Sima la miró inquisitivamente y respiró hondo. Luego les hizo un gesto a los soldados para marcharse. Más tarde reunieron a todo el pueblo alrededor de la casa de la palabra —recinto techado en el medio del pueblo llamado àbáá en el que se reúne el consejo de ancianos—. A Menbeng le flaquearon las piernas, así que se apoyó en un poste de la àbáá. Con una mano se apretó la cabeza, que sentía que se le iba a partir en dos, y con la otra se agarró a la columna de bambú. Un grupo de soldados apareció con tres hombres maniatados.
Sima Nsang estaba al lado de ellos con cara seria. Se escuchaban los lloros de tres mujeres y cuatro niños. El jefe miliciano del distrito y comisario político dijo:
—¡Compatriotas! Tenemos que sacar todo lo que era de los españoles. No podemos tener recuerdos de esa gente que nos robó y nos esclavizó. Nos llevamos todas las cosas de la antigua colonia, todo eso está prohibido. No necesitamos nada de ellos. Tampoco se puede tener ningún libro de los españoles, eso es «propaganda subversiva». Nosotros tenemos nuestra propia cultura y nuestro libro, escrito por «el ilustrísimo» Macías, Formación política anticolonialista para que recordemos la verdadera historia de Guinea Ecuatorial y no vuelvan a esclavizarnos nunca más. Tenemos que volver a nuestras raíces africanas y vivir así. No podemos permitir que haya enemigos contra nuestro Gobierno libertador. Esa gente tiene que estar en la cárcel o bajo tierra. Si conocéis o veis a alguno, debéis informar a las autoridades. Este hombre de aquí planeaba un golpe de Estado contra Macías. ¿Sabéis qué hacemos nosotros con los opositores?
El acusado negaba todo con la cabeza e imploraba piedad. Un militar lo agarró de los pelos y le cortó la cabeza con un machete. Los milicianos miraban con desafío, apuntando con sus metralletas a todos. Dejaron el cadáver y subieron los artículos incautados y a los dos condenados al camión. Menbeng conocía a los tres, pero le sorprendió la acusación porque esas personas nunca habían mostrado su descontento con el gobierno.
Ella había acumulado demasiadas papeletas y podía convertirse en la siguiente ajusticiada.
Se despertó asustado y temblando de frío. Miró a su alrededor y no reconoció dónde se encontraba. La selva cargada de árboles, plantas y helechos se amontonaba sobre él. Estaba amaneciendo, todavía no se veía el sol, pero el cielo comenzaba a pintarse de tonos naranjas y azules. Se levantó angustiado y húmedo por todos lados; se había meado. La boca la tenía pastosa y con mal sabor. Ojeó al suelo donde había estado tumbado y distinguió un poco de vómito marrón tiñendo las hojas verdes. Alzó su mirada al frente y vio la cueva que se adentraba en el corazón de la tierra. Empezó a recordar dónde estaba y por qué. No había nadie, solo una estela de humo que salía del resquicio de una hoguera apagada. Le dolía la cabeza, y le vinieron ráfagas del rito necrófago. Se dio la vuelta y salió corriendo.
Cuando llegó a casa de su tía, su madre lo estaba esperando hecha una furia.
—¿A ti te parece bueno esto que has hecho? Ni en el pueblo de tu tía puedes estar tranquilo. Yo pensaba que habías madurado. Tu tía se ha ido preocupada a trabajar, le has hecho pasar mala noche. Y tú bebiendo por ahí ¿has visto cómo vas? Estas vomitado y meado. Tú no estás bien de la cabeza. —Su madre se le acercó con cara de enfado—. ¡Akin!
La cara de Akin parecía de cera, su mirada estaba perdida, su gesto era serio y su cuerpo aún temblaba. Intentó hablar, pero tenía la lengua hinchada por sus propias mordeduras.
—No…, no he… bebido nada, creo que me han embrujado.
Pitú dio un suspiro. El cuchillo y el plátano se le cayeron al suelo.
—Pero… ¿qué dices, hijo? —Le puso la mano en la cara.
—No… sé, no… ¡Vámonos de aquí, mamá!
