Sergi Llauger - Épsilon

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Épsilon: краткое содержание, описание и аннотация

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Año 2111. El destino de la Tierra es trágico.Tan solo quedan once meses para que una estrella de neutrones errante llegue al sistema solar y lo destruya por completo.La mayoría de los seres humanos han huído a Épsilon, un mundo lejano que tiene las propiedades idóneas para la vida. Paradise Route, el último lugar habitable del planeta, vive un periodo de revueltas e impaciencia generalizada en vísperas del sorteo final; un evento que hará públicas las identidades de aquellos pocos afortunados que embarcaran en la última nave Arca.En un acto público, el ministro que gobierna la ciudad es asesinado. Tras su muerte se producen una cadena de atentados que culminan con el misterioso robo del «artefacto de antimateria»: un recipiente de valía incalculable que proporciona la energía necesaria a la nave Arca en su único y largo viaje a través del cosmos.Jacob dos Balas, un cazador de recompensas veterano, es contratado para dar caza al responsable del robo y recuperar el artefacto. A cambio, si cumple con su cometido, se le promete lo que más ansía cualquier superviviente: un pasaje personal en el último viaje a Épsilon.Jacob pronto se verá inmerso en una vorágine de acontecimientos en los que su vida y su mundo se verán en jaque y descubrirá que todo lo que le habían hecho creer hasta entonces no era tal y como él imaginaba.

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Un buen día, algo se vio modificado en el software interno de esos simpáticos y entregados robots, como si una consciencia colectiva les hubiera ordenado a todos a la vez que se volvieran homicidas. Como consecuencia tuvo lugar una única jornada teñida de sangre, conocida como «Día del Acero», donde las balas llovieron, las personas corrieron y el caos reinó en las zonas de extracción y en las calles de las metrópolis más importantes. Nunca se supo quién o quiénes fueron los hackers responsables de las miles de muertes de ciudadanos inocentes que se produjeron bajo el peso de aquellos robustos puños de hierro. Pero la reacción de las autoridades no se hizo esperar; tomaron la decisión drástica de lanzar un misil a la estratosfera y destruir el satélite que coordinaba y mantenía activos a todos los Goliats. Estos cayeron de repente como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos. Una vez convertidos en chatarra inmóvil, fueron retirados de la vía pública, desmontados por piezas y sus materiales fundidos y reaprovechados para otro tipo de tareas. Se rumoreaba que aún quedaban algunos Goliats inactivos e intactos repartidos por el mundo. Había testigos que aseguraban haber visto cuerpos enteros, dormidos, en los oscuros interiores de cuevas lejanas o en ciertos rincones del submundo.

La estatua del Goliat Minero era tan solo el exoesqueleto de dos metros y medio de altura, vacío de entrañas artificiales, de uno de ellos; con un brazo señalaba al cielo y con el otro a la tierra, recordando el verdadero motivo por el que fueron creados. Se erguía con orgullo sobre una fuente circular hecha de cemento que hacía años que ya no funcionaba. El agua que llenaba su base era la de la lluvia que cayó el día anterior, de tono mohoso y estancado.

Jacob la observó desde un callejón cercano, a la sombra de un portal de viviendas húmedo y con cucarachas en el suelo que tuvo que apartar más de una vez con el pie. No había nadie alrededor de la estatua. Tan solo dos cuervos que acostumbraban a posarse siempre sobre ella. No era la primera vez que los veía allí. Cabizbajo, se arriesgó y anduvo hasta la siguiente esquina, donde terminaba el callejón; se detuvo en el último palmo de sombra. Había perdido su sombrero en algún momento de todo aquel ajetreo… y lo peor era que no recordaba dónde. Unos pasos más adelante el calor del sol bañaba la pequeña plaza y la fuente. Aunque pareciera desierta, no debía arriesgarse a exponerse a plena luz. Sabía que podía haber tiradores apuntando desde cualquier ventana oscura y, en apariencia, deshabitada de los edificios colindantes. Asomó la cabeza con cuidado desde el saliente e intentó mirar a lo lejos. Más allá de la plaza quedaban los restos de unas casas bajas calcinadas. Inmediatamente después, se encontraba el apeadero de la estación del este. Y en efecto, allí estaban: Fergus y su séquito de matones, esperando la llegada del monorraíl. El profeta caminaba de un lado para otro del andén, nervioso. Con total seguridad se estaba preguntando por qué el transporte tardaba tanto en llegar; por qué no recibía ninguna noticia de Celine Cuentacuentos… Porque pronto descubrirás que le he dado el pasaporte, maldito traidor. Jacob no se dio cuenta de la fuerza con la que estaba apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas y le dolieron.

Cogió su transmisor y llamó…

Oyó cómo Fergus descolgaba y desde lejos lo vio llevarse el aparato a la oreja, pero durante unos segundos ninguno de los dos pronunció una sola palabra.

