Ha terminado de hablar y yo estoy asimilando todo lo que me ha dicho.
—¿No dices nada? No es una mala idea, ¿a qué no? —Se detiene y se pone frente a mí—. Tú tienes a tus hijas y a tu nieta, yo no tengo a nadie. Siempre te digo que las cosas pasan por algo, si el destino ha puesto a esta niña en mi camino será con un propósito. Tú ahora tienes la motivación de luchar por recuperar a Inés. Yo no tengo a nadie —repite esto último como si la culpa fuera mía.
¿Cómo sabrá que voy a intentar por todos los medios que Inés se recupere? No le he dicho nada de mis conversaciones con Dios.
La verdad es que me parece una idea un poco descabellada. Muriel nos ha dicho que esa chica se droga y no sabemos cómo es y si anda metida en algo peligroso.
—Teresa, la vida no es un cuento de hadas. No sabes nada de esa mujer. ¿Y si te hace algo? ¿No te da miedo meterla en tu casa? No todo el mundo es tan bueno como tú. ¿Qué harás cuando tengas que salir?, ¿la encerrarás? Si consume drogas tendrá que ir a un centro de rehabilitación, y no sabemos si querrá pasar por eso. Es más complicado de lo que parece. En caso de que aceptara no puedes quedarte sola con ella, yo no estaría tranquila, me da miedo que pueda hacerte algo… —No sé si me arrepentiré de lo que voy a decirle, pero creo que es lo que debo hacer, a lo mejor esta idea absurda sale bien; a lo peor, salimos todas heridas. Al final claudico—: De acuerdo, iremos a hablar con ella. Si dice que sí, te ayudaré y te apoyaré; si dice que no, llevaremos juntas a la niña a la policía. Si esa mujer se viene con nosotras y supone una amenaza, yo misma me encargaré de que desaparezca de nuestras vidas.
—Sabía que dirías que sí, te conozco, sé que podemos conseguirlo, será un reto. Tú con Inés, yo con América y su madre. —Me abraza y ahora que no puedo verle la cara me susurra al oído—: No sabes lo triste que es no tener a nadie por quien levantarse cada mañana.
Me da una pena enorme y deseo que esta locura salga bien. Volvemos a casa, hay que ponerse manos a la obra, no podemos dejar pasar más tiempo. Lo primero que hago es llamar a la comisaría para decir que Muriel ha aparecido. No hace ni un minuto que he colgado cuando vuelve a sonar el teléfono.
—¿Sí?
—Buenos días, ¿la señora Amparo Vega?
—Sí, soy yo.
—Hola, la llamo de la comisaría. Soy el inspector Rafael Velasco, hablé con usted ayer. Me ha dicho un compañero que ha llamado para decir que ha aparecido su nieta.
Por la voz, reconozco al agente que me atendió ayer; al agradable, no al otro energúmeno. Qué poca sangre, ni siquiera salió de esa pecera en la que estaba metido y desde donde me miraba con cara de besugo. Lo salvó el cristal. No puedo evitar sonreír al recordar la cara con que me miraba, debió pensar que estaba loca.
—Sí, gracias a Dios está todo solucionado.
—¿Le importa que me pase por su casa para hacerle unas preguntas a su nieta?
No puede venir aquí, no puede ver a la niña. ¿Qué querrá preguntarle a Muriel?
—Ahora no es un buen momento —digo, intentando quitármelo de encima.
—Entonces mañana, es una cuestión de protocolo —insiste.
—No sé si estaré.
—No se preocupe, llamaré antes de ir.
Vaya mala suerte, ¿para qué querrá venir? Si no hay nada que contar.
—Teresa, que dice el agente que viene mañana —digo después de colgar.
—¿Mañana? ¿Y para qué?
—No lo sé. Se ha empeñado, quería venir hoy. Tenemos que solucionar cuanto antes lo de América, cuando venga no conviene que vea nada extraño.
Le explico por encima a Inés lo que vamos a hacer, me dice que viene con nosotras, pero no podemos llevar allí a Muriel y no quiero que se quede sola. Me mira y no dice nada, concentra la mirada en la niña que tiene en brazos y deja escapar un suspiro de resignación.
—Tened cuidado —dice al cabo de un momento—, si en una hora no habéis vuelto, llamaré a la policía.
He de confesar que tengo miedo porque no sé lo que nos vamos a encontrar. ¿Y si nos agreden? Ya somos mayores y el chico que había allí nos dejó claro que no quería volver a vernos. Meto en el bolso un bote de desodorante en espray y le doy otro a Teresa, por si acaso los necesitamos para defendernos, y miro el reloj para saber cuánto tiempo nos queda.
Llegamos a la casa abandonada y, al bajarnos del coche, noto un nudo en la boca del estómago. Tengo miedo, estamos locas, cómo nos hemos metido en este lío. Esta vez no tenemos que gritar, hay un chico en el patio cuidando las plantas. Qué raro, todo abandonado y lleno de porquería y él regando las macetas. Por suerte no es el mismo de antes.
—¡Hola! Venimos a hablar con Dakota.
—No está. ¿Para qué queréis hablar con ella? ¿Y quiénes sois? —nos dice sin dejar de regar.
—Su abuela y su tía —dice Teresa.
—Joder con las yayas, su abuela, dice. —El jardinero suelta la regadera y se acerca a nosotras sonriendo—. Dakota no está —dice echándonos el humo del cigarro en la cara a través de la verja.
—Dile que salga, no somos policías —suelta Teresa, y pienso que ha perdido el juicio.
—Joder, joder, qué buena. —El chico se ríe ahora a carcajadas, mientras se da palmadas en la pierna—. ¿Y cómo sé que no sois policías?
—Tendrás que fiarte de nosotras.
—Teresa, por Dios, cállate.
Ya no sabemos qué más decirle, pero estamos decididas a no movernos de allí. Por suerte, justo en ese momento, sale de la casa una mujer y se acerca a nosotras. Supongo que será Dakota, porque es igual de negra que la niña. Está muy delgada, la ropa que lleva le va grande y está sucia, camina como si estuviera cansada, arrastrando los pies. No sabría decir qué edad tiene. No es una adolescente, pero podría tener veinte o treinta años. Se deja caer en una silla vieja de mimbre y nos mira como si supiera que tenemos a su hija. Está como ida, parece sopesar qué hacer con nosotras. Teresa empieza a hablarle, le explica lo que ha pasado, que su hija está bien y que quiere que ambas vivan con ella. Yo creo que la chica no entiende nada de lo que mi amiga le está diciendo, ni siquiera pestañea.
Al cabo de un rato, no sabemos aún por qué, se ha levantado, ha salido de la casa y se ha montado en el coche sin rechistar. Tengo el presentimiento de que esto no va a salir bien. Dakota —si es que ella es Dakota, porque aún no ha abierto la boca— debe de estar bajo los efectos de alguna droga, dormita con la cabeza apoyada en la ventanilla. Además, hace un día horrible, las nubes se han empeñado en no dejar pasar el sol, tampoco ayuda que en esa casa no hubiera más que gatos negros, a montones. Me he fijado y todo lo que había en ese patio era impar: una silla, tres bombonas de butano, un carro de supermercado, trece macetas, cinco perros. Eso tiene que ser una señal, todavía estamos a tiempo; no quiero que Teresa sufra.
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