Pilar Mayo - Las maletas del olvido

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Las maletas del olvido: краткое содержание, описание и аннотация

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Amparo es una mujer peculiar llena de supersticiones y de manías que rozan la obsesión.Sus días transcurren sin altibajos, hasta que tras un suceso inesperado, todo su universo parece desmoronarse y el caos asoma a su vida. Amparo no dudará en hacer lo que sea necesario para que sus hijas, Elena e Inés, puedan volver a encontrarse a sí mismas y plantarle cara de aquello que las atormenta. Incluso si eso significa enfrentarse de una vez por todas a un pasado que no es capaz de dejar atrás. Las maletas del olvido es una emotiva historia narrada a tres voces que gira alrededor de un personaje inolvidable: Amparo, que representa el amor incondicional de una madre y su lucha para que sus hijas vuelvan a ser felices.

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En la pe­lu­que­ría ten­go que es­pe­rar un poco y la ca­be­za no deja de dar vuel­tas. Ten­go una re­vis­ta en las ma­nos, aun­que no leo nada, es­toy es­cu­chan­do a la mu­jer que está sen­ta­da a mi lado y no sé si reír­me o llo­rar. Está ha­blan­do con la pe­lu­que­ra, dan­do lec­cio­nes de cómo ser una bue­na ma­dre y una per­fec­ta ama de casa. Me pa­re­ce in­creí­ble.

Dice que no hay que apun­tar a los ni­ños a ac­ti­vi­da­des ex­tra­es­co­la­res, que es me­jor es­tar con ellos, que hay pa­dres que los apar­can allí para qui­tár­se­los de en­ci­ma. Nada de pre­co­ci­na­dos, a ella le gus­ta co­ci­nar. Para ce­nar, ver­du­ra y pes­ca­do a la plan­cha; si al­gún día toca piz­za , como un ex­tra, no por nor­ma, la masa la hace ella. La co­mi­da no se sir­ve en la co­ci­na, aun­que sea más in­có­mo­do hay que lle­var la sopa al co­me­dor, con una so­pe­ra. Hay que de­di­car tiem­po a los hi­jos, dice, por­que si no, lue­go te sa­len mal. La miro con des­ca­ro y ella me son­ríe, como si pen­sa­ra que le es­toy dan­do la ra­zón. Me fijo en que luce una ma­ni­cu­ra per­fec­ta y que va pin­ta­da como una puer­ta, por lo que se ha te­ni­do que pa­sar un buen rato de­lan­te del es­pe­jo. Ade­más va ves­ti­da de ma­ne­ra im­pe­ca­ble, no me la ima­gino ha­cien­do todo eso que pre­di­ca. Me es­toy po­nien­do en­fer­ma. Qué mier­da de ma­dre y ama de casa he de­bi­do de ser. Ade­más de ha­ber­lo he­cho tan mal nun­ca he te­ni­do una so­pe­ra.

La ma­dre per­fec­ta no exis­te, aun­que para mí es­ta­ría más cer­ca de ser­lo la que cría a sus hi­jas sola por­que su ma­ri­do des­apa­re­ce para siem­pre des­pués de de­ci­dir que quie­re vi­vir la vida y que le vie­ne gran­de el ofi­cio de pa­dre. La que se le­van­ta a las cin­co de la ma­ña­na para de­jar la co­mi­da pre­pa­ra­da por­que tra­ba­ja tan­tas ho­ras en una mier­da de fá­bri­ca que si no co­ci­na­ra de ma­dru­ga­da no ten­dría tiem­po para es­tar con ellas des­pués. La que no se da un ca­pri­cho nun­ca por­que el di­ne­ro no al­can­za y, a ra­tos, está tan ago­ta­da que le mo­les­tan has­ta sus hi­jas. Y lle­ga in­clu­so a plan­tear­se si no hu­bie­ra sido me­jor no te­ner­las, para arre­pen­tir­se en­se­gui­da de esos pen­sa­mien­tos que ha­cen que se sien­ta una mala per­so­na y una ma­dre ne­fas­ta. Esa mis­ma que mien­te a lo gran­de y les dice que su pa­dre se ha te­ni­do que ir a tra­ba­jar fue­ra, que no vie­ne a ver­las por­que está muy le­jos y tra­ba­ja mu­cho para que no les fal­te de nada, por­que su papá las quie­re más que a nada en el mun­do. Des­pués, de no­che, a es­con­di­das, es­cri­be car­tas que echa al co­rreo para que ellas pien­sen que se las ha es­cri­to él.

Los re­cuer­dos due­len, a pe­sar del tiem­po que ha pa­sa­do, y por un ins­tan­te pien­so que me echa­ré a llo­rar, por­que ellas no eli­gie­ron a su pa­dre, la cul­pa­ble fui yo, que no supe ele­gir. La mu­jer de la ma­ni­cu­ra per­fec­ta me ha es­tro­pea­do el día, si­gue ha­blan­do sin pa­rar, no se ca­lla y me está dan­do do­lor de ca­be­za. In­ten­to no es­cu­char­la, cosa que me re­sul­ta muy di­fí­cil. Las ga­nas de llo­rar aprie­tan y pien­so en que a lo me­jor si hu­bie­ra te­ni­do una so­pe­ra y hu­bie­ra he­cho to­das esas co­sas que dice mi ma­ri­do no se hu­bie­ra ido con otra.

