Ezequiel Cisnero Torres - Las crónicas de Jonathan
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Venice interrumpe con una ligera sonrisa.
—¿Te imaginas a un hombre casado con una vampiresa?
Alejandro lo mira con seriedad.
—Me lo imagino, sí que me lo imagino, no tiene nada de malo, no tiene de malo si es vampiresa, si es freezzies, si es anders, lo que importa es que sería bueno que ambos miembros de la pareja se quisieran, no importa si son ricos o pobres.
Venice le coloca una mano en el hombro derecho a su amigo Arthur.
—Sin que te ofendas ¿Te imaginas a tu hija casada con un campesino, o con un cazador?
Arthur le quita la mano de encima a Venice.
—No me la imagino, ni me la imaginaré. ¿A qué viene todo eso Alejandro?
—Sencillo, todo eso viene porque yo les ofrezco a Neykis y Doss si se casan, mi reino como herencia, pero solo se deben casar si se aman.
—El amor surge con el tiempo—opinó Venice.
—El amor surge tal vez con el tiempo, pero a primera vista, como mínimo, hay que estar ilusionados, porque de lo contrario nunca surgirá el amor.
—¿Eres de ese criterio Arthur?—preguntó Venice.
—No sé, desde un primer momento estuve enamorado de Sofía, no sé si con el tiempo es que surge el amor o es a primera vista.
Alejandro se para, lleva el libro a su lugar, regresa y se vuelve a sentar.
—¿Y cuál es la segunda cosa que explica el libro?—pregunta Arthur.
—Esa, que el amor es de primera vista, puede manifestarse de tres formas distintas, el gusto, que es cuando esa persona te gusta, te sientes atraído por ella, pero podrías vivir con otra que te guste e incluso enamorarte de alguien más; la ilusión, ves a una persona que te resulta atractiva y desearías estar con ella, formar una pareja, sueñas incluso con ella, pero si no lo logras, te propones encontrar otra y desbaratas esa; y por último, la obsesión, ves a una persona y de primera vista te vuelves loco por ella, quieres tenerla y no deseas otra cosa que no sea esa, no duermes y comes bien poco, apenas te alcanza el tiempo para pensar en otra y si te acuestas a dormir solo, hasta algunas lágrimas puedes derramar.
—¿Ese es el amor? Tonterías—dijo Venice.
—Es el inicio del amor, porque se convierte verdaderamente en amor cuando logras tu objetivo, cuando el hombre conquista a la mujer y ella lo ama con la misma intensidad, el amor no puede estar incompleto, no puede ser de una parte, si una naranja estuviese picada a la mitad, pronto dejaría de ser naranja—concluyó su explicación Alejandro.
Al final el rey Arthur aceptó que su hija se convirtiera en la esposa del príncipe Doss, ellos tenían muchas cosas en común, aunque no se conocían a la perfección, pero algo de química debió existir de cuando niños, ya que aunque intercambiaban pocas palabras, en las visitas que uno le hacía al otro rey acompañado de su chaval, siempre terminaban por halarse los pelos, y como la muchachita era más débil, niña delicada al fin, siempre terminaba perdiendo y se ponía a lloriquear hasta que algún adulto acudía al rescate, pero fuera de eso, sí existía química entre ellos, aunque hacía varios años que no se veían, ni se sentían, ni se preocupaba el uno por el otro, pero no dejo de insistir —al menos eso querían hacer entender los monarcas— que la química existía.
Los tres monarcas conversaron un tiempo más y después cada cual se retiró a descansar. Había sido un día algo intenso y con el próximo amanecerlos visitantes partirían hacia sus respetivas ciudades, y Alejandro se quedaría viviendo su vida por el momento sin muchas preocupaciones.
—No te olvides que la próxima vez nos vemos en Frostest—le dijo Alejandro al rey Arthur.
—Lo tendré en cuenta—respondió.
