Sergi Llauger - Épsilon

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Épsilon: краткое содержание, описание и аннотация

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Año 2111. El destino de la Tierra es trágico.Tan solo quedan once meses para que una estrella de neutrones errante llegue al sistema solar y lo destruya por completo.La mayoría de los seres humanos han huído a Épsilon, un mundo lejano que tiene las propiedades idóneas para la vida. Paradise Route, el último lugar habitable del planeta, vive un periodo de revueltas e impaciencia generalizada en vísperas del sorteo final; un evento que hará públicas las identidades de aquellos pocos afortunados que embarcaran en la última nave Arca.En un acto público, el ministro que gobierna la ciudad es asesinado. Tras su muerte se producen una cadena de atentados que culminan con el misterioso robo del «artefacto de antimateria»: un recipiente de valía incalculable que proporciona la energía necesaria a la nave Arca en su único y largo viaje a través del cosmos.Jacob dos Balas, un cazador de recompensas veterano, es contratado para dar caza al responsable del robo y recuperar el artefacto. A cambio, si cumple con su cometido, se le promete lo que más ansía cualquier superviviente: un pasaje personal en el último viaje a Épsilon.Jacob pronto se verá inmerso en una vorágine de acontecimientos en los que su vida y su mundo se verán en jaque y descubrirá que todo lo que le habían hecho creer hasta entonces no era tal y como él imaginaba.

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Superada la mitad del trayecto, el vagón empezó a ascender y penetró de repente por un túnel oscuro que atravesaba un muro grueso de hormigón. Al otro extremo de este, el paisaje cambió de forma radical; Jacob circulaba ahora por vías elevadas a decenas de metros por encima del suelo. Era el punto del recorrido en que se cruzaba por los ostentosos Barrios Altos. Un extenso distrito circular y amurallado donde abundaban los jardines verdes con espectaculares fuentes iluminadas, los hologramas publicitarios en tres dimensiones y los rascacielos de cristal con interiores de lujo y piscinas descubiertas en las terrazas de varios de sus niveles. La mayoría de esos carísimos apartamentos, sin embargo, se encontraban abandonados ya por sus propietarios, que embarcaron tiempo atrás en las anteriores Arcas. Todos esos hogares libres podían ser suficientes para dar cobijo, como mínimo, a la mitad de residentes de los suburbios, pero los adinerados que quedaban aún allí no aceptaban, de ninguna manera, convivir con la plebe el tiempo que les quedaba antes del éxodo masivo final. Así que las pesadas compuertas del distrito permanecían siempre cerradas bajo estricta custodia de vigilantes armados y drones cibernéticos.

Debido a que esa parte de la ciudad sí estaba provista de electricidad, el vagón circulaba a mayor velocidad, así que el tramo del trayecto que cruzaba los Barrios Altos apenas duraba un minuto y medio antes de volver a adentrarse en el túnel del extremo opuesto del muro. Y como si se tratara de un tren de los horrores que de vez en cuando muestra un escenario de ensueño, una vez fuera del distrito la cruda realidad de los suburbios volvió a hacer acto de presencia:

Viviendas quemadas, saqueadas o, en el mejor de los casos, antiguas y sin restaurar. Suciedad orgánica y sintética diseminada por las calles, meciéndose al compás del viento. Personas de mirada triste; enfermas o hambrientas completaban aquel cuadro regido por el color del óxido y la opresión. Jacob sintió una punzada de rabia hacia todas las injusticias cometidas durante los últimos años, aunque él solo era un mercenario, si hacía falta mataba por encargo, no estaba muy seguro de si podía permitirse el lujo de poseer esa clase de moral. Apartó la vista, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y, sumido en el movimiento bamboleante del vagón, cerró los ojos con la intención de relajarse hasta que terminara el viaje.

Se le hizo un suspiro cuando, tras una serie de estridencias y sacudidas que parecieron que fueran a partir el vagón en dos, este se detuvo al final de la vía y se silenció poco a poco. El vigilante, que no se había movido de su sitio en todo el trayecto, ni tampoco le había quitado el ojo de encima a Jacob, abrió la puerta y esperó a que el mercenario se desperezara con un crujir de espalda y se apeara.

—Que tengas un gran día —le dijo Jacob de pasada al bajarse, pero el hombre, de mirada hosca y mandíbula sobresalida, le respondió con un breve gruñido.

