Sergi Llauger - Épsilon

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Año 2111. El destino de la Tierra es trágico.Tan solo quedan once meses para que una estrella de neutrones errante llegue al sistema solar y lo destruya por completo.La mayoría de los seres humanos han huído a Épsilon, un mundo lejano que tiene las propiedades idóneas para la vida. Paradise Route, el último lugar habitable del planeta, vive un periodo de revueltas e impaciencia generalizada en vísperas del sorteo final; un evento que hará públicas las identidades de aquellos pocos afortunados que embarcaran en la última nave Arca.En un acto público, el ministro que gobierna la ciudad es asesinado. Tras su muerte se producen una cadena de atentados que culminan con el misterioso robo del «artefacto de antimateria»: un recipiente de valía incalculable que proporciona la energía necesaria a la nave Arca en su único y largo viaje a través del cosmos.Jacob dos Balas, un cazador de recompensas veterano, es contratado para dar caza al responsable del robo y recuperar el artefacto. A cambio, si cumple con su cometido, se le promete lo que más ansía cualquier superviviente: un pasaje personal en el último viaje a Épsilon.Jacob pronto se verá inmerso en una vorágine de acontecimientos en los que su vida y su mundo se verán en jaque y descubrirá que todo lo que le habían hecho creer hasta entonces no era tal y como él imaginaba.

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A aquel modelo se le llamaba Cíclope, porque tan solo poseía un ojo cibernético en medio de su enorme cabeza, cuya lente ahora oscilaba y les analizaba de hombro a hombro prolongando un escáner holográfico. A ambos lados de la cabeza llevaba adheridos dos fusiles rotatorios de fuego rápido, preparados para reaccionar a la mínima necesidad. Una puntería perfecta. Por lo que era aconsejable no tratar de huir de ellos cuando a uno le hacían un chequeo de identidad. Existían distintos modelos de drones, pero los más comunes eran los prototipos de hacía tres décadas, como aquel: los TK-IV. Sus ingenieros japoneses siempre habían asegurado que eran los mejores. Por muchos ajustes y modificaciones posteriores que se les hicieran, jamás pudo superarse su elevado porcentaje de efectividad, fiabilidad y resistencia. Miles de unidades de este modelo habían sido transportadas durante las primeras migraciones a Épsilon como medida de seguridad contra las posibles formas de vida hostiles que habitaran en el nuevo planeta. Se rumoreaba que hubo cierta resistencia por parte de algunas especies primitivas, pero que gracias a los TK-IV las primeras colonizaciones resultaron un éxito.

—Sargento Orlando: identificación positiva. Acceso permanente autorizado. Varón de clase mercenario, pase de seguridad de nivel alfa: acceso temporal autorizado. Que tengan un gran día. —La voz robótica retumbó por la estancia cuando su análisis terminó. Su único ojo parpadeó y la esfera de su cabeza rotó hacia arriba ciento ochenta grados, dándoles la espalda. A continuación, una súbita sacudida hizo que el suelo bajo sus pies se moviera y empezara a descender con ellos tres. Jacob se fijó en la parte trasera de la esfera del dron: se le veía una pequeña placa cuadrada, bien disimulada, tal vez por ahí era desde donde se accedía a sus circuitos si se le tenía que realizar alguna reparación. La plataforma elevadora tardó dos minutos en descender varios niveles antes de volver a detenerse. El mercenario echó la vista arriba, el habitáculo que le había parecido un garaje, ahora sin suelo; quedaba por lo menos a doscientos metros por encima de ellos.

—Por aquí —le indicó Orlando, que dio un paso al frente.

Jacob miró con desconfianza al dron cuando pasó por su lado, que permaneció en su sitio, inmóvil como una estatua —nunca le habían gustado aquellos trastos, nada podía ser tan fiable como el propio razonamiento humano—, y siguió al soldado por una sucesión de pasadizos oscuros con tuberías en el techo y micropaneles de iluminación tenue en el suelo.

—No me pierda de vista. En estos pasillos tratamos de ahorrar en electricidad.

—Descuida —masculló—. Pasaron de largo una puerta de cristal seguida de varios ventanales que mostraban al otro lado una sala de pruebas totalmente a oscuras—. Esto está muy vacío —observó—. ¿No se supone que debería haber ratas de laboratorio yendo de un lugar a otro?

—El personal científico no ha venido hoy, solo los del mantenimiento del reactor nuclear, en los niveles inferiores. Tampoco se encuentran la mayoría de vigilantes. Se decidió que así fuera para no contaminar la escena del robo hasta después de su visita.

Bien, Fergus, todo un detalle, pensó Jacob.

—Una gran idea… —murmuró, y añadió—. ¿Quién más sabe que estoy aquí?

