—¿No tendrás una vela o algo de petróleo?
La anciana llamó a Esono y le dijo que buscase en la esquina de los trastos. Removió entre unas cacerolas y unos utensilios de cocina hasta que encontró una vela blanca del tamaño de un dedo índice. Se la dieron y salió. Quería ir a leer, pero estaba demasiado intimidada por la historia de Blenda, así que fue directa a su casa. Le tenía mucho aprecio y le extrañaba que no se lo hubiese contado antes, ni que tan siquiera le hubiese hecho mención de ello. Al acostarse, se imaginó a sí misma en la situación de Blenda y pensó que tenía muchas probabilidades de acabar igual si no se marchaba enseguida. Una sensación de miedo y opresión le estranguló el pecho.
Al día siguiente fue arrastrando los pies hasta la plantación de Yuca. No llovía, pero el cielo estaba lleno de nubes grises. La primera vez que se agachó, sintió el dolor en los lumbares. Al terminar de trabajar, decidió ir a leer a casa de Engonga. Sintió una mezcla de excitación y miedo, por fin iba a leer. Estaba tan entusiasmada que no comprobó que no la estuviesen observando.
Una vez en el quicio con la puerta abierta, miró hacia atrás. Sus nervios se dispararon cuando vio a lo lejos a Sima Nsang, hermano de Biwolo y representante del Gobierno en el pueblo. Estaba quieto y la miraba fijamente. Menbeng se quedó paralizada con la llave en la mano. Al cabo de unos segundos, entró deprisa, cerró la puerta y se apoyó en ella para mirar por los huecos de las maderas. Su pulso se aceleró Miró en dirección a Sima y vio cómo seguía con la mirada fija en la puerta hasta que se perdió entre las casas. Se maldijo por su estupidez y su falta de naturalidad. Se golpeó la frente con el puño repetidas veces. Se sentó con las rodillas encogidas y con las manos en la cabeza. «¿Cómo he podido tener un despiste así? Si me ven leyendo estos libros, podrían encarcelarme».
Dudó entre quedarse o marcharse, pero las ganas que tenía de leer la vencieron. Esperó un poco más mirando por las ranuras y se aseguró de que la puerta estaba cerrada con el candado. Se metió en la biblioteca secreta y sacó el libro que tenía a medias. Colocó la vela cerca de ella y volvió a ver el nombre misterioso en la primera página. Nfum Adaha.
Dos horas después, empezó a levantarse un aire que chocaba con las maderas y emitía un zumbido abrumador. Al rato, el silbido tomó protagonismo. La llama de la vela parpadeó y a Menbeng le vino el recuerdo de Engonga. «¿Estará bien? ¿Seguirá vivo? ¿Será su espíritu, que me está llamando?». El silbido se hizo más fuerte hasta que se apagó la vela. Se quedó todo oscuro, los animales de la selva enmudecieron. Según una creencia fang, los vendavales arrastran a los espíritus perturbados. El frescor de la corriente le puso la piel de gallina y se encogió sobre sí misma. Intentó encender la vela, pero no pudo. Su corazón latió más deprisa y el miedo se hizo más fuerte. El ventarrón, que se colaba por todas partes, se acentuó. Sintió como si la abrazasen y le hablasen. «¿Dónde estás, Engonga?», preguntó en voz baja. El viento paró dos segundos y luego azotó con más intensidad. De repente, escuchó por fuera algo raspando la pared en la que estaba apoyada, como si alguien estuviese rascando con las uñas la tabla. Soltó un pequeño grito y se levantó. Cogió la vela, se guardó el libro debajo del popó , abrió la puerta y salió corriendo.
Oteó a su alrededor para cerciorarse de que no la perseguían, pero no había nadie, solo el aire. Las palmeras y los árboles se inclinaban hacia ella, parecía que el vendaval la quería llevar consigo. Llegó a casa y su abuela todavía estaba despierta, sentada frente al fuego. Giró la cabeza despacio hacia ella y le preguntó:
—Traes mala cara, parece que te persigue alguien. ¿De dónde vienes?
—Nada, de por ahí.
Su abuela lanzó una mirada escudriñante.