Así los monarcas de Frostest y Dower salieron al unísono con sus soldados para sus respectivos reinos. Había mucho camino por delante.
¿Quién era Neykis? Neykis era una linda joven de veinte años, cabello totalmente rubio, que dada la época en la que se encontraba no podía usar colorantes, por lo que su cabello era natural, tenía un cuerpo bastante exaltante, con la figura femenina muy bien definida, tanto por las perfectas caderas como por los senos primaverales, sus ojos, más verdes que los de un gato enamorado tratando de defender a su gata, su piel, tan blanca y delicada que de tan solo mirarla los pelos se le ponen de punta al dichoso, porque es increíble la perfección de la muchacha, de tal forma que no existe figura humana más perfecta en toda la tierra en los años de la princesa de Frostest. Como princesa no hacía honor a su cargo, si nos la imaginamos como otras princesas que por otras historias hemos conocido, esta era bastante rebelde, en el sentido que no le gustaba estar cautiva, le gustaba salir del palacio real sin el consentimiento de sus padres y sin escoltas, pero era sumamente dulce y modesta, no se empecinaba en ser la “princesa del reino” para sus caprichos, sin embargo no estaba de más que en ciertas ocasiones usara sus dones.
Mientras su padre estaba en Sauma, reunido con los reyes de Sauma y Dower, ella se le escapó a su madre, que no le hacía mucho caso a sus travesuras porque las consideraba muchachadas incapaces de poner en peligro su persona o a otros. Neykis, encontrándose en su alcoba, una de las más grandes habitaciones del Palacio, que tiene dos ventanales en la parte de atrás seguidos por un corredor aéreo, que no la comunica más que con el olor a libertad y los pájaros que deciden de vez en cuando posarse para que la princesa los alimente, pero que no tiene salida de ningún tipo, decidió hacer alguna travesura, pero no con mala intensión.
Había que bajar por allí a pesar de que estuviera a una altura de más de siete metros, y no contara con ninguna escalera dentro de la habitación. Mientras alimentaba algunas palomas mansas, una de las cuales comía de su mano con la mayor seguridad que no sería atrapada, pensaba y pensaba, colocando sus neuronas a funcionar en cómo bajar por allí. ¿Y por qué no bajar por la escalera normal, salir por la puerta como sale una jovencita normal? No tendría gracias entonces, quizás pensó, quizás ni siquiera lo hizo. Algún bombillo se le encendió, alguna idea le surgió, la princesa entró a su habitación de inmediato, lanzándole al suelo el poco de maíz que aún le quedaba en las manos para que las palomas terminaran de comerlo si se les antojaba en otro lugar que no fuera su delicada extremidad. La muchacha agarró dos de sus sábanas y ató una a la otra, de forma tal que al medirla comprobó, que exactamente llegaban hasta el suelo. Amarró la soga creada con sábanas reales a un fuerte adoquín y comprobó que fuera lo suficientemente resistente como para no provocarle una dolorosa caída. Después se decidió a emprender la tarea que ya había pensado de antemano, bajar por aquella peligrosa “soga”, pero su decidida rudeza femenil la conllevó a que cumpliera la misión sin ningún tipo de contratiempos, en un abrir y cerrar de ojos estaba en el suelo, y lo que es mejor, nadie, absolutamente nadie la había visto, al menos que ella se lo creyera.
En sus andares decidió ir al establo y ordenó que le prepararan un caballo, que quería cabalgar, a pesar que el siervo no estaba muy decidido a preparárselo no le quedó otra alternativa que hacerlo, fue vencido por la dulzura y belleza de la joven princesa, y por su rango.
—Señorita, si su madre me coge preparándole este corcel, me cuelga.
—Pues no le colgara, que aquí estoy yo para eso.
El siervo la mira y sonríe.
—Usted dice eso, pero su madre es con mis disculpas, un poco recia.
La princesa ni siquiera le prestó atención a que le llamaran recia a su madre.
