Cyborg se acercó al lugar donde habían ahorcado al ministro y examinó la escena. Luego apartó con inusitada facilidad un pedrusco enorme que había al lado y se agachó para recoger algo del suelo. Desde su posición elevada, ninguno de los dos pudo distinguir qué era.
—¿Qué está haciendo…? —se preguntó Jacob.
—A saber… —respondió Lobo Mordedor—. Cualquiera diría que Cyborg sabe algo que nosotros no. Ha ido directo a ese lugar, a ese escombro en forma de roca, como si alguien le hubiera dejado un mensaje. Pero yo soy un eterno desconfiado y ese matiz de mi personalidad me sugiere que allí no hay nada y que el grandullón tan solo quiere que así lo creamos.
—No sabe que estamos aquí.
—¿Está seguro de eso? —rebatió con una sonrisa.
Cyborg se guardó en el bolsillo de su pantalón lo que quiera que fuese que había recogido y siguió deambulando sin prisa por la plaza.
—De lo contrario ahora mismo habría un tiroteo.
—Nosotros somos dos, y de los buenos. Sabe que estaría en desventaja. No obstante, pronto saldremos de dudas.
—¿Qué quieres decir? —le increpó Jacob, suspicaz.
—Que ya he tenido suficientes emociones fuertes por un día —exclamó el muchacho con expresión satisfecha—. Creo que lo dejo solo. Debo retirarme a mi guarida a descansar y a prepararme —se levantó—. Le deseo la mejor de las suertes, Señor Jacob. Volveremos a vernos… siempre y cuando estuviera usted en lo cierto y Cyborg no se haya percatado de su presencia —dio media vuelta y se alejó unos pasos del límite de la azotea.
—Puede que ocurra alguna muerte más hoy aquí, pero no será la mía —aseguró—. De todas formas, me sorprende que no quieras esperar a que aparezcan los demás cazadores de recompensas —le tentó.
—¿Para qué? Ya sé cuanto quería saber —respondió mientras se iba—. He confirmado que los dos únicos que merecerían mi atención forman parte de esto. Buenas noches.
—Lo mismo digo… Cachorro, una cosa más... —Iba a decirle que para él también sería desagradable tener que matarle si una futura ocasión lo requería, pero cuando se giró, este ya no se encontraba en la azotea.
Muy típico de él.
Hizo un movimiento de cejas, restándole importancia, y volvió la vista al frente. Nada que le hiciera sospechar que había sido descubierto ocurrió. En ese momento, Cyborg se sentó en medio de la plaza, inexpresivo, y así se quedó, sin mover un músculo ni trozo de metal de su cuerpo, durante minutos que dieron paso a horas. Jacob esperó paciente desde su posición, sin quitarle el ojo de encima, hasta que la Luna tocó la cúspide del cielo. Para cuando se dio cuenta de lo tarde que se estaba haciendo echó la vista al firmamento. Había pocas nubes y los reflejos de la estación espacial en la exosfera se apreciaban a la perfección, así como las luces blancas por todo el gigantesco casco de la última Arca, salpicada a su vez por destellos intermitentes de un azul tecnológico. Siempre le había parecido sobrecogedora la imagen de una nave casi acabada coronando la bóveda celeste. Tan cercana y tan lejana al mismo tiempo.
Ya era bien entrada la medianoche y Cyborg todavía permanecía sentado, estático, desafiante… ahuyentando con su presencia incluso a los del servicio de limpieza, que se habían marchado de allí hacía rato con el trabajo a medio hacer. Un ente solitario rodeado de destrucción. Jacob maldijo por dentro y no le quedó más remedio que darse por vencido. Finalmente abandonó su posición y, con cuidado de que nadie lo viera, bajó de la azotea y tomó los callejones colindantes en dirección a su apartamento. Seguir allí arriba le habría constituido una pérdida de tiempo. Ningún cazador de recompensas más osaría dejarse ver por la plaza aquella noche.
Recuperar la antimateria no iba a ser una misión fácil, después de todo. No con esa competencia.
Usa el transporte público para moverte por la ciudad. Sabes tan bien como nosotros que no puedes permitirte un vehículo propio. Pero en el caso de que puedas, hazte con un Spider autopropulsado de última generación. Serás la envidia de todos tus vecinos y te señalarán al verte pasar veloz por los suburbios. (Desaconsejamos aparcar en ellos).
