Lo que sucedió fue un choque muy grande de culturas que no permitieron ver con claridad de ambas partes, a los grupos humanos que las integraban y fueron considerados enemigos. El conquistador, y luego los criollos, en lugar de tratar de integrar a los salvajes, como los denominaban, buscaron todos los medios para desplazarlos y ocupar sus fértiles territorios para la cría de ganado. Nunca se empleó una política a fondo para enseñarles a trabajar la tierra, a cultivar el suelo y a manejar los animales en asentamientos permanentes. En lugar de proveerles de materiales de labranza y semillas intercambiaban yerba, azúcar, aguardiente y otros elementos que hicieron que el habitante de la llanura se acostumbrara a ellos. Principalmente el alcohol que los fue deteriorando y envileciendo de una manera notable.
Junto a ello los desplazaban por la fuerza y ocupaban sus lugares de cacería. Por eso la reacción de esos pueblos y los malones, para vengarse de los cristianos, apoderarse de sus bienes y también de sus mujeres haciéndolas cautivas.
Había caciques muy astutos, que sabían tejer alianzas con los blancos y conseguían mercaderías y hacienda, pero al menor desacuerdo cambiaban de parecer y se aliaban a otros caciques para atacar la frontera.
Ellos habían nacido en un lugar privilegiado, con animales de todo tipo para su alimentación. Con hierbas comestibles y medicinales. Con innumerables lagunas y ríos, lo que les permitía tener agua en cualquier época de año y con salinas para conservar el alimento. Con árboles que les daban sombra y leña. Lo único que tenían que hacer era recoger lo que les brindaba la naturaleza y con eso vivían sin privaciones. Era un verdadero paraíso, con clima benigno al que ya estaban habituados y dispersos en una enorme extensión. Y además, sus baqueanos conocían palmo a palmo la enorme llanura y sus serranías y sabían guiar a su gente a los lugares donde había comida, agua y refugio en las temporadas de escasez.
Cuando llegó el conquistador el choque cultural fue tremendo y de allí todos los enfrentamientos, las luchas, los malones, las matanzas de indios y de cristianos y por último, cuando las fuerzas y los recursos de las tribus estaban agotadas, la campaña del desierto que terminó con la débil resistencia si es que quedaba alguna para esa época. La superioridad de las armas y el debilitamiento de la gente concluyeron con la expulsión y el exterminio de las tribus que quedaban y la ocupación y el reparto de las tierras por parte de los vencedores.
Muchas de esas tierras quedaron en manos de proveedores del Estado corruptos que hacían tratos con algunos jefes militares y con civiles. Sobre facturaban o no entregaban lo convenido en equipos y provisiones y compraban a los caciques las haciendas robadas en otra parte de la provincia. De esa manera amasaron enormes fortunas en perjuicio del Estado y de los pueblos que poblaban la llanura, que en muchos casos reaccionaban con razón ante esas circunstancias.
Calquín siguió recordando sus cacerías.
–A veces salíamos dos o tres a bolear, cuando no había comida y para vender algunas plumas. Con el caballo bien liviano íbamos por la llanura buscando algún choique para poder comer. Era difícil encontrarlos porque se metían entre los yuyales agachados y se quedaban bien quietos. Cuando alguno salía, con una bola en la mano se tiraba la otra al aire y se revoleaba con fuerza tirándola a las patas del avestruz. Según la distancia se tiraba con una, dos o tres vueltas.
Era costumbre que al caer el bicho, se lo mataba y con la sangre fresca se mojaba el hocico del caballo para que conociera el olor. Así, cuando había un choique escondido en las cortaderas, el caballo se paraba y miraba para ese lado. El cazador, prevenido desataba un par de bolas y cuando el animal se levantaba lo atropellaba y le hacía un tiro antes que se alejara mucho. Había que ser muy rápido y hábil para cazarlos.
Bueno –dijo el viejo–, ahora a dormir que para mañana les tengo preparada una sorpresa. Descansen bien que nos vamos a levantar temprano.
