Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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Bus­co en mi bol­so el nú­me­ro de te­lé­fono que me dio el agen­te, los pe­rros se ca­llan y, cuan­do le­van­to la ca­be­za, veo a un chi­co del­ga­do y des­gar­ba­do. Los pe­rros co­rren ha­cia él. Tie­ne el pelo lleno de ras­tas, un aro en la na­riz y va­rios más en las ore­jas. Lle­va un palo en la mano y se acer­ca a la puer­ta con aire ame­na­zan­te.

—¡Jo­der!, me­nu­do es­cán­da­lo, ¿qué pasa?

—Abre la puer­ta, ve­ni­mos a bus­car a mi nie­ta. Si no abres, lla­mo aho­ra mis­mo a la po­li­cía.

—¿Y se pue­de sa­ber quién es su nie­ta?

—Se lla­ma Mu­riel y no nos ire­mos de aquí sin ella.

—No co­noz­co a nin­gu­na Mu­riel —dice con des­ga­na.

Se da la vuel­ta rién­do­se de no­so­tras y nos hace la pei­ne­ta, me aga­cho y le lan­zo una pie­dra que cojo del sue­lo y que le da en la ca­be­za. Suel­ta el palo y se lle­va las ma­nos a la par­te del crá­neo don­de ha no­ta­do el im­pac­to.

—¡Hi­jas de puta! Jo­der con las pu­tas chi­fla­das, ¿es­táis lo­cas o qué? Os he di­cho que no co­noz­co a nin­gu­na Mu­riel, si no os lar­gáis aho­ra mis­mo suel­to a los pe­rros —dice mien­tras se acer­ca a la puer­ta de en­tra­da, dán­do­le una pa­ta­da con fuer­za. Los pe­rros la­dran sin pa­rar. Inés saca una foto del bol­so y se la en­se­ña.

—Solo tie­ne quin­ce años, si está ahí den­tro ten­drás pro­ble­mas, no nos mo­ve­re­mos de aquí y lla­ma­re­mos a la po­li­cía.

—¿Quin­ce? ¡Vaya mier­da! Pa­re­cía más ma­yor —con­fie­sa mien­tras or­de­na a los pe­rros que se ca­llen y abre la puer­ta. El ali­vio que sien­to es tan gran­de que creo que me voy a des­ma­yar—. Ya os la po­déis lle­var, está con la pá­li­da, no quie­ro líos. Y no to­quéis nada.

En­tra­mos de­trás de él, se de­tie­ne, nos ame­na­za con el dedo y nos re­pi­te que no to­que­mos nada. La casa da ver­da­de­ro asco, hue­le a ba­su­ra y pa­re­ce un ver­te­de­ro, así que no sé qué es lo que no quie­re que to­que­mos. Re­pri­mo una ar­ca­da y me tapo la boca con un pa­ñue­lo, el olor es nau­sea­bun­do. Ten­go que aga­rrar a Te­re­sa para que nos siga, se ha que­da­do pa­ra­li­za­da mi­ran­do al­re­de­dor, asus­ta­da. Nun­ca en mi vida ha­bía vis­to tan­ta ba­su­ra acu­mu­la­da. En un rin­cón hay un par de chi­cos be­bien­do cer­ve­za. Uno de ellos aca­ri­cia una ba­rra de hie­rro al ver­nos apa­re­cer. El que nos ha abier­to la ver­ja le hace un ges­to con la mano y se re­la­ja, ig­no­rán­do­nos. Sue­na una mú­si­ca de fon­do que pa­re­ce sa­li­da del in­fierno y eso me lle­va a pen­sar que si el in­fierno exis­te debe ser algo pa­re­ci­do a esto. Hay col­cho­nes ti­ra­dos en el sue­lo con man­tas vie­jas y su­cias en­ci­ma. Una mu­jer duer­me en uno de ellos y no pue­do de­jar de mi­rar­le los pies, que aso­man por de­ba­jo de la man­ta, tan su­cios que es­tán com­ple­ta­men­te ne­gros, como si los hu­bie­ra me­ti­do en un saco de car­bón. El mu­cha­cho que nos guía se de­tie­ne, apar­ta una sá­ba­na col­ga­da de una cuer­da y se­ña­la un bul­to que hay ti­ra­do en­ci­ma de un sofá, tan vie­jo como todo lo de­más.

—Ahí está. Ya po­déis sa­lir de aquí ca­gan­do le­ches si no que­réis que os eche a los pe­rros.

Nos aba­lan­za­mos so­bre ella, está blan­ca y su­dan­do, tie­ne la ropa man­cha­da de vó­mi­to seco y las oje­ras más pro­nun­cia­das que nun­ca. La le­van­ta­mos, la sa­ca­mos de allí y la me­te­mos como po­de­mos en el co­che. Ele­na la acu­na como si fue­ra un bebé y no deja de llo­rar y ha­blar­le ba­ji­to. Le doy gra­cias a Dios por ha­ber­me es­cu­cha­do. A lo me­jor te­nía­mos que pa­sar por esto para que mi hija re­cu­pe­ra­ra a la suya y yo pue­da sal­var a Inés. Mu­riel no ha di­cho ni una pa­la­bra, tam­po­co creo que pue­da. No es el mo­men­to de pe­dir ex­pli­ca­cio­nes. Te­re­sa tam­bién ha en­mu­de­ci­do, pa­re­ce es­tar en shock .