A medida que se aproximaba el Día de la Luz, como era conocido el Fin por los más creyentes, las ceremonias y reuniones de los seguidores de la Ilumonología surgían con más frecuencia. En las calles oscuras, en los sótanos de las casas, en los edificios en ruinas… Cualquier lugar era bueno para los devotos con tal de agruparse y dar rienda suelta a sus extraños rituales y plegarias.
Tan solo quedaban operativas dos líneas de monorrailes en Paradise Route, la que cruzaba la ciudad de norte a sur y la que lo hacía de este a oeste. A primera hora de la mañana, cuando aún despuntaba el alba, Jacob era el único viajero que aguardaba en la estación del este a que llegara el momento en que el moribundo vagón arrancara motores para poder subirse. Su destino: el límite oeste de la metrópoli; el punto más cercano al complejo termo-nuclear. Allí esperaba encontrar pistas útiles con las que iniciar la búsqueda. Justo al lado del apeadero, una hilera de fieles vestidos con túnicas manchadas caminaban en procesión, con pasitos cortos, unos detrás de otros, como si fueran presos con cadenas en los pies; atravesaron la vía en dirección a alguna parte. Solo el que iba en cabeza, un tipo de barba poblada, ojos de felino y tatuajes por todo el rostro, murmuraba palabras de ovación dedicadas a los astros. Jacob, apoyado en un panel publicitario de la estación, los miró con curiosidad. En teoría, aquella gente debería infundir respeto y armonía, pero no era así. Por norma general solían ser incluso más peligrosos que algunas bandas. Cualquier persona no creyente sabía que si se encontraba con algún grupo de fanáticos como aquel, lo mejor era apartarse de su camino y no mostrar interés alguno. No todos los seguidores de la Ilumonología llegaban a tal extremo, había personas que simplemente tenían la necesidad de entender a base de la fe la situación en la que se había visto expuesto el planeta y la raza humana, y rezar a las estrellas, desde sus casas, como consecuencia.
Diez minutos después, los fanáticos ya se habían perdido de vista en el confín urbanístico y el vagón despertó con un runrún agónico, como un monstruo de metal viejo y cansado. La electricidad en esa parte de la ciudad era casi inexistente, así que el servicio del monorraíl funcionaba gracias a unas antiguas, y cada vez más sucias, placas solares acopladas cada tantos metros a ambos lados de la vía.
En cuanto se abrieron las puertas, Jacob se subió y tomó asiento, el menos destrozado que encontró. El interior del vagón estaba repleto de pintadas y grafitis y olía a vómito reseco. La cabina no tenía conductor, funcionaba en modo de piloto automático, pero un vigilante de seguridad armado no tardó en subirse y se le acercó con rostro inexpresivo. Jacob le mostró de lejos el pase de máxima seguridad que le dio Fergus el día anterior; este, al verlo, asintió conforme y se dirigió a un extremo del habitáculo, donde se quedó de pie, con las manos cruzadas por delante de la cintura. Las puertas se cerraron y, con una algarabía de chasquidos latosos, el trayecto dio comienzo.
El servicio del monorraíl, pese a que era la única forma segura de cruzar la ciudad, no era demasiado rápido; el recorrido de punta a punta duraba poco más de una hora. Durante gran parte de ese tiempo, Jacob se dedicó a pensar en los sucesos de la noche previa. En los últimos dos años, era frecuente que a él y a Lobo Mordedor los contratara la misma persona para hacer algunos trabajos juntos. Funcionaban bien como equipo. Si Fergus le aseguró que no había apostado por nadie más para la misión, ¿quién era entonces el mecenas del cachorro? Por otro lado, ¿qué sería aquel objeto que cogió Cyborg del suelo? ¿Alguna clave o mensaje? ¿Un engaño? Mientras estuvo espiando no pudo ver a más cazadores de recompensas merodeando por los alrededores del Capitolio, pero eso no significaba que no los hubiera persiguiendo lo mismo que él. ¿Con cuánta competencia más debería medirse durante la búsqueda del artefacto? Esas y más preguntas turbaron su mente mientras, a través de la ventanilla, el reflejo de la decadencia de Paradise Route se deslizaba ante sus ojos.
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