—¡Dale! ¡Prepáramelo!
De esa forma el siervo, mirando su cara tan perfecta, que esconde una sonrisa tímida, de una joven tan buena como la que nadie nunca ha podido llegar a imaginar, le preparó el corcel para que la muchacha a expensas de que a él lo colgaran una vez que llegara el rey, como escarmiento público por hacer lo que no se debe. Pero al final, valía la pena morir de esa forma, porque era irresistible la princesa. Tan tierna. El siervo la veía como una hija, de las que ha de tener, pero mucho más fina que las que él por su fortuna —que no tiene ninguna— ha podido crear. La joven comenzó a dar un recorrido por diversas áreas de la ciudad en su potro, pero por áreas a las que normalmente no va gente de Palacio, para evitar ser perseguida por guardias, si total, no corría ningún tipo de peligro en la ciudad, ya que es más tranquila que una gallina tratando de sacar a sus pollitos. Fue a lugares que algunos se dignan, y se sienten orgullosos de decir arrabales porque se creen seres superiores por lo que han adquirido materialmente, pero nadie es mejor que nadie por las propiedades, algunos somos de cierta forma superior cuando empleamos modestia, cuando ganamos en conocimiento, no para demostrarlo, sino para ayudar. Ella no era de las que se creían mejor que nadie, vivía su vida con modestia, sin rechazar el papel que le había tocado jugar —aunque la vida no se pueda comparar con un juego—. Y la gente no dejaba de admirar a la princesa, estaban sorprendidos ¿Qué hacía por allí? Le rendían culto, agachaban la cabeza, pero nadie sobrepasaba los límites. Después, de regreso a donde había comenzado todo, sin la más mínima intensión de devolver el caballo, un potro de un color negro reluciente, decidió ir más allá de las murallas, pues la puerta se encontraba abierta para que los campesinos y comerciantes pudieran salir a cumplir con el trabajo, por supuesto, estaba vigilada por un grupo de soldados que solo la cerraban con la puesta del sol o en alguna situación de peligro, pero hacía mucho que no había situaciones peligrosas. La princesa le dijo al caballo «arre» y el animal salió trotando a buena velocidad. Los guardias la vieron salir por allí como una saeta, no les dio tiempo detenerla, y tampoco tenían autoridad para hacerlo, algunos fueron a informar a la reina Sofía, madre de la muchacha, la cual se encontraba al frente del reino en ese momento; otros tomaron riendas de sus respectivos caballos y a seguirla. Ella se había dado cuenta que tenía guardaespaldas, pero eso era previsible desde el mismo momento que tomó la decisión, ya no le importaba, había visto bastante en algunos lugares marginales, o en sitios más populares, donde sencillamente la realeza no asiste, y ahora se disponía a ver algo delante de la murallas, las cuales estaban allí por una razón, en tiempos antiguos los humanos eran atacados por waiks, para alimentarse de ellos, hacía rato que no había un ataque, pero no por ello se podían descuidar, además aun quedaban los vampiros, que era la raza más fuerte que se ha visto, y su alimento resultaba ser la sangre, aunque atacaban solos o en pequeños grupos y nunca habían dejado vivo a nadie, tampoco habían podido capturar alguno para estudiarlo; y quedaban los ejércitos organizados de los vulcanos, que hacía cuatro siglos habían atacado las ciudades humanas. Además, fuera de las murallas podía haber aduladores, violadores o quién sabe qué cosa en este mundo extraño. Incluso habían quien creía que las míticas serpientes gageas existían, esas que si te muerden te convierten en un humano vegetalizado, porque tienen un letal veneno, que no te mata, te paraliza, y según dice la leyenda, solo la sangre de un profeta podría curar a quien fuese víctima de una de ellas. Y muchas más cosas podían existir fuera de esas murallas necesarias para la supervivencia de un tranquilo pueblo, tal este como los otros que existían en el mundo.
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