—Teresa, dámela.
Teresa no contesta, pero en su mirada hay determinación, no se la entregará. No sé qué demonios le pasa a mi hija, hace solo unos minutos estaba llorando de alivio por haber recuperado a Muriel y ahora parece que solo le importa evitar un escándalo. Ha estado a punto de perder lo más valioso que tiene y no ha aprendido nada. Ya sé que no podemos quedárnosla, pero no es necesario llevarla allí otra vez. No creo que su madre esté muy preocupada si la dejó sola en un sitio como ese, con un frío del demonio y rodeada de borrachos que podrían haberle hecho cualquier cosa.
—Mamá, eres inteligente, sabes que no podéis quedárosla.
—La niña se queda. —Me pongo al lado de Teresa e, inmediatamente, Inés se une a nosotras. Formamos un escudo para no dejarla pasar.
—No sabes lo que dices, ¡esto es un delito! Habéis secuestrado a un bebé.
—Lo único que te importa es que nadie se entere de que tu vida es una farsa. Te da igual que esta niña estuviera tirada entre ratas y basura.
—No pretendo llevarla a aquella casa, me ofende que pienses eso, hablaba de llevarla a la policía.
Quiero creerla, porque de lo contrario no podré volver a mirarla a la cara.
—Me voy, no quiero ser cómplice de esto. Mañana vendré a recoger a Muriel, no creo que ahora sea el mejor momento para que vuelva a casa, espero que sepáis lo que estáis haciendo.
Coge el bolso y, antes de que salga, la alcanzo en la puerta y la agarro del brazo.
—Júrame que no pensabas llevarla allí otra vez.
Sorpresa. En su cara veo sorpresa o quizá decepción y creo que me he equivocado con ella. Primero por pensar que es la clase de persona que haría una cosa así y después por hacérselo saber. Su silencio me pesa como una losa y preferiría que me dijera lo injusta que soy o cualquier otra cosa, pero no dice nada y veo tristeza en sus ojos. La suelto y sale de casa dejándome con un sentimiento de culpa que no voy a ser capaz de sacudirme en mucho tiempo. Vuelvo despacio al comedor y me acerco a Teresa, que parece una leona dispuesta a defender a su cría.
—Teresa, no puedes quedarte a la niña. Elena tiene razón, aunque me dé coraje reconocerlo. No puedes tenerla escondida, ¿y si se pone enferma?, cuando crezca tendrá que ir al colegio…
—Contrataré a un abogado, la adoptaré. No podemos dejarla allí abandonada, se morirá, y si la entregamos a la policía la llevarán a Servicios Sociales y no sabemos qué pasará con ella.
—Eso no es posible, no te dejarán quedártela, sabes que tengo razón.
Me dirijo a Inés, que aún no ha dicho nada.
—Inés, ve al centro comercial, compra leche en polvo, un biberón y algo de ropa. —De momento es lo único que se me ocurre, después ya veremos lo que hacemos.
Dejo a la niña con Teresa y voy a ver cómo está Muriel. Me indigna que Elena se haya ido dejándola aquí. Podría haberse quedado ella también. Es evidente que no está cómoda con nosotras, pero eso no es excusa. Mi nieta está despierta, aunque cierra los ojos al verme. Me siento en la cama, le paso la mano por el pelo y cojo su mano entre las mías, dando gracias a Dios de nuevo por habérmela devuelto. Tiene mala cara, los labios morados y un arañazo en la frente, parece que está muerta de frío y no para de tiritar. Me meto con ella en la cama y la abrazo por la espalda, como cuando era pequeña, y rompe a llorar; es un llanto hondo y cargado de pena, su cuerpo menudo se sacude y la aprieto con fuerza, como si estuviera hecha de piezas y quisiera evitar que se desmontara. En este momento detesto a Elena con toda mi alma.
Elena
Estoy rabiosa y no sé por qué. Debería estar feliz, pero hay algo dentro de mí que me empuja a no serlo. Le doy una patada a una lata que hay en el suelo y el líquido que quedaba dentro me mancha los zapatos de ante como si se vengara de mí. El taxi tarda y vuelvo a llamar para quejarme descargando toda mi frustración con la mujer que está al otro lado del teléfono. Cuando llega y me subo ladro la dirección al conductor haciéndole saber que no tengo ganas de conversación. La pregunta que me ha hecho mi madre sigue taladrándome el cerebro: si ha pensado que soy capaz de hacer eso es porque piensa que soy una persona horrible. ¿Eso es lo que transmito? Tengo ganas de llorar. Hace apenas unos instantes parecía que todo empezaba a recomponerse, que volvíamos a ser algo parecido a una familia —aunque todavía quedase mucho para volver a ser lo que fuimos— y, de repente, todo se ha hecho añicos de nuevo.
No pienso decirle a Santiago que Muriel está bien. Ni siquiera ha llamado para preguntarme si sé algo de ella. Qué mierda de matrimonio, qué mierda de vida. ¿En qué estará pensando mi madre? Teresa siempre ha sido rara, mística, espiritual, no sé cómo definirla, pero pensaba que mi madre era más sensata. Esa niña solo nos traerá problemas. No quiero ni pensar en la repercusión que tendría esto si se supiera. Sería el final. Las arpías del club de tenis tendrían carnaza para meses.
Nunca me han aceptado. ¿Por qué me empeño y me arrastro tanto, con la de desprecios que me han hecho? Jamás he encajado en su mundo de lujo y perfección. A pesar de frecuentar los mismos centros de belleza, las mismas tiendas exclusivas de ropa, siempre se han encargado de recordarme que yo sobro, que mi origen es humilde. Organizan cenas a las que no me invitan y después se encargan de hacerme saber lo bien que se lo han pasado. ¿Por qué tengo la necesidad de agradar a esas mujeres que no valen nada? Claro que, ahora mismo, recordando las bajezas que les he perdonado, creo que yo valgo menos que ellas.
Recuerdo el último viaje que organizaron, un fin de semana a unas cabañas de lujo encima de unos árboles. «Algo diferente», dijeron, en plena naturaleza, sin tacones, sin ropa de fiesta, solas, sin maridos. Eligieron el fin de semana del cumpleaños de Muriel, porque pensaban que no iría, que se librarían de mí. Aun así me comprometí a ir, les dije que Muriel ya era mayor y que le daría igual que yo no estuviera porque prefería celebrarlo con sus amigas. Quedamos a las nueve, el sitio al que íbamos estaba cerca, a tan solo una hora de nuestra urbanización. Llegué un poco antes al punto de encuentro y me extrañó no encontrarme con nadie. Cada vez que se acercaba un coche me levantaba del banco donde hacía rato que las esperaba por si eran ellas. Cuando pasaban veinte minutos de la hora señalada comprendí que se habían ido sin mí. Las llamé por teléfono, y solo me dijeron que yo me había confundido con la hora, que habíamos quedado a las ocho. No les extrañó que no apareciera. Pensaron que a lo mejor me lo había pensado mejor y que finalmente me quedaba en casa para estar con mi hija en su cumpleaños. «Vente si quieres, tu cama está libre», así que, una vez más me arrastré y fui detrás de ellas. Las elegí a ellas en lugar de a Muriel. ¿Por qué tengo la necesidad de ser aceptada en su círculo? Todavía hoy no lo sé, pero empiezo a no soportarlas.
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