Se alejó de él y salió por la puerta.
De vuelta a los pasillos trató de hacer memoria del recorrido. Le iba a resultar difícil porque en esos momentos no era capaz de razonar con claridad. Todo él se encontraba en un estado cercano al shock. No terminaba de creerse lo que había visto allí adentro. Mientras nadie descubriera al joven soldado contrayéndose sobre el suelo de la sala de control tendría una oportunidad de salir de una pieza del complejo. Torció por varias esquinas al azar hasta que reconoció un laboratorio oscuro por el que habían pasado antes. Iba por buen camino. Siguió recto, a paso rápido, pero tuvo que aminorar cuando vio una linterna y escuchó unas pisadas acercándose en la oscuridad. Era Rob, que hacía su ruta a desgana por los pasillos. Al verle solo, el vigilante se extrañó.
—¿Y Orlando? —le preguntó.
Jacob intentó aparentar que todo iba bien.
—Se ha ofrecido a acompañarme hasta la salida, pero le ha entrado una llamada urgente a su busca y le han ordenado que mirara unos informes. Le he dicho que no hacía falta que viniera conmigo —chasqueó los dedos, como si de pronto se acordara de algo—. Y otra cosa… Me ha comentado que si te veía te pidiera que fueras a echar un vistazo a la zona del reactor. Hemos estado repasando las imágenes de las cámaras y parece ser que un operario no está en su puesto de trabajo.
A Rob no acabó de cuadrarle todo aquello.
—Vengo de allí. Todo está orden —dudó.
Jacob hizo una mueca de circunstancias y se le acercó para hablarle más flojo.
—Eh… —le susurró—. Yo te cuento lo que hemos visto, tú haz lo que quieras. Lo mío tan solo fue un papel, pero Orlando se molestó mucho contigo antes. Dice que va a dar parte de tu comportamiento a vuestros supervisores.
—¿Eso ha dicho? —aquello pareció preocuparle.
—Me temo que sí —asintió, fingiendo empatía—.Yo de ti no le provocaría más. Es mejor que vuelvas ahí abajo, eches un vistazo para asegurarte de que todo está bien y luego regreses y le informes.
Rob achinó los ojos. No terminaba de fiarse.
—¿Cómo sé que no me mientes? Orlando y yo no nos llevamos mal. Dudo que hiciera nada que pudiera perjudicarme. Tampoco es lógico que no te haya acompañado hasta la salida.
Jacob respiró hondo, paciente.
—Mira, allá tú si prefieres jugártela. Has visto mi pase. Ahora mismo represento la ley, ¿por qué te iba a mentir? Ni que le hubiera dado una paliza y lo hubiera amordazado en el suelo, hombre.
Rob lanzó una sonrisilla nerviosa solo de imaginarse lo absurdo de la escena, que terminó en una pequeña carcajada de ambos. Una más fingida que otra.
—Está bien —aceptó—. Volveré al reactor y echaré otro vistazo.
—Eso es —le guiñó un ojo, le dio una palmada en el hombro y se alejó de él—. Que tengas un gran día.
—Eh, lo mismo le digo —respondió agradecido mientras el mercenario se iba.
En la siguiente esquina, la falsa sonrisa se le esfumó de la cara y Jacob volvió a acelerar el paso. Como no encontrara ese ascensor rápido iba a tener que utilizar algo más afilado que su ingenio para salir de allí. Le resultó difícil quitarse de la cabeza la imagen de su rostro en la pantalla número catorce, aunque se obligó a hacerlo. Pensó que ya tendría tiempo para sacar conclusiones una vez escapara del CENT, llamara a Fergus y le contara lo ocurrido. El profeta le creería y le ayudaría a demostrar que todo aquello solo se trataba de una farsa muy bien elaborada. Jacob se encontraba en su apartamento cuando tuvo lugar el robo. Fergus podría dar fe de ello. A partir de ahí, daría con el impostor, o con los verdaderos responsables, y todo se solucionaría.
El tiempo que tardó en encontrar el elevador se le hizo eterno. Y como no podía ser de otra manera, sobre la espaciosa plataforma de ascenso aguardaba el dron, eterno vigilante del acceso al complejo.
—Iniciando protocolo de análisis. Deténgase, por favor —el robot se despertó de golpe a su llegada.
