Gurlok desenvainó su espada. Cualquiera que lo hubiera observado ese día y tuviera algún conocimiento de esgrima, no era el caso de Amsil, habría notado que apenas si tenía vagas ideas de cómo se usaba el arma. Pero mientras muerto de miedo contemplaba los movimientos y las armas naturales de aquella criatura había evaluado rápidamente sus propias posibilidades de vencerla, por dónde le convenía atacar, de qué debía cuidarse. Y ahora había llegado el momento de enfrentarse a su enemigo, que más que el monstruo era el miedo que le tenía. No podía demorar más. Tras dura resistencia al corcoveo en la cabeza de aquel ser, Azrabul había caído a tierra, completamente agotado, y una lengua larga y viscosa le apresaba el tobillo izquierdo, sin que él, en el límite de sus fuerzas, pudiera ofrecer la menor resistencia. Notó apenas cuando la lengua enrollada alrededor de su tobillo aflojó la tensión, cercenada por un tajo de filoso acero; como a duras penas, también, oyó la voz de Gurlok desafiando a la bestia para que centrara su atención en él y olvidara a su compañero. Y entonces notó, más nitidamente pese a su absoluto aturdimiento, otros detalles; un cuerpo flacucho abrazado a él, una voz llorosa suplicándole que se pusiera de pie, un semblante arrasado en lágrimas que se inclinaba sobre el suyo. Hizo un esfuerzo por incorporarse, y Amsil quiso ayudarlo, pero era ingenuo de parte de éste creer que su físico enclenque aguantaría el peso de un coloso como Azrabul. Así que quedaron abrazados ambos así como estaban, aunque Azrabul tumbó a Amsil, hasta entonces en cuclillas, para luego, haciendo un supremo esfuerzo, colocarse sobre él apoyado en cuatro vacilantes miembros, obviamente tratando de que su corpachón sirviera de amparo al chico; pero su rostro feo y malvado estaba contorsionado en un rictus de atroz dolor. Parecía un cruel demonio decidido a inmolarse para salvar a un ser cuya inocencia lo hubiera redimido.
Cuánto tiempo permanecieron así o cuánto duró la batalla entre Gurlok y la criatura, jamás lo supieron, ni él ni el propio Gurlok, como también desconocieron siempre los pormenores de la misma; pero al fin cesó, y Gurlok resultó vencedor, aunque a un precio terrible. Ciertamente había concluido el combate rengo, cansado, con un sinnúmero de rasguños y golpes y cubierto de polvo y de sangre; pero eso era lo de menos. Las secuelas más graves las llevaba en su alma, aunque de momento incluso él las ignorara. Por el momento, lo preocupaba más Azrabul. Se le acercó cojeando y le extendió una mano para ayudarlo a levantarse, sin siquiera fijarse en Amsil, que lloraba convulsivamente, aunque en silencio, sin aspavientos, mortificado por considerar que lo ocurrido era culpa suya.
—Vamos, compañero–dijo Gurlok; y Azrabul tomó aquella mano con la suya y luchó por incorporarse. Poco faltó para que cayera de nuevo, y Gurlok con él, como montañas derrumbadas por un sismo o por un manotazo de los dioses; pero al fin logró ponerse de pie, y los dos gigantes, con las rodillas temblorosas y apoyándose uno en el otro, se alejaron del escenario del combate adonde yacía ahora la criatura inánime entre charcos de sangre. En el inmenso cuerpo escamoso había múltiples heridas testimoniando su horrible fin.
—Descansa–sugirió suavemente Gurlok a Azrabul al dejarlo acostado sobre la hojarasca, cerca del sitio adonde Amsil los había pescado mientras saciaban entre ellos sus apetitos sexuales–. Ya vuelvo.
Malditas las ganas que tenía de volver; se hallaba de muy mal humor y, a decir verdad, no tenía ganas de nada, excepto de algo que se hallaba fuera de su alcance: volver por donde habían venido hasta Más Allá del Cráter. Pero Azrabul lo necesitaba, así que debía desahogar de alguna manera su rabia y su frustración y luego regresar tan rápido como pudiera. Bajo aquellas violentas emociones, buena parte de su cansancio y de sus dolores se esfumaron, al punto que de golpe rengueó mucho menos. Entonces oyó la sollozante y débil voz de Amsil:
—¿Va a morir?
