Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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«Tita, no pue­des es­tar así, ese tío era un gi­li­po­llas. ¿No veías cómo le mi­ra­ba las te­tas a mi ma­dre? De­be­ría dar­te igual que te de­ja­ra, hay más hom­bres y más gua­pos. Es­tás muy gor­da, con lo gua­pa que eras. ¿Por qué no lla­mas a tus ami­gas? No sa­les nun­ca. Ade­más, a ve­ces es me­jor es­tar sola. Mira, mi ma­dre no quie­re a mi pa­dre ni él la quie­re a ella, eso es peor que que te de­jen. Cuan­do sea ma­yor, si me caso, no quie­ro es­tar con una per­so­na que no me quie­ra, pre­fie­ro que me deje, como te pasó a ti. ¿Para qué es­tar con un hom­bre que no te quie­re? Eso es en­ga­ñar al otro aun­que no le pon­gas los cuer­nos. Mis pa­dres no ha­cen nada jun­tos, no se quie­ren ni se so­por­tan. A mí tam­po­co me quie­ren. —Sus­pi­ró y es­pe­ró un poco an­tes de se­guir ha­blan­do—. Les da igual lo que haga, no se preo­cu­pan si me voy a casa de una ami­ga el fin de se­ma­na y no los lla­mo, ellos no me lla­man para nada, no sa­ben si es­toy bien o si me ha pa­sa­do algo. Al­gu­na vez he lle­ga­do a casa bo­rra­cha des­pués de una no­che de fies­ta y ni si­quie­ra me han re­ñi­do, han he­cho como que no han vis­to nada. A ti la abue­la te quie­re y se preo­cu­pa por ti, qué suer­te, y tú llo­ran­do por ese im­bé­cil. ¿Por qué no te des­car­gas una app para bus­car pa­re­ja? —Ahí le cam­bió la voz, es­ta­ba emo­cio­na­da con su ocu­rren­cia y noté cómo se in­cor­po­ró en la cama—. Po­ne­mos una foto fal­sa por si te en­cuen­tras a al­gún co­no­ci­do, a lo me­jor co­no­ces a al­guien in­tere­san­te, aun­que sea para ha­blar, pue­de ser di­ver­ti­do. Esta no­che te lo pien­sas y me di­ces algo. Tita, te quie­ro. Mu­cho. Bue­nas no­ches».

Me dio mu­cha pena por ella y por mí. Pen­sar que tus pa­dres no te quie­ren debe de ser ho­rri­ble, aun­que no fui ca­paz de de­cir­le que yo tam­bién la quie­ro. Es­tu­ve es­pe­ran­do a que apa­ga­ra la luz de la lam­pa­ri­ta, pero ni que­dán­do­nos a os­cu­ras me sa­lió de­cír­se­lo. Me sen­té en la cama y me que­dé un rato así, es­pe­ran­do a ver si era ca­paz de de­cir­le que no es­ta­ba sola y que la que­ría. Me hu­bie­ra gus­ta­do me­ter­me en su cama y abra­zar­la, pero pen­sé que no ca­bría­mos las dos, por­que es­toy muy gor­da, y que yo igual le daba asco. Solo un abra­zo, eso me hu­bie­ra gus­ta­do, acom­pa­sar mi res­pi­ra­ción a la suya. ¿En qué me es­toy con­vir­tien­do? Quie­ro a esta niña como si fue­ra mía, a ve­ces pien­so que la quie­ro más que su pro­pia ma­dre. Cuan­do era pe­que­ña pa­sa­ba mu­chas tem­po­ra­das en casa; sus pa­dres via­ja­ban mu­cho, es lo que tie­ne ser rico. Mi her­ma­na está cie­ga. ¿No se da cuen­ta de que toda esa re­bel­día es para lla­mar la aten­ción? Ella está fe­liz de la vida solo con que Agus­ti­na le diga «se­ño­ra esto, se­ño­ra lo otro». ¡Qué ri­dí­cu­la! No la en­vi­dio para nada, hay co­sas que el di­ne­ro no pue­de com­prar.

Saco un pa­que­te de dó­nuts de cho­co­la­te y me sien­to con la caja en el re­ga­zo. Pa­seo la vis­ta por la co­ci­na y veo todo per­fec­ta­men­te or­de­na­do, no hay nada fue­ra de su si­tio: los bo­tes de las es­pe­cias con la eti­que­ta ha­cia de­lan­te; los pa­ños de co­ci­na do­bla­dos to­dos igual, per­fec­tos; las bol­sas de plás­ti­co den­tro de un ta­rro de cris­tal, me­ticu­losa­men­te do­bla­das. Me chu­po los de­dos an­tes de co­ger otro dó­nut. A mi her­ma­na le po­nen en­fer­ma las ma­nías de mi ma­dre; a mí me dan igual, la mu­jer no hace daño a na­die. Se cree me­jor que no­so­tras. No vie­ne casi nun­ca y, cuan­do lo hace, me mira con cara de asco, debe de odiar a los gor­dos; ella luce cuer­pa­zo de gim­na­sio y te­tas ope­ra­das.

