Diego Peñafiel - Otro eslabón de tu cadena

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Hay acontecimientos de la historia que deberían ser sacados a la luz, y este libro es una muestra de ello. Menbeng Esangon es una joven exprofesora de un pequeño pueblo de la Guinea Ecuatorial de 1976 que está asolada por el sanguinario régimen de Macías Nguema. Atormentada por la situación en la que vive, decide luchar por lo que cree. Ello le hará romper con la losa que oprime a toda mujer y buscar su realización personal. En el otro extremo está Akin Odole, que es un militar de la capital con una situación privilegiada y una conciencia perturbada. A través de los ojos de ambos iremos descubriendo la
Guinea Ecuatorial en la que conviven las culturas nativas y la española, haciendo un recorrido desde la quijotesca hazaña de Manuel Iradier hasta la sigilosa entrada de EEUU en el país. ¿Por qué se le concedió una independencia precipitada?, ¿por qué España mantuvo durante tanto tiempo como materia reservada todo lo concerniente a la exprovincia?, ¿por qué salió elegido un esquizofrénico diagnosticado? Un libro sobre la cadena que oprime a toda cultura, que te agitará por dentro y te hará ver el mundo de otra manera. Un libro que te hablará de la verdadera historia de Guinea Ecuatorial que el Gobierno español ha tratado de ocultar.

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—Se está haciendo de noche, mejor será que nos demos prisa… ¡Que el bosque es muy peligroso! El otro día encontraron al ñu de mamá Adaha muerto con unas heridas raras en el cuello. Dicen que ha podido ser el espíritu del bosque.

Menbeng miró a su abuela con incredulidad y siguió hasta casa sin desviar la mirada del encharcado suelo para no tropezar.

Se despertó con las gotas de agua que caían sobre su cuerpo. Era su día libre, así que intentó seguir durmiendo, pero el viento y la lluvia se lo impidieron. Pensó en aprovechar la luz del día para ir a casa de Engonga a leer, pero, al salir, se encontró en la puerta a su padre. Estaba sobrio y con ganas de comenzar a construir la chabola. Menbeng se sorprendió ante su actitud, pero le dijo que no quería emplear su día libre en aquello. Su padre le insistió en exceso y ella no encontró excusa con la que zafarse.

Fueron al lugar donde su padre había pensado construir la casa. Menbeng se abstrajo y proyectó su vida en un futuro, yendo de esa casa al trabajo y del trabajo a casa; una sensación de ahogo le hizo volver a la realidad. Su padre le explicó cómo quería hacerla y lo que le había costado conseguir el permiso para construirla.

Tuvieron que ir hasta la otra punta del pueblo a por los tablones que formarían los cimientos. Cuando llegaron, el maderero les dijo que no tenía todas las maderas que le había encargado porque había tardado mucho en ir a recogerlas. Llevaron a mano los pocos tablones que les dieron. Una vez allí, se dieron cuenta de que no tenían azada para cavar los fosos. Seguían mojándose. Menbeng le reprochó su falta de preparación y discutieron.

Fueron a la choza de Obon para que les dejase una. Los recibió con mala cara y, en mitad de la conversación, le dieron unas arcadas que la hicieron apoyarse contra la pared. Les dijo que su madre era la única con las llaves del almacén de herramientas, pero que no sabía dónde estaba. Hasta la tarde no encontraron una pala para hacer agujeros en la tierra, pero el mango se rompió y solo pudieron poner una de las vigas. Menbeng lo miró con desagrado. Seguía lloviendo y los árboles de la selva se agitaban. Parecía un mar embravecido con una pared de olas a punto de caerle encima. Como ya estaba atardeciendo, decidieron continuar otro día.

Se fue de allí apretando fuerte sus mandíbulas. Le enfadaba haberse dejado llevar por su padre y haber empleado su único día libre en algo que no quería en realidad. Luego pensó en buscar una vela o un poco de aceite para poder leer y relajarse y terminar bien el día, pero ¿a quién le podía pedir?

Entre unas chabolas, vio a un grupo de niños en corro. En el medio, había dos peleándose. El resto los vitoreaban y animaban a uno de ellos para que le pegase más fuerte al otro. Se oían gritos como «Traidor, opositor, malnacido…». En otra época, ella los hubiese separado; ahora, proteger a un subversivo podía costarle muy caro. Los miró con pena y frustración, ya no había nadie que los educase, estaban sumidos en la barbarie. Todos se alegraron al ver caer al supuesto opositor de ocho años. El grupo empezó a disolverse, pero aún se escuchaban gritos como «Púdrete, maldito traidor… No nos gusta la gente como tú…».

