Pilar Mayo - Las maletas del olvido

Здесь есть возможность читать онлайн «Pilar Mayo - Las maletas del olvido» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Las maletas del olvido»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

Las maletas del olvido — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Las maletas del olvido», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Ten­go un do­lor de ca­be­za ho­rri­ble y no sé cómo voy a ma­ne­jar la si­tua­ción con Mu­riel. Am­bas ne­ce­si­ta­mos tiem­po. Ma­ña­na iré a casa de mi ma­dre como si no hu­bie­ra pa­sa­do nada. No es el mo­men­to de ha­cer re­pro­ches, ade­más, temo que ella ten­ga más co­sas que re­pro­char­me a mí que yo a ella.

Al lle­gar a casa me en­cuen­tro a San­tia­go en el sofá con el por­tá­til en el re­ga­zo. No le­van­ta la vis­ta cuan­do en­tro, ni pre­gun­ta de dón­de ven­go; ni si­quie­ra pre­gun­ta por su hija. Paso por su lado sin mi­rar­lo para ir a mi ha­bi­ta­ción y lla­mo a Ar­tu­ro.

—Ten­go ga­nas de ver­te.

No ten­go que de­cir nada más.

Me du­cho, me vis­to de puta de lujo y voy a su en­cuen­tro, a ol­vi­dar­me por un rato de San­tia­go, de mi hija, de mi ma­dre, de Te­re­sa, de la niña ne­gra, de las ar­pías y, so­bre todo, de lo que he he­cho con mi vida.

CAPÍTULO 5

So­ñar con agua tur­bia: Se sien­te des­bor­da­do por una si­tua­ción o por sus sen­ti­mien­tos. Si sue­ña que hay una inun­da­ción sig­ni­fi­ca que se en­fren­ta a lu­chas y emo­cio­nes di­fí­ci­les.

Dejo a Mu­riel en la cama, se ha que­da­do dor­mi­da, y bajo a ver si ha lle­ga­do Inés con la com­pra. Te­re­sa está sen­ta­da en el sofá con la niña en bra­zos y, cuan­do me ve, la aprie­ta con­tra su pe­cho como si pen­sa­ra que se la voy a qui­tar. Me sien­to a su lado y per­ma­ne­ce­mos mu­das las dos, por­que no sa­be­mos qué de­cir­nos. La niña em­pie­za a llo­rar y Te­re­sa le can­ta una nana mien­tras la mece en sus bra­zos. Hay tan­ta ter­nu­ra en lo que dice o, me­jor di­cho, en cómo lo dice, que sien­to que no pue­do obli­gar­la a des­ha­cer­se de ella. Cuan­do lle­ga Inés le digo que pre­pa­re un bi­be­rón. Mien­tras, yo lleno el ba­rre­ño de la ropa con agua ca­len­ti­ta, no quie­ro me­ter a la niña en la ba­ñe­ra; es muy pe­que­ña. Lo co­lo­co en­ci­ma de la mesa del co­me­dor y voy a bus­car unas toa­llas y un mu­ñe­co que ten­go en­ci­ma de mi cama para qui­tar­le la ropa, no quie­ro po­ner­le lo que ha traí­do Inés sin la­var­lo an­tes.

La niña es pre­cio­sa, qué lás­ti­ma que la ha­yan aban­do­na­do, con la de gen­te que quie­re te­ner hi­jos y no pue­de. La vida es in­jus­ta.

—Am­pa­ro, te­ne­mos que po­ner­le nom­bre.

—¿Un nom­bre? ¿Para qué? Sa­bes que no po­de­mos que­dar­nos con ella.

—De to­das for­mas, te­ne­mos que lla­mar­la de al­gu­na ma­ne­ra mien­tras esté con no­so­tras. Tie­ne que ser un nom­bre que sig­ni­fi­que algo para no­so­tras. ¿Cómo se lla­ma­ba tu ma­dre?

—¿Mi ma­dre? Jus­ti­na. Des­car­ta­do. ¿Y la tuya?

—La mía, Blan­ca —dice mi­rán­do­me muy se­ria.

Nos en­tra una risa flo­ja, son los ner­vios con­te­ni­dos que se es­ca­pan en for­ma de car­ca­ja­da. Te­re­sa tie­ne una risa con­ta­gio­sa. Se ríe con todo el cuer­po.

—Casi pre­fie­ro Jus­ti­na —dice Te­re­sa sin pa­rar de reír. Río y llo­ro al mis­mo tiem­po, de mie­do por lo que ha pa­sa­do y de ali­vio al vol­ver a te­ner a Mu­riel con no­so­tras, que nos en­cuen­tra de esa gui­sa al en­trar al co­me­dor.

—Hola, ca­ri­ño —digo lim­pián­do­me las lá­gri­mas—. Sién­ta­te, que te pre­pa­ro algo de co­mer. —Quie­ro ac­tuar como si no hu­bie­ra ocu­rri­do nada, aun­que no sé si lo con­si­go. La miro de ma­ne­ra di­fe­ren­te, como si bus­ca­ra se­ña­les en su cuer­po que me ex­pli­quen qué ha he­cho esos dos días que ha es­ta­do fue­ra. Ella tam­po­co está como siem­pre, es­con­de la cara de­ba­jo del pelo y mira ha­cia el sue­lo. Se acer­ca a no­so­tras y, al ver a Te­re­sa con la niña, casi vuel­ve a ser la mis­ma.