—Su estancia en el CENT es confidencial. Solo yo conocía su identidad; me ordenaron que no hablara con nadie más al respecto.

—Que siga así —a continuación preguntó—. ¿Es por donde hemos venido la única forma de acceder al complejo subterráneo?

—De una pieza sí —respondió el soldado.

—¿Y de muchas?

—¿A qué se refiere?

—Supongamos que alguien con la suficiente habilidad y destreza decidiera evitar pasarse cientos de horas ahí arriba, intentando piratear el código dinámico de la entrada mientras le llueven las balas de los vigilantes, para luego tener que enfrentarse a ese dron del demonio —dijo mientras andaban—. ¿Hasta qué punto se jugaría la vida si probara a entrar por un acceso alternativo?

—Existen los canales de expulsión térmica, pero es imposible que ningún humano pueda colarse por allí.

—Bueno, eso es porque, tal vez, quien lo hizo, no fuera un humano normal y corriente. Chaval, a partir de ahora déjame a mí las suposiciones. Quisiera ver esos canales que mencionas.

—¿No prefiere que le muestre primero la cámara donde se guardaba la antimateria?

—¿Acaso sigue allí el artefacto?

—No, claro que no. Aunque su módulo de estabilización permanece intacto.

—Si permanece intacto no me sirve. Quien cometió el robo traía el suyo propio. ¿Encontrasteis manchas de sangre, tejido o pelo alrededor de ese módulo? ¿Algo que podamos contrastar en la base de datos?

—No, Señor.

—Entonces ir a esa cámara me es tan interesante como bailar un tango con vuestro dron.

Orlando tragó saliva y su rostro enrojeció, aunque no pudo apreciarse bajo la penumbra del pasillo.

—Claro, Señor. Le llevaré primero a la plataforma de los conductos de expulsión —obedeció, y giró a la derecha en la siguiente bifurcación.

Tras subir unas escaleras y andar por un pasillo más ancho y caluroso que el anterior, se toparon al final del recorrido con una puerta hermética que Orlando abrió girando su cerradura de reloj. Entraron en una antesala que olía a metal quemado. A Jacob le llamaron la atención los trajes aislantes de aluminio con máscara polarizada que había colgados en unas vitrinas puestas en fila. Otra compuerta con el símbolo de peligro térmico permanecía cerrada al otro lado de la estancia, desde donde llegaba un zumbido constante y aturdidor.

—¿Tenemos que meternos en estos trajes? —señaló Jacob con tono incómodo.

—Así es. Escoja uno y póngaselo, por favor —solicitó Orlando, elevando la voz para que pudiera oírle, al tiempo que descolgaba otro traje para él.

A Jacob no le gustó la idea, pero lo hizo. Aún no había pisado la plataforma de los conductos de expulsión, pero nada más sellar su traje empezó a intuir por qué el joven soldado aseguraba que era imposible que cualquier humano hubiese podido acceder por allí.

—¿Puede oírme? —la voz del muchacho sonó a través del intercomunicador de su máscara. Jacob presionó con el dedo el lateral de la capucha integral, justo en la zona del oído.

—Alto y claro.

—Ahí adentro, el aire radiactivo es expulsado de forma violenta a través de los túneles, por lo que va a hacer mucho calor. No es aconsejable que nos quedemos más de cinco minutos. Ni siquiera con la protección del traje.

Jacob levantó el pulgar para indicarle que estaba conforme. Orlando asintió, abrió la segunda compuerta y una súbita oleada de viento cálido les golpeó. Le hizo un gesto con la mano para que pasara rápido y así poder cerrarla de nuevo. Una vez cruzó al otro lado, el mercenario se detuvo de golpe, sorprendido, jamás había visto nada similar. No se podía ir más allá de la reducida plataforma elevada en la que estaban. Se acercó a paso lento hasta la barandilla y apoyó instintivamente las manos en ella, sobrecogido. La cámara era alargada, cilíndrica e inmensa, cruzaba frente a ellos de izquierda a derecha como un túnel de metro a gran escala. Ante sus ojos, nacido de la gigantesca hélice que giraba a toda velocidad en el extremo izquierdo, corría un chorro imponente de viento rojizo y amarillo que iba a parar al punto opuesto de la sala y se repartía a través de las bocas de cuatro conductos de menor tamaño. Miró arriba. Esparcidos por el techo, y protegidos de las fuertes ráfagas, había armazones de tungsteno con sensores de calor que emitían corrientes fotovoltaicas debido a las espontaneas sobrecargas eléctricas. El ruido de los motores y el viento era total, lo inundaba todo como el rugido colosal de un tsunami. Jacob apenas pudo oír las explicaciones del soldado a través del intercomunicador, pese a que este se colocó a su lado.

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