Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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—Dime.

—Mu­riel no está con nin­gu­na de sus ami­gas, no la han vis­to des­de hace dos días. No sé qué ha­cer, de­be­ría­mos ir a la po­li­cía. ¿Y si le ha pa­sa­do algo malo? Nun­ca se ha­bía ido de casa. San­tia­go, por Dios, dime algo —le pido al ver que no con­tes­ta.

—Aho­ra no pue­do ha­blar, si le hu­bie­ra pa­sa­do algo malo ya nos hu­bié­ra­mos en­te­ra­do. Y a la po­li­cía ya han ido los Án­ge­les de Char­lie, así que tran­qui­la —dice re­fi­rién­do­se a mi ma­dre, a mi her­ma­na y a Te­re­sa.

—Eres un ser des­pre­cia­ble.

Cuel­go el te­lé­fono y sien­to asco ha­cia mi ma­ri­do —tan­to como ha­cia mí mis­ma—, por no ha­ber­nos preo­cu­pa­do an­tes.

Re­gis­tro los ca­jo­nes ti­ran­do las co­sas al sue­lo, para ver si en­cuen­tro algo que me dé una pis­ta so­bre dón­de pue­de es­tar. En­cuen­tro una bol­sa de plás­ti­co con pas­ti­llas y otra con ma­rihua­na, pero nada que me in­di­que su pa­ra­de­ro. En el ar­ma­rio, de­ba­jo de la ropa, hay un ál­bum del co­le­gio con sus tra­ba­jos de cuan­do era pe­que­ña. Me sien­to cul­pa­ble. Esto de­be­ría te­ner­lo yo guar­da­do, para en­se­ñár­se­lo cuan­do fue­ra ma­yor, como ha­cía mi ma­dre con no­so­tras.

Lo abro y pa­seo la vis­ta por los di­bu­jos in­fan­ti­les y la ca­li­gra­fía gran­de y re­don­da. Al ce­rrar­lo, veo que en la par­te de atrás hay es­cri­ta una fra­se, con ro­tu­la­dor ne­gro, en ma­yús­cu­las, que me gol­pea con fuer­za y me lle­na de pena. No sé cuán­do la ha­brá es­cri­to, pero la le­tra es de aho­ra, nada que ver con la ca­li­gra­fía in­fan­til del ál­bum.

«Mis pa­dres no me quie­ren».

Cin­co pa­la­bras que me par­ten en dos. Voy al sa­lón, lleno un vaso de whisky que me bebo de un tra­go, y lan­zo el vaso con fuer­za con­tra la puer­ta. De­trás va la bo­te­lla, que se hace añi­cos al cho­car con­tra el mar­co. Dos­cien­tos se­ten­ta eu­ros a la mier­da. Da­ría todo lo que ten­go por re­cu­pe­rar a Mu­riel.

«Mis pa­dres no me quie­ren». La fra­se se re­pi­te en mi ca­be­za sin pa­rar. Qué egoís­ta he sido, pero to­da­vía es­toy a tiem­po. Juro por Dios que si no le pasa nada, pa­sa­ré más tiem­po con ella y le diré que la quie­ro, aun­que me dé ver­güen­za por la fal­ta de cos­tum­bre y por­que se hace ma­yor. Nos ire­mos de via­je si ella quie­re, las dos so­las; nun­ca he­mos he­cho nada jun­tas. No po­dría so­por­tar que le hu­bie­ra pa­sa­do algo. Aun­que me gus­te la vida que lle­vo no soy un mons­truo, se­ría ca­paz de re­nun­ciar a todo a cam­bio de que es­tu­vie­ra bien. El sue­lo de la ha­bi­ta­ción está sem­bra­do de ropa, pi­ja­mas, bra­gas, su­je­ta­do­res, ca­mi­se­tas… da la sen­sa­ción de que han en­tra­do a ro­bar. Tiro las pas­ti­llas y la ma­rihua­na al vá­ter, do­blo la ropa con cui­da­do sin de­jar de llo­rar y la re­co­jo para que cuan­do vuel­va lo en­cuen­tre todo bien. Me doy cuen­ta de que lo que es­toy ha­cien­do es ab­sur­do, algo que ha­ría mi ma­dre, no yo, pero no sé qué otra cosa ha­cer.

Inés

Hoy es el pri­mer día, des­de hace mu­chos me­ses, que no ten­go ham­bre. No he co­mi­do nada des­de hace ho­ras. Ade­más de la an­gus­tia de no sa­ber dón­de es­ta­rá Mu­riel y si es­ta­rá bien, sien­to una pena in­men­sa al ver a mi ma­dre com­pro­ban­do, una y otra vez, que todo está como ella cree que de­be­ría. Ha or­de­na­do la com­pra que tra­jo ayer y que ha­bía guar­da­do de cual­quier ma­ne­ra. Lo que más pena me ha dado ha sido ver­la ti­rar la fru­ta que com­pró jus­to ayer: solo ha con­ser­va­do sie­te pie­zas de cada. Se sien­te cul­pa­ble por­que el úni­co día que de­ci­de sal­tar­se to­das esas ab­sur­das nor­mas, la des­gra­cia en­tra por la puer­ta a lo gran­de. Aho­ra está en el sa­lón con Te­re­sa in­vo­can­do no sé a qué san­tos o es­pí­ri­tus, co­gi­das de las ma­nos, con los ojos ce­rra­dos y mon­to­nes de ve­las y amu­le­tos en­ci­ma de la mesa. Pa­re­ce que ha en­ve­je­ci­do de gol­pe, en tan solo unas ho­ras. Su pos­tu­ra es la de una mu­jer ven­ci­da, con los hom­bros caí­dos y la ca­be­za ga­cha. La casa hue­le a in­cien­so, odio ese olor, me re­cuer­da al día del ac­ci­den­te.

