Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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En­tro al su­per­mer­ca­do, res­pi­ro hon­do y aga­rro el ca­rro con fuer­za. Cojo una bol­sa y la lleno de na­ran­jas, sin con­tar­las. Lue­go los to­ma­tes, tam­po­co los cuen­to. Rom­po la ru­ti­na de em­pe­zar por un pa­si­llo y lle­gar has­ta el fi­nal —aun­que no ne­ce­si­te nada de esos es­tan­tes— an­tes de pa­sar al si­guien­te.

Ya en las ca­jas, evi­to la nú­me­ro sie­te y la doce, las de siem­pre, y me voy a la uno. Es­toy su­dan­do y me tiem­blan las ma­nos, me sien­to como una ka­mi­ka­ze. Sal­go del su­per­mer­ca­do y dejo las bol­sas en el ma­le­te­ro de cual­quier ma­ne­ra. Al mon­tar­me en el co­che apo­yo la ca­be­za en el vo­lan­te y cie­rro los ojos, es­toy ma­rea­da. Ya está, lo he con­se­gui­do, esto es lo que de­ben de sen­tir los adic­tos cuan­do se es­tán des­in­to­xi­can­do.

De ca­mino a casa, me sien­to eu­fó­ri­ca y can­to en voz baja mien­tras sigo el com­pás de la mú­si­ca, re­pi­que­tean­do en el vo­lan­te con los de­dos.

Cuan­do apar­co, apa­go la ra­dio sin es­pe­rar a que ter­mi­ne la can­ción, al con­tra­rio de lo que sue­lo ha­cer. En­tro en casa y, al guar­dar la com­pra, arru­go las bol­sas de plás­ti­co. Es­toy con­ten­ta y sigo ta­ra­rean­do mien­tras saco las que es­tán per­fec­ta­men­te do­bla­das en un ta­rro de cris­tal y las des­do­blo, hago bo­las con ellas y las meto otra vez, apre­tu­ja­das. Des­or­deno los bo­tes de las es­pe­cias y cam­bio el or­den de los va­sos, in­ter­ca­lan­do los al­tos con los pe­que­ños de café. Pien­so en que no­so­tras, las tres, te­ne­mos los sen­ti­mien­tos des­or­de­na­dos por una u otra ra­zón y me pre­gun­to si no ven­drán de ahí mis ma­nías. Igual in­ten­to com­pen­sar el caos que ten­go en mi vida con el or­den en mi casa.

Ya está ano­che­cien­do y la eu­fo­ria ha des­apa­re­ci­do. No lo­gro sa­cu­dir­me la es­tú­pi­da sen­sa­ción de que algo va a sa­lir mal. No hago más que mi­rar el re­loj. Es­toy desean­do que den las doce para que lle­gue ma­ña­na, como si fue­ra una ce­ni­cien­ta mo­der­na y el cas­ti­go por sal­tar­me las nor­mas ter­mi­na­ra a esa hora. Me arre­pien­to de todo lo que he he­cho y or­deno los bo­tes de co­ci­na, no pue­do con este caos.

De­ci­do lla­mar a Mu­riel, se pon­drá con­ten­ta cuan­do le diga que pue­de ve­nir­se a vi­vir aquí, si quie­re.

A lo me­jor le va bien es­tar una tem­po­ra­da se­pa­ra­da de su ma­dre, has­ta que lo­gren en­ten­der­se. No me coge el te­lé­fono y me ex­tra­ña, ayer le es­cri­bí y tam­po­co con­tes­tó. A ve­ces tar­da en ha­cer­lo y otras se le ol­vi­da, pero no dos días se­gui­dos. Cuan­do le en­vío un wa­sap y veo que no le lle­ga, res­pi­ro hon­do y me digo que ten­go que tran­qui­li­zar­me. Pro­ba­ble­men­te se ha­brá que­da­do sin ba­te­ría. De­ci­do lla­mar a su casa, Ele­na es­ta­rá por­que hoy es la cena, si la lla­mo al mó­vil no lo co­ge­rá y des­pués se ex­cu­sa­rá di­cien­do que es­ta­ba muy ocu­pa­da, cuan­do lo úni­co que tie­ne que ha­cer es de­ci­dir qué mo­de­li­to va a po­ner­se.

—Re­si­den­cia de los Cano. Dí­ga­me.

—Agus­ti­na, soy yo. Dé­ja­te de tan­ta ce­re­mo­nia y dile a mi nie­ta que se pon­ga.

—La se­ño­ri­ta no está.

—Pues que se pon­ga mi hija.

—Ay, se­ño­ra, la se­ño­ra Ele­na me pi­dió que no la mo­les­ta­ra, se en­fa­da­rá con­mi­go si le lle­vo el te­lé­fono.

—Una ma­dre no de­be­ría ser mo­ti­vo de mo­les­tia. Llé­va­le el te­lé­fono y dile que, si no se pone, juro por Dios que no vol­ve­ré a di­ri­gir­le la pa­la­bra. —Agus­ti­na le re­pi­te mi ame­na­za, y la ra­bia cre­ce den­tro de mí cuan­do es­cu­cho que dice en voz baja que soy una pe­sa­da.

