Si enviudaba volvía a ser libre y podía hacer la misma vida que las solteras. Además, no podían raptarla, y primero tenía que pasar un año sin acercarse a ningún hombre.
–Y vos, abuelo, ¿cuántas mujeres tuviste? –preguntó el mayor.
–Tenía una china, pero cuando conocí a tu abuela fue mi única mujer y con ella tuvimos a los tres hijos, a tu padre y a las dos mujeres.
Los caciques y los capitanejos tenían varias mujeres en su toldo, porque para la gente era una muestra de poder y de riqueza.
Cuando teníamos edad y fuerza suficiente para pelear nos uníamos a los guerreros de la toldería y empezábamos como conás, hombres de lanza. Ya podíamos salir de cacería y malonear en las estancias y poblados de los cristianos. Así pasábamos los años más felices, junto a los demás muchachos de la tribu.
Y ahora al catre, a descansar.
Los chicos se acostaron bien abrigados y Calquín se quedó un largo rato recordando aquellos años mozos vividos en la inmensidad de la llanura. Mientras los recuerdos desfilaban por su mente se quedó dormido. Por fin estaba encontrando la paz después de tantos años de lucha.
Tiemblan las carnes al verlo
Volando al viento la cerda,
La rienda en la mano izquierda
Y en la derecha la lanza;
Ande enderieza abre brecha
Pues no hay lanzazo que pierda.
Martín Fierro – José Hernández
–Esta noche, que los veo más descansados y atentos les voy a contar como era salir a malonear y por qué lo hacíamos, atacando las estancias y los poblados delos huinca. A nosotros, los primeros habitantes de la llanura, los cristianos siempre nos trataron de ladrones, vagos y salvajes, pero no era tan así. Ellos tenían sus razones cuando entraban los vorogas o los araucanos del otro lado de la cordillera, los chilenos que se llevaban grandes cantidades de vacas y caballos para venderlas a los compradores que tenían apalabrados en Chile. Pero no todos actuaban de esa manera, había tolderías que estaban asentadas hace mucho tiempo y hacían su vida de cacerías y recolección de algarroba y otros frutos con los que se mantenían.
Cuando llegaron los huinca y fundaron la primera ciudad, a orillas del gran río marrón, nuestros antepasados vivían desde mucho tiempo atrás en la llanura, cazando y recolectando para comer y vestirse. No había límites ni fronteras. Cada tribu ocupaba un lugar en esa inmensidad y nos movíamos a gusto en busca de lo que nos daba la madre tierra. Cuando se fueron, hostigados por los pampas y los querandíes que vivían en las orillas del río, abandonaron unas cuantas yeguas y caballos y algunas vacas que se desparramaron por esa inmensidad casi desierta y se multiplicaron por millones. Así fue como descubrimos al caballo y aprendimos a amansarlo. Ya les contaré como hacíamos y las diferencias con el gaucho para amansarlos y montarlos.
El caballo nos dio todo. Carne, cueros, leche de yegua y lo principal, aprendimos a montar y nuestros guerreros se convirtieron en grandes jinetes que hacían lo que querían sobre el lomo de un caballo.
También nos dimos cuenta de que las vacas servían como alimento y los cueros para hacer muchas prendas que usábamos en la toldería.
Pero los cristianos regresaron. Bajaron del Paraguay, muy al norte, por el gran río y volvieron a levantar su aldea. Trajeron más vacas y caballos y con el tiempo fundaron otros pueblos cerca de la costa.
A medida que fue creciendo la población del huinca, empezaron a buscar más alimentos y sal. Hicieron grandes caravanas de carretas protegidas por soldados y se metieron en el desierto, atravesando nuestras tierras. Al principio no pasó gran cosa porque la pampa es muy grande y la gente era poca. Cabíamos todos.
–Abuelo, ¿vos cómo sabés eso si pasó hace tanto tiempo? –preguntó el mayor, que seguía el relato con mucha atención.
–Muchas de esas cosas me las contó Lucía, que me hizo entender, con mucha paciencia cómo era la historia de los blancos en la llanura. Recuerden que la abuela era una mujer de una familia poderosa y los padres la educaron muy bien. En esa época eran muy pocas las cautivas que sabían leer y escribir.
