Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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—Te­re­sa, dá­me­la.

Te­re­sa no con­tes­ta, pero en su mi­ra­da hay de­ter­mi­na­ción, no se la en­tre­ga­rá. No sé qué de­mo­nios le pasa a mi hija, hace solo unos mi­nu­tos es­ta­ba llo­ran­do de ali­vio por ha­ber re­cu­pe­ra­do a Mu­riel y aho­ra pa­re­ce que solo le im­por­ta evi­tar un es­cán­da­lo. Ha es­ta­do a pun­to de per­der lo más va­lio­so que tie­ne y no ha apren­di­do nada. Ya sé que no po­de­mos que­dár­nos­la, pero no es ne­ce­sa­rio lle­var­la allí otra vez. No creo que su ma­dre esté muy preo­cu­pa­da si la dejó sola en un si­tio como ese, con un frío del de­mo­nio y ro­dea­da de bo­rra­chos que po­drían ha­ber­le he­cho cual­quier cosa.

—Mamá, eres in­te­li­gen­te, sa­bes que no po­déis que­dá­ros­la.

—La niña se que­da. —Me pon­go al lado de Te­re­sa e, in­me­dia­ta­men­te, Inés se une a no­so­tras. For­ma­mos un es­cu­do para no de­jar­la pa­sar.

—No sa­bes lo que di­ces, ¡esto es un de­li­to! Ha­béis se­cues­tra­do a un bebé.

—Lo úni­co que te im­por­ta es que na­die se en­te­re de que tu vida es una far­sa. Te da igual que esta niña es­tu­vie­ra ti­ra­da en­tre ra­tas y ba­su­ra.

—No pre­ten­do lle­var­la a aque­lla casa, me ofen­de que pien­ses eso, ha­bla­ba de lle­var­la a la po­li­cía.

Quie­ro creer­la, por­que de lo con­tra­rio no po­dré vol­ver a mi­rar­la a la cara.

—Me voy, no quie­ro ser cóm­pli­ce de esto. Ma­ña­na ven­dré a re­co­ger a Mu­riel, no creo que aho­ra sea el me­jor mo­men­to para que vuel­va a casa, es­pe­ro que se­páis lo que es­táis ha­cien­do.

Coge el bol­so y, an­tes de que sal­ga, la al­can­zo en la puer­ta y la aga­rro del bra­zo.

—Jú­ra­me que no pen­sa­bas lle­var­la allí otra vez.

Sor­pre­sa. En su cara veo sor­pre­sa o qui­zá de­cep­ción y creo que me he equi­vo­ca­do con ella. Pri­me­ro por pen­sar que es la cla­se de per­so­na que ha­ría una cosa así y des­pués por ha­cér­se­lo sa­ber. Su si­len­cio me pesa como una losa y pre­fe­ri­ría que me di­je­ra lo in­jus­ta que soy o cual­quier otra cosa, pero no dice nada y veo tris­te­za en sus ojos. La suel­to y sale de casa de­ján­do­me con un sen­ti­mien­to de cul­pa que no voy a ser ca­paz de sa­cu­dir­me en mu­cho tiem­po. Vuel­vo des­pa­cio al co­me­dor y me acer­co a Te­re­sa, que pa­re­ce una leo­na dis­pues­ta a de­fen­der a su cría.

—Te­re­sa, no pue­des que­dar­te a la niña. Ele­na tie­ne ra­zón, aun­que me dé co­ra­je re­co­no­cer­lo. No pue­des te­ner­la es­con­di­da, ¿y si se pone en­fer­ma?, cuan­do crez­ca ten­drá que ir al co­le­gio…

—Con­tra­ta­ré a un abo­ga­do, la adop­ta­ré. No po­de­mos de­jar­la allí aban­do­na­da, se mo­ri­rá, y si la en­tre­ga­mos a la po­li­cía la lle­va­rán a Ser­vi­cios So­cia­les y no sa­be­mos qué pa­sa­rá con ella.

—Eso no es po­si­ble, no te de­ja­rán que­dár­te­la, sa­bes que ten­go ra­zón.

Me di­ri­jo a Inés, que aún no ha di­cho nada.

—Inés, ve al cen­tro co­mer­cial, com­pra le­che en pol­vo, un bi­be­rón y algo de ropa. —De mo­men­to es lo úni­co que se me ocu­rre, des­pués ya ve­re­mos lo que ha­ce­mos.

Dejo a la niña con Te­re­sa y voy a ver cómo está Mu­riel. Me in­dig­na que Ele­na se haya ido de­ján­do­la aquí. Po­dría ha­ber­se que­da­do ella tam­bién. Es evi­den­te que no está có­mo­da con no­so­tras, pero eso no es ex­cu­sa. Mi nie­ta está des­pier­ta, aun­que cie­rra los ojos al ver­me. Me sien­to en la cama, le paso la mano por el pelo y cojo su mano en­tre las mías, dan­do gra­cias a Dios de nue­vo por ha­bér­me­la de­vuel­to. Tie­ne mala cara, los la­bios mo­ra­dos y un ara­ña­zo en la fren­te, pa­re­ce que está muer­ta de frío y no para de ti­ri­tar. Me meto con ella en la cama y la abra­zo por la es­pal­da, como cuan­do era pe­que­ña, y rom­pe a llo­rar; es un llan­to hon­do y car­ga­do de pena, su cuer­po me­nu­do se sa­cu­de y la aprie­to con fuer­za, como si es­tu­vie­ra he­cha de pie­zas y qui­sie­ra evi­tar que se des­mon­ta­ra. En este mo­men­to de­tes­to a Ele­na con toda mi alma.