Si hu­bie­ra algo que me de­vol­vie­ra las ga­nas de vi­vir… Ne­ce­si­to un em­pu­jón, yo sola no pue­do. Al prin­ci­pio es­ta­ba hun­di­da, algo des­pués hice un es­fuer­zo, pero ya me fue im­po­si­ble. Sé que por mu­cho tiem­po que pase y, aun­que me re­cu­pe­re, nun­ca vol­ve­ré a ser la mis­ma: algo se rom­pió den­tro de mí el día que me dejó. El pa­sa­do no deja de ve­nir a vi­si­tar­me, me lle­va de pa­seo, me mon­ta en el tren de los re­cuer­dos, un tren del que no me quie­ro ba­jar, y poco im­por­ta que aban­do­na­ra esa ma­le­ta en el ca­mino, la tris­te­za via­ja li­ge­ra de equi­pa­je.

CAPÍTULO 3

So­ñar con pes­ta­ñas: Es de mal au­gu­rio. Si sue­ña que se le caen sig­ni­fi­ca que algo va a ir mal. So­ñar que tie­ne las pes­ta­ñas cor­tas quie­re de­cir que va a llo­rar mu­cho por una des­gra­cia.

Como si ne­ce­si­ta­se un re­cor­da­to­rio de lo que está pa­san­do, la pan­ta­lla del or­de­na­dor se en­car­ga de ad­ver­tir­me para que no me ol­vi­de. ¿Para qué ha­bré mi­ra­do el sig­ni­fi­ca­do del sue­ño? ¡Qué ton­te­ría! ¿Cómo va a sa­ber na­die lo que sig­ni­fi­ca un sue­ño? Es me­jor no ha­cer caso, creer­se es­tas co­sas es de gen­te in­cul­ta, como dice Ele­na.

Hoy es sá­ba­do, el día de la cena con la fa­mi­lia del so­cio de mi yerno. Mu­riel se ha em­pe­ña­do en que no va y su ma­dre en que vaya. Aho­ra es cues­tión de ver quién pue­de más. Esta no­che la lla­ma­ré, ayer la lle­vé a su casa para que se sen­ta­ra a la mesa en esa di­cho­sa cena. Des­pués, si quie­re, pue­de mu­dar­se con­mi­go. Nun­ca se lo he per­mi­ti­do, aun­que me lo ha pe­di­do mon­to­nes de ve­ces. Te­nía la ab­sur­da es­pe­ran­za de que las co­sas se arre­gla­rían en­tre ellas, pero me temo que eso no va a pa­sar. Solo es­pe­ro que, con el paso del tiem­po, mi hija se dé cuen­ta de lo mal que lo está ha­cien­do. Mu­riel no se me­re­ce pa­sar la ado­les­cen­cia en esa casa, tan fal­ta de amor y tan lle­na de men­ti­ras y en­ga­ños.

Sal­go a com­prar y no pue­do qui­tar­me de la ca­be­za lo ab­sur­do que es bus­car el sig­ni­fi­ca­do de los sue­ños. Me sien­to en un ban­co por­que no me en­cuen­tro bien. Des­de hace años ten­go unas ma­nías que no lo­gro de­jar atrás. Es­toy con­ven­ci­da de que si dejo de ha­cer de­ter­mi­na­das co­sas, su­ce­de­rá algo malo. Como si que las mu­je­res de mi casa sea­mos unas in­fe­li­ces no fue­ra ya su­fi­cien­te ca­tás­tro­fe. To­das so­mos des­gra­cia­das. Es­ta­mos de­jan­do es­ca­par la vida, como se es­ca­pa la are­na de la pla­ya en­tre los de­dos cuan­do quie­res re­te­ner­la en tus ma­nos.

Cuan­do el pa­dre de mis hi­jas me aban­do­nó no tuve tiem­po para la­men­tar­me. Cla­ro que llo­ra­ba, cada día, pero se­guí vi­vien­do. Tuve que criar­las yo sola, sin ayu­da y sin di­ne­ro; pero no re­cuer­do esa épo­ca como una eta­pa gris. A nues­tra ma­ne­ra, lo pa­sá­ba­mos bien. Les es­con­dí mi pena, o eso pen­sa­ba yo. Qui­zá no lo hice tan bien y aho­ra re­pi­ten un pa­trón apren­di­do. ¿Cuán­do em­pe­za­ron a tor­cer­se las co­sas? No lo sé, pero sí sé que no se arre­gla­rán por­que do­ble las toa­llas de una ma­ne­ra de­ter­mi­na­da o pon­ga los li­bros or­de­na­dos de más grue­sos a más fi­nos, ni por te­ner que po­ner la la­va­do­ra siem­pre en el nú­me­ro tres. Nun­ca he pues­to otro pro­gra­ma, da igual si hay mu­cha ropa o poca. Me da pa­vor ha­cer las co­sas de otra ma­ne­ra. Lo he in­ten­ta­do y soy in­ca­paz.

Hoy pre­sien­to que me van a dar una mala no­ti­cia, pa­re­ce que lla­me al mal tiem­po, así que de­ci­do de­jar de ha­cer to­das esas co­sas irra­cio­na­les y dis­pa­ra­ta­das pro­pias de una men­te en­fer­ma.

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