Jacob soltó un exabrupto en voz baja, pero no tuvo más remedio que acceder y colocarse en posición.
Todo pareció suceder con una terrible lentitud a su alrededor. Aquel condenado escáner que brillaba de lado a lado estaba tardando demasiado en finalizar. ¿Cuánto tiempo faltaría para que Rob se diera cuenta del engaño, volviera corriendo a la sala de control, encontrara al desquiciado Orlando en el suelo y pulsara el botón de alarma? No mucho más.
El ojo artificial del dron parpadeó de color verde.
—Varón de clase mercenario, pase de seguridad de nivel alfa: acceso temporal autorizado —el chequeo terminó. Sin embargo, el TK-IV se quedó quieto y nada significativo ocurrió después. ¿Algún problema? Cuando Jacob ya empezaba a prepararse para lo peor la voz electrónica volvió a activarse—. Su respiración y ritmo cardíaco denotan un estado de desasosiego. Le sugiero que trate de bajar sus pulsaciones y se tranquilice. Que tenga un gran día.
El dron rotó la esfera de su cabeza hacia arriba ciento ochenta grados y el elevador empezó a ascender con lentitud; hombre y máquina separados por un metro. Jacob expulsó el aire por la nariz. Lo había estado conteniendo en sus pulmones; notaba las palpitaciones de sus sienes… Echó la vista arriba. Ese ruidoso chisme tardaría en llegar a la superficie, se dijo. Volvió a mirar al dron. Cualquier enfrentamiento fortuito que tuviera de ahora en adelante no haría más que complicarle las cosas de cara a su futura defensa. Y eso en el mejor de los casos…
El elevador acabó su recorrido sin complicaciones y se transformó de nuevo en el suelo del búnker, una grata sorpresa que no duró demasiado. Fue al dar un paso en dirección a la salida cuando ocurrió lo que más temía: una potente sirena de alarma retumbó por las paredes y ya no dejó de hacerlo.
—Joder… —se desesperó. Rob era rápido.
Como toda acción que conlleva una reacción, el dron, todavía de espaldas a él, activó sus fusiles. Jacob decidió anticiparse y jugársela al todo o nada: dio una voltereta al tiempo que la mortífera máquina en modo de ataque rotaba para encarársele. Pudo esquivar por los pelos la ráfaga letal de disparos que agujerearon la pared, no sin que uno le rasgara el muslo derecho y le hiciera sangrar. No obstante, al rodar por el suelo se quedó en una posición ventajosa, detrás de la esfera del robot. No tendría otra oportunidad como aquella. Desenfundó veloz su revólver, que ya estaba ajustado al máximo de su potencia, y apuntó con certeza a la placa cuadrada que se disimulaba en el extremo inferior de la cabeza. El tremendo cañonazo hizo saltar algunas piezas y crujir los circuitos del TK-IV, que pareció enojarse y comenzó a disparar sin control y a emitir sonidos ininteligibles. Jacob, sin saber bien qué demonios se hacía, se abalanzó sobre el dron y metió el brazo en la cavidad resultante, entre sacudidas y disparos aleatorios; agarró tantos cables, hierros y chips cibernéticos como le cupieron en la mano y tiró hacia afuera con todas sus fuerzas, acompañándose de un grito desgarrador. Un chorro aceitoso de color negro le salpicó en todo el rostro.
Algo crucial debió de estropearse en el interior de la máquina. Su ojo rojo empezó a parpadear y sus piernas robóticas flaquearon. Jacob se apartó de él como un cangrejo y se frotó la sustancia viscosa de los ojos para poder ver.
—Que tenga… —balbuceó el dron—. Que tenga… un gran... un gran… día —su voz electrónica se apagó al tiempo que su alma artificial moría entre chispazos y espasmos. Se desplomó sobre el suelo con un gran impacto sonoro y ya no se movió. Un objeto inútil, chatarra de desguace.
La alarma siguió sonando, pero Jacob se tomó un breve instante para recuperar el aliento. Aquello le había cabreado de verdad. Exhausto, se puso en pie, introdujo la combinación que había memorizado a su llegada y abrió la puerta que daba al exterior de un empujón. El sol le dio en la cara manchada por el líquido negro. Caminó cojeando hacia el quad.
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