Ele­na

Es­toy ra­bio­sa y no sé por qué. De­be­ría es­tar fe­liz, pero hay algo den­tro de mí que me em­pu­ja a no ser­lo. Le doy una pa­ta­da a una lata que hay en el sue­lo y el lí­qui­do que que­da­ba den­tro me man­cha los za­pa­tos de ante como si se ven­ga­ra de mí. El taxi tar­da y vuel­vo a lla­mar para que­jar­me des­car­gan­do toda mi frus­tra­ción con la mu­jer que está al otro lado del te­lé­fono. Cuan­do lle­ga y me subo la­dro la di­rec­ción al con­duc­tor ha­cién­do­le sa­ber que no ten­go ga­nas de con­ver­sa­ción. La pre­gun­ta que me ha he­cho mi ma­dre si­gue ta­la­drán­do­me el ce­re­bro: si ha pen­sa­do que soy ca­paz de ha­cer eso es por­que pien­sa que soy una per­so­na ho­rri­ble. ¿Eso es lo que trans­mi­to? Ten­go ga­nas de llo­rar. Hace ape­nas unos ins­tan­tes pa­re­cía que todo em­pe­za­ba a re­com­po­ner­se, que vol­vía­mos a ser algo pa­re­ci­do a una fa­mi­lia —aun­que to­da­vía que­da­se mu­cho para vol­ver a ser lo que fui­mos— y, de re­pen­te, todo se ha he­cho añi­cos de nue­vo.

No pien­so de­cir­le a San­tia­go que Mu­riel está bien. Ni si­quie­ra ha lla­ma­do para pre­gun­tar­me si sé algo de ella. Qué mier­da de ma­tri­mo­nio, qué mier­da de vida. ¿En qué es­ta­rá pen­san­do mi ma­dre? Te­re­sa siem­pre ha sido rara, mís­ti­ca, es­pi­ri­tual, no sé cómo de­fi­nir­la, pero pen­sa­ba que mi ma­dre era más sen­sa­ta. Esa niña solo nos trae­rá pro­ble­mas. No quie­ro ni pen­sar en la re­per­cu­sión que ten­dría esto si se su­pie­ra. Se­ría el fi­nal. Las ar­pías del club de te­nis ten­drían car­na­za para me­ses.

Nun­ca me han acep­ta­do. ¿Por qué me em­pe­ño y me arras­tro tan­to, con la de des­pre­cios que me han he­cho? Ja­más he en­ca­ja­do en su mun­do de lujo y per­fec­ción. A pe­sar de fre­cuen­tar los mis­mos cen­tros de be­lle­za, las mis­mas tien­das ex­clu­si­vas de ropa, siem­pre se han en­car­ga­do de re­cor­dar­me que yo so­bro, que mi ori­gen es hu­mil­de. Or­ga­ni­zan ce­nas a las que no me in­vi­tan y des­pués se en­car­gan de ha­cer­me sa­ber lo bien que se lo han pa­sa­do. ¿Por qué ten­go la ne­ce­si­dad de agra­dar a esas mu­je­res que no va­len nada? Cla­ro que, aho­ra mis­mo, re­cor­dan­do las ba­je­zas que les he per­do­na­do, creo que yo val­go me­nos que ellas.

Re­cuer­do el úl­ti­mo via­je que or­ga­ni­za­ron, un fin de se­ma­na a unas ca­ba­ñas de lujo en­ci­ma de unos ár­bo­les. «Algo di­fe­ren­te», di­je­ron, en ple­na na­tu­ra­le­za, sin ta­co­nes, sin ropa de fies­ta, so­las, sin ma­ri­dos. Eli­gie­ron el fin de se­ma­na del cum­plea­ños de Mu­riel, por­que pen­sa­ban que no iría, que se li­bra­rían de mí. Aun así me com­pro­me­tí a ir, les dije que Mu­riel ya era ma­yor y que le da­ría igual que yo no es­tu­vie­ra por­que pre­fe­ría ce­le­brar­lo con sus ami­gas. Que­da­mos a las nue­ve, el si­tio al que íba­mos es­ta­ba cer­ca, a tan solo una hora de nues­tra ur­ba­ni­za­ción. Lle­gué un poco an­tes al pun­to de en­cuen­tro y me ex­tra­ñó no en­con­trar­me con na­die. Cada vez que se acer­ca­ba un co­che me le­van­ta­ba del ban­co don­de ha­cía rato que las es­pe­ra­ba por si eran ellas. Cuan­do pa­sa­ban vein­te mi­nu­tos de la hora se­ña­la­da com­pren­dí que se ha­bían ido sin mí. Las lla­mé por te­lé­fono, y solo me di­je­ron que yo me ha­bía con­fun­di­do con la hora, que ha­bía­mos que­da­do a las ocho. No les ex­tra­ñó que no apa­re­cie­ra. Pen­sa­ron que a lo me­jor me lo ha­bía pen­sa­do me­jor y que fi­nal­men­te me que­da­ba en casa para es­tar con mi hija en su cum­plea­ños. «Ven­te si quie­res, tu cama está li­bre», así que, una vez más me arras­tré y fui de­trás de ellas. Las ele­gí a ellas en lu­gar de a Mu­riel. ¿Por qué ten­go la ne­ce­si­dad de ser acep­ta­da en su cír­cu­lo? To­da­vía hoy no lo sé, pero em­pie­zo a no so­por­tar­las.

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