1 ...6 7 8 10 11 12 ...18 Al llegar, nos abre la puerta su madre. Le explicamos la situación y ella llama a su hija, que es una réplica exacta de Muriel: igual de delgada, igual de pálida y va vestida de negro de la cabeza a los pies. Nos dice que no sabe nada, que también hace dos días que no la ve. Pero yo no sé si creérmelo, porque mira al suelo mientras habla y lo hace de manera mecánica, como aprendida. Según ella, Muriel nunca ha dicho nada de irse de casa, no sabe dónde puede estar, no conoce a nadie que pueda saber dónde está, no sabe dónde podemos ir a preguntar, no, no, no...
No nos movemos de la puerta, como si sospecháramos que la niña y la madre mienten y la tienen secuestrada. Respiramos sin más. No nos movemos ni le damos las gracias, permanecemos ahí, de pie, las tres, con los brazos caídos y sin atrevernos a recorrer los escasos diez metros que nos separan del coche.
La madre nos dice que lo siente y empuja a su hija hacia el interior de la casa. Debe de alegrarse de que no sea ella la que ha desaparecido. Nos vamos igual que hemos venido, sin saber nada.
De repente, el incipiente chispeo coge fuerza y, al ir a sacar las llaves, se me caen al suelo. Mierda. Tanteo la acera con las manos, no se ve nada y el agua nos empapa mientras mi madre alumbra con la linterna del móvil. Cuando las encuentro y entramos al coche estamos caladas, pero me da igual; no siento el frío y estoy segura de que ellas tampoco. Estamos completamente perdidas, no quiero ni imaginar que Muriel no volverá y que nunca sabremos lo que pasó, como les ocurre a esas familias que salen en las noticias y que luego aparecen en esos programas de televisión donde se aprovechan de su desgracia para conseguir audiencia.
—Vamos a casa de tu hermana.
—Mamá, no creo que sea buena idea, la llamaremos por teléfono.
—Te he dicho que vamos a casa de tu hermana.
Mi madre es una mujer fácil y de buen carácter, pero cuando está enfadada, más que hablar, sentencia.
Arranco el coche sabiendo que esta noche se romperá algo entre nosotras tres. Ese hilo que nos mantenía unidas desde que nos quedamos solas y que, aunque haya estado a punto de quebrarse muchas veces, hemos conseguido mantener intacto.
Cuando paro el motor, sigue lloviendo y, a pesar de ello, al salir, no corremos, no tenemos prisa y ya estamos empapadas. Teresa dice que nos espera en el coche y mi madre la obliga a venir con nosotras.
—Mamá…
Ella no me mira, tiene la vista fija en la puerta del ascensor; quiero decirle que no sea muy dura con Elena, pero Teresa me aprieta el brazo y, cuando la miro, niega con la cabeza pidiéndome que guarde silencio.
Cuando Agustina abre la puerta y nos ve, pone cara de espanto. Mi madre la aparta con la mano y entramos en la casa. Desde el recibidor se oye el murmullo de la conversación que proviene del comedor. Vamos dejando un reguero de agua a nuestro paso y, cuando entramos, se hace el silencio más absoluto.
—Mamá, qué sorpresa. Pero estáis empapadas, pasad a mi habitación, os secáis y buscamos algo de ropa.
Elena hace ademán de levantarse, su cara es un poema, está avergonzada y se nota que quiere que desaparezcamos de la vista de sus invitados.
—Nos vamos enseguida, no te molestes —dice mi madre lanzándole la denuncia que ha sacado del bolso—. Tu hija lleva dos días desaparecida y tienes la sangre fría de estar ahí sentada sin importarte lo que le haya pasado. Claro, hay que aparentar delante de la gente que todo está bien. Pues permíteme que te diga que nada está bien, que tu hija es una desgraciada y que eres una egoísta por dejar que sufra de esa manera y mirar para otro lado. El dinero no puede comprarlo todo. ¿Ya no te acuerdas de lo feliz que fuiste cuando no teníamos nada? Estás echando tu vida a perder. No sé qué clase de persona he criado, desde luego, no pareces hija mía.
