Ya debía de ser mediodía cuando el monorraíl pasó de vuelta por los Barrios Altos. El sol brillaba inclemente en el cielo y dentro del vagón empezó a hacer mucho calor. Jacob sudaba bajo la ropa, aunque no hizo nada para remediarlo; estaba acostumbrado a las altas temperaturas. Era extraño ver a alguien por la ciudad vistiendo con ropa ligera. Solo los enfermos lo hacían. Por culpa de la fiebre roja, la gente prefería pasar calor en virtud de tener la piel bien cubierta y protegida. Al mínimo contacto de una persona sana con el virus, tal como la salpicadura de una gota de sangre o el simple estornudo de un enfermo, resultaba mortal de necesidad.
Se encontraba sumido en sus pensamientos cuando una voz senil le sacó de ellos:
—Disculpa —giró la cabeza y vio a la anciana de pie, junto a él. Con una mano sostenía una mascarilla con filtro de aire que de vez en cuando se acercaba a la boca para respirar mejor. Sus ojos llenos de cataratas le imploraron—. ¿Tendrías un crédito o dos? Me muero de hambre. Llevo días queriendo ir al este. Me he subido al monorraíl porque he visto que no había ningún vigilante… —quebró la voz por la desesperación hasta casi perder el habla—. Ni siquiera puedo costearme el trayecto.
Jacob se la quedó mirando, parecía muy desesperada, y asintió. Sacó de un bolsillo una ficha de cinco créditos y se la dio. No iba a volverse pobre por eso, y dada su situación actual era lo que menos le preocupaba. La anciana, agradecida, la tomó y se la guardó entre sus prendas de ropa. El mercenario volvió su atención a la ventanilla, sin decir nada; no quería compañía durante el viaje, aunque para su sorpresa, la mujer sí.
—Eres un buen hombre. Un caballero como quedan pocos. ¿Te importa si me siento a tu lado? —dijo al tiempo que lo hacía.
Jacob puso cara de circunstancias.
—Oiga, anciana, no pretendo ofenderla, pero no es un buen momento para mantener una conversación —trató de ser educado.
La mujer no le dio la suficiente importancia a su negativa.
—Sí que lo es, ¿acaso tienes algo mejor que hacer durante el resto del trayecto?
—Tengo demasiadas cosas en las que pensar…
—Por la forma en la que mirabas más allá de esa ventana juraría que pensabas en tus problemas —sugirió—. Y que no son pocos.
Jacob apretó los labios en una sonrisa desganada.
—¿Y quién no los tiene?
—El que no los busca —afirmó.
No le faltaba razón. Pero su oficio era el que era. No podía cambiar eso. Al igual que tampoco podía cambiar el hecho de que aquella pobre vagabunda quisiera hablar un rato. Podría hacer el esfuerzo. Después de todo, no había motivo para ser descortés.
—¿Por qué quiere ir al este? —preguntó, tras pensarlo un instante—. Es donde están los peores distritos. Su fortuna allí no va a mejorar.
A la mujer pareció iluminársele el semblante, encantada por el rumbo que estaba tomando la conversación. Se removió sobre su asiento y apoyó ambas manos en el cabezal de su bastón. Carraspeó.
—Bueno, verás… tengo una sobrina que podría acogerme en su apartamento. No es muy grande, pero cabemos las dos y eso es mucho mejor que dormir entre varios contenedores. Es la única familia que me queda en la Tierra.
—Usted no huele como si durmiera entre la basura.
—Joven… —lo miró levantando una ceja—. Que sea pobre y vieja no significa que no disponga de unos recursos mínimos. Sé dónde puedo ir a lavarme.
—Entiendo… —volvió la vista a la ventana—. No quería ser grosero. Siento si le ha molestado mi observación.
—Oh, en absoluto —rio de forma apagada, como un pajarito débil. A continuación se fijó en su herida de la pierna y, preocupada, exclamó—. Pero hombre, estás sangrando. Deberías ir a un médico en seguida para que te echara un vistazo.
—Estoy bien —repuso Jacob, que trató de taparse la zona con la mano—. Es solo un arañazo.
La mujer hundió las cejas.
—Pues es un arañazo muy grande.
