Ezequiel Cisnero Torres - Las crónicas de Jonathan

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Las crónicas de Jonathan narra las aventuras de un joven devenido en vampiro que se enfrenta a la lucha entre dos reinos y sus profetas y que tendrá que hacer hasta lo imposible por salvar la vida, de Neykis, quien yace victima de la magia en espera de un milagro que parece no llegar.El protagonista conocerá los misterios de su pasado, se valdrá de la sangre que circula por sus venas, compartirá historias y caminos con otros personajes pilares, y llegará a un punto que no tiene vuelta atrás: el enfrentamiento con el más sagaz tirano y enemigo que pueda existir, el profeta Von Cross. Nadie ha sido capaz de superarle y solo si se le destruye se lograría sacar al mundo de las tinieblas en las que se ha sumido.Las crónicas de Jonathan es una novela escrita con un lenguaje sencillo, con contextos cuidadosamente concatenados y personajes sólidos. Narrativa llena de fantasía plástica

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La primera batalla se produjo en la zona central de La Pravia. Los vulcanos tenían ventaja en un aspecto muy importante, la detección del enemigo, los waiks eran capaces de detectar por el olor o el sonido a cualquier humano a una distancia considerable y tenían una capacidad de olfateo mejor que la de cualquier can conocido hasta el momento en los tiempos actuales del mundo, por lo que el trabajo de exploración sería más fácil para ellos. Los humanos estaban al tanto de estas capacidades, por ello, debían hacer algo para enfrentarse a las adversidades y poder vencerlas. Si permitían que estos seres no racionales los delatasen fácilmente, se podían dar por muertos.

Había una escuadra designada para desactivar la exploración vulcana, la que se encontraba estática en el páramo. Más fango en el cuerpo y más hedor a bicho muerto que un ave de rapiña. Aquellos hombres totalmente enmascarados no se observaban en los alrededores de un pantano. Su misión, esperar que pasara la exploración, enfrentárseles y eliminarlos. Debían usar cerbatanas con dardos envenenados para poder neutralizar a los soldados, y flechas con el mismo veneno para eliminar a los felinos del enemigo. Los soldados vulcanos se fueron acercando sin imaginar que existía un vacío en la detección que hacían sus guías, y que dentro de pocos instantes sería puesto en práctica. En ese caso, eran más temidos los waiks que los vulcanos, por tanto a los últimos había que eliminarlos sutilmente para no levantar revuelo en los felinos y a los otros después, no importaba si haciendo ruido o sin hacerlo.

La cuestión fue que cuando los exploradores vulcanos estuvieron cerca de los soldados humanos, los dardos se les comenzaron a clavar y fueron goteando de uno en uno, o varios a la vez, morían al instante, el veneno era letal. Los waiks no se asombraron de lo que pasaba, en fin de cuentas no eran seres racionales, solo tenían cierta capacidad, pero no podían interpretar los sucesos. Después los soldados humanos comenzaron a disparar flechas contra los felinos, lo cual sí los alertó y alteró, fueron muriendo cada uno de ellos, aunque no dejaron de causar daños a sus rivales, algunos soldados del rey Adriano perecieron en la misión, pero fue todo un éxito a pesar de las bajas, porque el objetivo había sido cumplido. Esto no significaba que la guerra estuviera ganada, pues solo se trataba de una escuadra de exploración enemiga, había que eliminar a las demás, y aun así, existían divisiones sobre waiks, que seguían siendo tan peligrosas como los exploradores, dada la capacidad y fortaleza de los mismos.

Las fuerzas humanas de La Pravia Central fueron tomando posiciones ventajosas, hasta situarse en un lugar destinado al enfrentamiento directo de los enemigos. La batalla no se hizo esperar. Al ser detectados por los vulcanos el enfrentamiento fue la única salida posible, pero precisamente con ese objetivo lo habían hecho. Los arqueros de Vulcania pusieron su sistema a funcionar, miles de flechas comenzaron a volar por el aire, el Jerarca estaba decidido a ganar la batalla, no existía ni la más mínima indisposición, porque la derrota no estaba en su vocabulario. Con la lluvia de flechas la muerte les hacía compañía a los soldados pravenses, quienes se refugiaban entre los árboles, los cuales en la zona no resultaban ser tan frondosos y por tanto eran insuficientes para detener lo que se les avecinaba. Podían morir todos bajo la sombra, o podían intentar llegar a la meta, el caballero que estaba al frente de las fuerzas esperaba el momento oportuno. Cuando las flechas llevaban varios minutos volando y causando bajas, que los vulcanos creyeron haber eliminado el grueso de los humanos, el jerarca ordenó el avance de la caballería, pues a pesar de la ferocidad de los waiks, él prefería conservarlos para cubrirse en caso necesario. Ahora venía la segunda fase, para la cual los humanos sí estaban preparados. Comenzaron a formar dos filas de soldados, desde lo lejos se podía apreciar que se trataba de una barrera, todo con el objetivo de detener el avance de la caballeriza enemiga. Encima de los árboles se subieron varios arqueros que estaban camuflajeados, otros se veían pero le prestaban la menor importancia a la situación. Mientras esto ocurría la caballeriza vulcana se les venía encima, y no precisamente como buenos amigos, al menos, no lo aparentaban. Se produjo el gran choque, los soldados humanos que estaban en la barrera sacaron enormes lanzas y los arqueros desde los árboles o desde la parte de atrás comenzaron a lanzar flechas y eliminar vulcanos o caballos, a veces ambos. Las lanzas hicieron el resto del trabajo, los atacantes caían ensartados, los que perdían sus caballos y quedaban en pies tenían que luchar contra los espadachines que habían tomado posición detrás. La batalla arrojó una conclusión, la caballeriza vulcana había sido eliminada.

