Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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Al lle­gar, nos abre la puer­ta su ma­dre. Le ex­pli­ca­mos la si­tua­ción y ella lla­ma a su hija, que es una ré­pli­ca exac­ta de Mu­riel: igual de del­ga­da, igual de pá­li­da y va ves­ti­da de ne­gro de la ca­be­za a los pies. Nos dice que no sabe nada, que tam­bién hace dos días que no la ve. Pero yo no sé si creér­me­lo, por­que mira al sue­lo mien­tras ha­bla y lo hace de ma­ne­ra me­cá­ni­ca, como apren­di­da. Se­gún ella, Mu­riel nun­ca ha di­cho nada de irse de casa, no sabe dón­de pue­de es­tar, no co­no­ce a na­die que pue­da sa­ber dón­de está, no sabe dón­de po­de­mos ir a pre­gun­tar, no, no, no...

No nos mo­ve­mos de la puer­ta, como si sos­pe­chá­ra­mos que la niña y la ma­dre mien­ten y la tie­nen se­cues­tra­da. Res­pi­ra­mos sin más. No nos mo­ve­mos ni le da­mos las gra­cias, per­ma­ne­ce­mos ahí, de pie, las tres, con los bra­zos caí­dos y sin atre­ver­nos a re­co­rrer los es­ca­sos diez me­tros que nos se­pa­ran del co­che.

La ma­dre nos dice que lo sien­te y em­pu­ja a su hija ha­cia el in­te­rior de la casa. Debe de ale­grar­se de que no sea ella la que ha des­apa­re­ci­do. Nos va­mos igual que he­mos ve­ni­do, sin sa­ber nada.

De re­pen­te, el in­ci­pien­te chis­peo coge fuer­za y, al ir a sa­car las lla­ves, se me caen al sue­lo. Mier­da. Tan­teo la ace­ra con las ma­nos, no se ve nada y el agua nos em­pa­pa mien­tras mi ma­dre alum­bra con la lin­ter­na del mó­vil. Cuan­do las en­cuen­tro y en­tra­mos al co­che es­ta­mos ca­la­das, pero me da igual; no sien­to el frío y es­toy se­gu­ra de que ellas tam­po­co. Es­ta­mos com­ple­ta­men­te per­di­das, no quie­ro ni ima­gi­nar que Mu­riel no vol­ve­rá y que nun­ca sa­bre­mos lo que pasó, como les ocu­rre a esas fa­mi­lias que sa­len en las no­ti­cias y que lue­go apa­re­cen en esos pro­gra­mas de te­le­vi­sión don­de se apro­ve­chan de su des­gra­cia para con­se­guir au­dien­cia.

—Va­mos a casa de tu her­ma­na.

—Mamá, no creo que sea bue­na idea, la lla­ma­re­mos por te­lé­fono.

—Te he di­cho que va­mos a casa de tu her­ma­na.

Mi ma­dre es una mu­jer fá­cil y de buen ca­rác­ter, pero cuan­do está en­fa­da­da, más que ha­blar, sen­ten­cia.

Arran­co el co­che sa­bien­do que esta no­che se rom­pe­rá algo en­tre no­so­tras tres. Ese hilo que nos man­te­nía uni­das des­de que nos que­da­mos so­las y que, aun­que haya es­ta­do a pun­to de que­brar­se mu­chas ve­ces, he­mos con­se­gui­do man­te­ner in­tac­to.

Cuan­do paro el mo­tor, si­gue llo­vien­do y, a pe­sar de ello, al sa­lir, no co­rre­mos, no te­ne­mos pri­sa y ya es­ta­mos em­pa­pa­das. Te­re­sa dice que nos es­pe­ra en el co­che y mi ma­dre la obli­ga a ve­nir con no­so­tras.

—Mamá…

Ella no me mira, tie­ne la vis­ta fija en la puer­ta del as­cen­sor; quie­ro de­cir­le que no sea muy dura con Ele­na, pero Te­re­sa me aprie­ta el bra­zo y, cuan­do la miro, nie­ga con la ca­be­za pi­dién­do­me que guar­de si­len­cio.

Cuan­do Agus­ti­na abre la puer­ta y nos ve, pone cara de es­pan­to. Mi ma­dre la apar­ta con la mano y en­tra­mos en la casa. Des­de el re­ci­bi­dor se oye el mur­mu­llo de la con­ver­sa­ción que pro­vie­ne del co­me­dor. Va­mos de­jan­do un re­gue­ro de agua a nues­tro paso y, cuan­do en­tra­mos, se hace el si­len­cio más ab­so­lu­to.

—Mamá, qué sor­pre­sa. Pero es­táis em­pa­pa­das, pa­sad a mi ha­bi­ta­ción, os se­cáis y bus­ca­mos algo de ropa.

Ele­na hace ade­mán de le­van­tar­se, su cara es un poe­ma, está aver­gon­za­da y se nota que quie­re que des­apa­rez­ca­mos de la vis­ta de sus in­vi­ta­dos.

—Nos va­mos en­se­gui­da, no te mo­les­tes —dice mi ma­dre lan­zán­do­le la de­nun­cia que ha sa­ca­do del bol­so—. Tu hija lle­va dos días des­apa­re­ci­da y tie­nes la san­gre fría de es­tar ahí sen­ta­da sin im­por­tar­te lo que le haya pa­sa­do. Cla­ro, hay que apa­ren­tar de­lan­te de la gen­te que todo está bien. Pues per­mí­te­me que te diga que nada está bien, que tu hija es una des­gra­cia­da y que eres una egoís­ta por de­jar que su­fra de esa ma­ne­ra y mi­rar para otro lado. El di­ne­ro no pue­de com­prar­lo todo. ¿Ya no te acuer­das de lo fe­liz que fuis­te cuan­do no te­nía­mos nada? Es­tás echan­do tu vida a per­der. No sé qué cla­se de per­so­na he cria­do, des­de lue­go, no pa­re­ces hija mía.