Gurlok se volvió hacia él, dominado por la cólera.
— ¿Y a ti qué te importa? –gruñó–. Ibas a abandonarnos, ¿no? Bueno, vete de una vez y déjanos en paz.
Y sin decir más, se sentó sobre el tronco de un árbol caído y medio cubierto de musgo. Bajo sus nalgas revestidas de cuero, un par de trozos de corteza podrida se desmoronaron, y las alimañas guarecidas bajo ellas correteó espantada, buscando otro sitio bajo el cual guarecerse.
Al oírse expulsado de tan mala manera, el llanto de Amsil redobló, convulsionando aún más el cuerpo del muchacho. A Azrabul le habría implorado, quizás; pero intuía acertadamente que Gurlok nunca lo había querido con ellos, y que lo había aceptado sólo para complacer a su compañero. Así que empezó a alejarse, sin poder ver siquiera por dónde iba a causa de las lágrimas.
Gurlok seguía sentado sobre el tronco, cabizbajo, sombrío, el mentón descansando sobre su diestra. Un crujido de ramas pisadas lo obligó a levantar la mirada, y lo sorprendió descubrir cuán en serio se había tomado el chico sus palabras.
—¡Amsil!–exclamó–. ¿Qué rayos haces, idiota? Regresa aquí, ¡ahora mismo!
Por la acritud del reclamo, se hubiera dicho que se disponía a romperle la cabeza a Amsil, pero éste obedeció con prontitud: prefería eso a que lo echasen.
—No sé si lo de Azrabul es grave o no, si sobrevirá o no, pero confío en su resistencia. Siéntate a mi lado y deja de llorar–exigió Gurlok, aunque ahora su voz era suave–. Y atiende, que esto es importante–y Amsil obedeció y se secó las lágrimas, aunque cada tanto lo sacudía alguna otra convulsión tardía como efecto del llanto–. Azrabul y yo no podemos andar solos; necesitamos quien nos ayude. Fue elección de Azrabul que tú lo hicieras; yo no estaba muy de acuerdo, pero accedí. Ahora sé que fuiste buena elección.
—¿Por qué?–preguntó Amsil.
—Te ordené que te fueras, que no te expusieras a esa bestia, pero desobedeciste para ayudar a Azrabul. Eso vale mucho para mí. Estamos juntos desde que recuerdo, y no me gustaría perderlo.
—No pude hacer nada por él.
—No hables de lo que ignoras. Hasta hace más o menos una semana, yo sabía que la muerte existía, pero no mucho más. Pocos días más tarde vi morir un insecto en la tela de una araña. Me resultó fascinante. Pero hoy tuve que luchar por la vida de Azrabul, por la tuya e incluso por la mía, y me vi forzado a matar de manera horrible a un pobre monstruo que no tenía la culpa de serlo, y no me ha fascinado en absoluto; y menos si pienso que pudo ser la muerte de Azrabul y no la del monstruo. Si eso hubiera sucedido, habría sido una muerte menos amarga gracias a ti. Habría muerto contemplando el rostro de alguien a quien él amaba; porque te ama con fiereza, aunque no entiendo el motivo. Y porque él te ama tanto, y tú le retribuiste un poco de su amor cuando lo necesitó, ahora también te amo yo. Ibas a ser nuestra mascota, decía Azrabul, o nuestro esclavo, creía yo. No sé qué terminarás siendo si te quedas con nosotros, Amsil, pero si lo haces, juro que haremos que jamás te arrepientas.
Y así diciendo, Gurlok rodeó con su poderoso brazo derecho los hombros de Amsil y atrajo el cuerpo del chico hacia el suyo. Fue una caricia brusca, ruda, que tomó por sorpresa al muchacho. Dolía físicamente, y sin embargo era un bálsamo para miles de heridas en el alma de Amsil, quien siempre se había sentido tolerado, jamás querido realmente, ni siquiera por las chicas de su pueblo, que con palabras ñoñas y risitas tontas, y sólo por lástima, lo defendían de sus novios cuando éstos le pegaban. Querían a sus novios, no a él. Amsil había intentado engañarse a sí mismo diciéndose que sí, que lo querían; y por ello las consolaba cuando aquellos novios las maltrataban o abandonaban. Ya nada de eso importaba. Ahora tenía quienes lo quisieran a él.
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