Al lle­gar a casa me cam­bio de ropa, ne­ce­si­to des­pren­der­me del olor de esa casa. De ca­mino al co­me­dor, al pa­sar por el baño, veo que Mu­riel, sen­ta­da en la taza del vá­ter, es­ti­ra la mano, como si qui­sie­ra aca­ri­ciar a su ma­dre, que está aga­cha­da qui­tán­do­le las bo­tas; sin em­bar­go, la re­ti­ra an­tes de lle­gar a to­car­le la ca­be­za, como si le die­ra mie­do por­que en vez de su ma­dre fue­ra un pe­rro de raza pe­li­gro­sa y no su­pie­ra cómo va a reac­cio­nar. Ele­na no se sien­te có­mo­da con el con­tac­to fí­si­co, abra­zar­la es como abra­zar a un ár­bol, y aun­que por un se­gun­do me dan ga­nas de en­trar para con­so­lar a Mu­riel, no lo hago, no quie­ro qui­tar­le el si­tio a su ma­dre, no aho­ra. Al sa­lir de nue­vo al co­me­dor es­cu­cho un ge­mi­do, es como un mau­lli­do de gato. Bus­co con la mi­ra­da de dón­de pro­vie­ne has­ta que mis ojos se de­tie­nen en Te­re­sa, que está de pie con un bul­to ocul­to bajo el abri­go y la cul­pa es­con­di­da en la mi­ra­da.

—Te­re­sa, ¿no te ha­brás traí­do un gato de esa ma­sía lle­na de mier­da? Es­ta­rá in­fes­ta­do de pul­gas.

Sa­li­mos de allí tan de­pri­sa y tan ali­via­das por ha­ber en­con­tra­do a Mu­riel que no me fijé en nada más. Se abre el abri­go y saca una sá­ba­na su­cia con algo que se mue­ve den­tro, me la tien­de y me quie­ro mo­rir cuan­do veo a un bebé. Es una bebé, ne­gra como una no­che sin luna, qué pe­que­ña y qué del­ga­da.

—Te­re­sa, ¿qué has he­cho?

Cómo pue­den com­pli­car­se las co­sas cuan­do me­nos te lo es­pe­ras. ¿En qué es­ta­ría pen­san­do Te­re­sa cuan­do co­gió a la niña? ¿Qué va­mos a ha­cer aho­ra?, no po­de­mos que­dar­nos con ella.

Inés me mira des­de la puer­ta de la co­ci­na, aun­que no dice nada, sé que se pon­drá de mi par­te, lo que yo de­ci­da le pa­re­ce­rá bien, aun­que no lo esté o aun­que sea un dis­pa­ra­te. Ele­na, como siem­pre, será la que pon­ga el pun­to sen­sa­to. Nada de so­ñar, que des­pués los sue­ños no sa­len bien, lo sabe por ex­pe­rien­cia.

Dejo a la niña en­ci­ma de la mesa y la ob­ser­va­mos para ver si está bien. A pri­me­ra vis­ta no tie­ne mar­cas de gol­pes, solo está su­cia. Oigo los ta­co­nes de Ele­na acer­cán­do­se y pien­so en que ya no te­ne­mos tiem­po de es­con­der­la. Nin­gu­na de las tres nos gi­ra­mos a mi­rar­la, nos da mie­do cómo va a reac­cio­nar, se­gui­mos in­cli­na­das en la mesa mi­ran­do a la niña de es­pal­das a Ele­na.

—Mu­riel está en la cama, no me pue­do creer la suer­te que he­mos te­ni­do, no quie­ro pen­sar qué le po­dría ha­ber pa­sa­do si su ami­ga no… ¿Qué es­táis mi­ran­do? —dice al ver que no le ha­ce­mos caso.

Nos se­pa­ra­mos un poco para de­jar que la vea. Se acer­ca a la mesa, abre mu­cho los ojos, pa­re­ce que se le van a sa­lir de las cuen­cas, y se tapa la boca con las dos ma­nos.

—¿Pero de dón­de ha­béis sa­ca­do a esta niña?

Si­len­cio por res­pues­ta.

—La ha­béis co­gi­do de la casa. Es­táis lo­cas. Nos pue­den de­nun­ciar por se­cues­tro. Lo que me fal­ta­ba. Sa­lir en las no­ti­cias como una de­lin­cuen­te. —No para de an­dar de un lado a otro y ha­bla más para sí mis­ma que para no­so­tras—. Es­ta­mos a pun­to de per­der todo lo que te­ne­mos. Lo úl­ti­mo que ne­ce­si­ta­mos es un es­cán­da­lo. Te­re­sa, dame a la niña, su ma­dre la es­ta­rá bus­can­do. —De re­pen­te, se de­tie­ne, coge el abri­go que está en­ci­ma del sofá, se lo pone y le tien­de las ma­nos a Te­re­sa pi­dién­do­le a la niña, que la aprie­ta con­tra su pe­cho, con fuer­za. La niña em­pie­za a llo­rar, su­pon­go que ten­drá ham­bre.

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