Jacob se quedó meditabundo. Después de una historia así, cualquiera hubiese dicho que sus propios problemas carecían de importancia. Cualquiera menos él.
—Siento lo que le pasó. Es algo triste —eso sí lo admitió—. Es evidente que no pudo partir en las siguientes naves...
—Bueno, cuando mi familia se fue se llevaron con ellos todo el dinero que teníamos. Y yo me convertí en una sintecho, enfermé varias veces, así que mis posibilidades de futuro se desvanecieron. —Con una mano volvió a llevarse la mascarilla a la boca. La otra la mantuvo sobre el cabezal del bastón.
—Su sobrina… —comentó—. ¿Sabe que irá usted a visitarla?
—No… —contestó casi con miedo—. Y espero que me acepte en su apartamento. Hace años que no nos vemos, pero antes nos llevábamos bien.
Jacob echó un vistazo pausado al exterior para reconocer dónde estaban. No faltaba mucho para el fin del trayecto.
—Ya casi hemos llegado —dijo—. Si no tuviera asuntos importantes que no puedo posponer la acompañaría yo mismo a verla. Las calles del distrito este pueden ser muy peligrosas.
La mujer puso una expresión afable.
—No te preocupes, querido, aunque no lo parezca sé defenderme sola. Y ya has hecho mucho escuchando y ayudando a esta pobre vieja parlanchina —se mostró agradecida. Tenía la extraña fijación de deslizar constantemente la mano por el puño del bastón. Jacob se fijó en ese detalle: aunque en un principio le pareció de madera, no lo era, si no de alguna especie de metal pintado para simular dicho aspecto.
—Ya no se ven bastones como este —cambió de tema de pronto—. Apenas queda madera con la que hacerlos —la puso a prueba.
La anciana no esperaba esa súbita observación, aunque tampoco pareció importarle.
—Oh, sí… sin duda es el objeto de más valor que conservo. Sin él estaría perdida. Me lo fabricó un ebanista amigo mío antes de la caída de los últimos árboles. No sé qué habrá sido de ese hombre. Tenía buenas manos… robustas y expertas —rio. Estaba mintiendo. Puso los dedos sobre el cabezal en una determinada posición—. ¿Quieres verlo de cerca?
Fue en ese instante cuando Jacob, de manera disimulada, se llevó una mano al cuchillo que colgaba de su cinturón y se dispuso a desenfundarlo poco a poco.
—¿Por qué querría hacer eso?
—Pues porque siempre resulta interesante contemplar una buena reliquia del pasado —insistió y se lo acercó un poco más.
—Bueno, yo… —dijo Jacob, que de pronto se puso tenso al caer en la cuenta de quién era realmente aquella mujer—. Dime… ¿a cuántos has matado con él, Cuentacuentos?
Al oír ese apodo, la anciana cambió por completo la expresión. Una sonrisa perversa, sin apenas dientes, se dibujó en su rostro vil y arrugado, que ya nada tenía que ver con el de la vagabunda frágil e indefensa de hacía escasos segundos.
—A más de los que te imaginas, Jacob dos Balas —masculló. Rápida, se colocó la mascarilla, apretó el cabezal del bastón y una nube de gas salió disparada por un pequeño orificio en dirección al mercenario.
Este contuvo la respiración y trató de apartarse de la trayectoria del compuesto químico, aunque eso no evitó que una pequeña parte le entrara por las fosas nasales y la boca. La vista se le nubló al instante. La anciana vociferó desde su asiento y blandió de nuevo el bastón humeante para acercárselo más a la cara, pero él ya tenía su cuchillo preparado en la mano, así que, al tiempo que volvía a esquivar la vara, lanzó una estocada y se lo clavó en el pecho, en pleno corazón, dejando a la mujer anclada en el respaldo. Muerte fulminante. Jacob cayó de rodillas y se llevó una mano al cuello enrojecido, cuyas venas se le empezaron a hinchar como cables de acero. No pudo evitar toser de forma virulenta. En un santiamén, todo a su alrededor había quedado envuelto por una espesa nube mortal. No era capaz de pensar, solo de actuar por instinto. Buscó y agarró con una mano temblorosa la mascarilla de la asesina, que se la llevó como pudo a la boca, y aspiró hondo. La cabeza le dio vueltas y tuvo que alejarse de allí a rastras hasta llegar a la otra punta del vagón, donde apoyó la espalda en la pared y se quedó sentado en el suelo, respirando de forma profunda a través del sistema de filtrado. Había estado a punto de sufrir un shock anafiláctico. Fijó la vista en el cadáver cabizbajo de la mujer; su silueta se difuminaba bajo una bruma verdosa y compacta. Un rio de sangre le manchaba la ropa desde el cuchillo clavado en el pecho hasta la falda harapienta. La escena era una estampa de mal gusto, casi surrealista.
