—Estuvimos hablando Borico y yo de lo que te pasó en Basapú. Dijo que no nos preocupásemos. Que si te hubiesen echado una maldición, ya lo habríamos notado y que no te podrías ni levantar. Aun así, te hizo una limpieza de espíritu. ¿Verdad, Borico?
Su tío estaba comiendo con tranquilidad sin quitarle la mirada al plato. Levantó la cabeza y cerró los ojos afirmando lo que decía Pitú. Akin se quedó mirándolo. Era tan misterioso como desagradable. Tenía un gesto y una fisonomía incómoda, su cara le recordó a la del chamán del ritual necrófago. Entonces Akin escuchó un susurro en su oreja derecha, como una leve ráfaga de viento que le acarició el oído con el seseo que se utiliza para callar a las personas, y giró la cabeza, exaltado. Se asustó un poco, miró al resto de los comensales, que seguían a lo suyo, y eliminó los pensamientos fantasmagóricos.
—¿Sabes algo del tío Bienede? —le preguntó Akin a su madre.
—¿Del tío Bienede? ¡Qué más te da si ese ya no es nada nuestro!
—Es mi padrino.
—¡Olvídate de la familia de tu padre! Ellos se olvidaron de nosotros hace mucho.
—Bienede fue el padre que yo nunca tuve. Sé que no se ha olvidado de mí, lo que pasa es que trabaja mucho. Nosotros tampoco vamos a visitarlos.
Pitú se calló y puso cara de indiferencia. Akin no se sentía capaz de ver a su padrino. Si casi no tenía fuerzas para ver a su madre, ¿cómo iba a visitar a su tío, que era un hombre idealista y brillante que luchaba por el bien de la minoría? Sin embargo, cada vez que Akin salía del campamento con el ejército, estaba extorsionando a sus paisanos, haciendo cumplir las absurdas leyes de su dictador, amenazando a gente e, incluso, siendo testigo pasivo de homicidios. Bienede estaba arriesgando su vida por los demás. Era extraño que aún mantuviese su puesto de secretario del ministro de Comercio. Akin sabía que tarde o temprano terminaría cayendo. Deseaba ver a Bienede, pero se imaginaba que estaría disgustado con él por haberse alistado en el ejército y por no haber sido lo suficientemente valeroso para haber seguido sus pasos.
Millones de gotas golpeaban contra todo lo que se ponía a su paso y sonaban como una orquesta tocando una canción tropical. Se quedó sentado mirando por la ventana del salón, hipnotizado por la lluvia. El día estaba oscuro y los riachuelos deformaban las calles. Fue en dirección al mercado, pasó por la montaña de basura y vio al mendigo tirado en la misma postura del día anterior. La lluvia caía sobre él y un par de ratas sobre la axila le desgarraban la piel. Siguió. La gente corría de lado a lado intentado esquivar el agua. Al cruzar la calle, se topó con su amigo Bee. De primeras, pasó de largo; pero, segundos después, se dio la vuelta. Su amigo se había quedado parado. Akin no lo había reconocido, su rostro estaba muy deteriorado y su postura, mucho más encorvada.
—¿Bee?
—¡Akin! ¡Cuánto tiempo! —le dijo en pichinglis intentando mostrar entusiasmo.
—¿Desde cuándo estás aquí en Malabo? ¿Por qué no has pasado por casa o por el cuartel para verme?
—¿Por el cuartel? —La cara de Bee reflejó sorpresa.
—Sí, me hice militar… Tenemos muchas cosas de qué hablar, may fren . ¡Venga, te invito a un vaso de tope por los viejos tiempos!
— Umum —contestó de forma afirmativa moviendo un pelín la cabeza.
Bee iba arrastrando los pies, dando pasos de tortuga. Por un momento, no dijeron nada. Akin fue observándolo y sacando conclusiones sobre qué tal le habría ido la vida trabajando en las plantaciones de su dictador. Su imagen era tan deplorable que le daba miedo preguntar. Llegaron a un bar y Akin pidió un par de vasos de tope. Al cabo de un rato, viendo que su amigo no comenzaba la conversación, le preguntó:
—Bueno… y ¿qué tal todo este tiempo?
Bee lo miró de lado, intentando que su mirada respondiera por él.
