Héctor Cirigliano - El abuelo pampa

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El abuelo pampa es una novela histórica en la que se mezclan personajes de ficción y hombres que fueron protagonistas de la historia argentina del siglo XIX.
Un viejo indio, nacido de padres pehuenches asentados en las tolderías del cacique Pincen, en Potrillo Oscuro, en la actual provincia de La Pampa, cuenta a sus tres nietos varones la historia de su avida y la de su pueblo.
Cuando se produjo la llamada «Campaña del Desierto», comandada por el general Roca, de los aproximadamente cuarenta mil nativos americanos que poblaban la región pampeana –entre los que cuatro mil o cinco mil eran guerreros y los demás «chusma», como se llamaba a las mujeres, niños y viejos–, muchos huyeron hacia la cordillera para cruzar por los llamados boquetes, pasos de poca altura hacia Chile, y los más débiles y viejos perecieron mientras atravesaban el desierto.
El viejo Calquín Millá, «Águila de Oro», ya con muchos años a cuestas, llega con su familia a Pehuenia, luego de muchas vicisitudes, huyendo de las tropas. Allí construye una ruca (cabaña) cerca del lago Aluminé, donde comienza una nueva vida, en la tierra de sus ancestros, entre araucarias añosas, rodeado de un paisaje donde los lagos, las montañas y los pehuenes nos muestran la armonía de la naturaleza.
En esa ruca, durante un largo invierno va desgranando los recuerdos de su vida en la llanura pampeana, desde cuando era un niño, hasta la huida tras la irrupción de la expedición militar comandada por Julio A. Roca.

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–¿Quién era abuelo? –preguntó el más pequeño.

–El gran Panguitruz Güor, el zorro cazador de leones de los ranculches, que era hijo de Paine Güor el zorro celeste de Leuvucó, el lugar donde las aguas corren. Los cristianos lo llamaban Mariano. Un día escapó de la estancia con otros dos guerreros, porque extrañaba los toldos y se convirtió en cacique cuando murió su padre.

Después los cristianos se pelearon entre ellos. Los colorados de Juan Manuel peleaban y degollaban a los unitarios, a los que les decían salvajes, y los unitarios se refugiaban en las tolderías para escapar de la mazorca. Había muchos milicos que vivían con nosotros.

Pasaron como cuarenta años, y después vino a los toldos de Panguitruz ese toro que era el coronel Mansilla, sobrino de Juan Manuel. Tenía buenas intenciones y conocía la vida de los habitantes del desierto. Trajo otro tratado de paz pero duró poco, nunca pudimos entendernos.

Bueno, hoy ya hablé bastante y los veo con sueño, mejor seguimos mañana y les cuento cómo fue el primer malón que recuerdo, cuando tenía unos veinticinco inviernos y me llevaron con otros guerreros de mi toldería. Éramos hombres de lanza. El cacique que estaba al frente de ese malón era Pincén.

El viejo pehuenche ayudó al pequeño a acostarse, bien abrigado. Arrimó unos leños al fuego y fue a descansar a su catre.

En su mente comenzaron a dibujarse los recuerdos de aquellos tiempos, cuando era joven y fuerte.

El viejo, en su larga vida había conocido a muchos caciques, entre ellos al temible Pincén, que era hijo de un pehuenche y una cautiva cristiana. Siempre dijo ser hijo de esta tierra, pero nunca quiso hacer tratos con los cristianos. También se mantuvo independiente de Calfucurá, el señor de las salinas.

Se reunieron varios caciques menores y un capitanejo cada 15 o 20 indios. Planificaron bien el malón, que estaba preparado para atacar un poblado del norte de la “Futa Uaría”, la gran ciudad de los cristianos, y dos estancias vecinas al pueblo. Esperaron que llegara el cuarto creciente para estar en el lugar del malón con luna llena.

El cacique destacó a un grupo de mocetones bomberos, para explorar la zona. Durante varios días, mimetizados entre los pastizales recorrieron el pago para tener una idea de cuántas yeguas y vacas podrían arrear.