Celine Cuentacuentos… pensó jadeante. Los pulmones le ardían. Debí imaginarlo.
Reconocida en el oficio como una de las asesinas más antiguas y mortíferas de todos los tiempos. A lo largo de los años había encandilado a todas sus víctimas con multitud de historias cuya puesta en escena las convertía en tan creíbles como exquisitas. Teatralidad y engaño elevados al máximo nivel. Se había hecho pasar, entre otros roles, por maestra, doctora, vigilante, mutante, amante y prostituta de lujo en su juventud. Nadie sabía a ciencia cierta qué aspecto tenía dada la innumerable cantidad de veces que se había colocado injertos y operado el rostro. Se contaba que nunca buscó la recompensa del dinero, sino que disfrutaba tanto con lo que hacía que jamás quiso retirarse. Una sociópata en toda regla. Debió de encargarse también del vigilante antes de subirse al monorraíl.
Pero este, pedazo de arpía, se dijo Jacob mientras recobraba el aliento, ha sido el último capítulo de tu cuento.
Se levantó tambaleante, sin soltar la máscara, y se acercó hasta el cuerpo de Celine para recuperar el cuchillo, que extrajo sin miramientos de su esternón. Luego caminó hasta la puerta del vagón, donde aporreó con pesadez el interruptor de la parada de emergencia. En el exterior, un jardín de chispas brotó de los raíles, en fricción con la forzosa frenada de aquel tubo de metal de veinte toneladas. Cuando se detuvo por completo tan solo quedaban dos kilómetros de trayecto para llegar a la estación este. Jacob separó la doble puerta con las manos y bajó a la calle de un salto. Se encontraba frente a un paseo marginal con bazares de comida maloliente y tenduchas decrépitas.
Al fin aire libre.
Tiró de mala manera la máscara al suelo. Los transeúntes y comerciantes que deambulaban por la zona dejaron momentáneamente lo que estaban haciendo y lo observaron como si fuera un soldado que volviera de una guerra de la que no habían tenido constancia. Él los desafío a todos con la mirada, pero no vio a nadie conocido o que intuyera que pudiese acarrearle problemas. Echó a andar hacia el este, sucio, sangrando, malhumorado; la gente se apartó a su paso. Se acercaría con cuidado a la estación este a través de callejones y tejados. Supuso que le estarían esperando pero había algo que necesitaba comprobar con urgencia. Alguien había contratado a la Cuentacuentos para matarle, eso era evidente. Y solo una persona sabía dónde iba a estar él.
Su rostro se endureció a medida que la ira empezó a cabalgar con fuerza por sus venas.
Fergus… maldijo ese nombre en sus adentros.
La fuente del Goliat Minero se construyó décadas atrás en una plaza originalmente ajardinada en el límite oriental de la ciudad, en honor a los gloriosos tiempos en que los robots destinados a la obra extraían los recursos de la tierra con los que construir las Arcas. Sus servicios fueron muy reconocidos durante el siglo veintiuno. Por eso, tanto los civiles como el ejército, los adoraban. Se hizo publicidad de ellos en todas las ciudades para que las personas se concienciaran de la importantísima labor que realizaban. Allí donde el ser humano era incapaz de llegar; ya fuera a las sofocantes excavaciones en el manto de la Tierra, o a los abismos más fríos y oscuros del océano, lo hacían ellos. Incluso había algunos ciudadanos ricos que, dada la versatilidad de dichas máquinas, las adquirieron para tareas de índole más doméstica. El Goliat era el humanoide sintético de clase obrera perfecto; no necesitaba comer, no necesitaba descansar y por supuesto no necesitaba revisiones de mantenimiento al llevarse a cabo todas sus actualizaciones desde un mismo servidor central. Pero su red de microchips neurales, y eso es algo de lo que se dieron cuenta tarde, resultó ser muy fácil de piratear.
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