Se bañó con el agua recogida de la lluvia que había en un barril y fueron a despedirse de su tía. Le contaron lo ocurrido y ella lo corroboró diciendo que, últimamente, se estaban escuchando rumores de muchos ritos por la zona. Entre las dos mujeres examinaron a Akin. Al ver que no aparentaba tener nada, se quedaron un poco más tranquilas. Le sugirieron que fuese a ver a Borico cuando llegase a Malabo para que le quitase cualquier maldición que pudiese tener. Cogieron la mercancía y fueron a la carretera a esperar al coche. Pasaron las horas y el coche no aparecía. Akin se impacientó por salir de allí. Tenía una necesidad imperiosa de llegar a su hogar. Cuatro horas después, apareció el Renault 10 destartalado. La madre de Akin se puso a discutir con el conductor por el precio del viaje. Quince minutos después, ya habían colocado la mercancía por el coche y estaban de camino a casa. Una de las cestas la llevaban dentro y le aplastaba a Akin la cabeza contra la ventanilla.
Se puso a llover con fuerza. Al coche solo le funcionaba el limpiaparabrisas del copiloto. Iban lento, las ruedas se deslizaban por el barrizal. Akin se quedó dormido un instante, pero el coche pilló un bache y su cabeza chocó contra el cristal de la ventanilla, despertándolo de un susto. Se sentía mareado, con escalofríos. El bochorno que se creó dentro al estar todos apretujados y llenos de cosas le produjo claustrofobia. Chorros de sudor le caían por la cabeza. Tuvo que abrir la puerta y devolver. Su madre se escandalizó, el conductor lo regañó y parte del vómito se quedó dentro del coche.
Horas más tarde, llegaron a Malabo. Se puso la ropa militar y se abrigó por encima. Borico no estaba en casa, por lo que no pudo hablar con él. Al hacer la bolsa para ir al cuartel, se encontró las tres botellas de vino y la de coñac, entonces se acordó de que también tenía una bolsa grande de marihuana escondida. Cogió todo y lo metió en su petate. Se despidió de su madre y se fue al campamento militar. Los compañeros le hicieron algún comentario sobre la cara que traía, pero él no pudo ni contestarles. Guardó sus cosas en la taquilla con llave y se metió en la cama. Al día siguiente, cuando sonaron las trompetas a las seis de la mañana, le costó despertarse. Desayunó un par de buñuelos que le había dado su madre y se fue al patio a comenzar con los ejercicios matutinos y las arengas anticolonialistas.
A lo largo de la semana fue recuperándose, pero, por más que lo intentó, no pudo hablar con el resto de los compañeros. La visión de la gente del ejército metida en el ritual que había presenciado le hacía desconfiar de todos. El recuerdo de la ceremonia le revoloteaba por la cabeza como un mosquito. Diez días después, le dieron permiso de un día. Se fue directo a su casa. La calle olía a chamusquina, pero Akin estaba acostumbrado a ello y casi no lo percibía. Por el camino, le pareció ver menos gente de lo habitual. Al sol le quedaba poco para desaparecer. Pasó por la montaña vertedero que había cerca de su casa, donde un mendigo rebuscaba y otro estaba tirado con moscas revoloteando a su alrededor. El que estaba hurgando entre la basura hablaba y se reía solo. Él siguió de largo hasta llegar a su chamizo.
Al llegar, su madre estaba con su cara de triste simpatía en su pequeño puesto con papayas revenidas y pimientos de colores. Se puso de pie para recibirlo, y Akin vio detrás a Borico con su gesto impasible. A Akin se le cambió la cara, por un momento, se trasladó al ritual, y un escalofrío le recorrió el cuerpo entero hasta que sintió el calor del abrazo de su madre. Entraron en casa, Akin le hizo un saludo respetuoso a Borico, que le respondió con un gesto de complacencia. Su madre hizo un comentario sobre lo delgado que estaba y se puso a hacer la cena. Dos hijos de su hermano estaban en casa. Su madre le dijo que Baubiyo estaba pasando una mala época y por eso le había traído a dos de sus hijos. Se sentaron todos en la mesa y cenaron plátano frito con aceite de palma y pangolín. Pitú sacó el tema del ritual.
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