Le digo a la pe­lu­que­ra que no me en­cuen­tro bien, que ven­dré otro día, y me voy a casa. Me sien­to de­rro­ta­da y me pre­gun­to si la si­tua­ción que es­tán vi­vien­do aho­ra mis hi­jas es una con­se­cuen­cia del aban­dono de su pa­dre y de ha­ber te­ni­do una ma­dre a ve­ces au­sen­te, por­que no po­día lle­gar a todo, y a ve­ces ab­sor­ben­te por el mis­mo mo­ti­vo, y no sé si to­das es­ta­mos to­ca­das psi­co­ló­gi­ca­men­te ni has­ta cuán­do se­re­mos ca­pa­ces de so­por­tar esta si­tua­ción.

Inés

Ya se han ido. ¿Por qué no me de­ja­rán tran­qui­la? Qué pe­sa­da que es mi ma­dre. Sé que se preo­cu­pa por mí, pero a ella no la de­ja­ron plan­ta­da el día an­tes de su boda con el piso mon­ta­do ni tuvo que lla­mar a los in­vi­ta­dos para anu­lar la ce­re­mo­nia sin sa­ber qué de­cir. ¿Qué ex­pli­ca­ción po­día dar? ¿Que el no­vio ha­bía des­cu­bier­to que es­ta­ba enamo­ra­do de otra mu­jer, a pe­sar de que el día an­tes ha­bía he­cho el amor con la que es­ta­ba a pun­to de con­ver­tir­se en su es­po­sa y con quien iba a com­par­tir el res­to de su vida?

A ra­tos lo dis­cul­po di­cién­do­me a mí mis­ma que fue ho­nes­to: no me que­ría y no hu­bié­ra­mos sido fe­li­ces. Pero la ma­yo­ría del tiem­po lo odio por lo que me hizo: no ha­bía ne­ce­si­dad de es­pe­rar tan­to, de­bió ha­ber­me de­ja­do an­tes. Y esa ma­ne­ra co­bar­de de de­cír­me­lo, por te­lé­fono, sin atre­ver­se a dar la cara.

¿Cómo es que no me di cuen­ta an­tes? Me mar­ti­ri­zo pen­san­do eso, en lo cie­ga que es­tu­ve. Qui­zá si no hu­bie­ra sido tan in­ge­nua no lo hu­bie­ra pa­sa­do tan mal des­pués. Per­der algo que no es per­fec­to no due­le tan­to, aun­que para mí él lo era y nues­tra re­la­ción tam­bién. Lo peor de todo fue te­ner que ir a re­co­ger mis co­sas al piso en el que íba­mos a vi­vir. Me dio la sen­sa­ción de es­tar va­cian­do los ar­ma­rios de un di­fun­to. Me ha­bía ima­gi­na­do lo do­lo­ro­so que de­bía ser des­ha­cer­se de las per­te­nen­cias de un ser que­ri­do cuan­do fa­lle­ce; y ahí es­ta­ba yo, sa­can­do co­sas de los ca­jo­nes, lle­nan­do ca­jas y ma­le­tas sin po­der pa­rar de llo­rar; con mi ma­dre ayu­dán­do­me e in­ten­tan­do ani­mar­me a su ma­ne­ra, que no siem­pre es la me­jor. Ten­dría que ha­ber­le he­cho caso y ha­ber lle­na­do una ma­le­ta de re­cuer­dos y de pa­sa­do, como si todo lo que viví con él no hu­bie­ra exis­ti­do, ce­rrar­la y ti­rar la lla­ve. Pero ¿cómo se hace eso? «Inés, deja una ma­le­ta va­cía y llé­na­la de las co­sas que quie­ras ol­vi­dar, tó­ma­te tu tiem­po y mete todo lo que no quie­ras re­cor­dar por­que te hará daño. La de­ja­re­mos ti­ra­da por el ca­mino, así, cuan­do ten­gas la ten­ta­ción de re­cor­dar, pen­sa­rás en que es me­jor ol­vi­dar, mete lo que due­le en una ma­le­ta y aban­dó­na­la». No qui­se de­cir­le que no, aun­que me pa­re­cía ri­dícu­lo. Es­ta­ba tan he­cha pol­vo que todo me daba igual. Lo que a cual­quie­ra le pa­re­ce­ría un dis­pa­ra­te, en mi ma­dre es lo más nor­mal del mun­do. Me dejó sola en una ha­bi­ta­ción con una ma­le­ta va­cía abier­ta, una li­bre­ta y un boli, para que hi­cie­ra una lis­ta con todo de lo que que­ría des­ha­cer­me. La ti­ra­mos en un con­te­ne­dor an­tes de lle­gar a casa. Lás­ti­ma, por­que aban­do­né la ma­le­ta allí, pero tra­je con­mi­go lo que ten­dría que ha­ber­se que­da­do en su in­te­rior y no soy ca­paz de ha­cer que des­apa­rez­ca.

Cuan­do lo ana­li­zo, pien­so que ya de­be­ría sen­tir­me bien, pero el amor es irra­cio­nal. Cada vez es­toy más gor­da, todo me que­da pe­que­ño y, como sal­go po­quí­si­mo, ni me vis­to. Lo úni­co que con­ser­vo de mi vida an­te­rior son los la­bios pin­ta­dos de rojo. Esa boca que tan­to le gus­ta­ba a él. Siem­pre me de­cía que mis la­bios es­ta­ban he­chos para ser be­sa­dos. Cuan­do me miro al es­pe­jo es lo úni­co bo­ni­to que veo. La cara me ha en­gor­da­do y la pa­pa­da me tapa el cue­llo has­ta un pun­to que pa­re­ce ha­ber des­apa­re­ci­do; sin em­bar­go, no pue­do de­jar de co­mer. Como no ten­go bas­tan­te con mi ma­dre, ano­che Mu­riel me hizo sen­tir fa­tal.

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