a Yuk que nos ayudara a volver a este mundo con un cuerpo material. Él intentó disuadirnos. Dijo que para empezar, la Corona de Luz podía no ser más que una leyenda o un mito, aunque siendo una leyenda tendría al menos una base real, en tanto que siendo un mito buscarla sería sólo una pérdida de tiempo. No tenía la menor idea de dónde debíamos empezar nuestra búsqueda; la Corona de Luz nunca le había interesado, así que no intentó profundizar sus conocimientos sobre ella. Añadió que este mundo agonizaba, que en él la vida era cada vez más dura y que, en suma, era mal momento para regresar a él, si alguna vez habíamos estado; pero cuanto más difícil parecía la empresa, tanto más nos interesábamos Azrabul y yo, de modo que Yuk accedió al fin a ayudarnos, aunque nos advirtió que era posible que algo saliera mal… lo que, por supuesto, no hizo más que reafirmarnos en nuestro propósito de intentarlo.
‘Yuk explicó qué intentaría hacer. Pidió que imaginásemos una persona y su sombra. La sombra sigue a la persona, no tiene independencia, pero una y otra están en mundos separados aunque sean la misma cosa. La sombra está en un mundo de dos dimensiones y la persona que la proyecta, en uno de tres. También nos invitó a imaginar una persona dormida y soñando. La persona real, dijo, está dormida y por lo tanto inconsciente; pero al soñar, su consciencia se traslada a otro mundo que no es verdaderamente suyo. Yuk dijo que eran ejemplos muy básicos, pero que bastaban para ilustrar sus intenciones. Por un lado, creía que nuestra presencia allí era, en cierto modo, ficticia. Nosotros seguíamos en realidad en el mundo de los Gorzuks , pero nuestra consciencia, como en un sueño, se hallaba en este. Por otro lado, si en realidad seguíamos en otro mundo, debía ser posible crear en este una proyección de nuestros verdaderos seres, una especie de sombras. Logrado esto, el siguiente paso sería trasladar a esas… sombras ... nuestra consciencia de soñadores. Jamás se había intentado algo así y las posibilidades de fracaso eran inmensas, pero Yuk creía tener conocimientos suficientes para intentarlo al menos. Como imaginarás, mientras más pensaba en ello, más quería él intentarlo, aunque como en este caso los principales riesgos los correríamos nosotros, nos advirtió a qué problemas nos enfrentaríamos incluso si tenía éxito, porque los peligros que nos aguardaban si algo salía mal, directamente era mejor ni imaginarlos. Explicó que, por lo que sabía de nosotros, en nuestro mundo la esencia de nuestro espíritu que era energía arrolladora, pero que aquí sería sólo energía a secas, por ser mera proyección de aquella. y que incluso esa simple proyección podría extinguirse bajo ciertas condiciones, como le sucede al fuego ante el agua; y que si eso ocurría, el resultado podría ser lamentable, porque seguiríamos existiendo, pero sin ser realmente nosotros mismos... Ojalá hubiéramos hecho caso de su advertencia .
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