Charles Sheffield: Las crónicas de McAndrew

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  • Название:
    Las crónicas de McAndrew
  • Автор:
  • Издательство:
    Ediciones B
  • Жанр:
    Триллер / на испанском языке
  • Год:
    1991
  • Город:
    Barcelona
  • Язык:
    Испанский
  • ISBN:
    84-406-1441-1
  • Рейтинг книги:
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Como Newton en el siglo XVII o Eintein en el XX, McAndrew es el genio indiscutido de la física del siglo XXII. Los , minúsculos agujeros negros cargados y en rotación, no tienen secretos para quien ha descubierto la forma de usarlos como fuente de energía. Su dominio de la ciencia y un sin par sentido práctico le llevan a inventar los más sorprendentes artilugios como la primera nave interestelar sin efectos de inercia. La pilota su compañera, la capitana Jeanie Roker y juntos explorarán a fondo el sistema solar interior, el Halo de cometas que le rodea y llegarán a viajar a Alfa Centauro, en medio de las más sorprendentes situaciones. Seguir a McAndrew en sus aventuras es adentrarse con gran amenidad en un mundo de brillante especulación y saborear las delicias de la inteligencia.

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Charles Sheffield

Las crónicas de McAndrew

A Larry Niven, cuyos relatos me hicieron volver a la ciencia ficción; a Jim Baen, quien compró mi primer cuento y me alentó a seguir escribiendo; y a Jerry Pournelle, cuya insistencia para que escribiera un «buen relato de agujeros negros» dio origen a McAndrew y Jeanie Roker.

INTRODUCCIÓN — LAS CRÓNICAS DE McANDREW

Los escritores, lectores y críticos de ciencia ficción solemos fracasar a la hora de definir correctamente el género. No obstante, todos coincidimos en que existe una particular rama que se suele denominar «ciencia ficción hará». Los adeptos a esta variante opinan que es la única subdivisión que justifica la palabra «ciencia» en la ciencia ficción, y que todo lo demás es mera fantasía. Y para describir esta especialidad emplean adjetivos como «auténtica», «científicamente correcta», «extrapolativa» o «ingeniosa». A quienes no les gusta, les parece pesada y aburrida, y la describen como «desprovista de personajes», «mecánica», «puros artefactos», o «cohetes y pistolas de rayos». Hay quienes no soportan la ciencia ficción hard… y hay quienes no saben leer otra cosa.

La ciencia ficción hard puede definirse de modos muy diversos. Mi definición favorita es de corte operativo: si uno puede suprimir de un relato la ciencia y la especulación científica sin perjudicarlo mucho, no es ciencia ficción hard. Otra definición popular que no me gusta tanto es ésta: en un relato de ciencia ficción hard, las técnicas científicas de observación, análisis, teoría lógica y ensayos experimentales deben emplearse indistintamente de dónde o cuándo transcurra la escena. El problema que encuentro a esta definición es que, de aceptarla, muchos relatos de misterio se incluirían en el género de la ciencia ficción hard.

Sea cual sea la definición correcta, no suele haber dificultad a la hora de decidir si un libro es o no de ciencia ficción hard. Y si bien un escritor nunca sabe bien qué ha escrito en un libro, y los lectores a menudo extraen cosas que nunca fueron incluidas conscientemente, creo sin lugar a dudas que el libro que tienen entre las manos es de ciencia ficción hard. Espero que, sobre todo, sea leído como tal. Siendo así, asumo una especial responsabilidad para con el lector, que deriva de mis primeras experiencias con la ciencia ficción.

Descubrí el género por mí mismo siendo adolescente (como casi todo el mundo que conozco: en la escuela nos torturaban con Wordsworth y Bunyan, mientras Clarke y Heinlein eran placeres privados para después de clase). Lo que sabía de ciencia auténtica era muy poco; así, devoraba todo lo que caía en mis manos y luego regurgitaba a mis amigos todo aquello que las revistas de ciencia ficción etiquetaban de «científico». Eso no tardó en forjarme una reputación de persona avezada en teorías y datos, muchos de ellos erróneos, y otros decididamente insólitos. Los escritores no se molestaban en distinguir las teorías científicas, que tomaban prestadas, de las originales especulaciones nada sistemáticas que inventaban en sus relatos. Yo tampoco.

