Pilar Mayo - Las maletas del olvido

Здесь есть возможность читать онлайн «Pilar Mayo - Las maletas del olvido» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Las maletas del olvido»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

Las maletas del olvido — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Las maletas del olvido», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Ha ter­mi­na­do de ha­blar y yo es­toy asi­mi­lan­do todo lo que me ha di­cho.

—¿No di­ces nada? No es una mala idea, ¿a qué no? —Se de­tie­ne y se pone fren­te a mí—. Tú tie­nes a tus hi­jas y a tu nie­ta, yo no ten­go a na­die. Siem­pre te digo que las co­sas pa­san por algo, si el des­tino ha pues­to a esta niña en mi ca­mino será con un pro­pó­si­to. Tú aho­ra tie­nes la mo­ti­va­ción de lu­char por re­cu­pe­rar a Inés. Yo no ten­go a na­die —re­pi­te esto úl­ti­mo como si la cul­pa fue­ra mía.

¿Cómo sa­brá que voy a in­ten­tar por to­dos los me­dios que Inés se re­cu­pe­re? No le he di­cho nada de mis con­ver­sa­cio­nes con Dios.

La ver­dad es que me pa­re­ce una idea un poco des­ca­be­lla­da. Mu­riel nos ha di­cho que esa chi­ca se dro­ga y no sa­be­mos cómo es y si anda me­ti­da en algo pe­li­gro­so.

—Te­re­sa, la vida no es un cuen­to de ha­das. No sa­bes nada de esa mu­jer. ¿Y si te hace algo? ¿No te da mie­do me­ter­la en tu casa? No todo el mun­do es tan bueno como tú. ¿Qué ha­rás cuan­do ten­gas que sa­lir?, ¿la en­ce­rra­rás? Si con­su­me dro­gas ten­drá que ir a un cen­tro de reha­bi­li­ta­ción, y no sa­be­mos si que­rrá pa­sar por eso. Es más com­pli­ca­do de lo que pa­re­ce. En caso de que acep­ta­ra no pue­des que­dar­te sola con ella, yo no es­ta­ría tran­qui­la, me da mie­do que pue­da ha­cer­te algo… —No sé si me arre­pen­ti­ré de lo que voy a de­cir­le, pero creo que es lo que debo ha­cer, a lo me­jor esta idea ab­sur­da sale bien; a lo peor, sa­li­mos to­das he­ri­das. Al fi­nal clau­di­co—: De acuer­do, ire­mos a ha­blar con ella. Si dice que sí, te ayu­da­ré y te apo­ya­ré; si dice que no, lle­va­re­mos jun­tas a la niña a la po­li­cía. Si esa mu­jer se vie­ne con no­so­tras y su­po­ne una ame­na­za, yo mis­ma me en­car­ga­ré de que des­apa­rez­ca de nues­tras vi­das.

—Sa­bía que di­rías que sí, te co­noz­co, sé que po­de­mos con­se­guir­lo, será un reto. Tú con Inés, yo con Amé­ri­ca y su ma­dre. —Me abra­za y aho­ra que no pue­do ver­le la cara me su­su­rra al oído—: No sa­bes lo tris­te que es no te­ner a na­die por quien le­van­tar­se cada ma­ña­na.

Me da una pena enor­me y de­seo que esta lo­cu­ra sal­ga bien. Vol­ve­mos a casa, hay que po­ner­se ma­nos a la obra, no po­de­mos de­jar pa­sar más tiem­po. Lo pri­me­ro que hago es lla­mar a la co­mi­sa­ría para de­cir que Mu­riel ha apa­re­ci­do. No hace ni un mi­nu­to que he col­ga­do cuan­do vuel­ve a so­nar el te­lé­fono.

—¿Sí?

—Bue­nos días, ¿la se­ño­ra Am­pa­ro Vega?

—Sí, soy yo.

—Hola, la lla­mo de la co­mi­sa­ría. Soy el ins­pec­tor Ra­fael Ve­las­co, ha­blé con us­ted ayer. Me ha di­cho un com­pa­ñe­ro que ha lla­ma­do para de­cir que ha apa­re­ci­do su nie­ta.

Por la voz, re­co­noz­co al agen­te que me aten­dió ayer; al agra­da­ble, no al otro ener­gú­meno. Qué poca san­gre, ni si­quie­ra sa­lió de esa pe­ce­ra en la que es­ta­ba me­ti­do y des­de don­de me mi­ra­ba con cara de be­su­go. Lo sal­vó el cris­tal. No pue­do evi­tar son­reír al re­cor­dar la cara con que me mi­ra­ba, de­bió pen­sar que es­ta­ba loca.

—Sí, gra­cias a Dios está todo so­lu­cio­na­do.

—¿Le im­por­ta que me pase por su casa para ha­cer­le unas pre­gun­tas a su nie­ta?

No pue­de ve­nir aquí, no pue­de ver a la niña. ¿Qué que­rrá pre­gun­tar­le a Mu­riel?

—Aho­ra no es un buen mo­men­to —digo, in­ten­tan­do qui­tár­me­lo de en­ci­ma.

—En­ton­ces ma­ña­na, es una cues­tión de pro­to­co­lo —in­sis­te.

—No sé si es­ta­ré.

—No se preo­cu­pe, lla­ma­ré an­tes de ir.

Vaya mala suer­te, ¿para qué que­rrá ve­nir? Si no hay nada que con­tar.

—Te­re­sa, que dice el agen­te que vie­ne ma­ña­na —digo des­pués de col­gar.