Menbeng se detuvo, le pareció conocida la cara desfigurada del niño que yacía en el suelo dolorido y decidió ir en su ayuda. Era su antiguo alumno Esono, el nieto de Blenda, la costurera con las piernas rotas a la que daba clases particulares. Decidió llevarlo a su casa y, de paso, pedirle una vela o aceite a la anciana. No conocía con exactitud los hechos, pero sabía que sus abuelos habían tenido problemas políticos con el Gobierno. Observó al niño dolorido, llorando y se vio a sí misma maltratada, llorando también por dentro. Lo ayudó a levantarse y lo acompañó.

Llegó a casa de Blenda, pero, antes de entrar, miró a todos lados para comprobar que nadie la observaba. La anciana estaba sola, sentada en una esquina cosiendo a la luz de una pequeña hoguera. La chabola olía a orín y humedad, y todo estaba tirado por los suelos. Ya era casi de noche, pero aún se apreciaban sus ojos negros, vidriosos y con una circunferencia azul alrededor del iris. Sus párpados estaban caídos y su boca, en forma de media luna apuntando hacia abajo. Su cuerpo tenía aspecto de botijo y su cabeza no estaba muy poblada, la mayor parte del pelo era canoso. Tenía las piernas cubiertas por el popó . Ella y la casa eran similares. La máquina de coser la movía con la mano girando una polea.

—¡ Mbolo, Blenda!

—¡Aaah, Menbeng! ¿Cómo tú por aquí? ¿Vienes a seguir con las clases particulares? ¿Qué te ha pasado, Esono? —preguntó al ver a su nieto.

—Nada —contestó el niño marchándose directo al dormitorio.

Blenda miró a Menbeng buscando una explicación, pero ella no supo qué decir.

—¡Ya! Lo de siempre, ¿verdad? —Se calló unos segundos, dio dos puntadas y luego añadió—: A menudo, pienso que debería haberme marchado cuando aún podía… Me hubiese ahorrado mucho sufrimiento, ¿sabes? Macías se llevó a mi marido, pero a mí y a mi familia nos condenó a la peor de las miserias.

Menbeng no contestó nada, se limitó a comprobar que la puerta y la ventana estaban cerradas. La abuela también se aseguró de que la puerta estaba cerrada, luego la cogió de la mano y la atrajo. Menbeng se inclinó acercando su cara, y la abuela le dijo en voz baja mirándola a los ojos:

—Seguro que tú has oído hablar mal de mí. —Menbeng asintió tímidamente—. Lo único que hice fue votar a Ondo Edu en las elecciones que hubo a finales del 68. —Blenda volvió a mirar hacia la puerta y le tiró de nuevo de la mano para acercarla—. Mi marido estaba metido en política, tenía dinero, era inteligente, mucha gente lo envidiaba. Formaba parte del MUNGE, que era el partido opositor liderado por Ondo Edu. Macías asesinó a todos sus contrincantes políticos y a muchos de sus votantes. Un día, llegaron los militares, se llevaron a mi marido y a mí me rompieron las piernas para que no fuese tras él. —Los ojos de la abuelita se humedecieron, los de Menbeng estaban abiertos como latas de conservas—. Seguro que Macías y sus brujos se comieron a mi Adugu para llevarse su sabiduría. Desde entonces, en el pueblo me han marginado. Lo peor es que mi hija y mi nieto siguen sufriendo las consecuencias. Vivimos en un mundo gobernado por demonios. Yo sé que viniendo aquí te estás arriesgando mucho, no deberías seguir dándome clases.

Las lágrimas de Blenda cayeron en la mano de Menbeng. Ella la miró, pero no le salieron las palabras. La abuela se recompuso y añadió:

—Tú eres diferente a los demás, se te ve en la mirada. Eres la profesora guineana más joven que he conocido jamás. Tienes el conocimiento de los blancos y la cultura de los africanos. Debes tener cuidado o acabarás mal. Un pez en la tierra se ahoga. ¡Busca el río que te dé la vida antes de que sea demasiado tarde!

Menbeng le apretó la mano con fuerza. En ese momento, sonaron dos golpes fuertes en la pared que la hicieron soltarla de inmediato. Ambas se asustaron y miraron a la pared de donde había procedido el ruido. Sonó otro golpe fuerte, como de un proyectil. Menbeng no era capaz de entender qué había pasado. Blenda bajó la cabeza y, como si fuera algo habitual, dijo resignada:

—Creo que nos han tirado unas piedras.

Menbeng no dijo nada durante un rato hasta que escuchó el lloriqueo contenido del niño desde la habitación y decidió irse.

—Bueno, yo me marcho, mamá Blenda. Nos vemos en unos días para seguir con lo nuestro.

—Muy bien. No olvides lo que te he dicho y recuerda que aquí estoy para lo que necesites.

Menbeng, que ya se dirigía a la puerta, se paró y se dio la vuelta.

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