Habían elegido una zona bastante desprotegida por los soldados, donde había numerosa caballada y algunas estancias que criaban vacas. Cuando recibieron la noticia de los exploradores y estuvieron bien seguros, prepararon el malón.

Se reunieron más de 200 hombres de lanza de varias tolderías en grupos comandados por los capitanejos, otros caciques y el propio Pincén al mando. El que los guiaba entre los guadales y las lagunas era Pichi Pincén, el mejor baqueano de la pampa en esos tiempos, sobrino de Ta Pincén, Pincén el grande, como lo llamaba su gente.

Reunieron los mejores caballos, llevando también caballos de refresco para la huída, después del malón. Estaban bien armados. Cada guerrero llevaba su lanza emplumada, bien curada, de más de cuatro metros, con la chuza bien afilada, boleadoras ñanduceras y una bola perdida para dar el golpe de gracia a los heridos. Algunos tenían cuchillos y facones para rematar a los lanceados.

La orden de Pincén era terminante. Pasar a degüello a todos los hombres y llevarse cautivas a las mujeres y los chicos. Querían, además de los animales y las cautivas, vengar a los compañeros masacrados en una emboscada que les habían tendido los junineros unos meses antes.

Se pusieron en marcha desde el centro de la llanura pampeana y los primeros días avanzaron al galope, devorando leguas y leguas de pajonales pasando entre los médanos y esquivando guadales con arenas blandas que se podían tragar a los hombres y las bestias. Llevaban charqui pisado con sal y ají silvestre para alimentarse, además de los animales que bolearan durante el avance del malón. El agua estaba asegurada, porque los baqueanos conocían con precisión todas las aguadas y lagunas que salpicaban el desierto. Avanzaban bordeando la gran rastrillada del norte, que era el camino más conocido y seguro.

Cuando cruzaron el Salado hicieron la marcha más lenta para no delatarse con la huída de animales salvajes y el polvo que levantaban los caballos al galope, tan visible en el campo llano a enormes distancias. Cuando estaban más cerca se escondían de día y aprovechaban la luz de la luna para avanzar.

El cacique reunió a un grupo de conás comandado por uno de los capitanejos y los mandó a las cercanías de un poblado distante varias leguas para llamar la atención de los soldados. Hicieron un amago de ataque a una de las estancias y huyeron tierra adentro, para volver a unirse al grupo dando un rodeo. Una partida de soldados los persiguió, pero los caballos de los nuestros eran mucho más veloces y resistentes y se perdieron en el desierto. De esta forma dejaron el campo libre al malón que avanzaba.

La noche anterior al ataque habían acampado cerca de una lagunita, en completo silencio, sin encender ningún fuego que pudiera delatarlos. Casi nunca encendían fuego afuera, porque en la llanura el humo se ve a enorme distancia, por eso lo empleaban muchas veces para hacer señales y comunicarse con las tolderías de los alrededores. Durmieron como todas las noches, bajo las estrellas, envueltos en ponchos, con la montura como almohada y el cojinillo de cama.

Delante del malón había salido un grupo de bomberos para reconocer el terreno cuando ya estaban cerca del objetivo.

Al día siguiente, antes del amanecer, ya estaban listos para el ataque al poblado ya las estancias cercanas. Masticaron unos trozos de charqui y después hicieron correr los chifles de aguardiente que habían reservado para entonarse. En cada malón se jugaban el pellejo. Las balas de las carabinas y de los fusiles no perdonaban.

Reunieron los caballos y se pusieron en marcha en silencio. Los teros alborotaban al paso del malón y desde las lagunas y los bajos se escuchaba el grito estridente del chajá, delatando la presencia de gente o animales.

Rumiando esos recuerdos el viejo se quedó dormido, mientras que en el fogón se apagaban las últimas llamas de los leños y quedaban solo las brasas alumbrando la oscuridad de la ruca, en la noche austral.

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