—Todo el día por ahí… Yo no sé qué haces…
Menbeng entró en el cuarto y dejó el libro escondido debajo del colchón de hojas de platanero. Cenaron juntas y a Menbeng le vino la incertidumbre. «Tengo que sacar los libros y llevármelos a otro lado. Pero ¿cómo vas a sacar todos esos libros? ¡No tienes dónde meterlos! ¡Además, le prometiste a Engonga que no los sacarías del escondite! Sima estará preguntándose qué hacías allí, si le da por investigar, estás acabada. Ya no puedo retrasar más la salida».
—Casi no has probado el cocodrilo en salsa de cacao. ¡Con lo que a ti te gusta!
Menbeng observó el plato con la salsa marrón y espesa. Se lo comió y se fue a dormir. Le hubiese gustado leer, pero sabía que su abuela se escandalizaría si la viese con un libro. Estuvo un rato con los ojos abiertos mirando al techo cubierto por ramas y ramas de nipa. Se puso las manos en la nuca, y le sobrevino una mezcla de tristeza, agobio y miedo que la acompañó hasta que se durmió.
Por la mañana, cuando se adentró en la selva para hacer sus necesidades, vio un faisán en la rama de un egombegombe 11. El ave desplegó sus plumas e hizo alarde de su arcoíris personal. Menbeng se quedó obnubilada ante ese bello regalo que le hacía la naturaleza. Un ruido cercano hizo que el faisán cerrase su cola y se marchase.
La lluvia era leve y su amiga Obon estaba muy activa corriendo de un lado a otro de la plantación. Menbeng se fijó en
el camino que salía del pueblo. Nunca había viajado más lejos de Evinayong. La mera idea de marcharse la estremecía porque sabía que todo el mundo iba a estar en su contra. No tenía muy claro lo que quería. Dudaba entre irse a otro país, intentar un levantamiento, ir en busca de Engonga o de una vida mejor en la capital. Lo único que tenía claro era que necesitaba marcharse porque no quería acabar como su abuela o como Blenda.
Por la tarde, su amiga estaba cansada, inapetente y con mala cara. Incluso vio cómo se alejaba del cultivo y se escondía entrando en la jungla para vomitar. En ese momento, se escuchó el sonido de camiones. La gente empezó a agitarse y a ponerse nerviosa. Por el camino, aparecieron dos camiones: uno lleno de militares y el otro, con todo tipo de objetos y gente atada a él. Sima Nsang habló con el que llevaba el mando y fueron casa por casa registrándolas y llevándose cualquier artículo de origen occidental. Los soldados iban vestidos de forma diferente, pero todos tenían una AK-47. Eran jóvenes y muchos tenían los ojos rojos cargados de odio.
El carpintero salió corriendo con la sierra en la mano, tres militares le gritaron y abrieron fuego contra él hasta dejarlo abatido. Se oían gritos por todas partes. A una anciana la sacaron de casa por los pelos y le dieron una paliza. Menbeng, al presenciar todo eso, fue a su chabola a ver a su abuela. Al llegar, aparecieron cuatro milicianos con Sima Nsang. Dos de ellos registraron la casa. Al mover el colchón de hojas de platanero, el libro se deslizó por una ranura del suelo y no lo vieron. A su abuela le arrancaron el capazo para comprobar qué llevaba y la tiraron al piso del empujón. A Menbeng la bloquearon agarrándola del pecho. Sima le preguntó:
—¿Dónde está la llave de la casa de Engonga?
—¿El qué? —contestó sin pensar, aturdida por el miedo.
Sima miró a uno de los soldados y le hizo un gesto. Este asintió, le dio con la culata en la cara a Menbeng y le abrió una brecha en la ceja. Nsang repitió la pregunta y ella le dio la llave que tenía colgada del cuello.
—Sabes que hace tiempo que encontraron huyendo a tu amiguito, ¿no? Acaban de informarme de que estaba buscado por la ley y que se quedó aquí utilizando una identidad. ¿Qué hacías tú en casa de un subversivo?
—Nada, yo no sabía que era subversivo. A mí me dejó la llave para que le cuidase la casa.
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