—Abue­la, ¿qué hace aquí Amé­ri­ca?

—¿Amé­ri­ca?

—Sí. Es la hija de Da­ko­ta. La co­noz­co de la casa —dice esto úl­ti­mo en voz tan baja que casi no la oigo.

—Da­ko­ta, ¿qué cla­se de nom­bre es ese? —dice Te­re­sa.

Te­ne­mos que pen­sar qué ha­re­mos con Amé­ri­ca, aho­ra que sé su nom­bre no sé si me gus­ta­ba más Blan­ca.

Mu­riel se sien­ta en el sofá, más bien se es­con­de, por­que re­co­ge las pier­nas y se abra­za las ro­di­llas, como si qui­sie­ra des­apa­re­cer en­tre los hue­cos de los co­ji­nes. Al oír a Inés, que nos pre­gun­ta algo so­bre la can­ti­dad de le­che en pol­vo que tie­ne que po­ner, no le­van­ta la vis­ta, si­gue mi­rán­do­se la pun­ta de los pies como si aca­ba­ra de des­cu­brir que los tie­ne.

La niña se toma el bi­be­rón en un mo­men­to, es­ta­ba ham­brien­ta y no sa­be­mos si de­be­ría­mos dar­le más, ¿cuán­tos me­ses ten­drá? Sé que no po­de­mos que­dar­nos con ella, pero tam­bién sé que no po­de­mos de­vol­ver­la a aquel lu­gar, se­ría como de­jar­la mo­rir. To­da­vía no me ex­pli­co cómo está viva, si no hu­bié­ra­mos ido hoy no­so­tras, ¿qué hu­bie­ra sido de ella? In­te­rro­ga­mos a Mu­riel y nos cuen­ta que la ma­dre es jo­ven, cuan­do le pre­gun­to cómo de jo­ven nos dice que más ma­yor que ella, pero no tan­to como Inés. En­tre vein­te y trein­ta, cal­cu­la. No sabe si tie­ne no­vio, por­que la ha vis­to con va­rios chi­cos. Cuan­do tie­ne di­ne­ro se lo gas­ta en al­cohol y ma­rihua­na. Hace hin­ca­pié en que nun­ca ha­bía vis­to a la niña sola y que la cui­dan en­tre to­dos. Evi­to ha­cer nin­gún co­men­ta­rio. Sus ojos de­la­tan algo que no se co­rres­pon­de con la edad que tie­ne, es como si hu­bie­ra ma­du­ra­do de re­pen­te. De­fien­de a esa mu­jer como si qui­sie­ra jus­ti­fi­car­la, no quie­re que la juz­gue­mos como ma­dre por­que no la co­no­ce­mos.

Dejo a Mu­riel y a Inés con la niña y sal­go a ca­mi­nar con Te­re­sa, te­ne­mos que ha­blar. El ba­rrio es el mis­mo de siem­pre y el tra­yec­to es idén­ti­co al de otros días cuan­do sa­li­mos a pa­sear, por­que aquí no hay a dón­de ir, pero no­so­tras nos sen­ti­mos di­fe­ren­tes, ca­mi­na­mos como si no co­no­cié­ra­mos las ca­lles, como si an­du­vié­ra­mos per­di­das y nos die­ra mie­do no sa­ber qué va­mos a en­con­trar al do­blar las es­qui­nas.

—Te­re­sa, ¿qué va­mos a ha­cer? No pue­des que­dár­te­la, su ma­dre es­ta­rá bus­cán­do­la. Irá a la po­li­cía.

—Ya lo sé, pero no po­de­mos lle­var­la allí. Hay que pen­sar otra cosa, por­que tam­po­co creo que la so­lu­ción sea lla­mar a la po­li­cía. La de­ja­rán en un cen­tro de adop­ción, la bu­ro­cra­cia es muy len­ta, irá de casa en casa de aco­gi­da, eso en el me­jor de los ca­sos, y dudo mu­cho que su ma­dre vaya a la po­li­cía a re­cla­mar­la. ¿Tú has vis­to lo que ha­bía en esa casa?

—Pues ya me di­rás qué ha­ce­mos.

—Se me ha ocu­rri­do algo —dice y me coge del bra­zo mien­tras ca­mi­na­mos—. A lo me­jor te pa­re­ce un dis­pa­ra­te, pero yo pien­so que pue­de sa­lir bien, y me equi­vo­co po­cas ve­ces, ya lo sa­bes. No di­gas nada has­ta que ter­mi­ne de ha­blar, des­pués de­ci­di­re­mos en­tre las dos. He pen­sa­do que lo me­jor es que va­ya­mos a bus­car a la ma­dre, le de­ci­mos que te­ne­mos a la niña y le ofrez­co que se ven­ga a mi casa con ella. Yo las cui­da­ré con una con­di­ción: tie­ne que reha­bi­li­tar­se; si no ac­ce­de, lle­va­re­mos a la niña a la po­li­cía. Si quie­re a su hija dirá que sí. Si dice que no, no me­re­ce te­ner­la con ella.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Las maletas del olvido»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Las maletas del olvido» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Las maletas del olvido»

Обсуждение, отзывы о книге «Las maletas del olvido» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x