—He dicho que estoy bien —este endureció el tono y clavó los ojos en ella.
—De acuerdo… vale… —bajó la cabeza—. Veo que ahora soy yo la que te he ofendido.
Jacob sintió una punzada de remordimiento… a decir verdad, muy leve. Pero tampoco había pretendido sonar tan rudo.
—No es culpa suya —se disculpó—, padezco de mal humor crónico.
—Bueno, es peor el reuma crónico, te lo aseguro —dijo, obviamente divertida, pero al ver que Jacob no decía nada más quiso llevar la conversación por otra senda—. Quizá… —prosiguió nerviosa—. Quizá te estarás preguntando dónde se encuentra el resto de mi familia…
—Lo cierto es que no —repuso el mercenario, a lo suyo.
¿Es que no iba a irse nunca?
—Me va bien hablar de ello, ¿sabes? Ya no recuerdo el tiempo que hace que no hablo con nadie… —su tono se volvió triste.
Pobre mujer, pesada lo era un rato. Jacob entornó los ojos hacia ella.
—Está bien… —aceptó al fin. ¿Por qué sentía lástima por una completa desconocida? Lo normal hubiese sido que no le importara un pimiento. Pero había algo en ella…—. Como ha dicho, el trayecto es largo —se cruzó de brazos—. Cuéntemelo si se va a sentir mejor.
La anciana se llevó la mascarilla filtrante a la boca y respiró profundo un par de veces al tiempo que asentía. Luego pareció que le costara arrancar, como si sus recuerdos fueran demasiado dolorosos y tuviera que reunir fuerzas para rescatarlos de algún lugar remoto de su memoria.
—Yo tenía marido y tres hijos —pronunció, nostálgica—. Partieron en la nave Arca número ocho, hace ya diecisiete años, cinco meses y veintitrés días. El más pequeño tendrá ahora tu edad —trató de sonreír—. Suponiendo que se haya adaptado bien a la vida en Épsilon...
—¿La dejaron aquí? —Jacob se extrañó—. ¿No se suponía que la familia directa tenía que embarcar siempre junta?
Ella negó con la cabeza.
—El nuestro fue uno de esos extraños casos de familia numerosa. Los módulos de cabina familiar de las primeras Arcas solo disponían de capacidad para cuatro personas, si íbamos cinco tenían que asignarnos dos cabinas, y las plazas eran muy limitadas. Cada palmo de la nave era importante. Así que cuando estábamos a punto de subir a las lanzaderas con nuestro equipaje, nos pararon y nos llevaron a una sala aparte, donde nos dieron a elegir: o bien uno de nosotros se quedaba en la Tierra, o bien los cinco lo haríamos. —Se encogió de hombros—. Amaba a mi familia más que a nada en el mundo, así que, sin pensarlo, di un paso al frente y les ofrecí ser yo.
—Es raro que no le dieran más solución que aquella —observó su pesadumbre—. En aquellos tiempos aún se hacían las cosas con cierta moralidad.
—Me tomaron los datos y me aseguraron que harían todo lo posible para que pudiera partir en la siguiente Arca —respondió, con la mirada perdida—. ¿De qué me sirvió?
—Pero… ¿cómo se lo tomó su esposo y sus tres hijos? —sin darse cuenta, empezó a interesarse.
—¿Que cómo se lo tomaron? —sus ojos se humedecieron—. No me dieron ni las gracias. Mientras me identificaban y me quitaban el pase, mi marido bajó la cabeza. No se despidió. Ni siquiera tuvo el valor de mirarme a los ojos cuando se subió a la cabina de la lanzadera por miedo a que yo cambiara de opinión en el último momento. Si lo desean, las madres tienen preferencia en casos así.
—¿Y por qué no lo hizo? ¿Por qué no ejerció el derecho preferente de ir usted?
La anciana cerró los párpados y exhaló el aire con pesar.
—Si ahora pudiera volver atrás sé que habría actuado de un modo muy distinto. No hay ni un solo día en que no me arrepienta de lo que hice: abandoné a mis hijos… Pero estaba tan enamorada de mi marido… Aunque no fue hasta después de ese día que me di cuenta de que él no lo estaba de mí.
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