— A no de fain (no estoy bien). Me han dejado volver a casa porque creen que me voy a morir.
— Ustin yu de tok? (¿De qué estás hablando?) —dijo Akin sobresaltado.
Bee afirmó con una sonrisa forzada. Fue a coger el vaso de tope y su mano le falló dejándolo caer al suelo, aunque no se rompió y solo se derramó el líquido. Akin se quedó desconcertado al ver que su amigo no era capaz de agarrar el vaso ni de agacharse para recogerlo. Bee tenía los párpados caídos como si estuviese borracho.
—Tranquilo, te saco otro. ¿Qué te ha pasado?
— A no sabi (no sé) , dicen que a lo mejor tengo la enfermedad del sueño.
—Pero ¿cómo has cogido eso?
—No lo sé. Nos llevaron a trabajar en Mongomo a las plantaciones de Macías…
—¿Mongomo? ¿Usay e de? (¿Has dicho Mongomo?) —le cortó Akin.
—Es el pueblo del presidente, está en Río Muni, pegado a Gabón.
Akin se levantó y le llevó otro vaso de tope.
—¿Os llevaron hasta la Guinea continental? —Bee afirmó con la cabeza—. Yo pensaba que estarías en algún pueblo de esta isla. Bueno… ¿y qué pasó?
—Allí debe de haber mucha mosca tse-tsé, que es la que pasa la enfermedad.
—Yo tenía entendido que ya casi no había.
—Sí, cuando estaban los blancos aquí, casi no había. Pero ahora que no tenemos su magia, ha vuelto.
—¿Qué magia? Los blancos no utilizaban magia, lo que pasa es que tenían muchas medicinas que lo curaban todo.
Bee cogió el vaso con las dos manos e inclinó la cabeza para beber de él. Akin se sintió culpable, si le hubiese dejado el dinero para pagar la instrucción militar, no estaría así. Macías ordenó que todos los jóvenes que no eran capaces de pagar la instrucción militar se fueran a trabajar a sus plantaciones de cacao y café por una comida al día. Decidió apaciguar la culpa con placer. Miró a su amigo, que se había quedado dormido con la cabeza sobre la mesa.
—¡Venga, vamos a comer! Seguro que no has comido nada en todo el día.
— Um um —negó con la cabeza su amigo.
—Voy a llevarte al Panáfrica. Vas a ver lo bien que se come, es el mejor restaurante de toda Guinea Ecuatorial. Y luego vamos a ir de waka waka .
Akin agarró a su amigo y lo ayudó a levantarse. Bee sonreía y sus ojos se iluminaron. Lo agarró de la mano y fueron hasta el Panáfrica sin soltarse.
A la tarde noche, fueron al club de alterne más conocido de todo Malabo, el Anita Wau. Akin tenía que sujetar a su amigo del hombro para que no se cayera. Se tomaron dos vasos de whisky y Akin buscó un par de miningas dispuestas a prestar sus servicios. Akin disfrutó del sexo sin sentimiento y luego fue a buscar a su amigo.
—¡Bee! ¿ Yu de ? (¡Bee! ¿Estás ahí?)
—¡ Yes, masa (sí, señor) , quiero más whisky !
—¡Vamos, may fren, que yo me tengo que ir al cuartel! ¿Dónde está tu «busca blanco»?
—Se marchó hace tiempo, no he podido hacer nada… Si no puedo ni estar de pie yo solo, ¿cómo quieres que haga algo con unos vasos de whisky ?
Akin ayudó a su amigo a levantarse y se fueron. Llegaron a casa de Bee y lo dejó tumbado en el suelo donde dormía.
—Yo tenía que haberme marchado en Paña 12. Yo podía haber sido el siguiente Pelé. ¿Te acuerdas de aquel seleccionador
que me quería llevar en Paña , Akin? Yo era el mejor jugador de toda Guinea.
— Ya sabi, Bee (Ya lo sé, Bee) —contestó Akin complaciente pese a haber escuchado repetidas veces esa historia.
—Mi padre no me dejó ir, decía que eso no podía ser cierto, que del fútbol no se podía vivir, que ese blanco quería engañarme y aprovecharse de mí. Y fíjate ahora, cualquier cosa hubiese sido mejor que esto.
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