Esto último, más que enfadada, lo dice con pena. Se da media vuelta y sale del comedor con nosotras detrás. Mientras mi madre le escupía estas palabras, mi cuñado jugaba con el tapón del vino como si la cosa no fuera con él y Muriel no fuera hija suya. Los invitados se miran entre ellos, incómodos por lo violento de la situación.
La fiesta ha terminado por hoy.
Elena
Esta niña me va a matar a disgustos. ¿Dónde demonios se habrá metido? Es tan cabezota como mi madre. Se empeñó en joderme la cena, no se imagina lo importante que era. Estamos a punto de perderlo todo. Si Santiago no llega a un acuerdo con su socio, estamos perdidos. Anoche me confesó que estamos en sus manos, no me dio muchas más explicaciones, solo que estamos jodidos de verdad. Me bebo el zumo y dejo las tostadas. Hace días que no voy al gimnasio, tampoco tengo hambre, después de la escena de anoche, ¡qué vergüenza! ¿Cómo se le ocurrió a mi madre presentarse con mi hermana y con Teresa? Y con esas pintas… Parecían las protagonistas de una película de terror. Qué dramática que es. Estoy convencida de que Muriel está en casa de alguna amiga.
Es la primera vez que veo así a mi madre, estaba desencajada. Me parece increíble que siempre esté de buen humor, con la mierda de vida que lleva. Desde que mi padre se fue, no ha dejado de trabajar como una mula. Si echo la vista atrás, la recuerdo siempre sonriendo, por muy mal que estuvieran las cosas. A pesar de quedarse sola tan joven nunca trajo a otro hombre a casa. ¿Habrá tenido alguna aventura? Yo creo que no. No nos parecemos en nada. Tiene razón al decir que fui feliz. Se empeñó a toda costa en que sus dos hijas lo fuéramos. Quiero a mi madre, aunque ella piense que no. Es lo mismo que piensa mi hija de mí, que yo no la quiero. Claro que quiero a Muriel, a lo mejor no he sido una madre como lo fue la mía, pero nunca le ha faltado nada. Cada vez que discutimos me dice que ojalá fuera como las madres de sus amigas, así que seguro que estará en casa de alguna de ellas. Cuando vuelva va a estar castigada una buena temporada.
He perdido la cuenta de las llamadas que he hecho al móvil de Muriel. Cada vez que oigo el mensaje del contestador siento que las piernas me flojean, como si esa voz se estuviera burlando de mí y me dijera que ya es demasiado tarde, que debería haber mostrado interés por la dueña de ese teléfono mucho tiempo atrás. Opto por intentar averiguar si está con alguna amiga. No tengo muchos números, solo los que he intercambiado con algunas madres para estar más tranquila. A medida que voy haciendo llamadas, me voy poniendo nerviosa. Es imposible que no esté en casa de alguna de ellas. Nunca había hecho algo así. Hasta ahora estaba tranquila, pero me da miedo hacer la última llamada, porque no sé qué haré si no obtengo la respuesta que quiero. Cuando termino de hablar con la última de sus amigas, un sudor frío me recorre el cuerpo. No puede ser, nadie la ha visto desde hace dos días y nadie sabe dónde puede estar. La angustia se apodera de mí, no sé qué hacer. ¿Dónde puede estar? Por favor, que no le haya pasado nada malo. ¿Cómo he podido estar tan tranquila sin saber nada de ella? Voy a su habitación, abro el armario y cojo una sudadera, hundo mi cara en la prenda para olerla y lloro porque no sé dónde está ni si estará bien. Llamo a su padre, que anoche se fue con Fernando a tomar la última copa y todavía no ha vuelto.
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