—Mamá, ¿qué quie­res? Me es­toy vis­tien­do para la cena, no ten­go tiem­po de ser­mo­nes.

—¿Dón­de está Mu­riel? He lla­ma­do para ha­blar con ella.

—Aquí no está. Se su­po­ne que es­ta­ba en tu casa. Des­de que se fue no ha vuel­to. —Al oír su res­pues­ta sien­to mie­do, el mie­do al que se re­fe­ría el ho­rós­co­po hace unos días. ¿Dón­de dia­blos es­ta­rá Mu­riel? Y lo que es peor, ¿es­ta­rá bien?

—Ayer la lle­vé a tu casa, me dijo que iba a ha­blar con­ti­go, que si no vol­vía era por­que es­ta­ba todo arre­gla­do y que se que­da­ba allí. La dejé en la puer­ta.

—Pues aquí no está. Ya ves que se ha em­pe­ña­do en fas­ti­diar­me la cena.

—Ele­na, no sa­bes dón­de está tu hija ni dón­de ha dor­mi­do, ¿y solo te preo­cu­pa esa mal­di­ta cena?

—Mamá, no seas dra­má­ti­ca, es­ta­rá en casa de al­gu­na ami­ga. Ma­ña­na apa­re­ce­rá para res­tre­gar­me por la cara que se ha sa­li­do con la suya.

—Si le pasa algo, no te lo per­do­na­ré nun­ca.

La cer­te­za de que ha ocu­rri­do una des­gra­cia me gol­pea el es­tó­ma­go de­ján­do­me sin alien­to. Algo ha su­ce­di­do, lo sé como se sa­ben esas co­sas que pre­sien­tes y en las que no quie­res pen­sar por te­mor a que se ha­gan reali­dad. Lla­mo a Te­re­sa in­me­dia­ta­men­te. Te­re­sa es mi ami­ga y ade­más es vi­den­te. Le ex­pli­co lo ocu­rri­do y me dice que es­ta­rá aquí en dos mi­nu­tos.

Voy a la ha­bi­ta­ción de Inés, que si­gue acos­ta­da y le re­ti­ro las sá­ba­nas brus­ca­men­te.

—Mu­riel ha des­apa­re­ci­do —le digo gri­tan­do—. Le­ván­ta­te, te­ne­mos que ir a bus­car­la.

—¿Que ha des­apa­re­ci­do?, ex­plí­ca­te. ¿Y a dón­de hay que ir a bus­car­la? ¿La has lla­ma­do al mó­vil?

—Sí, no con­tes­ta. He lla­ma­do a casa de tu her­ma­na, hace dos días que no sabe nada de ella, pen­sa­ba que es­ta­ba aquí, con no­so­tras. Hoy es la cena, se ha­brá es­ca­pa­do. Dos días por ahí, ¿dón­de es­ta­rá?, ¿dón­de ha­brá dor­mi­do? No me ha lla­ma­do, tie­ne que ha­ber­le pa­sa­do algo. Si le ha pa­sa­do algo malo, me mue­ro, es cul­pa mía, ten­dría que ha­ber­la de­ja­do que­dar­se aquí. Te­ne­mos que ir a la po­li­cía. Aho­ra vie­ne Te­re­sa, ella nos dirá si está bien. No ten­dría que ha­ber pa­ga­do en esa caja, ni ha­ber co­gi­do la fru­ta sin ton ni son, ¿por qué me ha­bré sal­ta­do los pa­si­llos del su­per­mer­ca­do? Voy a do­blar bien las bol­sas mien­tras lle­ga Te­re­sa.

—Mamá, por fa­vor, no te en­tien­do, para.

Inés me mira asus­ta­da y es la pri­me­ra vez des­de hace mu­cho tiem­po que veo algo en sus ojos y en su ac­ti­tud que no es de­si­dia ni apa­tía; y, por un ins­tan­te que dura solo una mi­lé­si­ma de se­gun­do, me ale­gro de que algo la haya he­cho reac­cio­nar, aun­que sea la des­apa­ri­ción de Mu­riel. No sé si eso me con­vier­te en una mala per­so­na, pero aho­ra no ten­go tiem­po para juz­gar­me. Abro el ar­ma­rio y le tiro la ropa en­ci­ma de la cama.

—Vís­te­te.

—Tran­qui­lí­za­te —dice—, aho­ra voy. Y cuén­ta­me otra vez lo que ha pa­sa­do, por­que no en­tien­do nada.

El tim­bre nos sal­va a las dos: a mí por­que evi­ta que le diga a Inés lo que pien­so so­bre su co­bar­día para en­fren­tar­se a los pro­ble­mas —sé que mis pa­la­bras pue­den ha­cer­le mu­cho daño y des­pués me arre­pen­ti­ría—; y a ella, por­que si lo es­cu­cha­ra la hun­di­ría para siem­pre, y eso es lo que me­nos ne­ce­si­ta­mos en es­tos mo­men­tos.

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