Jacob lo liberó.
—¿Por qué no me sorprende ver a un cachorro como tú en un lugar como este…? —gruñó, y volvió al límite de la azotea para recuperar su posición de espía.
—El ingenioso, intrépido y envidiablemente popular Señor Jacob dos Balas… —exclamó el joven—. Hacía mucho que no le veía. ¿Ha perdido peso o me lo parece a mí?
A Jacob no le hizo gracia tener a Lobo Mordedor de competencia, ni tampoco que este le hubiera descubierto antes. Pese a su corta edad era un buen cazador de recompensas, eficaz como pocos; ambos habían cooperado en algunas misiones del pasado. No lo consideraba un amigo, ni mucho menos, pero existía cierta camaradería, o una rivalidad sana, entre ellos dos; podría decirse que habían llegado a respetarse mutuamente, algo del todo insólito en su profesión. Se conocieron años atrás de un modo brusco, mientras daban caza al mismo hombre, un asesino caníbal del borde exterior. Sus sendas de investigación se cruzaron y se vieron comprometidas, pelearon y Jacob lo dejó sin sentido; el joven cazador siempre insistió después en que aquello solo fue fruto de la suerte… y tal vez tuviera razón. Se desconocía su verdadero nombre, uno de los motivos por el que lo llamaban Lobo Mordedor era porque tenía la fama de poder acercarse a cualquiera sin que la presa tuviera tiempo de percatarse hasta que ya le fuera demasiado tarde. Igual que un lobo que no aúlla, que no avisa, tan solo muerde cuando uno menos se lo espera.
—Me dispararon y terminé desangrándome —explicó Jacob, atento a lo suyo—. Cuando a uno lo dejan en coma durante meses, por norma general tiende a perder peso.
—Eso escuché —admitió con aire distraído, y deslizó el dedo índice por la superficie polvorienta de un extractor—. ¿Es que aquí nunca sube nadie a limpiar?
—Imagino que tienes un trabajo entre manos —se dejó de tonterías—. ¿No deberías aprovechar tu tiempo?
—Lo estoy haciendo —rebatió—. Le he encontrado husmeando, lo que significa que muy probablemente en algún punto de la búsqueda del artefacto nuestros caminos se cruzarán como lo hicieron en el pasado, así que tendré que enfrentarme a usted y con cierto pesar me veré obligado a matarlo.
Jacob hizo una mueca con la boca.
—Lo intentarás —le corrigió.
—Bueno, la recompensa es demasiado suculenta como para tan solo intentarlo. Ya fracasé una vez, cierto, y me aconsejó que madurara. Pero que no sirva de precedente. Un fracaso es tan solo la niebla que no deja ver el triunfo que espera detrás.
—¿Y tú pretendes atravesarla?
—Si le soy sincero prefiero esperar a que se disipe sola.
—Yo no acostumbro a cometer errores.
—En nuestra profesión, los que seguimos vivos es porque cometemos pocos errores, aunque no nos engañemos; tarde o temprano ocurren.
—No te sientas demasiado orgulloso por tu falta de ellos. Apuesto un millón de créditos a que no llegarás a mi edad.
Lobo Mordedor soltó una pequeña carcajada.
—Ningún Olvidado que tenga un solo año menos que usted la alcanzará. Admito que siempre me ha gustado su cinismo.
—¿Así que ese es tu plan? ¿Espiarme y esperar a que la pifie?
—Tiene su lógica, Señor Jacob, al menos en cuanto a ética se refiere, ya que me desagradaría en gran medida tener que arrebatarle la vida. Lo encontraría… de mal gusto. —Torció el gesto—. Pero tampoco puedo permitirme compartir la recompensa con nadie. El pasaje es unipersonal, ¿se lo han comentado?
En esos momentos, dos tipos del equipo de limpieza encontraron otro cadáver entre las ruinas. Tras quitarle los ladrillos y hierros de encima le registraron los bolsillos, le extrajeron los zapatos y la ropa y lo echaron, desnudo, al furgón de los muertos.
—¿Quién te ha contratado, Lobo? La curiosidad me está matando. Puede que sea eso lo que acabe disipando mi niebla.
