Sergi Llauger - Épsilon

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Épsilon: краткое содержание, описание и аннотация

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Año 2111. El destino de la Tierra es trágico.Tan solo quedan once meses para que una estrella de neutrones errante llegue al sistema solar y lo destruya por completo.La mayoría de los seres humanos han huído a Épsilon, un mundo lejano que tiene las propiedades idóneas para la vida. Paradise Route, el último lugar habitable del planeta, vive un periodo de revueltas e impaciencia generalizada en vísperas del sorteo final; un evento que hará públicas las identidades de aquellos pocos afortunados que embarcaran en la última nave Arca.En un acto público, el ministro que gobierna la ciudad es asesinado. Tras su muerte se producen una cadena de atentados que culminan con el misterioso robo del «artefacto de antimateria»: un recipiente de valía incalculable que proporciona la energía necesaria a la nave Arca en su único y largo viaje a través del cosmos.Jacob dos Balas, un cazador de recompensas veterano, es contratado para dar caza al responsable del robo y recuperar el artefacto. A cambio, si cumple con su cometido, se le promete lo que más ansía cualquier superviviente: un pasaje personal en el último viaje a Épsilon.Jacob pronto se verá inmerso en una vorágine de acontecimientos en los que su vida y su mundo se verán en jaque y descubrirá que todo lo que le habían hecho creer hasta entonces no era tal y como él imaginaba.

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—Yo también te quiero, Jev —el mercenario se detuvo frente a la reja, tamborileó con los dedos sobre el mostrador y ojeó con brevedad la tienda. Había todo tipo de mercancía: armas, joyas, aparatos electrónicos, la mayoría inservibles, herramientas de mil clases, objetos insólitos, libros y discos de música polvorientos. En una esquina de la repisa, en el lado de la clientela, una pantalla antigua permanecía apagada sobre una especie de teclado. Jacob señaló atrás con el pulgar por encima del hombro—. ¿No crees que tener a esos tres tipos frente a tu puerta puede ser contraproducente para el negocio?

—¿Por qué? —el dueño se extrañó—. ¿No te gustan?

Solo se le veía una mano sobre el tablón. La otra la tenía debajo, agarrando una recortada que apuntaba, a través de un pequeño orificio oculto, a las partes bajas de todo cliente. Por precaución, claro. Desde su ángulo, Jacob no podía verla pero siempre que iba allí se sentía incómodo al imaginarlo. Por lo visto, Jev era bastante resuelto a utilizarla. Los detergentes caseros no habían conseguido eliminar por completo algunas manchas rojas del suelo y las paredes del local.

—¿Acaso les gustan a alguien? —respondió.

Jev se encogió de hombros, restándole importancia.

—Son buenos chicos, les pago para que estén ahí; te diría que casi los tengo como un adorno. Así si alguien quiere venir a joderme se lo pensará diez veces… no, veinte —se corrigió— antes de hacerlo.

—Entonces diles que la próxima vez que uno escupa tan cerca de mí le cortaré la lengua.

Jev extendió la comisura de los labios y terminó soltando una sonora carcajada.

—¿Eso han hecho?

—Solo uno de ellos. Sin duda tiene que ser el más corto de miras.

—La mierda esa que fuman les espesa la saliva, seguro que no ha sido con mala intención; una mera necesidad fisiológica —les excusó y luego le obsequió con su mejor sonrisa—. Bueno, ¿qué puedo hacer por ti, viejo rockero? —De nuevo el tic con la nariz. A Jacob siempre le entraban ganas de estrujársela al verlo.

—Necesito acceder a la cámara espía de mi apartamento en la colmena —hizo un ligero movimiento de cabeza, señalando la pantalla—. ¿Puedes conectarme?

—Por descontado —respondió, como si fuera la cosa más fácil del mundo—. Cuatro créditos y te puenteo dos minutos de imagen en directo.

—Bien… —Jacob fue a meterse la mano en el bolsillo, pero descubrió que lo tenía vacío. Gruñó de mala gana. Le había dado la única ficha de cinco que llevaba encima a esa arpía asesina en el vagón. Tuvo una idea. Se desabrochó el reloj de la muñeca y se lo ofreció—. Acepta esto como pago. Vale más de lo que pides. Me llevo también seis balas de calibre cinético para mi revolver.

Jev se lo quedó mirando primero con desconfianza, pero después agarró el reloj a través de los barrotes, se colocó unas gafas lupa que tenía al lado y estudió el objeto con riguroso interés.

—Veamos… Correa de caucho, marcador de agujas automático, la maquinaria es buena pero la pantalla de plexiglas está muy rayada. Es un modelo muy antiguo. Suizo… —Alzó la vista y volvió arrugar la nariz—. Puedo darte dos minutos de imagen y tres balas cinéticas por él.

—Quiero seis.

—Lo siento, no puedo hacer eso. Cuatro sería una oferta justa. Dudo que pueda revenderlo antes de que todo se vaya al carajo.

—Cinco... O se termina aquí el trato. Sé que el reloj te ha gustado. Y tú eres todo un nostálgico.

