Entro al supermercado, respiro hondo y agarro el carro con fuerza. Cojo una bolsa y la lleno de naranjas, sin contarlas. Luego los tomates, tampoco los cuento. Rompo la rutina de empezar por un pasillo y llegar hasta el final —aunque no necesite nada de esos estantes— antes de pasar al siguiente.
Ya en las cajas, evito la número siete y la doce, las de siempre, y me voy a la uno. Estoy sudando y me tiemblan las manos, me siento como una kamikaze. Salgo del supermercado y dejo las bolsas en el maletero de cualquier manera. Al montarme en el coche apoyo la cabeza en el volante y cierro los ojos, estoy mareada. Ya está, lo he conseguido, esto es lo que deben de sentir los adictos cuando se están desintoxicando.
De camino a casa, me siento eufórica y canto en voz baja mientras sigo el compás de la música, repiqueteando en el volante con los dedos.
Cuando aparco, apago la radio sin esperar a que termine la canción, al contrario de lo que suelo hacer. Entro en casa y, al guardar la compra, arrugo las bolsas de plástico. Estoy contenta y sigo tarareando mientras saco las que están perfectamente dobladas en un tarro de cristal y las desdoblo, hago bolas con ellas y las meto otra vez, apretujadas. Desordeno los botes de las especias y cambio el orden de los vasos, intercalando los altos con los pequeños de café. Pienso en que nosotras, las tres, tenemos los sentimientos desordenados por una u otra razón y me pregunto si no vendrán de ahí mis manías. Igual intento compensar el caos que tengo en mi vida con el orden en mi casa.
Ya está anocheciendo y la euforia ha desaparecido. No logro sacudirme la estúpida sensación de que algo va a salir mal. No hago más que mirar el reloj. Estoy deseando que den las doce para que llegue mañana, como si fuera una cenicienta moderna y el castigo por saltarme las normas terminara a esa hora. Me arrepiento de todo lo que he hecho y ordeno los botes de cocina, no puedo con este caos.
Decido llamar a Muriel, se pondrá contenta cuando le diga que puede venirse a vivir aquí, si quiere.
A lo mejor le va bien estar una temporada separada de su madre, hasta que logren entenderse. No me coge el teléfono y me extraña, ayer le escribí y tampoco contestó. A veces tarda en hacerlo y otras se le olvida, pero no dos días seguidos. Cuando le envío un wasap y veo que no le llega, respiro hondo y me digo que tengo que tranquilizarme. Probablemente se habrá quedado sin batería. Decido llamar a su casa, Elena estará porque hoy es la cena, si la llamo al móvil no lo cogerá y después se excusará diciendo que estaba muy ocupada, cuando lo único que tiene que hacer es decidir qué modelito va a ponerse.
—Residencia de los Cano. Dígame.
—Agustina, soy yo. Déjate de tanta ceremonia y dile a mi nieta que se ponga.
—La señorita no está.
—Pues que se ponga mi hija.
—Ay, señora, la señora Elena me pidió que no la molestara, se enfadará conmigo si le llevo el teléfono.
—Una madre no debería ser motivo de molestia. Llévale el teléfono y dile que, si no se pone, juro por Dios que no volveré a dirigirle la palabra. —Agustina le repite mi amenaza, y la rabia crece dentro de mí cuando escucho que dice en voz baja que soy una pesada.
—Mamá, ¿qué quieres? Me estoy vistiendo para la cena, no tengo tiempo de sermones.
—¿Dónde está Muriel? He llamado para hablar con ella.
—Aquí no está. Se supone que estaba en tu casa. Desde que se fue no ha vuelto. —Al oír su respuesta siento miedo, el miedo al que se refería el horóscopo hace unos días. ¿Dónde diablos estará Muriel? Y lo que es peor, ¿estará bien?
—Ayer la llevé a tu casa, me dijo que iba a hablar contigo, que si no volvía era porque estaba todo arreglado y que se quedaba allí. La dejé en la puerta.
—Pues aquí no está. Ya ves que se ha empeñado en fastidiarme la cena.
—Elena, no sabes dónde está tu hija ni dónde ha dormido, ¿y solo te preocupa esa maldita cena?
—Mamá, no seas dramática, estará en casa de alguna amiga. Mañana aparecerá para restregarme por la cara que se ha salido con la suya.
—Si le pasa algo, no te lo perdonaré nunca.
La certeza de que ha ocurrido una desgracia me golpea el estómago dejándome sin aliento. Algo ha sucedido, lo sé como se saben esas cosas que presientes y en las que no quieres pensar por temor a que se hagan realidad. Llamo a Teresa inmediatamente. Teresa es mi amiga y además es vidente. Le explico lo ocurrido y me dice que estará aquí en dos minutos.
Voy a la habitación de Inés, que sigue acostada y le retiro las sábanas bruscamente.
—Muriel ha desaparecido —le digo gritando—. Levántate, tenemos que ir a buscarla.
—¿Que ha desaparecido?, explícate. ¿Y a dónde hay que ir a buscarla? ¿La has llamado al móvil?
—Sí, no contesta. He llamado a casa de tu hermana, hace dos días que no sabe nada de ella, pensaba que estaba aquí, con nosotras. Hoy es la cena, se habrá escapado. Dos días por ahí, ¿dónde estará?, ¿dónde habrá dormido? No me ha llamado, tiene que haberle pasado algo. Si le ha pasado algo malo, me muero, es culpa mía, tendría que haberla dejado quedarse aquí. Tenemos que ir a la policía. Ahora viene Teresa, ella nos dirá si está bien. No tendría que haber pagado en esa caja, ni haber cogido la fruta sin ton ni son, ¿por qué me habré saltado los pasillos del supermercado? Voy a doblar bien las bolsas mientras llega Teresa.
—Mamá, por favor, no te entiendo, para.
Inés me mira asustada y es la primera vez desde hace mucho tiempo que veo algo en sus ojos y en su actitud que no es desidia ni apatía; y, por un instante que dura solo una milésima de segundo, me alegro de que algo la haya hecho reaccionar, aunque sea la desaparición de Muriel. No sé si eso me convierte en una mala persona, pero ahora no tengo tiempo para juzgarme. Abro el armario y le tiro la ropa encima de la cama.
—Vístete.
—Tranquilízate —dice—, ahora voy. Y cuéntame otra vez lo que ha pasado, porque no entiendo nada.
El timbre nos salva a las dos: a mí porque evita que le diga a Inés lo que pienso sobre su cobardía para enfrentarse a los problemas —sé que mis palabras pueden hacerle mucho daño y después me arrepentiría—; y a ella, porque si lo escuchara la hundiría para siempre, y eso es lo que menos necesitamos en estos momentos.
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