En los años treinta, el comunismo y el Frente Popular también ayudaron a internacionalizar las exigencias de derechos sociales alojadas en el corazón del feminismo americano. Al demandar derechos civiles y políticos, las feministas también reconocían la expansión del empleo remunerado de las mujeres y el trabajo no remunerado que recaía de manera desproporcionada sobre ellas. Abrieron nuevos caminos, reclamando atención internacional a la legislación sobre maternidad como un derecho social de manera tal que no se estigmatizara a las trabajadoras, no se socavara la autonomía económica o política de las mujeres, ni se valorara la maternidad por encima de todo. Muchas también exigieron derechos reproductivos (entre ellos el acceso al control de la natalidad y el aborto legal), aunque no elevaran esas demandas al estatus de tratados sobre igualdad de derechos. Con base en un amplio abanico de tácticas, utilizaban las conferencias interamericanas oficiales para promover los derechos humanos y de las mujeres en todo el mundo, además de poner en marcha una movilización informal de base a partir de grupos que operaban en los ámbitos regional, nacional e internacional. 19
Sin embargo, el movimiento no carecía de fisuras. Se alimentaba de fuertes discrepancias, que en ocasiones mitigaron su expansión, y sobre todo de un grupo heterogéneo de líderes. En una época en que las organizaciones feministas se estructuraban de manera jerárquica alrededor de líderes individuales, que en ocasiones se transformaban en representantes de las ambiciones de sus países a escala internacional, las dinámicas interpersonales del feminismo americano resultaron críticas. Este libro se centra en las colaboraciones y los conflictos de seis activistas extraordinarias que fueron sus protagonistas: Paulina Luisi, de Uruguay; Bertha Lutz, de Brasil; Clara González, de Panamá; Ofelia Domínguez Navarro, de Cuba; Doris Stevens, de Estados Unidos, y Marta Vergara, de Chile.
A pesar de que la historia suele recordar a estas mujeres por sus importantes logros en el feminismo nacional, ellas formaban una estrecha red y eran bien conocidas en su época como la vanguardia, por su rebelde liderazgo internacional. 20Luisi, Stevens, Lutz, Domínguez, González y Vergara compartían algunas características fundamentales: todas eran pioneras que trascendían las restricciones profesionales, sociales y culturales impuestas a las mujeres en aquellos tiempos. Es importante destacar que todas gozaban de privilegios raciales y de clase, cierto pedigrí educativo y diversas conexiones cosmopolitas que facilitaban su capacidad organizativa y la posibilidad de viajar por el mundo para acudir a encuentros internacionales de élite. Todas ellas eran consideradas blancas o mestizas en sus contextos nacionales (aun cuando las mujeres latinoamericanas no eran consideradas blancas por sus colegas estadounidenses). La mayoría eran solteras y ninguna era madre, lo que les permitía dedicar al activismo una gran cantidad de tiempo y energía; de hecho, la mayor parte de sus vidas adultas.
Las seis utilizaron su prestigio para captar la atención del continente hacia las demandas y los debates feministas, que se expresaban en artículos de revistas y periódicos, panfletos, libros, volantes y cartas que circulaban por el continente entero. Tenían influencia en la opinión pública y sus discrepancias se extendieron por todo el hemisferio.
Paulina Luisi (nacida en 1875), la mayor de las seis, ha sido reconocida como madre del feminismo latinoamericano. Luisi, obstetra y la primera mujer médica de Uruguay, parió el feminismo panamericano. Junto con unas amigas argentinas, en 1921 concibió la primera organización feminista panamericana. Con un discurso franco y directo, capaz de emitir juicios contundentes, Luisi no temía llamarles la atención a las feministas estadounidenses. Carismática, amable y gran impulsora de otras líderes hispanohablantes, Paulina actuó como mentora personal de casi todas las jóvenes feministas que intentaban organizar un movimiento panhispánico. Ella cultivó el feminismo americano.