Una sucesión de tics, tanto en la nariz como en el ojo izquierdo, indicaron que el Jodido Especulador Violento se lo estaba pensando, o tal vez se empezaba a enojar.

—Eres un puñetero cabronazo sin escrúpulos, ¿lo sabías? —exclamó al fin—. ¿Cómo voy a dar de comer a mis hijos así?

Jacob se lo quedó mirando como si lo tratara de ingenuo.

—Tú no tienes hijos, Jev. Nadie los tiene.

—Está bien —gruñó—. Dos minutos de imagen y cinco balas de calibre cinético. Pero solo porque veo que has tenido un mal día —alzó el dedo índice—. Y siempre, siempre me preocupo por mis clientes.

Se dieron la mano entre los barrotes para sellar el acuerdo.

Tras sacar de unos estantes de la trastienda cinco balas centelleantes con forma oval y dárselas a Jacob, Jev activó con el mando a distancia la pantalla, que se iluminó primero con niebla y luego reflejó un sistema operativo básico.

—Dos minutos —recalcó.

—No necesitaré tanto —el mercenario terminó de guardar las balas en las cavidades de su cinturón y se colocó frente al teclado. Introdujo un código de enlace personal con la micro-cámara de vigilancia de su apartamento. La había instalado tiempo atrás en una brecha del techo, donde quedaba bien disimulada.

Lo que vio cuando finalizó la barra de carga y apareció la imagen isométrica de su vivienda le endureció el rostro.

Todo estaba revuelto: el arcón tumbado y su ropa esparcida por el suelo, los cajones de la pequeña cocina abiertos, el póster de los Texas Rangers roto para comprobar que no había nada oculto detrás; su cama retirada de mala manera y la cavidad donde guardaba la bolsa del dinero, bajo la baldosa falsa… vacía.

—No… —Jacob cerró los ojos y suspiró con fastidio.

No obstante, lo peor aún estaba por llegar. Hizo virar con la consola de mandos la cámara y enfocó la puerta reventada y abierta del apartamento. Vio las siluetas de dos hombres, uno mucho más voluminoso que el otro, que hablaban en la penumbra del pasillo. Jacob achinó los ojos. Tardó unos segundos en reconocerles: eran Cyborg y Lobo Mordedor. El primero no decía nada, con la bolsa de un millón doscientos mil créditos sujeta en la mano, tan solo escuchaba al cachorro, que parecía proponerle algo con su habitual entusiasmo.

En ese instante la pantalla se apagó de golpe.

—Se acabó el tiempo —irrumpió Jev desde el mostrador—. Espero que hayas visto cosas muy interesantes y reveladoras.

Jacob se quedó mirando el reflejo de su propia cara frente a la pantalla apagada. Se topó con una expresión de furia y decepción a partes iguales.

—No te haces a la idea —contestó, frío.

Necesitaba mantener la templanza. Aunque supo que le iba a resultar difícil; en una sola mañana, todo lo que para él tenía algún valor: su trabajo, sus contactos, su dinero… se estaba esfumando igual que la vida en ese apestoso y condenado planeta llamado Tierra.

Fue entonces cuando, desde alguna calle lejana, las primeras sirenas de los vehículos de vigilancia empezaron a sonar.

Jev aguzó el oído:

—Fíjate, parece que alguien ha sido un chico muy malo… —comentó, divertido.

9

—Que tengas un gran día —se despidió Jacob.

—Y tú mucha suerte —rio Jev mientras este se iba apresuradamente de la tienda.

Jacob pasó junto a los tres Espectros, que, drogados hasta la médula, esta vez le ignoraron, y trató de alejarse lo máximo posible del ruido producido por las sirenas de alarma. Pensó en cuál tendría que ser su próximo movimiento y llegó a la rápida conclusión de que solo existía un lugar del cual podía fiarse de ir. Si ese fallaba… bueno, estaría bien jodido. De todas formas no tenía alternativa: la taberna de la estación del Búfalo parecía ser la mejor opción para esconderse durante al menos unas horas. El viejo Matthew era un amigo leal, le ayudaría… o eso quiso creer. Hacia allí dirigió sus pasos.

Anduvo un buen trecho por calles secundarias y entró en el umbral de algunos edificios abandonados que sabía que atajaban por algún patio trasero, hasta que llegó al corazón del suburbio este. Allí no había vigilantes. Los vapores blanquecinos humeaban por las salidas de las alcantarillas; la basura desparramada crujía bajo sus botas y los vagabundos y enfermos le miraban en silencio, condenados, algunos desde sus literas a la intemperie, llenas de piojos y excrementos, o en el interior de sus chabolas desestructuradas. Oyó llantos y lamentos desde algunas de esas barracas; suplicas de limosna… incluso vio a una chica joven que sangraba por el bajo vientre y bramaba como un animal, tumbada sobre un colchón sucio en el suelo, mientras dos mujeres más y un hombre la sujetaban e intervenían para ayudarla a abortar. Se les veía más interesados que compasivos. A saber lo que harían luego con el embrión, pensó Jacob con desagrado, pero en ningún momento se detuvo. No podía permitirse el lujo de preocuparse por toda esa gente. Ya estaban muertos. Todos los ciudadanos lo estaban.

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