En el exterior ya era de día y el calor del sol empezaba a apretar. Jacob miró a un lado y a otro para orientarse. Había estado muy pocas veces en el límite oeste de la ciudad. Aquello era prácticamente un desierto estéril. Las últimas edificaciones de Paradise Route quedaban a unos ochenta metros de distancia, y la línea del monorraíl se prolongaba más allá de ellas como una serpiente solitaria saliendo de su nido. Ante él, tras las rejas del puesto de control que ejercían como verdadera frontera, se extendía un páramo muerto e inacabable abrazando los vestigios del antiguo mundo. Aunque no todo era silencio; la Zona de Lanzaderas y el complejo termo-nuclear también se ubicaban fuera de la frontera, a medio kilómetro de allí. Jacob pudo ver su perfil industrial recortando el horizonte. Debido a los altos niveles de contaminación del recinto, este había sido construido a una distancia prudencial de la ciudad.

Caminó en dirección a la barricada de la frontera, compuesta por rejas desarmables con alambres y restos de diversos vehículos cruzados. Se detuvo para mostrar el pase de seguridad a uno de los tres vigilantes armados que la custodiaban, que tras echarle un exhaustivo vistazo asintió y le preguntó:

—¿Quiere tomar un vehículo para llegar al complejo?

—No lo sé. ¿Qué coste tiene? —quiso saber.

—Con ese nivel de autorización ninguno, Señor.

Jacob esbozó una sonrisa maliciosa.

—Será un placer —aceptó.

Mientras recorría con un quad medio averiado la carretera exterior que llevaba al complejo, sin nadie en aquellos áridos alrededores que pudiera verle, Jacob no pudo evitar sentirse eufórico bajo el casco de seguridad. El placer de conducir esa chatarra a toda velocidad era una sensación única como pocas veces había experimentado. En un punto de una curva pronunciada, el quad casi se le salió del camino y tuvo que rectificar con brusquedad y aminorar la marcha. Aun así, su satisfacción no disminuyó y volvió a acelerar al máximo cuando pasó cerca de las altas estructuras de las lanzaderas espaciales, cuyas cúspides de indestructible aleación se perdían de vista en el cielo, hasta que, medio kilómetro más adelante, pudo ver las puertas del CENT: un gigante, en su mayor parte, subterráneo. La punta del iceberg la formaban el búnker de acceso, una cantera de roca usada como vertedero radioactivo y cuatro cúpulas de hormigón de varios metros de altura puestas en fila. Allí detuvo el vehículo con una frenada larga que dejó un rastro de polvo en suspensión, se quitó el casco y exhaló el aire de golpe.

—¡Menuda maravilla…! —exclamó con una breve risotada. Acarició el chasis descolorido y volvió a colocarse el sombrero que se había atado a la espalda. Fue en ese momento cuando se percató de que alguien más joven que él, de rostro serio, mirada profesional y vestido con uniforme militar, le estaba esperando junto a la puerta de acero del búnker. Jacob carraspeó, bajó del quad y, adoptando un porte más formal, se acercó hasta el soldado y le tendió la mano—. ¿Orly? —preguntó.

Este se la estrechó.

—Orlando —le rectificó—. Me avisaron de su llegada.

—Y a mí que estarías esperándome.

Se hizo un breve silencio que no podría catalogarse de otra forma más que de incómodo. Quizá, el imperturbable y entregado Orlando esperaba no haber visto una actitud tan desenfrenada en el mercenario, dada la gravedad del asunto que les concernía.

—Sígame, por favor —dijo al fin—. Si le parece le llevaré primero a la sala donde se produjo el robo. Luego podremos revisar las grabaciones de seguridad.

—Seré como tu sombra —respondió Jacob ocurrente.

Orlando le dedicó una última y recelosa ojeada de arriba abajo. Se giró y tecleó un complejo código de seguridad en el panel digital que había a un lado. Jacob había sido entrenado para este tipo de cosas y se percató de la combinación: 744U-H96P-001K-5348L-A. Era un código dinámico que se cambiaba cada dos horas, pero tenía buena memoria, tardaría en olvidarlo. Acto seguido, un piloto luminoso que colgaba del marco de la entrada empezó a emitir destellos naranjas y la pesada compuerta de acceso se abrió. Nada más entrar ambos, volvió a cerrarse y culminó con un ruidoso eco que se perdió por la vastedad del paraje.

Aparecieron en una sala cuadrada, bien iluminada, que más bien parecía un garaje desordenado, sin puertas ni ventanas. Un dron les estaba esperando; su aspecto era tan amenazador como cómico. Dos extremidades combadas hacia dentro a modo de piernas, compuestas de hierros y cables, sujetaban una esfera pesada que tenía una rotación de trescientos sesenta grados.

—Iniciando protocolo de análisis. Deténganse, por favor —pronunció su voz electrónica. Jacob se fijó en Orlando, que se quedó inmóvil, con los pies juntos y los brazos estirados, y le imitó.

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