Bertha Lutz, famosa bióloga nacida en 1894, fue reconocida internacionalmente como uno de los cerebros del movimiento sufragista de Brasil. Lutz se transformó en líder de la organización panamericana surgida a partir de los tempranos esfuerzos de Luisi, pero adoptó posturas muy diferentes del feminismo panamericano. Con dominio del portugués, el inglés y el francés, consideraba que la América Latina hispanohablante estaba rezagada en términos raciales y creía que Brasil y Estados Unidos debían ser los que ejercieran el liderazgo. Mordaz, meticulosa y con una gran rapidez mental, Bertha promovió su propia y particular visión en las conferencias internacionales en que se estaba dando forma al movimiento. De manera irónica, muchas veces sus esfuerzos estimularon formas aún más fuertes de feminismo americano panhispánico.
Clara González, nacida en 1898, fue la primera mujer abogada de Panamá. Promovió el liderazgo de las mujeres en América Central y el Caribe. Conocida como la Portia de Panamá (por la astuta heroína de El mercader de Venecia , de Shakespeare), González estableció una conexión entre la protección de protectorados como Panamá, por parte de Estados Unidos, y la protección de las mujeres por parte de los hombres. Desarrolló esta idea para un acuerdo internacional por los derechos de la mujer y más adelante luchó por el Tratado de Igualdad de Derechos como representante de la CIM. A pesar de su desilusión por el dominio que ejercía Estados Unidos sobre esta organización, Clara no cesó en su empeño de cultivar su sueño original: un feminismo americano antiimperialista encabezado por latinoamericanas.
La cubana Ofelia Domínguez, nacida en 1894, colaboró con su gran amiga González por un feminismo americano que considerara la soberanía de las mujeres y la soberanía nacional latinoamericana como mutuamente constituidas. En los años treinta, Domínguez, también abogada, cambió su fe en la ley por la confianza en la revolución. Se volvió una líder apasionada de los partidos comunistas de Cuba y México, donde vivió en el exilio por algunos años durante los regímenes de Machado y Batista, y organizó a feministas y obreros. Al divulgar información en todo el continente sobre el problemático liderazgo de la presidencia estadounidense de la CIM, Ofelia fue una pieza clave en la activación del resurgimiento latinoamericano que impulsó al feminismo americano.
Doris Stevens, blanco de la ira de Domínguez, fue una veterana sufragista estadounidense nacida en 1988, famosa tras su breve encarcelamiento por haber organizado un piquete frente a la Casa Blanca durante la campaña por el voto de las mujeres. Apodada apóstol de la acción por su agresivo y efectivo liderazgo, Stevens fue motivo de admiración en América por los dramáticos y desafiantes actos dirigidos a menudo al gobierno estadounidense. Pero también fue la pesadilla de muchas feministas latinoamericanas. Como presidenta de la CIM durante casi una década, Doris fomentó su visión del feminismo consagrada en el Tratado de Igualdad de Derechos, a pesar de la protesta de muchas colegas latinoamericanas que buscaban ampliar la agenda más allá de las demandas por los derechos políticos y civiles. Los reclamos internacionales de la comisión no habrían conseguido la influencia que tuvieron si no hubiera sido por su capacidad organizativa, sus hábiles campañas mediáticas y las sustanciales donaciones que recibió de poderosos donantes estadounidenses. Sin embargo, sin su tendencia a polarizar, que agudizaba los resentimientos de tantas feministas de la región, el movimiento no habría provocado una rebelión panhispánica tan fuerte.
De las cinco feministas latinoamericanas que protagonizan esta historia, la chilena Marta Vergara, nacida en 1898, fue la amiga más cercana de Stevens. Ella sería también su mayor oponente en la lucha por un movimiento más amplio que cuestionaba el liderazgo de Stevens. Vergara, una reconocida periodista, consiguió ampliar el alcance de las demandas por la igualdad de derechos para incluir los derechos económicos y sociales de las mujeres. También ayudó a expandir el alcance del movimiento. Como Ofelia, Marta se hizo comunista y se unió al Partido Comunista de Chile a mediados de los años treinta, tejiendo conexiones con otros grupos regionales, nacionales y trasnacionales que promovían el antifascismo, el pacifismo y los derechos de la mujer. También ayudó a crear un nuevo movimiento feminista asociado al Frente Popular, por y para las mujeres hispanohablantes.
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