El mundo era de cierta forma bastante distinto de cómo había sido muchos años precedentes. Las ciudades humanas vivían en completa armonía, estaban muy unidas entre sí. Las diferencias no eran necesarias, pues todos tenían aspiraciones similares, construir una vida de la mejor forma posible. El amor era una historia común en no pocos protagonistas y las amenazas de peligro inminente estaban desaparecidas desde hacía muchos años. No existía un enemigo potencial que los mantuviera en jaque, podían mantener un intercambio bastante racional sin miedo a ser asaltados por malhechores en medio de las actividades de mercadeo y comercio. Cada cual llevaba su vida sin que nadie más estuviere metiendo las narices con el único objetivo de quitar algo, la armonía y la paz eran la luz natural con la que cada cual se estaba iluminando.
Las ciudades humanas se limitaban a cualquier tipo de relación con los anders o freezzies porque todavía existía una espina clavada en su interior de lo que había sucedido con generaciones anteriores, tanto anders como freezzies se habían negado unirse a los humanos para enfrentar a los vulcanos. Sin embargo, existía cierta colaboración en determinados temas, como la medicina, los freezzies siendo los más desarrollados en cuanto a este punto ayudaban en ocasiones a los humanos, el líder de los mismos era bastante flexible desde que había nacido su hija, aunque nunca fue una persona negativa, sencillamente no le gustaban las guerras aun cuando fuesen defensivas.
Los humanos tenían intereses muy grandes, pero en estos tiempos estaban deseosos que las cosas fueran como en los tiempos de La Pravia, cuando la humanidad era una sola. Ahora existían tres grandes reinos con tres ciudades capitales amuralladas, cada cual tenía una corona y, por supuesto, no se iban a fusionar. Sin embargo, el deseo de los monarcas era precisamente que eso sucediera, no en tales momentos, sino en un futuro no muy lejano. La mejor forma de lograrlo era el matrimonio, solo que uno más uno suma dos, y hay tres ciudades humanas, una de las cuales no cuenta con príncipe heredero al trono, la cuenta matemática daba a la perfección. Ahora solo sería necesario que la voluntad de los reyes y príncipes fuera la misma, para poder realizar un gran negocio jurídico, de forma tal que los reinos en no mucho tiempo se unieran.
A veces no hace falta ni la voluntad de los hijos, pues los padres se creen con el derecho de disponer sobre ellos. Cada cual debe ser capaz de decidir qué es lo más importante para sí, porque es la única forma de encontrar la felicidad, y si un padre dispone algo sin contar con su hijo o su hija, desconocerá si el creado por su amor —en caso de que haya sido creado de esa forma—, pueda llegar a forjar este sentimiento. La vida es difícil, más difícil se nos haría si no somos nosotros quienes elegimos el camino. Los soberanos deben tener en cuenta ese pequeño detalle si en verdad quieren a sus hijos. Si existe el amor, las palabras estarán de más, pero si no existe, nunca alcanzarán para remediar el error cometido, la vida habrá sido vivida en vano aun cuando se deje fortuna, hijos y fama.
En una reunión establecida entre Arthur, Venice y Alejandro, reyes de Frostest, Dower y Sauma respectivamente decidieron que el tópico a tratar sería el futuro de la humanidad, siendo ellos los únicos soberanos de los humanos. Su pretensión era la de unir los tres reinos, y en la misma el único que no tenía heredero era el rey Alejandro. Pero la amistad que existía entre ellos les hacía importar poco quien se quedaría con la torta, pues lo importante al final sería la “unión de todos los humanos”. No es necesario estar en diferentes puntos y con diferentes concepciones cuando todos vivimos con necesidades similares, cuando todos aspiramos a tener una vida sana, salva y duradera. Basta ya de las autocracias y las diferencias por cuestiones de poder, no es necesario para emprender un confortable camino por la vida.