Es­tá­ba­mos en casa de Te­re­sa, pre­pa­ran­do una fies­ta sor­pre­sa para Luz, por su no­veno cum­plea­ños. Ella y yo te­nía­mos la mis­ma edad. Éra­mos ami­gas y com­pa­ñe­ras de cla­se, casi her­ma­nas, por­que nos ha­bía­mos cria­do jun­tas. Re­cuer­do los glo­bos, las ser­pen­ti­nas, los pla­tos de­co­ra­dos con per­so­na­jes de Dis­ney, la car­tu­li­na con el «Fe­li­ci­da­des, Luz» y el nú­me­ro nue­ve. Los re­ga­los en­vuel­tos en pa­pel bri­llan­te, amon­to­na­dos en un rin­cón; los bo­ca­di­llos y el pas­tel enor­me de cho­co­la­te, con las ve­las pre­pa­ra­das para ser so­pla­das y con­ce­der el de­seo per­ti­nen­te.

Yo no ha­cía más que aso­mar­me a la ven­ta­na para ver si la veía lle­gar. Su pa­dre las ha­bía lle­va­do a ella y a su her­ma­na a la pis­ci­na para que tu­vié­ra­mos tiem­po de pre­pa­rar la sor­pre­sa. De pron­to, Te­re­sa dejó caer una ban­de­ja con va­sos an­tes de de­po­si­tar­la so­bre la mesa. El sue­lo del co­me­dor se sem­bró de di­mi­nu­tos tro­zos de cris­tal. Pen­sa­mos que ha­bía sido un ac­ci­den­te. «Te­re­sa, co­rre, va­mos a ba­rrer los vi­drios, que Luz está a pun­to de lle­gar», le dije al ver el de­sas­tre. «Luz no ven­drá», me con­tes­tó. No en­ten­dí su res­pues­ta y tam­po­co me gus­tó el tono en que lo dijo. Mi ma­dre —que es­ta­ba re­co­gien­do el es­tro­pi­cio— se le­van­tó y dejó caer los tro­zos de cris­tal que te­nía en la mano. Ja­más ol­vi­da­ré la ex­pre­sión del ros­tro de Te­re­sa. Fue a la co­ci­na y co­gió una caja de ce­ri­llas, en­cen­dió in­cien­so y ve­las y se sen­tó en el sofá a es­pe­rar. Mi ma­dre le pre­gun­ta­ba qué pa­sa­ba, asus­ta­da, y le pe­día por fa­vor que le di­je­ra algo, pero ella no res­pon­día. Yo no en­ten­día lo que es­ta­ba su­ce­dien­do y me daba mie­do Te­re­sa, muda, in­mu­ta­ble, mi­ran­do al va­cío como si no tu­vie­ra ojos.

Aun­que era pe­que­ña me di cuen­ta de que algo no es­ta­ba bien, así que me sen­té y no pre­gun­té nada más. Te­re­sa lo supo, no sé cómo, pero lo supo an­tes de que vi­nie­ran a dar­le la mala no­ti­cia. Cuan­do sonó el tim­bre, me le­van­té co­rrien­do para abrir, ya es­ta­ban aquí, no pa­sa­ba nada, pero mi ma­dre me de­tu­vo y me in­di­có que me sen­ta­ra de nue­vo. Abrió la puer­ta y se en­con­tró con dos po­li­cías pre­gun­tan­do por Te­re­sa. A mi her­ma­na y a mí nos lle­va­ron a una ha­bi­ta­ción y ce­rra­ron la puer­ta. Pero in­clu­so con la puer­ta ce­rra­da po­día­mos es­cu­char el llan­to de Te­re­sa, un llan­to de­ses­pe­ra­do. La muer­te se ha­bía co­la­do en la fies­ta por sor­pre­sa y se ha­bía con­ver­ti­do en la pro­ta­go­nis­ta, como a ella le gus­ta. Un bo­rra­cho se ha­bía sal­ta­do un se­má­fo­ro lle­ván­do­se por de­lan­te el co­che don­de via­ja­ba Luz con su pa­dre y su her­ma­na, ma­tán­do­los a los tres en el acto. En un se­gun­do, Te­re­sa ha­bía per­di­do a toda su fa­mi­lia.

Mi ma­dre no qui­so de­jar­la sola, así que nos que­da­mos a pa­sar la no­che en su casa. Yo tuve que dor­mir en la cama de Luz y fui muy cons­cien­te de que es­ta­ba dur­mien­do en la cama de mi ami­ga muer­ta.

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