Las demandas del feminismo americano en favor de los derechos internacionales para las mujeres, su énfasis no sólo en las desigualdades políticas y civiles, sino también en las económicas y sociales, así como su exigencia de un feminismo antiimperialista encabezado por América Latina consiguieron una oleada de apoyo durante las crisis mundiales de la década de los treinta. Los grandes cambios políticos y económicos de la Gran Depresión intensificaron el interés de muchas feministas en los derechos económicos y sociales. La Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932-1935) hizo que las mujeres centraran nuevos esfuerzos en el pacifismo. El auge del fascismo en Europa y Asia, junto con el nacimiento de formas similares de autoritarismo de derecha en América y la Guerra Civil española (1936-1939), ayudaron a establecer ciertas organizaciones feministas, dinámicas, antifascistas y trasnacionales. El movimiento mundial del Frente Popular, que declaró un frente unido de colaboración entre comunismo y socialdemocracia contra el fascismo, tuvo profundos ecos nacionales e interamericanos a lo largo y ancho del continente. A medida que las feministas se daban cuenta de las amenazas específicas del fascismo a los derechos de la mujer y que los líderes del Frente Popular reconocían la importancia vital del papel de las mujeres en la lucha antifascista, el Frente Popular también ganaba aliadas en el feminismo. 12
Estos nuevos desarrollos culminaron en lo que llamo “feminismo panamericano del Frente Popular”, con el cual se dio un auge del feminismo americano. Éste fue un movimiento popular que sumó preocupaciones feministas en torno al trabajo y demandas por la igualdad de derechos, estableciendo conexiones cruciales entre feminismo, socialismo, antifascismo y antiimperialismo. Durante esos años surgieron en América muchísimos grupos feministas antifascistas que por primera vez incluían una cantidad significativa de mujeres trabajadoras. El feminismo panamericano del Frente Popular también movilizó nuevas campañas por el sufragio de las mujeres en toda la región. En 1939, cuando la famosa líder de la Guerra Civil española Dolores Ibárruri, la Pasionaria , aplaudió la fuerza del movimiento de las mujeres en numerosos países de América Latina, se refería al feminismo panamericano del Frente Popular. 13
El feminismo americano tuvo un papel fundamental en el desarrollo de los derechos humanos internacionales. Llevó a cabo una innovación legal con un tratado que buscaba ir más allá de la legislación nacional y garantizar los derechos de la mujer a escala internacional. Grupos de toda América trabajaron de manera colectiva por este tratado, a la vez que ampliaban su significado. A finales de la década de los treinta, durante la segunda Guerra Mundial, las feministas latinoamericanas se unieron a grupos antifascistas, anticolonialistas, antirracistas, sindicales y religiosos para exigir un conjunto interconectado de derechos humanos para todas las personas, definidos como derechos sin importar la raza, la clase, el sexo o la religión. Durante la segunda Guerra Mundial, las feministas americanas también veían la Carta del Atlántico y las Cuatro Libertades de Franklin Delano Roosevelt como promesas de derechos humanos —compromisos internacionales con la justicia social— que incluían los derechos de la mujer.
En 1945, en la Conferencia de San Francisco organizada por las Naciones Unidas, las feministas interamericanas lucharon por la inclusión de los derechos de la mujer en la Carta de las Naciones Unidas, a pesar de las objeciones expresas de las representantes del Reino Unido y Estados Unidos. Basándose en argumentos y experiencias que habían estado puliendo durante décadas, internacionalizaron los derechos de la mujer y propusieron lo que sería la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW, por las siglas de Commission on the Status of Women). Inmediatamente después de la conferencia, las feministas demandaron un sentido más amplio a las promesas sobre derechos humanos y derechos de las mujeres en la Carta de las Naciones Unidas, e instaron a que se reconociera el papel del pensamiento y el activismo interamericano en su formulación. La idea de que los derechos de la mujer son derechos humanos no surgió de Estados Unidos ni de Europa Occidental, sino de feministas latinoamericanas inmersas en conflictos regionales en torno al imperialismo, el fascismo y el panamericanismo. 14
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A pesar de los impresionantes logros del movimiento, muy poca gente los conoce. 15El panteón de las líderes feministas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX suele incluir sólo nombres conocidos de Estados Unidos y Europa Occidental, pero no de América Latina. Por lo general, cuenta la historia que, hasta la década de los setenta, América Latina creó escasas organizaciones por los derechos de la mujer debido al catolicismo, el conservadurismo y el inestable clima político que hacía que el sufragio resultara irrelevante. Las instancias en las que se reconoce al feminismo latinoamericano suelen describirse como maternalistas (privilegiando el papel de las mujeres como madres, esposas y, a veces, también como trabajadoras), pero no como iguales a los hombres. 16Este tipo de interpretaciones se corresponden con narrativas más amplias que colocan a Estados Unidos y Europa Occidental en la cúspide del progreso mundial y que miden el progreso feminista en función de tener o no el derecho al sufragio. Estas narrativas suelen representar al feminismo internacional del periodo de entreguerras como una exportación unilateral de ideas de Estados Unidos y Europa Occidental al “Sur”, con el argumento de que el feminismo no llegó a ser verdaderamente trasnacional sino hasta después de la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer celebrada en la ciudad de México en 1975. Estas historias no suelen dar cuenta de la influencia transformadora que tuvo la esfera internacional en el pensamiento y el activismo feministas durante el periodo de entreguerras, en parte porque limitan su mirada de lo internacional a Europa y Estados Unidos. 17
Si miramos al sur y exploramos los flujos de influencia multidireccionales, surge una nueva historia hemisférica del feminismo. Si tenemos en cuenta las historias compartidas de imperialismo estadounidense e identidad panhispánica de los países latinoamericanos, su terreno interamericano fue un espacio crítico para la innovación de nuevas formas de feminismo a principios del siglo XX. En esos años, a medida que aumentaban las filas de las feministas latinoamericanas, se concebían a sí mismas desde el inicio como unidades nacionales y regionales al mismo tiempo; la interdependencia trasnacional fue el sello característico de su pensamiento y su activismo.
Este libro sostiene que los feminismos latinoamericanos no sólo prosperaron, sino que, de hecho, asumieron el liderazgo internacional. Plantea una restauración histórica de las líderes feministas latinoamericanas como innovadoras del pensamiento y el activismo feminista en el mundo. Durante el periodo de entreguerras, cuando las comprensiones dominantes del feminismo en Estados Unidos y Europa Occidental se fracturaron en dos bandos cada vez más diferenciados e irreconciliables, el igualitario y el socialista, el feminismo americano exigió la igualdad de derechos políticos junto con otros derechos económicos y sociales, sin considerar incompatibles ambas demandas. Más que el catolicismo o el maternalismo, fue el liberalismo latinoamericano el que dio forma a esta definición flexible del feminismo. Esta rama de la socialdemocracia latinoamericana, popularizada por la Constitución de México de 1917, que se transformó en modelo de las constituciones de Brasil, Uruguay y otros países de América Latina, apoyó a la vez al individuo y a la familia como unidades políticas fundamentales. 18
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