—¿Me va a pagar con la misma moneda a cambio? —Jacob no contestó—. Lo suponía… —esperó unos segundos y añadió—. ¿No es excitante? Esta parece ser la reina del baile, la misión definitiva de todo cazador de recompensas. Aquello por lo que nos hemos dedicado y esforzado durante toda nuestra vida.
—En tu caso un periodo muy breve —puntualizó Jacob.
—No sea grosero —si le ofendió su comentario, no lo exteriorizó—. La experiencia no lo es todo, ni siquiera tiene un valor moral, es tan solo el nombre que le damos a nuestros errores. Creía que ya habíamos dejado claro que la gente como nosotros no acostumbraba a cometerlos.
A Jacob, las conversaciones que a veces tenía con el joven cazador acostumbraban a parecerle interesantes, sin duda era mucho más culto e inteligente que la mayoría de los hombres más mayores, pero las razones por las que se encontraba allí eran muy serias; no podía permitirse distracciones. Lo hiciera expresamente o no, Lobo Mordedor lo estaba distrayendo, así que cambió de tema y fue al grano.
—A ti que te gusta analizarlo todo. ¿Qué opinas de eso? —señaló con la cabeza hacia el escrito en la pared del callejón. Lobo Mordedor lo leyó con un ligero interés.
—Poco, salvo que hace una hora ese mensaje no estaba. Aunque apostaría mis carísimas retinas a que es una falsa pista. He visto a mutantes del submundo con inexplicables capacidades telepáticas. A hombres con un poder de convicción tan grande que pueden controlar a las masas. Pero todavía no he conocido a nadie que sea capaz de devolverle la vida a un muerto. ¿Le asusta la idea de que ese mensaje sea cierto?
—Yo no tengo miedo, hago que ciertas personas lo tengan.
—Pues qué suerte la suya… —repuso—. Si le soy sincero no me preocupa quién lo haya escrito ni por qué, cada vez que estalla una bomba surgen decenas de fanáticos alabando el fantasma de César. Un garabato en una pared no es relevante, pero el tipo que ahora mismo se acerca por el norte de la plaza ya es otro cantar… Fíjese —sus ojos blancos y opacos centellearon de excitación bajo la oscuridad de la azotea. Con un movimiento pausado decidió agacharse al lado de Jacob.
—Cyborg… —este masticó aquel nombre.
Un musculoso titán de dos metros de estatura, con el rostro y el cuerpo esculpido a base de implantes cibernéticos, hizo acto de presencia. Vestía con una chaqueta de cuero y unos pantalones militares oscuros; botas gruesas que hacían crujir los escombros a cada uno de sus pasos. Parecía más bien una máquina que un hombre; un aniquilador que un mercenario. Callado, concentrado en estudiar el escenario, se dejó ver sin ningún tipo de temor. No había motivo para tenerlo. Pasó de largo las ruinas del Capitolio y caminó con total impunidad entre los cascotes de la plaza, como si buscara una provocación a los ojos de la posible competencia que le estuviera observando. Quería que supieran que él también entraba en el juego. Poco se sabía acerca de Cyborg salvo que detestaba su sobrenombre, las órdenes y a las personas. Y no precisamente en ese orden. Huelga decir que era un cazador de recompensas peligroso, sus servicios solo eran requeridos cuando se debía atrapar a otro cazador. Jacob estudió sus movimientos con respeto, atento. A Lobo mordedor, sin embargo, aquello pareció divertirle:
—Se dice que fue criado por animales más allá de la frontera exterior, y que es incapaz de sentir el dolor. De lo segundo hay constancia. —No pudo borrar la expresión de fascinación en su rostro—. Esto se pone cada vez mejor, ¿no le parece?
Es joven, temerario, se repitió Jacob en una mirada que le echó de reojo. Inexperto…
—Lo primero tampoco me extrañaría. Ese tipo es un animal —pronunció—. Es lógico que varios mecenas hayan pensado en él para el trabajo.
—Admito que tenía mis dudas —contrastó Lobo Mordedor—. Le insertaron la personalidad de un psicópata. Sus métodos descabellados acostumbran a destrozar más de lo que repara, ya me entiende. Últimamente ni siquiera le contratan para cazar a tipos como nosotros. Aunque ya sabe el dicho: en situaciones desesperadas, medidas desesperadas…
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