Esto úl­ti­mo, más que en­fa­da­da, lo dice con pena. Se da me­dia vuel­ta y sale del co­me­dor con no­so­tras de­trás. Mien­tras mi ma­dre le es­cu­pía es­tas pa­la­bras, mi cu­ña­do ju­ga­ba con el ta­pón del vino como si la cosa no fue­ra con él y Mu­riel no fue­ra hija suya. Los in­vi­ta­dos se mi­ran en­tre ellos, in­có­mo­dos por lo vio­len­to de la si­tua­ción.

La fies­ta ha ter­mi­na­do por hoy.

Ele­na

Esta niña me va a ma­tar a dis­gus­tos. ¿Dón­de de­mo­nios se ha­brá me­ti­do? Es tan ca­be­zo­ta como mi ma­dre. Se em­pe­ñó en jo­der­me la cena, no se ima­gi­na lo im­por­tan­te que era. Es­ta­mos a pun­to de per­der­lo todo. Si San­tia­go no lle­ga a un acuer­do con su so­cio, es­ta­mos per­di­dos. Ano­che me con­fe­só que es­ta­mos en sus ma­nos, no me dio mu­chas más ex­pli­ca­cio­nes, solo que es­ta­mos jo­di­dos de ver­dad. Me bebo el zumo y dejo las tos­ta­das. Hace días que no voy al gim­na­sio, tam­po­co ten­go ham­bre, des­pués de la es­ce­na de ano­che, ¡qué ver­güen­za! ¿Cómo se le ocu­rrió a mi ma­dre pre­sen­tar­se con mi her­ma­na y con Te­re­sa? Y con esas pin­tas… Pa­re­cían las pro­ta­go­nis­tas de una pe­lí­cu­la de te­rror. Qué dra­má­ti­ca que es. Es­toy con­ven­ci­da de que Mu­riel está en casa de al­gu­na ami­ga.

Es la pri­me­ra vez que veo así a mi ma­dre, es­ta­ba des­en­ca­ja­da. Me pa­re­ce in­creí­ble que siem­pre esté de buen hu­mor, con la mier­da de vida que lle­va. Des­de que mi pa­dre se fue, no ha de­ja­do de tra­ba­jar como una mula. Si echo la vis­ta atrás, la re­cuer­do siem­pre son­rien­do, por muy mal que es­tu­vie­ran las co­sas. A pe­sar de que­dar­se sola tan jo­ven nun­ca tra­jo a otro hom­bre a casa. ¿Ha­brá te­ni­do al­gu­na aven­tu­ra? Yo creo que no. No nos pa­re­ce­mos en nada. Tie­ne ra­zón al de­cir que fui fe­liz. Se em­pe­ñó a toda cos­ta en que sus dos hi­jas lo fué­ra­mos. Quie­ro a mi ma­dre, aun­que ella pien­se que no. Es lo mis­mo que pien­sa mi hija de mí, que yo no la quie­ro. Cla­ro que quie­ro a Mu­riel, a lo me­jor no he sido una ma­dre como lo fue la mía, pero nun­ca le ha fal­ta­do nada. Cada vez que dis­cu­ti­mos me dice que oja­lá fue­ra como las ma­dres de sus ami­gas, así que se­gu­ro que es­ta­rá en casa de al­gu­na de ellas. Cuan­do vuel­va va a es­tar cas­ti­ga­da una bue­na tem­po­ra­da.

He per­di­do la cuen­ta de las lla­ma­das que he he­cho al mó­vil de Mu­riel. Cada vez que oigo el men­sa­je del con­tes­ta­dor sien­to que las pier­nas me flo­jean, como si esa voz se es­tu­vie­ra bur­lan­do de mí y me di­je­ra que ya es de­ma­sia­do tar­de, que de­be­ría ha­ber mos­tra­do in­te­rés por la due­ña de ese te­lé­fono mu­cho tiem­po atrás. Opto por in­ten­tar ave­ri­guar si está con al­gu­na ami­ga. No ten­go mu­chos nú­me­ros, solo los que he in­ter­cam­bia­do con al­gu­nas ma­dres para es­tar más tran­qui­la. A me­di­da que voy ha­cien­do lla­ma­das, me voy po­nien­do ner­vio­sa. Es im­po­si­ble que no esté en casa de al­gu­na de ellas. Nun­ca ha­bía he­cho algo así. Has­ta aho­ra es­ta­ba tran­qui­la, pero me da mie­do ha­cer la úl­ti­ma lla­ma­da, por­que no sé qué haré si no ob­ten­go la res­pues­ta que quie­ro. Cuan­do ter­mino de ha­blar con la úl­ti­ma de sus ami­gas, un su­dor frío me re­co­rre el cuer­po. No pue­de ser, na­die la ha vis­to des­de hace dos días y na­die sabe dón­de pue­de es­tar. La an­gus­tia se apo­de­ra de mí, no sé qué ha­cer. ¿Dón­de pue­de es­tar? Por fa­vor, que no le haya pa­sa­do nada malo. ¿Cómo he po­di­do es­tar tan tran­qui­la sin sa­ber nada de ella? Voy a su ha­bi­ta­ción, abro el ar­ma­rio y cojo una su­da­de­ra, hun­do mi cara en la pren­da para oler­la y llo­ro por­que no sé dón­de está ni si es­ta­rá bien. Lla­mo a su pa­dre, que ano­che se fue con Fer­nan­do a to­mar la úl­ti­ma copa y to­da­vía no ha vuel­to.

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