También empezaron las vaquerías que organizaban los cristianos y el intercambio de mercaderías con las tolderías vecinas, que se fue extendiendo hacia tierra adentro y así conocimos muchas cosas de la civilización. Pero también con ellos llegaron enfermedades que nos mataban por miles. La viruela no perdonaba a nuestra gente, que no conocía a la enfermedad nueva y le tenía terror. Era el Hualicho que nos trajeron los cristianos.
Y trajeron aparatos raros que no conocíamos para ver muy lejos, para ver el mundo, nuestras riquezas, y otros para medir la tierra. También trajeron alcohol y tabaco. Y nos aficionamos a ellos, como a la yerba, el “achucar”, los cuchillos, las espuelas de plata y el pulcu huinca. Pero nunca nos enseñaron a trabajar la tierra, a asentarnos en un lugar y vivir de manera civilizada. Tampoco nos dieron aperos de trabajo y semillas para sembrar. Solamente en la época de Juan Manuel se repartieron algunos bueyes, arados y semillas, pero no sirvió de mucho, porque cuando lo derrotaron las cosas cambiaron. Muy pocos se ocuparon de enseñarnos a cultivar los campos y cuando se peleaban los del gobierno perdíamos todo lo ganado y empezaba la guerra.
Nosotros vivíamos en una llanura inmensa, que nos daba lo necesario para vivir y abrigarnos y con eso estábamos conformes, esa era nuestra vida.
–¿Y qué hacían entonces abuelo? –quiso saber Nehuen.
–Cuando el hombre de las tolderías vio y probó las mercaderías y los adelantos que traían los cristianos, quiso tenerlos, pero no sabían cómo ganarlos. Entonces pedían o robaban. Así fue como empezaron los malones, atacando a las poblaciones más chicas y desprotegidas, para llevarse todo lo que les gustaba. Pero con eso vino la violencia, los conás mataban cristianos y ellos mataban a los nuestros con sus armas de humo y fuego.
Nosotros le teníamos mucho miedo al ruido que hacían las armas. No estábamos acostumbrados a que nos mataran desde lejos, nos gustaba pelear cuerpo a cuerpo, con la lanza o las boleadoras.
Era una lucha a muerte, porque si ganaban los milicos o los gauchos de los poblados no dejaban guerrero vivo, y nosotros pasábamos a degüello a todos los hombres que caían en nuestras manos. Una vez, en una estancia matamos a todos los gauchos y a los soldados, solamente se salvó uno que les contó a los cristianos lo que había pasado.
–En San Antonio –dijo Lucía que se acordaba por los comentarios de sus padres.
–Ahí mismo –dijo Calquín–, los guerreros estaban tan enceguecidos de odio que tomaron la sangre de algunos cristianos y a otros les arrancaron y comieron el corazón. Con el tiempo se hizo cada vez más difícil y los cristianos le tenían terror a los ataques de los malones. Por eso empezaron a levantar fortines en toda la frontera de la pampa, que en esa época apenas llegaba al Salado, que era el río que formaba la línea de separación entre nosotros y ellos. Pero ese río no era una barrera, porque lo pasábamos a caballo sin problemas.
–Abuelo, ¿y era mucha la gente de nuestras tribus? –preguntó Nahuel.
–No, éramos unos pocos miles, desparramados en un desierto inmenso, desde las montañas del oeste hasta el mar. Si el cristiano, que era más civilizado que nosotros, nos hubiera tratado de otra forma, tal vez las cosas hubieran sido distintas. Pero muy pocos fueron los huinca que nos comprendieron y se dieron cuenta de que éramos gente como ellos. Don Juan Manuel, como les dije, fue uno de los caciques de los cristianos que trató de hacer la paz con nosotros. Tenía hermanos nuestros que trabajaban en sus campos y aprendieron las costumbres del huinca. Por un tiempo lo logró y no hubo guerras. Uno de nuestros caciques vivió y creció en una estancia de él y aprendió las costumbres y el idioma de los cristianos.
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