—Tu respiración es profunda, acelerada… —rompió el silencio Jacob—. Y desde aquí casi puedo ver cómo sudas. ¿Estás nervioso o simplemente demasiado obeso?

—¿A qué juegas, Jacob…? —el profeta miró en todas direcciones y les chasqueó los dedos a sus matones para que se dispersaran y buscaran al mercenario en las inmediaciones. Los hombres asintieron en silencio y se abrieron en abanico—. ¿Dónde estás?

—No te molestes en enviar a tus gorilas a por mí. Esta llamada será muy breve y voy a desaparecer con la misma rapidez. Solo tengo una pregunta que hacerte, y dependiendo de tu respuesta sabré si aún queda algo de sinceridad en esa lengua viperina que tienes… ¿Me estás cazando, Fergus? —increpó con una extraña calma.

Vio cómo el profeta sacaba su pañuelo y se limpiaba de forma inquieta el sudor de la frente.

—Será mejor que te entregues, mercenario. Ya es imparable: se va a hacer público. Yo… —Siguió haciendo señas a sus hombres, indicándoles la plaza. Trataba de ganar tiempo—. Todavía puedo ayudarte. Pero si te encuentra cualquier otro no se lo pensará dos veces antes de pegarte un tiro entre ceja y ceja.

—Si me encuentra cualquier otro, reza para que no sea de los tuyos —le advirtió—. Y Fergus… como descubra que estás detrás de todo este engaño, no habrá lugar, persona o dios que pueda protegerte de mí. Te buscaré, te encontraré y entonces te mataré. Aunque sea lo último que haga.

—Jacob… —pronunció el profeta intranquilo, pero este colgó el comunicador y lo dejó con la palabra en la boca.

Los matones ya se estaban acercando a la estatua. Si no se movía pronto descubrirían su posición. Efectuó un paso atrás, dio media vuelta y desapareció entre las sombras del callejón.

La pierna ya no le sangraba, pero la herida, esa venda de fuego palpitante, le quemaba en la piel. Si corría demasiado rápido existía el riesgo de que se le abriese más y dejara un rastro rojo a seguir. Recorrió las calles a un ligero trote, incluso tambaleándose y chocándose de vez en cuando con los muros y esquinas, hasta alejarse lo suficiente de los arrabales del este. Hubiese deseado más que nunca poder volver a su apartamento, aplicarse las curas pertinentes y descansar unas horas. Pero era el último sitio que su sentido común le aconsejaba pisar en aquellos momentos. Lo más seguro era que ya estuviera vigilado por varios cazadores de recompensas, y en breve enviarían a un dron cibernético para que no se moviera de allí hasta el fin de los tiempos si fuera necesario. Maldición, todo su dinero se encontraba en ese lugar. Sin embargo, decidió que no estaba de más asegurarse. Las sirenas de los vigilantes aún no retumbaban por las calles. Su rostro todavía no aparecía en los holopaneles informativos de las fachadas… pese a que no tardaría en hacerlo. Tenía que hacer algo al respecto.

Ya en el distrito central, cruzó una avenida diáfana por la que circulaban algunos vehículos y se metió por una callejuela en la acera opuesta. Había manchas de orina y sangre en el suelo. Un apuñalamiento reciente. Siguió recto hasta llegar a una casa de empeños que tenía carteles de neón centelleando a ambos lados: El Dirigible de Jev, rezaba el nombre del local. Conocía al dueño, se hacía llamar el Jodido Especulador Violento: Jev, para abreviar. Un tipo poco higiénico que perdía los nervios con facilidad y que cada vez que negociaba efectuaba un extraño tic con la nariz.

Tres moteros fumaban alguna clase de hierba tratada químicamente y custodiaban la entrada del establecimiento; pertenecían a la banda de los Espectros. Estos se reconocían con facilidad. Llevaban ropajes desgarrados y el rostro entero tatuado simulando una calavera. Jacob prefirió no prestarles atención al pasar por su lado para acceder al local, aunque ellos se lo quedaron mirando; uno incluso escupió al suelo, a pocos centímetros de su bota derecha. No les tenía miedo; no le infundían respeto, pero la mayoría de esa gente estaba mal de la cabeza, cualquier gesto que no les gustara se lo podían tomar como una provocación y lo último que necesitaba en esos momentos era enfrascarse en una nueva pelea o tiroteo.

—¡Jacob! —Jev, el dueño, extendió los brazos al verle entrar, como si tuviera la intención de abrazarle, pese a que se encontraba tras un mostrador protegido con rejas que dividía la tienda en dos. Llevaba una camisa hawaiana y varias cadenas de plata colgadas del cuello. Arrugó la nariz—. La hostia, estás hecho un verdadero asco.

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