En un gran salón, colmado de libros de la época y de épocas anteriores, con algunas butacas de estilo pravense, estaban sentados sobre tres de los muebles los reyes Arthur, Venice y Alejandro. Tomaba una taza de té cada cual, la bebida preferida por el rey anfitrión.
Alejandro sorbiendo un trago de té, una vez que le bajó hasta el fondo del estómago se prestó a decir algunas palabras.
—No ha sido para nada mala nuestra reunión, como cada año, hemos intercambiado, hemos visto cierto progreso en nuestras sociedades, desde el punto de vista económico, nuestras relaciones han sido buenas, no parece que vayan a convertirse en malas, pero las canas nos van saliendo —el rey se mira el pelo—. ¡No! Parece que me quedan algunos años todavía —absurdo, el rey estaba en la mitad de la década de los cuarenta—, pero en algún momento voy a ser un viejecito con bastón (…)
—Todos lo seremos—expresó Venice.
—Sí, pero, yo no tengo hijos, al menos que sepa —echó una sonrisa pícara—. Ustedes dejarán su reino en buenas manos, Doss es un maravilloso joven, Neykis es la muchacha más perfecta que pueda existir, lo apuesto.
—¿Qué dices?—preguntó Arthur.
Otro trago de té fue a la boca del anfitrión, sus compañeros lo imitaron.
—La pregunta correcta sería ¿Qué propongo?
—¿Pues qué propones?—preguntó Venice que parecía estar desesperado.
—Miren, la amistad que nosotros hemos mantenido por años es impenetrable, y nunca, nunca voy a olvidar todos los buenos momentos. Más de veinte años tomando té, más de veinte años practicando cartie —un tipo de juego de la época similar al pin pon—, veinte años riéndonos, platicando, somos buenos amigos.
Arthur se levanta para poner la taza de té vacía en una mesa que estaba a unos tres metros de distancia, Venice le da la suya para no pararse y Alejandro toma el último trago para que su amigo le haga el favor también.
—¿Qué dices o qué propones entonces?—preguntó Venice mientras Arthur todavía estaba de pies.
Alejandro mira a Arthur mientras regresa y se sienta.
—Yo les doy mi reino, le dejo todo lo que tengo, menos las mujeres, claro, si Neykis y Doss se comprometen en matrimonio, si se casan.
Los monarcas a la escucha fruncieron el ceño, era de asombro, pero en ningún momento sentían que les faltaba el respeto. No era una idea absurda, tenía completa razón. ¿Quién podía ser mejor para Neykis que Doss? ¿Quién podía ser mejor para Doss que Neykis?
—Es una idea que he pensado muchas veces, ellos tienen la misma edad, así que no será un problema, al menos no por mi parte—dijo Venice.
—No, ni por la mía tampoco, yo también lo he pensado muchas veces, solo que, es una niña todavía, no quisiera introducirle la idea de compromiso—dijo Arthur.
Alejandro sonrió.
—Eres un padre muy caprichoso. Ella no es «una niña todavía», ella es la jovencita más bonita, más hermosa y más perfecta de todo el mundo, no hay una mujer en la tierra que se compare con su belleza, así que no creo que sea tan niña.
El rey Arthur hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Bueno, de cierta forma no es una niña (…).
—Ella necesita sentirse viva, es una mujer, y el amor la haría sentirse así—dijo Venice tratando que el rey Arthur aceptara el casamiento.
Alejandro se para, camina hacia un estante lejano, donde hay varios libros de grosor considerable, toma uno de unos tres centímetros de ancho con la cubierta de color negro, se podía leer en la parte de adelante “Temas de amor”.
—Este libro es muy bueno, lo leí en una ocasión, cuando me sentí algo triste, no sé quien lo escribió, pero tiene mucha razón, hay dos cosas muy importantes que dice el escritor o que da a entender —Alejandro hojea el libro pero al parecer no lo puede encontrar—. No encuentro lo que busco, hace mucho tiempo que lo leí, bueno, dice este libro que para el amor no hay límites, ni de edad, ni de posición ni de raza (…)
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