Los chicos obedecieron al viejo y se metieron entre sus mantas protegidos por la tibieza de la ruca.
Espíritu de la tierra del pehuén:
Estás viéndome en tu pensamiento,
y en el semblante de tu ser
sólo buen sentimiento se ve;
dame un lindo arrebol,
gran espíritu que en el cielo estás;
y que tu pensamiento también
siempre el bien en mi cabeza
y me haga sentir esto pronto!...
Rogativa al Pehuén Mapu Cushe.
Recopilado por Gregorio Álvarez, 1981.
Cuentan los Mapuches, César A. Fernández
El viejo se levantó temprano esa mañana. Encendió el fuego con unas astillas y puso el agua a calentar. Tomó unos mates con un trozo de pan y despertó a los nietos.
–Levántense, que vamos a hacer un largo paseo.
Los chicos se levantaron y desayunaron un mate cocido con pan de piñones. Se abrigaron con sus ponchos y los gorros de lana y salieron con el abuelo.
El día era soleado y no hacía tanto frío. Ensillaron los caballos y partieron al tranco. El abuelo llevaba en ancas de su oscuro a Pehuén, y los dos mayores iban juntos en el alazán. Los dos viejos caballos los habían acompañado cuando cruzaron el desierto para volver a las montañas, al enterarse del avance de las tropas que esta vez, sin ninguna duda iban hacia las tolderías.
–Hoy vamos a Batea Mahuida –dijo el viejo–. Salimos temprano para poder llegar arriba antes del mediodía.
Durante un rato costearon el lago que reflejaba los rayos del sol matinal y luego entraron al sendero del bosque de pehuenes, acercándose al cerro mientras charlaban.
Había una suave brisa y sólo se oía el canto de los pájaros entre las ramas.
Batea Mahuida es un cerro bajo que en su cima tiene un cráter volcánico, que encierra una laguna de aguas transparentes y quietas, protegidas por las paredes del volcán apagado hace mucho tiempo, que se elevan varios metros en todo su perímetro. La vista desde arriba es extraordinaria.
El abuelo guio los caballos por la parte de atrás del cerro, por el oeste.
–Por acá es más fácil subir los últimos metros andando –le dijo a los chicos que miraban el panorama.
Siguieron cabalgando hasta un pequeño bosque de cohiues y allí dejaron a los caballos atados a la sombra de los árboles, en un pastizal rodeado de viejos troncos caídos.
Comenzaron a subir lentamente y, a medida que se acercaban a la cima, el terreno se hacía más inclinado y difícil, con arena volcánica y piedras sueltas. Pehuen caminaba tomado de la mano del abuelo que lo ayudaba a subir. Los dos jadeaban remontando la ladera inclinada. Cansados y sedientos llegaron hasta el punto más alto y se sentaron a recuperar aliento en una enorme roca de la cumbre.
La vista desde ese punto era espectacular. Mirando hacia el oeste, a la cordillera, se divisaban los altos picos con nieves eternas de la Pire Mahuida y varios conos volcánicos del lado chileno, el Llaima, el Sollipulli y el Villarica, con sus penachos de humo recortados en el azul del cielo. Por el paso cercano escaparon muchos mapuches chilenos al otro lado de las montañas, para ponerse a salvo de las tropas que llegaron hasta esa región y se metieron en el valle del Bio Bio, cerca de Lonquimay.
Hacia el sur había quedado el Aluminé, con su espejo plateado que reflejaba los árboles de la orilla y algo más atrás el Moquehue, el lago de los mosquitos, de color turquesa, unido al primero por un pequeño riacho, bordeado de árboles añosos. A los dos lagos los rodean grandes bosques de pehuenes de casi cuarenta metros de altura y otros árboles autóctonos que resaltan la belleza del paisaje. En la cercanía hay varias lagunas de aguas transparentes como la de Cohuilla y la más grande llamada Matethue.
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