Después el caballero no dejó a los invasores pensar, reflexionar o adaptarse al golpe, inmediatamente una caballeriza humana salió de entre los árboles, estaban adentrados y se abalanzó a toda velocidad contra los arqueros vulcanos y contra los soldados sobre waiks. El combate fue de frente a frente. Más seguidamente los hombres que andaban a pies siguieron los rastros de los caballos, paladines, piqueros y arqueros sabían que no podían ceder ni un pedacito de suelo, porque si los vulcanos se recuperaban no habría forma de detenerlos. Bajas había por ambos lados, los waiks eran hueso duro de roer pero iban siendo eliminados poco a poco, primero o después de los soldados que los montaban. El jerarca entendió que la batalla estaba a punto de perderla, sin embargo es de destacar algo, en ningún momento pretendió escaparse, tomó una espada, y sobre el lomo del waik en el que se encontraba comenzó a luchar y a eliminar humanos hasta que su waik recibió varios flechazos y cayó muerto. El jerarca continuó luchando desde el suelo, seguía eliminando humanos hasta que una flecha lanzada por el caballero se le clavó en el pecho, con la distancia de varios metros se miraron fijamente a los ojos, el fin había llegado para él, otra flecha lanzada sin compasión alguna por el líder humano se le clavó en el pecho y un paladín que pasaba cerca concluyó el trabajo, le clavó la espada en el mismo lugar para que le viera a la cara mientras la vida se le escapaba.

La batalla en La Pravia Central había tenido un feliz desenlace para los humanos a pesar de las disimiles bajas, habían demostrado que los vulcanos no eran invulnerables, que se podía luchar contra ellos sin temor alguno, y sobre todo, que podían ser vencidos. Para darle una mayor combatividad a sus fuerzas enseguida el rey Adriano ordenó comunicar a las tropas de La Pravia del Este y La Pravia Occidental de la victoria, así lucharían con una actitud de vencedores, y una mayor moral combativa. Los combates en las dos Pravias restantes no se hicieron esperar, la victoria tampoco. En La Pravia Occidental sufrieron un poco más al principio por los daños causados por los arqueros y por el uso de las catapultas, pero en un avance relámpago lograron desactivar las catapultas y enfrentar a los arqueros hasta extinguirlos. Ganó el bien sobre el mal como debe ser, pero los malos no cedieron ni un pedacito voluntariamente, hubo que quitárselos por la fuerza, hubo que arrancarles sus vidas de las entrañas, para que con ellas no intentaran expandirse más.

Vulcania perdió su guerra contra la humanidad en las tierras de La Pravia, todo había sido cuestión de una mala decisión de El profeta, que únicamente sería salvada si las fuerzas destinadas a atacar Bloonding encontraban el éxito. De lo contrario todo había sido un fracaso, malo para ellos, bueno para los humanos y demás especies. Por supuesto, tanto El profeta como La profetiza conocían de los reveses porque tenían visión a través del Oráculo, que era una bola de cristal, pero que no era indispensable, porque su visión la podían lograr en sueños, o en cualquier pedazo de cristal o espejo. Ellos podían ver todo lo que sucedía con los mortales, al menos en las tierras más cercanas, hasta los montes de Sátura, que están donde se esconde el sol, o las tierras del este, donde nace el astro rey. Von Cross se había puesto furioso, Ivonne no se sentía bien porque apreciaba cualquier vida, pero por dentro sentía cierta satisfacción, bien que alertó al profeta de las consecuencias. Por su parte los humanos se habían llenado de júbilo tras la victoria, pero no por ello iban a bajar la guardia, porque no conocían a ciencia exacta si se habían enfrentado a toda la fuerza vulcana disponible o si serían enviados más soldados. Ahora la exploración y la inteligencia debían hacer su trabajo. Una vez que estuvieran seguros que en los próximos años no habría guerras, al menos no contra los vulcanos, podrían regresar a sus ciudades y continuar con la vida de forma normal.

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