—¿Ma­ña­na? ¿Y para qué?

—No lo sé. Se ha em­pe­ña­do, que­ría ve­nir hoy. Te­ne­mos que so­lu­cio­nar cuan­to an­tes lo de Amé­ri­ca, cuan­do ven­ga no con­vie­ne que vea nada ex­tra­ño.

Le ex­pli­co por en­ci­ma a Inés lo que va­mos a ha­cer, me dice que vie­ne con no­so­tras, pero no po­de­mos lle­var allí a Mu­riel y no quie­ro que se que­de sola. Me mira y no dice nada, con­cen­tra la mi­ra­da en la niña que tie­ne en bra­zos y deja es­ca­par un sus­pi­ro de re­sig­na­ción.

—Te­ned cui­da­do —dice al cabo de un mo­men­to—, si en una hora no ha­béis vuel­to, lla­ma­ré a la po­li­cía.

He de con­fe­sar que ten­go mie­do por­que no sé lo que nos va­mos a en­con­trar. ¿Y si nos agre­den? Ya so­mos ma­yo­res y el chi­co que ha­bía allí nos dejó cla­ro que no que­ría vol­ver a ver­nos. Meto en el bol­so un bote de des­odo­ran­te en es­pray y le doy otro a Te­re­sa, por si aca­so los ne­ce­si­ta­mos para de­fen­der­nos, y miro el re­loj para sa­ber cuán­to tiem­po nos que­da.

Lle­ga­mos a la casa aban­do­na­da y, al ba­jar­nos del co­che, noto un nudo en la boca del es­tó­ma­go. Ten­go mie­do, es­ta­mos lo­cas, cómo nos he­mos me­ti­do en este lío. Esta vez no te­ne­mos que gri­tar, hay un chi­co en el pa­tio cui­dan­do las plan­tas. Qué raro, todo aban­do­na­do y lleno de por­que­ría y él re­gan­do las ma­ce­tas. Por suer­te no es el mis­mo de an­tes.

—¡Hola! Ve­ni­mos a ha­blar con Da­ko­ta.

—No está. ¿Para qué que­réis ha­blar con ella? ¿Y quié­nes sois? —nos dice sin de­jar de re­gar.

—Su abue­la y su tía —dice Te­re­sa.

—Jo­der con las ya­yas, su abue­la, dice. —El jar­di­ne­ro suel­ta la re­ga­de­ra y se acer­ca a no­so­tras son­rien­do—. Da­ko­ta no está —dice echán­do­nos el humo del ci­ga­rro en la cara a tra­vés de la ver­ja.

—Dile que sal­ga, no so­mos po­li­cías —suel­ta Te­re­sa, y pien­so que ha per­di­do el jui­cio.

—Jo­der, jo­der, qué bue­na. —El chi­co se ríe aho­ra a car­ca­ja­das, mien­tras se da pal­ma­das en la pier­na—. ¿Y cómo sé que no sois po­li­cías?

—Ten­drás que fiar­te de no­so­tras.

—Te­re­sa, por Dios, cá­lla­te.

Ya no sa­be­mos qué más de­cir­le, pero es­ta­mos de­ci­di­das a no mo­ver­nos de allí. Por suer­te, jus­to en ese mo­men­to, sale de la casa una mu­jer y se acer­ca a no­so­tras. Su­pon­go que será Da­ko­ta, por­que es igual de ne­gra que la niña. Está muy del­ga­da, la ropa que lle­va le va gran­de y está su­cia, ca­mi­na como si es­tu­vie­ra can­sa­da, arras­tran­do los pies. No sa­bría de­cir qué edad tie­ne. No es una ado­les­cen­te, pero po­dría te­ner vein­te o trein­ta años. Se deja caer en una si­lla vie­ja de mim­bre y nos mira como si su­pie­ra que te­ne­mos a su hija. Está como ida, pa­re­ce so­pe­sar qué ha­cer con no­so­tras. Te­re­sa em­pie­za a ha­blar­le, le ex­pli­ca lo que ha pa­sa­do, que su hija está bien y que quie­re que am­bas vi­van con ella. Yo creo que la chi­ca no en­tien­de nada de lo que mi ami­ga le está di­cien­do, ni si­quie­ra pes­ta­ñea.

Al cabo de un rato, no sa­be­mos aún por qué, se ha le­van­ta­do, ha sa­li­do de la casa y se ha mon­ta­do en el co­che sin re­chis­tar. Ten­go el pre­sen­ti­mien­to de que esto no va a sa­lir bien. Da­ko­ta —si es que ella es Da­ko­ta, por­que aún no ha abier­to la boca— debe de es­tar bajo los efec­tos de al­gu­na dro­ga, dor­mi­ta con la ca­be­za apo­ya­da en la ven­ta­ni­lla. Ade­más, hace un día ho­rri­ble, las nu­bes se han em­pe­ña­do en no de­jar pa­sar el sol, tam­po­co ayu­da que en esa casa no hu­bie­ra más que ga­tos ne­gros, a mon­to­nes. Me he fi­ja­do y todo lo que ha­bía en ese pa­tio era im­par: una si­lla, tres bom­bo­nas de bu­tano, un ca­rro de su­per­mer­ca­do, tre­ce ma­ce­tas, cin­co pe­rros. Eso tie­ne que ser una se­ñal, to­da­vía es­ta­mos a tiem­po; no quie­ro que Te­re­sa su­fra.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Las maletas del olvido»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Las maletas del olvido» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Las maletas del olvido»

Обсуждение, отзывы о книге «Las maletas del olvido» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x