Lo sabía todo sobre los canales de Marte, los estanques de polvo de la Luna, las ciénagas de Venus, la propulsión de Dean, la dianética, y la máquina de Hieronymus. Creía que el hombre estaba más emparentado con el cerdo que con el mono; que los átomos eran sistemas solares en miniatura; que uno podía lanzar un hombre a la Luna con un cañón (creencia que no subsistió a mi primer semestre de Dinámica); que la glándula pineal era sin duda un rudimentario tercer eje y probablemente el asiento de las facultades paranormales; que los experimentos de Rhine en la Universidad Duke habían hecho de la telepatía una rama incuestionable de la ciencia moderna; que con un poco de ingenio y algunas piezas electrónicas uno podía construir en el jardín trasero de su casa una nave espacial para llegar a la Luna; y que, por muchas razas extrañas que hubiese dispersas por toda la galaxia, los humanos siempre serían la especie más inteligente, maravillosa y mejor dotada del universo.

Esto último tal vez sea verdad. Como había señalado Pogo tiempo atrás, verdadero o falso, en ambos sentidos es un juicio sumamente sensato.

Lo que necesitaba era un resumen sintetizado, una «chuleta» oficial. En el colegio las había sobre las obras de Shakespeare. Eran pequeños resúmenes sorprendentemente buenos que perfilaban el argumento, decían quién hacía qué y por qué, y hasta nos informaban exactamente en qué pensaba Shakespeare cuando escribió la obra. Si no decían qué había almorzado ese día era sólo porque esa pregunta nunca aparecía en los exámenes.

En aquel entonces no lo sabía, pero lo que me faltaba eran las «chuletas». De haber tenido la información equivalente respecto a la ciencia ficción, no habría asegurado a mis amigos (como hice) que los cerebros de los robots industriales funcionaban con positrones, que los libros de Dirac y Blackett nos conducirían a una propulsión más rápida que la luz, o que en los cuadernos de Leonardo da Vinci estaban todos los detalles necesarios para construir un cohete capaz de volar hasta la Luna.

Como ya dijo Mark Twain, lo que produce problemas no es lo que no sabemos, sino lo que sabemos que no es así( ). Por eso este libro viene con «chuleta» incluida. El Apéndice elucida la ciencia real, que se basa en las teorías de hoy y es coherente con ellas (aunque tal vez no con las de mañana), y la separa de la «ciencia» que he inventado en estos relatos. He intentado trazar una clara línea divisoria, en el umbral donde los hechos se detienen para dejar paso a la ficción. Pero incluso el material inventado pretende ser coherente con lo que hoy se conoce, y partir de la ciencia actual. No contradice las teorías vigentes, si bien no encontrarán ningún trabajo sobre él en el Physical Review ni en el Astrophysical Journal.

Es decir, aún no. Pero dentro de unos años… ¿quién sabe?


CHARLES SHEFFIELD,

noviembre de 1982.

PRIMERA CRÓNICA — VECTOR DE MUERTE

Cuando Yifter llegó a bordo, en el Nivel de Control todos tenían alguna razón para estar trabajando en la popa. Había una seguridad extrema, desde luego. En realidad, nadie podía ni acercarse sin tener un buen motivo. No obstante, tratábamos de curiosear todo lo posible: uno no suele tener ocasión de ver a un hombre que ha matado a mil millones de personas.

Al lado de Yifter venía Bryson, de la Coordinadora Planetaria. No estaban esposados, ni nada melodramático por el estilo. Superado cierto nivel de notoriedad, los criminales son tratados con cierta deferencia e incluso con respeto. Bryson y Yifter hablaban de modo amistoso, aunque estaban en medio de un grupo de altos oficiales de seguridad, todos con actitud vigilante y armados hasta los dientes.

Llevaban la seguridad al extremo. Cuando me acerqué para saludar a Bryson y su prisionero, dos guardias me detuvieron antes de que pudiera aproximarme a distancia mortal, y se mantuvieron a mi lado mientras nos presentaban. Hace tiempo que no vivo en la Tierra, y seguramente sabían que no tengo parientes cercanos en ella, pero no querían correr riesgos. Yifter era un potencial blanco de venganzas personales: mil millones de personas dejan muchos amigos y parientes.

A una distancia de un metro, el aspecto de Yifter no hacía honor a su reputación. Era de altura mediana, y de tipo menudo. Tenía cabello crespo, prematuramente cano, y ojos suaves y tristes. Me sonrió con aire cansado y tolerante mientras Bryson nos presentaba.

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